martes, 31 de diciembre de 2013

Capítulo 1






-Daniel, la vida en palacio es así. Sabíais que esto tendría que pasar algún día.
-Pero padre si hace eso, pondrá en peligro al reino. –Hice una pausa para acto seguido alzar la voz. –Thomas de Blackwell no es de fiar.
-Yo soy el Rey, más se acatarán mis órdenes. –Espetó dando un golpe brusco sobre la mesa.
-¡Madre no consentiría tal locura! Si ella estuviera aquí, todo iría mejor. Ojalá hubierais muerto vos en vez de ella. –Apretó la mandíbula y tragó saliva.


Su mirada desprendía tal ira que solo pude expresar un gran estupor. Su mano restalló contra mi cara en una bofetada que me balanceó hacia atrás sobre los talones. Rugí de rabia, llevándome la mano a la mejilla, más sorprendido que dolorido.

Hubo un silencio que ninguno de los dos rompió, salvo un criado algo despistado, que llevaba trabajando para nosotros apenas dos semanas.


-Señor, Sir Thomas de Blackwell está en la entrada. –Dijo agachando la cabeza.
-Hacedle pasar.


Aquel muchacho escuchimizado, de pelo rizado, desapareció de la sala y volvió a entrar junto a Thomas de Blackwell.
Aproveché aquel momento para escabullirme y marchar a mi cuarto; ya que no tenía el menor interés en conocer los asuntos de mi padre.

Salí junto al criado, no sin antes alzar la mirada y mantenerla fija en los ojos de aquel caballero de aspecto hosco e inhóspito.
A través de su mirada pude ver reflejado en su interior, dolor y a su vez rencor y algo de maldad.

Mi abuela Amalia decía que mi madre tenía un don: el don de mirar a una persona a los ojos y saber su historia; de saber el estado de ánimo de aquella persona, el dolor y la tristeza que albergaba su mirada e incluso su pasado.

Cuando murió mi madre, mi abuela decía que ese don había pasado al hombrecillo de la familia, al Danny travieso que a lo único que se dedicaba era a jugar a esconderle los libros a mamá y las muñecas a Anabeth.


Me dirigí a la alcoba de mi hermana, al tercer piso, subiendo por unas interminables escaleras.
Llamé a la puerta, y al no oír su voz dando permiso para entrar, giré el pomo con intención de acceder, pero antes de irrumpir en su habitación uno de los criados me informó de que se encontraba en la biblioteca.

Bajé de nuevo a la primera planta, donde se encontraba la biblioteca. La estancia donde Anabeth pasaba más tiempo, estudiando y aprendiendo nuevas lenguas, como el latín y el griego.
Tal y como me había dicho aquel criado, allí se encontraba mi hermana, leyendo un libro, sentada sobre el quicio del balcón.


-¡Anabeth! –Grité y ella giró su cabeza esbozando una pequeña sonrisa.
-Danny. –Cerró el libro, dejándolo sobre el poyete y se acercó a mí. – ¿Qué ocurre?
-Vuestro supuesto prometido está aquí, hablando con padre.






-Su majestad desea que pase. –El nervioso lacayo hizo una reverencia. –Si tenéis la amabilidad de seguirme, os acompañaré hasta el salón del trono.


Comencé a andar detrás de aquel estúpido y esmirriado lacayo. Mientras le seguía, mi mente ya estaba ordenando la disposición de los objetos, pero para ello debía de poseer el palacio y aunque me casara con la princesa Anabeth, eso no sería del todo probable.

Desde niño me prepararon para ocupar el trono de Traylasia, pero mis padres no pensaron que el rey Harry tuviera un hijo mayor. Todos los planes de posesión del reino se esfumaron, pero todavía tenía puntos a mi favor; puesto que el príncipe era conocido por ser un borracho y un mujeriego, por lo que aún no estaba casado y no podía dar un heredero a su futuro reino.

De todos era conocido que el rey se llevaba mal con su hijo desde la muerte de su mujer, por culpa de la peste, ¿o quizás por algo más? La muerte de la reina era un misterio, del que nadie sabía la respuesta.

Las enormes puertas del salón del trono se abrieron, tras unas palabras del lacayo, que se esfumó entre las cortinas y tapices del salón.


-Majestad.


