viernes, 21 de febrero de 2014

Capítulo 5




Por la tenue luz que penetraba por la ventana entreabierta, imaginé que amanecía, o que acababa de hacerlo.
Abrí totalmente la ventana, me asomé al balcón y vislumbré un grupo numeroso de criados entrando a palacio.

Me vestí apresuradamente y salí de mis aposentos intentando no cruzarme con mi padre, pues no quería que se enterara de los lugares a los que acudía su hijo para conseguir compañía y alivio.

Al salir a los jardines, una bocanada de aire fresco me golpeó en la cara. Los atravesé y salí de palacio volviendo la mirada, asegurándome de que ni mi padre ni mi hermana me habían visto marchar.
Caminé por las calles, llenas de indigentes pidiéndome limosna y acercando sus sucias y mugrosas manos a mi nuevo y preciado atuendo.


-Vuelva a hacer eso y será la última vez que vea la luz del día.


El mendigo me miró asustado y se apartó de mi camino.
Crucé la plaza y bajé calle abajo hasta llegar a la taberna.

Al abrir la puerta todas las miradas se dirigieron hacia mí, murmurando, como hacían siempre que pisaba aquella taberna. Elicea, la dueña, se acercó a mí con una sonrisa pícara. Era una mujer de unos cuarenta y pico años. Llevaba un vestido naranja ceñido a un cuerpo que, en su momento tuvo que ser deseado por miles de hombres. Los cabellos se le habían escapado del moño y le caían desordenadamente a lo largo del cuello.


-¿Qué os trae por aquí, Sir Daniel?
-¿Hay alguna nueva?
-Pasad vos mismo y lo comprobáis.


Dijo sonriendo ampliamente. Me hundí en una ciénaga de recuerdos al ver salir de una habitación a un hombre acompañado por Taylia, la chica con la que hace seis años perdí mi virginidad.


-Vamos hombre, no os quedéis ahí parado, pasad y elegid de una santa vez.


Desvié la mirada de aquella joven de belleza admirable y caminé con las manos en los bolsillos por un pasillo que llevaba a una enorme sala con numerosos sillones.

Alcé la mirada y lo primero que vieron mis ojos fue a una muchacha rubia, con el cabello hasta la cintura recogido en una trenza. Con dos esmeraldas por ojos, que poseía unas pestañas largas, que conseguían embrujar a cualquiera. Sus pómulos, rosados y redondos, y su sonrisa socarrona, fueron los motivos de mi atracción hacia ella.


-¿Os gusta lo que veis?


Dijo mientras se mordía el labio y me daba la mano, tirando de mí y haciéndome pasar a una habitación, con una cama y una silla.

Cogí su muñeca y la atraje hasta mí, consiguiendo que sus labios quedaran a milímetros de los míos.


-¿Cómo os llamáis?
-Inés.


Susurró en mi oído y me sonrió. Desabrochó los cordeles de su corsé y al momento su vestido cayó al suelo, desvelándome las bonitas curvas que poseía su cuerpo. Agarré su cintura y comencé a besar su cuello; mientras que ella introducía sus manos por debajo de mi camisa. Con un beso en los labios, me llevó a la cama. No se parecía ni lo más mínimo a la mía, esta era incómoda y al menor movimiento, la paja o el material, de lo que estuviera hecha, se salía.

La vela alumbraba su desnudo cuerpo, al igual que iluminaba mi lujuria. No me importaba lo más mínimo mis remordimientos, ellas estaban para el disfrute y la clave estaba en no cogerles cariño. Nunca lo hice y nunca lo haría. Mi padre no tenía en mente ninguna princesa de reinos lejanos y eso hacía que mi libertinaje fuera llevado a cabo. Para mí era un juego divertido y para ellas el poder presumir que habían compartido lecho con el príncipe de Traylasia.

Su ímpetu era indescriptible, quería que la poseyera cuanto antes y nada más que estuvimos tumbados en la cama, intentaba quitarme la ropa, mientras gemía a cada caricia que yo le daba. En verdad era hermosa y su juventud, era el factor que hacía que pecara deseando recorrer centímetro a centímetro, todo su cuerpo.