Me incliné haciendo una reverencia, colocando mi mano sobre mi espada. El rey se levantó de su trono y bajó un escalón, para darme la bienvenida.
Miré su corona, toda llena de joyas y de oro, pero mi vista se fue hacia los anillos que portaban sus finos dedos.


-¿Habéis tenido dificultades en su viaje desde tierras bárbaras?
-No, majestad. –El rey Harry me invitó, con un gesto a caminar con él por el enorme salón. –Ha sido bastante confortable y ni mis hombres ni yo hemos tenido problemas con esos asquerosos Gertryos.
-Me alegra que vuestro viaje no haya estado lleno de sorpresas. –Sonrió.
-¿Y vuestra hija?


Me atreví a preguntar. Sir Harry colocó sus manos alrededor de su estómago y comenzó a contemplar un cuadro en el que estaba esbozada la familia real. Supe que sus miradas eran hacia su difunta esposa y cuando él se percató de esto, retomó la marcha por el salón.

Miré a los enormes dogos que tenía, con miedo, pero al ver que estaban más concentrados en dormir que en atacar, dejé de prestarles atención.


-Si deseáis saber cómo está mi querida hija podéis verla por vos mismo.
-Quizás no deseé verme.
-Las opiniones de una mujer son a menudo insignificantes. Su función es traer herederos varones a una familia y nada más.
-Eso es cierto, su majestad.
-Lacayo. –Dio una palmada y apareció otro criado diferente al que me había guiado anteriormente. –Lleve a Sir Thomas de Blackwell a reunirse con mi hija.
-Sí, su majestad.


Aquel lacayo hizo una reverencia y me invitó a seguirle. Abandonamos el salón del trono y me obligó a seguirle por unas empinadas escaleras.

La armadura, me pesaba al caminar y subía los escalones de manera ridícula. Llegamos a la primera planta y me dijo que esperara, para asegurarse de que la princesa Anabeth se encontraba en esa estancia.


-La princesa Anabeth está reunida con el príncipe Daniel y…


No hice caso a aquel asqueroso plebeyo y entré en la habitación, bajo el asombro de los príncipes. Miré a Daniel y noté como su mirada era despectiva hacia mí.


-Príncipe Daniel.
-Sir Thomas.


Daniel continuaba teniendo ese aspecto tan infantil como el de siempre. Su cara no mostraba apariencia del paso de la edad con una barba y en ella se apreciaban todas esas pecas que tenían los de su calaña. Los pelirrojos eran considerados obra del demonio, pero con el príncipe el trato era diferente.

Sus ojos eran tan azules como los de su hermana. Besé la mano de Anabeth y ella rápidamente apartó su mano de mis labios.


-Me alegra veros y confirmar de propia mano que sois tan bella como todos osan decir.
-Gracias por su galantería, Sir Thomas, pero en este momento estoy conversando con mi hermano y me gustaría no ser molestada.


Aquel rechazo hizo que aumentara mi deseo sobre su belleza. La princesa Anabeth era hermosa incluso enfadada.






-Siento haberos importunado. Disculpad mi atrevimiento.


Sir Thomas se retiró, bajo la atenta mirada de mi hermano.


-¿Qué os parece Thomas de Blackwell? –Inquirió cogiendo el libro que estaba leyendo.
-Apuesto, y algo descarado.
-Estimo que no podemos fiarnos de él. Esconde algo.
-¿Vos creéis?
-Su mirada le delata. –Dijo cerrando el libro. –Debo irme, no quiero hacer esperar  a vuestro prometido. –Sonrió y besó mi mejilla.


Salió dejando la puerta abierta, para que acto seguido Thomas volviera a situarse frente a mí, con su mejor sonrisa.


-Disculpad mi previo comportamiento.
-No os preocupéis. –Dije esbozando una leve sonrisa.
-¿Supongo que sabréis a qué se debe mi visita a su majestuoso palacio?
-Sí, estoy enterada del acuerdo al que ha llegado con mi padre. ¿Se ha puesto fecha? –Pregunté con un nudo en la garganta, suplicando a Dios que dijera que no.
-Si no hay ningún impedimento, se celebrará para el solsticio de otoño.


Eso quería decir que quedaban menos de siete meses para que este caballero de aspecto misterioso compartiera conmigo algo más que palabras y simples sonrisas.


-No quiero que desperdiciéis más tiempo conmigo. ¿Tendré el gusto de volver a admirar su belleza en el banquete que se celebrará mañana?
-Por supuesto.


Besó mi mano y se retiró. Uno de los criados le guió hasta uno de los patios interiores, donde le esperaba mi padre.

No quería casarme y menos con un hombre al que no amaba de verdad; con un hombre que me había implantado mi padre sólo para su propio beneficio.
Así era mi vida, al igual que la de mi hermano. Éramos simples títeres cuyo objetivo era conseguir lo mejor para el reino; pero, ¿dónde quedaba nuestra felicidad?

No podía quejarme, tenía todo cuanto deseara: criados que hacían cuanto pedía, los mejores vestidos confeccionados con las mejores telas del reino, alimentos que llevarme a la boca a cualquier hora del día e incluso libros, pero carecía de lo que más anhelaba: mi libertad.

Gracias a mi madre atrasamos la edad de mi casamiento, puesto que mi padre, tenía la intención de casarme con tan solo trece años, con un sobrino suyo, doce años mayor que yo. Mi madre se opuso ante tal disparate, y seguramente lo hubiera vuelto a hacer, si eso hiciese desaparecer mi felicidad, lo cual lo hacía, pero ahora lo único que me quedaba era mi sagaz y conquistador hermano y mi ambicioso padre.






Los pájaros piaban por encima de mi cabeza, mientras que el viento me transportaba los olores del campo. Algunos de esos olores eran más desagradables que otros, pero no podíamos quejarnos; ya que éramos simples campesinos.

Me incorporé de la fresca hierba y caminé por un sendero pedregoso hasta nuestra casa. Tuvimos suerte y al llegar, medio muertos, a Tjmud, la capital del reino de Traylasia, una buena mujer nos crió como si fuéramos sus hijos.

De eso ya habían pasado trece años, pero continuábamos siendo tan pobres como antes, aunque con nuestra nueva familia, nunca nos faltaba pan, pero si zapatos; puesto que continuábamos caminando descalzos.

Sonreí, al ver como Zack, mi hermanastro, perseguía a una de esas enormes ratas que deambulaban por los alrededores de la cabaña.


-Mencía, necesito que vayas a por agua. –Marian me entregó un cubo y noté como las facciones de su cara se arrugaban al intentar sonreír. –No tardes, que hoy te necesito en casa.
-Sí, madre. –Sonreí. –Volveré enseguida.


Salí de la pequeña y destartalada cabaña y me dirigí, rauda y veloz, hacia el río. Fátima, mi otra pequeña hermanastra, apareció de la nada y me asustó.


-Pronto deberás casarte.


Fátima parecía ilusionada en ese tema, pero yo no quise darle el gusto de hablar sobre ello.

Al cumplir los dieciocho era por costumbre casarse y empezar a crear tu propia familia, pero esa idea aún no estaba en mi mente y mi madre adoptiva nunca había concertado ningún matrimonio ni nada por el estilo. Ella respetaba mis ideas y aunque en el fondo le pesaran mis acciones, sabía que obraba bien.

Regresé con Fátima a la cabaña. El cubo pesaba bastante y cuando pensé que se me caía de la cadera, apareció mi hermano, con una de sus radiantes sonrisas.


-¿Estás bien? –Dougie cogió el cubo y sonreímos. Fátima salió corriendo hacia el interior de la casa, junto a su hermano pequeño. –Veo que estás algo sucia.
-¿Y tú? –Reí. – ¿Te has mirado? ¡Estás negro y hueles a sangre y sudor de caballo!
-Trabajo como herrero y albéitar, ¿qué esperabas?


Nuestra madrastra nos interrumpió. Yo tuve que cargar con el pesado cubo hasta el interior de la choza, para complacer su pedido y Dougie tuvo que ir a ayudar a nuestro padrastro a descargar algo de paja de la carreta.

Nuestra nueva familia no vivía en el interior del castillo, sino en las tierras colindantes. Ellos eran de otra religión diferente, creo que eran musulmanes, pero no estaba segura.
Al ser de otra religión, no eran bien aceptados en las proximidades y en el interior del castillo, pero las labores del oficio de Ajman, eran conocidos en todo el territorio.

Dougie estaba aprendiendo de él y poco apoco se estaba convirtiendo en un gran albéitar.


-Madre, ¿por qué Mencía no se casa como las demás chicas de su edad?
-Fátima.