Mencía se fue muy temprano aquella mañana. No había cantado el gallo, cuando ella se había marchado a palacio.
Antes de irse, noté como sus labios besaban mi frente, del mismo modo que sus frías manos acariciaban mi rostro.

En cuanto ella se marchó, me levanté de la cama y abrí las ventanas, para ver como caminaba, tristemente hacia aquella cárcel.

Quise chillar su nombre, pero así ponía en juego su vida; ya que la ciudad aún no había despertado. Iba sola, descalza y acariciando sus brazos, para entrar en calor.


-Sois un buen hermano, Douglas.
-¿Qué hacéis despierto tan temprano?
-Su hermana me ha despertado, al darme un beso en la frente. ¿Queréis que vaya tras ella y le acompañe?
-No Christian.


Me separé de la ventana y caminé hacia la chimenea, para calentar la choza, mientras Christian preparaba un mendrugo de pan, para que lo comiéramos posteriormente, cuando el sol estuviera justo encima de nuestras cabezas.

Aprovechamos el canto del gallo, para ir a los establos. Estuvimos allí un rato.

Le resolví a Christian, lo mejor que pude, las preguntas que me hacía. Así estuvimos gran parte de la mañana, hasta que opté por ir a devolver aquel magnífico ejemplar a la guardia de palacio.

Saqué a aquel ejemplar y acaricié a Sombra.


-Christian, dale un trozo del mendrugo que escondéis.


Reí y sacó de un modo desganado el mendrugo de pan, de debajo de su camisa verde, o al menos yo creía que era de ese color.


-¿Cómo me habéis descubierto?
-Soy observador y Sombra... –Sonreí y Christian le dio aquel mendrugo. –Él me ayuda.
-No penséis que le quería robar, jamás lo haría señor. Quería llevarle a su hermana algo de comer. Ella nunca come mucho, cuando la conocí solo se tomó una manzana.
-Ella prefiere pasar hambre por los demás, es así.


Sonreí y comenzamos a caminar entre la multitud, mientras que nos alejábamos de la cuadra y de Sombra.


-¿Qué pensáis hacer con el dinero?
-Comprar una gallina y puede que una vaca, si este tal Mortis es generoso y aprecia el cuidado que le he hecho a su caballo.


Continuamos andando, hasta que llegamos a palacio. Mojé mis manos y mi nuca en el agua de la pequeña fuente, mientras que aquel caballo árabe bebía.

Me miré en aquella cristalina agua y comencé a beber, para después adecentarme un poco. Christian hizo lo mismo y me reí de él cuando sonrió y le faltaban dos de sus dientes.


-¿No os crecen?
-Uno tiene que salir, pero el otro me lo rompió mi único amo de un golpe.
-¿Sois un esclavo?
-Sí, pero mi amo murió hace meses y desde entonces recurro a la picaresca y ahora os ayudo a vos y a su hermana. –Sonrió y entramos en palacio. –Sois mi familia.


Christian agarró mi mano y yo le acerqué a mí, como hacía con mi difunto hermanastro, Zack. Christian me recordaba a él en muchas cosas, pero no en la edad.

Llevé el caballo a las cuadras y allí estaban dos soldados. Christian me dijo que era el capitán Cebo y uno de sus hombres.


-¿Habéis podido curarlo?
-Sí, solo tenía una incisión.
-¿La furcia de su hermana y vos, dan cobijo a este hijo de puta?


No quise contestar, puesto que no sabía pelear, pero cada vez pensaba más en como amargar la existencia de ese mal nacido.


-Deseo dárselo a su dueño.
-Búsquelo cerca de las cocinas.


Christian me guió por aquellos enormes patios, hasta las puertas de las cocinas y allí dimos con Mortis. Muy agradecido por mi trabajo, comprobó que todo estaba bien y rápidamente me pagó.

Había dinero suficiente para comprar dos vacas y por ello le sonreí. Cuando salíamos de palacio vi a mi hermana.


-¡Mencía!