Marian sonrió, mientras yo le ayudaba a cocinar una sopa de verduras, que más que sopa era agua con tres zanahorias y unas cuantas hojas verdes.


-Fátima, ¿no encuentras diferencias entre Zack y Dougie?
-Sí, Mencía y él son rubios y tienen unos ojos azules que yo envidio, pero por lo demás...
-Fátima, Mencía y Dougie no son mis hijos, como tú y tu hermano. Yo los cuido y los cuidaré siempre, pero nadie se querrá casar con tu hermana por ser adoptada.


Marian colocó su mano en mi huesuda y desnutrida espalda, como para expresar su pena; ya que si no conseguías casarte, no eras nadie y las mujeres no lo éramos a no ser que fuéramos nobles y nos utilizaran como grandes monedas de cambio.

No me importaban esas cosas ahora. Lo único que me importaba era vivir un día más, ganándole batallas al hambre y a la peste.
Entraron los hombres de la casa y Ajman, rápidamente me despeinó sonriente.


-Ya eres toda una mujer, mi querida Mencía.
-Padre...
-Sé lo que vuestra mente piensa y perturba. No debéis agradecernos nada. -Ajman agarró mis manos y me abrazó con cuidado. -Gracias a vosotros pudimos saber lo que era tener hijos y el tiempo y Allah han creado a nuestros hijos.


Fátima obligó a que su padre dejara de conversar conmigo y nos pusimos a cenar todos juntos, como una verdadera familia.






No podía dormir. Miré la espalda de mi hermana y poco a poco me levanté de aquel incómodo colchón de paja.

Miré, como si de un espejismo se tratara, las ascuas de la leña en la chimenea. Poco a poco se iban apagando e iba haciendo más frío en la cabaña.

Me levanté de la cama, intentando que Mencía y Zack no se despertaran. Me vestí con mi mugrienta camisa blanca y al pisar el suelo, con mis negros y callosos pies, noté el frío de la crujiente madera.
Miré mis calzones y decidí coger uno de los cordones, que estaban apoyados sobre una de las sillas, para que no se me cayeran, por mi delgadez y desnutrición.

Sin darme cuenta pisé a uno de los gatos que se colaba en la choza, para vencer al frío y Ajman, se despertó por el maullido.


-No quería despertaros.


Susurré y mi padrastro, rápidamente se incorporó de su colchón, intentando que su mujer y su hija no despertasen con sus movimientos.
Él se vistió igual que yo acababa de hacer, pero a diferencia mía, él no pisó al gato.


-Salgamos fuera, hijo mío.


Ajman atizó el fuego y las brasas volvieron a recobrar vida. Salimos fuera y el viento y el ulular del búho eran nuestros únicos vecinos aquella noche.


-¿Qué te preocupa, para no poder dormir?
-Todo y nada, padre.
-Eso no es posible, Dougie.
-Lo es, padre. –Tragué saliva. –Llevo varias noches reviviendo el día en el que los Gertryos acabaron con la vida de mis padres.
-Douglas. –Colocó su mano en mi hombro. –Siempre te he dicho que intentes buscar la sabiduría, no la venganza.
-¿Pero qué quiere decir ese sueño?
-Yo solo soy un albéitar. –Sonrió al caminar junto a la cuadra. –Puede que tengas miedo y tus temores acechen, porque Allah piensa que has obrado mal. ¿No robaste hace tres días una gallina?
-Sí, ¿cree que por eso su Dios me perturba y castiga?
-Allah es sabio, seguro que si está haciendo eso es por algo, hijo mío.



Ajman acarició el grueso pelaje de sus bueyes, mientras que yo contemplaba la grandiosidad de Sombra, aquel caballo que nos llevó hasta la capital cuando éramos niños.

Cuando alcé mi mano para acariciarle, rápidamente giró sus orejas y retiró la cabeza, de la puerta del establo. Ajman se rió, porque me asusté.


-No todos los caballos son iguales, Douglas.
-Sombra solo quiere a Mencía.
-Susúrrale. –Le miré extrañado. –La base de un gran albéitar está en aprender nuevas técnicas. Tu hermana le susurra, puede que te haga más caso.


Ajman acarició el negro pelaje de Sombra, sin que este se asustara lo más mínimo.
Volvíamos por aquel pedregoso sendero hacia nuestra choza, cuando contemplamos como unos soldados iban en nuestra misma dirección.