Grité y ella salió corriendo a abrazarme. Le había cambiado la expresión facial y fue como que su mirada volviera a desprender felicidad, aunque la notaba rara con sus cabellos, dorados como el trigo, escondidos.






Mi mirada fue atraída por un muchacho rubio de aspecto frágil y descuidado. Absorta en mis pensamientos tardé varios instantes en advertir que Anastasia me había dicho algo. Cuando la miré, pestañeando, vi que una sonrisa se extendía por su rostro.


-¿Por qué me miráis de ese modo?
-Os habéis quedado ensimismada mirando a aquel joven.
-¿A quién? –Intenté disimular. –Solo estaba pensando, además ¡qué os importa!


Grité mientras descendía las escaleras bajo la mirada perpleja de Anastasia.


-Mencía requiero de vuestra ayuda.



Dije fijando mis ojos azules en las pupilas del joven que la acompañaba. Se inclinó haciendo una reverencia y volvió a mirar a Mencía.


-Sí, alteza. ¿Qué deseáis?
-Necesito nuevas telas. Quiero que me acompañéis al mercado.


Asintió con un sucinto gesto. Soltó la mano del chico y caminó hacia las cocinas, para coger un gran cesto. Salimos de palacio y yo me cubrí el rostro con una negra y holgada capa.

Intenté sacar parecido a Christian con ella y aquel muchacho, que supuse que sería su marido, pero no lo encontré por ningún lado. Las esmeraldas que tenía por ojos, no se asemejaban en nada a los azulados y diminutos ojos de ellos. Posiblemente el niño no fuera de aquel muchacho rubio, sino de cualquier hombre para el que trabajara antes aquella criada, pero eso no parecía importar a aquel muchacho. Le demostraba su amor de igual manera y cuidaba de aquel bastardo.

Dejé de ensimismarme en mis pensamientos, cuando dos jóvenes, altos y distinguidos estaban de pie en la entrada del palacio.


-Alteza, ¿deseáis que preparemos su carruaje?
-No se preocupe, iremos a pie.
-Pero es peligroso que vayáis sola, sin ninguno de nuestros hombres.
-Estaré bien, nadie me reconocerá.


Dejamos atrás palacio y nos encaminamos por las sinuosas y estrechas calles de la ciudad.

Sólo se oía el trinar de las aves y el griterío de campesinos que deambulaban por allí en busca de comida para alimentar a sus familias.


-Mencía no os separéis de mí.
-Sí, señora.


Avanzamos hacia la multitud y me detuve en el puesto de una anciana mujer. Sus cabellos tenían la blancura de la nieve y unas suaves arrugas llenaban su rostro de pliegues. Cuando miré sus ojos negros y aterciopelados, tuve una sensación de paz y seguridad absoluta.


-¿Buscáis algo especial, bella dama?


Dijo sonriendo mostrando una imperfecta dentadura, a pesar de que le faltaran varias piezas, no perdía el encanto de su sonrisa.


-Estoy buscando telas, pero no me convence ninguna.
-Estoy segura que las que os voy a enseñar serán de su agrado.


Esbozó una sonrisa y desapareció del puesto, dejando al cuidado a una niña pequeña de unos ocho años. Volvió al cabo de unos minutos con un cesto lleno de telas de todos los colores y texturas que podía imaginar.


-Aquí tenéis. Elegid cuantas deseéis.


Dirigí la mirada hacia Mencía, la cual estaba fascinada mirando y deslizando sus dedos por aquellas maravillosas telas. Cuando descubrió que la estaba mirando, apartó la mirada de las telas y transfirió la mirada a sus pies descalzos.

Después de seleccionar la mitad de las telas, pagué a la mujer y se las di a Mencía para que las guardara en la cesta.

Salimos de la plaza sin ser descubiertas, pero al llegar a la esquina de una calle, una mujer indignada, salió vociferando de su casa.

-¡Vos! –Me señaló con el dedo mientras se acercaba a mí. –Vos sois la hija de ese miserable que mandó aniquilar a toda mi familia. Aunque vayáis cubierta, podría reconocer en cualquier parte la mirada de la asquerosa monarquía de Traylasia. 

Me cogió de los hombros con brusquedad y empezó a zarandearme.


-¡Pagaréis p
or ello!


Mencía intentó protegerme, pero de un empujón cayó desplomada al suelo. Veía ira y dolor en los ojos de aquella mujer.
Metió la mano en su andrajoso vestido, y de su bolsillo sacó un cuchillo. Me vi reflejada en él; se podía apreciar el terror que emanaba mi rostro a cientos de kilómetros.


-¡Yo no tengo la culpa! ¡Suélteme!


Grité intentando desasirme de su agarre.Un grito ahogado salió de su interior y cayó sobre mí, muerta.
Miré al frente y me encontré con Dave, uno de los guardias reales.


-Alteza, ¿estáis herida? –Inquirió mientras guardaba en su cinturón el puñal con el que había asesinado a la mujer.
-No, vinisteis antes de que eso sucediera. Gracias.


Busqué con la mirada a Mencía. Estaba junto a mí, con las rodillas ensangrentadas y una expresión de horror en su rostro.


-¿Os encontráis bien? –Pregunté colocándome la capa.
-Señora, quien importa es vos, yo solo soy una especie de polvo animado, nada más.


Interpreté sus palabras por un “me encuentro bien” y nos dirigimos a palacio, dejando atrás un cielo gris y plomizo.

Mencía me acompañó a mis aposentos y dejó la cesta con las telas sobre mi cama.


-Tomad. –Le di un par de telas.
-No, señora, no puedo aceptarlas.
-Quédeselas. He comprado demás. –Sonreí.
-Muchas gracias.


Me dedicó una sonrisa antes de cerrar la puerta. Me quité la capa, dejándola a los pies de la cama y salí en busca de mi hermano.






Acaricié mi cuello, mientras caminaba a oscuras por los pasillos del castillo. Estaban iluminados por unas antorchas, pero solo en el medio de aquellos inmensos pasillos.

Escuchaba como las gotas de agua caían de una de las goteras, del ala este del palacio. Las piedras que construían el castillo, creaba una gran resonancia y el eco era muy notable en todo el pasillo.

Escuché pasos tras de mí y aceleré, para no ser descubierto. El tintineo de las monedas en la bolsa, que llevaba atada al cinturón, era constante.
Mi respiración se aceleró, pero conseguí burlar a mi perseguidor en la oscuridad.

Caminé hacia los establos, bajo la lluvia y comencé a esperar a la persona con la que había quedado.


-Cuervo negro.
-Anuncia al traidor.


Descubrí mi rostro y él hizo lo mismo. El capitán Cebo sonrió y se acercó a mí.


-¿Para qué me requiere Sir Thomas?
-Vos conocéis los movimientos de la princesa y de toda la familia real. –Le entregué la bolsa con el dinero.
-¿Qué insinuáis? –Sus ojos brillaron al ver las monedas de oro.
-Necesito que trabajéis para mí, siendo el capitán de la guardia real. –Reí. – ¿Conoce a mi familia?
-He oído hablar de los Blackwell, pero nada más que por su agilidad en la caza.
-Le iré desvelando punto por punto cuando llegue el momento, al igual que incrementaré su sueldo.
-¿Qué quiere que haga?
-Averiguar dónde va el príncipe, las estrategias de guerra del rey y lo más importante vigilar los movimientos de Anabeth.
-¿Me pedís que sea un espía? –Asentí y dejamos de caminar por el establo, parando en seco. –Tengo un precio y vos me habéis comprado, pero quiero algo más.
-Si conseguís darme esta información, yo os daré lo que deseéis.
-Quiero a una mujer. Es una criada, pero su mirada y sus modales me tienen hechizado. Me ha ridiculizado y eso ha hecho que mi deseo por ella sea mayor.
-Si me conseguís lo que os pido, la criada por la que suspiráis será vuestra. –Sonreí. –Todos tenemos un precio y el de los pobres es la comida y algo de oro. No será difícil que pronto sea vuestra.


Salí bajo la lluvia y me coloqué la capucha de la capa.