-Douglas, corre.
-Padre, debo ir con usted.
-Corre a defender a tus hermanos, yo soy mayor y no puedo correr tanto como tú. –Miré a Ajman triste, igual que él a mí. –Intentaré salvar a los animales.


Pese a que mi corazón quería quedarse con mi maestro y mi padre adoptivo, hice caso a su deseo.
Corrí lo más rápido que mis piernas me permitieron, clavándome todo tipo de piedras en mis descalzos pies.

Al llegar, habían sacado a mi familia fuera de la casa y se disponían a quemar, aquel que había sido nuestro hogar, donde habíamos crecido y donde nos habían enseñado a ser buenas personas.


-Prenderles.


La voz del único soldado que estaba subido a lomos de un precioso tordo, hizo que sus secuaces, esposaran a mi familia.
Mi madre lloraba y mis hermanos pequeños estaban asustados, mientras que Mencía se resistía a inclinarse ante aquellos soldados.
Unos guardias me agarraron y me tumbaron en el suelo, colocando el frío acero de su espada en mi cuello.


-Falta uno.


Escuché el relincho y el galope furioso de Sombra. Ajman le había soltado, para que los soldados no le robaran, pero el enorme vínculo que le unía a mi hermana era tan grande que cabalgó hacia ella, en lugar de cabalgar hacia su libertad.

Aquel hombre, de aspecto terco y bárbaro se bajó de su caballo y agarró a Mencía de las mejillas, ahuecando sus mofletes.


-¡Dejadla en paz! ¡No la toquéis!


Grité retorciéndome en el suelo, para liberarme de mis captores.


-Soltadle. –Nada más que aquel hombre pronunció esas palabras, fui liberado. –Agarrad al percherón y buscad al que libera a los animales.


Me golpeó en el estómago y me tiró junto los pies de mi hermana, que contemplaba horrorizada como maniataban a Sombra.


-Por orden del arzobispo Adso de Baskerville son condenados a muerte por infieles.


Al oír esas palabras mi madre rompió a llorar, al igual que mis hermanos pequeños.
Mencía y yo comprendimos que eran guardias de la Inquisición, como ya se había percatado Ajman, cuando me hizo correr.

Algunos de los soldados quemaron nuestra casa, bajo la sonrisa de aquel hombre que había leído aquella carta de Adso de Baskerville. 

Ajman fue postrado ante aquel hombre, medio muerto. Conservaba aquella mirada miel, que a pesar de saber que la muerte era inminente, desprendía felicidad.


-Los dos mayores, ¿son hijos suyos?
-No señor, son un regalo de Allah.
-Atadles a mi caballo. Servirán en la capital, lejos de los impuros.


Mencía se revolvió entre los brazos de su captor, intentando que no la separaran de la mano de Fátima.
Mi madre lloraba, porque sabía que no podría salvar a sus hijos, aunque nosotros testificáramos a favor.


-Aniquiladles.


La frialdad de aquel hombre, me sorprendió. Tanto mi hermana como yo intentamos desatarnos, para salvar a nuestra familia, pero las cuerdas no se rompían.
Mencía giró su rostro y gritó horrorizada, al ver cómo eran decapitados uno a uno nuestros familiares adoptivos.


-Eran inocentes, no hacían nada malo. –Mencía lloraba de manera desconsolada.
-Adoraban a un falso Dios. No eran bien vistos ante los ojos de nuestro creador.
-Eran niños. Ajman era el único albéitar de la ciudad. ¿Habéis pensado en lo que conlleva su muerte?
-Callad su insolencia.


Mi hermana fue golpeada en el estómago y empezó a escupir sangre, al caer al suelo. Los caballos no paraban y era arrastrada por aquel pedregoso camino, pero Sombra con un relincho, hizo que los caballos pararan por arte de magia.
Su cabeza, le sirvió de bastón a mi hermana y pudo levantarse del suelo.
Rápidamente, ella fue empujada hacia mí y Sombra, fue fustigado cruelmente.

Miré como ardían nuestros recuerdos. La historia se repetía y volvíamos a estar solos. La vida era tan fácil de dar, pero tan rápida de arrebatar, que a veces lo mejor era no adaptarse.
Mientras éramos llevados al castillo, por el pedregoso sendero, comencé a pensar en las palabras de Ajman. 




«Busca la sabiduría, no la venganza» 



Por aquellos momentos buscar la sabiduría era imposible y la venganza y el hambre eran lo único que me impulsaban a seguir caminando.

Mencía volvió a escupir sangre y noté como sus esqueléticos brazos temblaban. El sol estaba saliendo y yo estaba preocupado por el estado de mi hermana, más que por nuestro futuro.

Después de tres largas horas caminando, vimos las puertas de la ciudad de Tjmud y con ellas el enorme castillo.

Estábamos cansados y sedientos, pero nuestros captores nos paseaban como ratas por los caminos.
Memoricé el rostro de aquel asqueroso hombre que le había arrebatado la vida a mi maestro, a mi padre, a mi amigo y empecé a planear mi venganza, aunque para ello debería aprender a sostener una espada.

Las puertas de la ciudad se abrieron y la gente nos miraba como si fuéramos animales de circo.
Sombra ayudaba a mi hermana a caminar, empujándola poco a poco con su enorme cabeza.
Paramos enfrente de una casa y nos soltaron. Al hacerlo, Mencía cayó al suelo y Sombra comenzó a relinchar nervioso.


-Sombra tranquilo. –Le susurré por primera vez, para que se calmara. –Solo necesita agua.


Corrí a la fuente que había visto a nuestro paso por la ciudad y llené un recipiente que robé de una casa cercana. Mojé mi gaznate y después corrí, para darle de beber a mi hermana.

Ella bebió con gusto y empezó a toser, por culpa del golpe tan fuerte que había recibido.
Aquellos hombres observaban nuestro comportamiento y se reían de nuestros actos.


-Como buen discípulo del albéitar, trabajaréis y viviréis en esta choza. –Miró a mi hermana. –Pero tú, alma endiablada, trabajarás en palacio. –Rió con sorna. –Mañana un emisario vendrá a por vos y os llevará a palacio. –Volvió a mirarme a mí y giró a su caballo. –Vuestra primera prueba como albéitar será curar a ese caballo. –Uno de sus hombres descabalgó. –Cojea desde hace mucho tiempo. A ver que eres capaz de hacer, rata callejera.


Aquellos hombres se marcharon galopando. Mencía metió a Sombra, entre lágrimas, en la cuadra.
Ella entró en la casa, mientras que yo contemplaba, con aquel cuenco entre mis negras manos, a aquel caballo árabe.

Le acaricié su cuello y pellizqué poco a poco sus hollares. Decidí hacerle andar y mi estudio determinó que tenía una leve incisión por una mala herradura. ¿Tendríamos más suerte viviendo en la ciudad?

sábado, 28 de diciembre de 2013

Prefacio


Mi hermana y yo contemplábamos el amanecer entre la escarcha de los abetos del condado de Rocagris. Mencía disfrutaba acariciando la nieve con sus pequeñas manos. Yo por mi parte, estaba más atento a las ovejas que al frío o incluso a las propias preguntas que realizaba mi pequeña hermana. 


-Dougie, ¿me coges a caballito? 


Me giré hacia Mencía, con una sonrisa, dejando que el bastón tocara el suelo, en lugar de continuar en mis hombros. 
No podía negarle a mi hermana ese deseo, al fin y al cabo su corta edad, no le dejaba ir más rápido. Mi hermana se subió a mi espalda y noté el calor que emanaba de su pequeño cuerpo. 


-Esta noche escuché a los lobos. 
-¿Estás segura que eran lobos, Mencía? 
-Dougie, lo eran. No ladraban como Zatch y algunas ovejas balaban de manera extraña. 
-No habrá sido cerca de aquí. –Sonreí. –Nosotros tenemos todas las ovejas y no creo que esta noche hayan atacado los lobos. Ha nevado. 


Mencía y yo reímos. Empecé a acelerar el paso, pero mis descalzos pies, no soportaban las caricias de la nieve. Éramos pobres. Éramos siervos de la tierra, al dominio del Conde de Rocagris y lo único que mi hermana y yo podíamos hacer era cuidar ovejas con ayuda de nuestro viejo mastín, Zatch. 

El invierno había llegado antes de lo previsto y nos había sobresaltado. Mi padre nos había mandado guiar a las ovejas, hasta el establo del otro lado del bosque. Mencía y yo caminábamos por senderos de nieve, que conocíamos pese a nuestra corta edad. 

Escuché el ruido de un escuadrón y el golpeo en tierra de cientos de caballos. Presentí algo extraño, y no bueno. 


-Mencía, no tengas miedo. 


Coloqué a mi hermana de nuevo en el suelo y un escalofrío se apoderó de su cuerpecillo. Acaricié mi navaja y llamé a Zatch. Vivíamos en tierras de frontera, pero los Gertryos llevaban sin entrar en guerra con nosotros desde hacía mucho tiempo. 


-Dougie. 


Mencía se acercó a mí y empezó a observar entre los nevados árboles como cabalgaban raudos y veloces cientos de Gertryos. Rompían el hielo del río a su paso y sus caballos, enormes percherones, parecían anunciar la muerte del que estuviera cerca. 


-Debemos volver a avisar a padre. 
-Dougie, las ovejas. 
-Si morimos, las ovejas continuaran felices campando a sus anchas por las praderas por las que correrá nuestra sangre. Mencía, debemos volver a casa. 


Mencía me entendió a la perfección. Nuestros cinco años de diferencia no importaron, para que comprendiera que nuestros padres estaban en peligro. 

Empezamos a correr, abandonando las ovejas a su suerte. Íbamos contra reloj, puesto que los Gertryos cabalgaban y nosotros corríamos por senderos nevados, en los cuales la nieve nos cubría por encima de las rodillas. 

Zatch entendió la situación, y nos adelantó, abriéndose paso entre los duros caminos que recorrían las fronteras de Traylasia. Estábamos cerca, pero no llegamos a tiempo. Antes de que mi hermana saliera del bosque, un soldado había decapitado a mi madre y otros dos habían hundido sus espadas en el cuerpo de mi padre. Tapé los ojos de Mencía, con mis negras y frías manos. Ahora estábamos solos en aquel infierno. Zatch se acercó al cuerpo inerte de mi padre, pero cuando estaba husmeando, un arquero le disparó. 

¿Era necesaria tanta crueldad, para obtener nuevos territorios? Cuando los Gertryos quemaron y saquearon nuestra humilde granja, se marcharon. 
Mencía lloraba de manera desconsolada, mientras que yo solo podía contener la impotencia por ser un niño.  

Ellos se fueron al anochecer, pero quedó un soldado. La dirección que tomaron fue el este, por lo que iban al condado de Nash. Pensé en la futura masacre que acontecería puesto que Rocagris era un pueblo de pastores fronterizos. El Conde no se habría percatado de que le faltarían ovejas en unas semanas, pero nosotros… debíamos huir, y cuanto antes mejor. 


-Tengo una idea, Mencía, pero tienes que ayudarme y prometerme que si sale mal huirás lo más rápido que puedas sin mirar atrás. –Abracé a mi hermana entre lágrimas y ella me devolvió ese abrazo. 
-Te lo prometo, hermano. 


Mencía se secó las lágrimas con las telas que creaban su andrajosa falda. Agarré su mano y caminamos por las sombras hacia las cenizas de nuestro hogar. 

No quise que Mencía viera los cadáveres de nuestros padres, por lo que la obligué a caminar silenciosa por el lado posterior de la casa. Saqué mi navaja y al ver que aquel bárbaro dormía, le degollé sin ningún pudor. Ni siquiera gimió de dolor. 
Empezó a desangrarse entre mis brazos. 


-Esto es por mis padres. 


Le coloqué en el suelo, mientras que su cuello era una fuente de elixir rojo. Sus verdes ojos dejaron de brillar y yo se los cerré con mis fríos dedos. 
Mencía agarró al caballo y rápidamente comenzó a susurrarle, como hacía con Zatch. Robé la espada a aquel asqueroso rufián, subí a mi hermana en aquel enorme ejemplar y cabalgamos huyendo de nuestro hogar, con la única misión de sobrevivir.






¡Hola! Lo primero de todo es presentarse, aunque ya nos conocéis por twitter. Somos Lidia e Irene y hemos empezado esta locura, por un sueño que tuvo Lidia y nos gustó a ambas la idea (más a Irene que a Lidia, porque todo esto de la Edad Media es más común en ella) y bueno... que deciros, que esperamos que os haya gustado y que hayamos creado ganas de siguiente en esta situación tan "peculiar" en la que está McFly...
¡Un beso y esperamos vuestros comentarios!