-Tenéis hasta el domingo próximo, para dicha información.
-¿Y si no obtengo todo?
-No obtendréis a la muchacha, solo el dinero.
-Pero... Aunque lo obtuviera, no conocéis quien es.
-Ojos claros, delgada y desde hace tres días el labio partido. ¿Creéis que no lo sé?
-Señor, yo...
-Vi como un guardia era puesto en evidencia por una asquerosa plebeya. ¡Limpiad vuestro nombre con lo que os pido y ella será vuestra!


Gruñí en la oscuridad y corrí hacia el interior del palacio, sabiendo que ese estúpido guardia haría todo lo que le mandara a cambio del cuerpo de aquella asquerosa plebeya.



viernes, 7 de febrero de 2014

Capítulo 4




Decidí salir del establo con la herradura en la mano. Me senté en el escalón de la puerta de la entrada y contemplé el ajetreo del caminar de los campesinos, mientras acariciaba la defectuosa herradura.


-¿Vos sois el albéitar?
-No soy albéitar, ni siquiera puedo doblegar a mi caballo. –Miré a aquel esmirriado muchacho, mientras el sol me deslumbraba. – ¿Quién pregunta por mí?
-Su hermana me ha dicho que viniera aquí. Que estaría a salvo y que vos necesitabais ayuda.
-¿Mencía os ha dicho eso?


Mi hermana me conocía muy bien, al igual que conocía de su buen corazón. Ese pícaro sería algún protegido suyo de palacio y puede que no me viniera mal la ayuda de alguien tan astuto como él.


-¿Cómo os llamáis?


Me levanté, acercándome a aquel muchacho de cabellos castaños y de mirada esmeralda.


-Christian, Christian de Tjmud.
-¿No tenéis familia?
-No señor, mi madre es una prostituta y no puede hacerse cargo de mí y mi padre creo que ahora es monje en el monasterio de Shamna.


Me sorprendió la facilidad que tuvo en no mostrar ningún reproche al trabajo de su madre. Lo dijo como si fuera la labor más digna y eso me hizo admirarle; ya que cualquier otro se avergonzaría de su propia sangre.


-¿Y vos?
-Douglas, Douglas de Rocagris. –Sonreí. –Podéis llamarme Dougie.
-Su hermana me contó la historia de su familia y la historia de Rocagris. ¿Vos sois igual de valiente que vuestra hermana?
-Ella no es valiente, ella es orgullosa y a veces temo que eso le cueste la vida. ¿Por qué os ha hecho su protegido?
-Me ha salvado, interponiéndose entre el Capitán Cebo y yo. Si ella no hubiera arriesgado su vida, yo ahora mismo estaría medio muerto y me faltarían las manos.
-¿Ella está bien? –Me preocupé por mi hermana y temí por su vida.
-Sí, señor. –Dijo nervioso, acariciándome el hombro. –Solo su labio está mal. Ella está sana y salva. Dios ha hecho que velaran por su vida.
-¿Dios? –Reí. –Dios no existe. Si en verdad existiera habría salvado a mi familia.
-Blasfemáis sandeces, señor. Dios existe y siempre nos intenta ayudar, aunque nos haya hecho pertenecer a esta clase social.


Acaricié la mejilla de Christian por tan buena reflexión y comencé a tramar un plan, puesto que conocía su astucia.


-Christian, ¿conocéis al herrero? –Él sonrió.
-Claro señor, es Roger. A mis diez años le he robado tantas veces...
-Necesito de vuestra habilidad, para conseguir una herradura, para este caballo.
-¡Es el caballo de Mortis! –Exclamó y me miró asombrado. –Vos debéis curarlo bien, ese guardia quiere más a su caballo que a su propia mujer.
-Si le quisiera tanto, le habría conseguido mejores herraduras.
-Entiendo vuestro plan y he de deciros que será un placer ayudar al futuro gran albéitar de Tjmud. –Sonrió y mostró su sonrisa imperfecta por la falta de sus dos incisivos. –Christian no suele equivocarse con cosas así. Seréis importante.

Sonreí y le di la herradura, para que robara una parecida. Él salió corriendo y se perdió entre las calles. Mi hermana no solo protegía a un pícaro, sino a un muchacho muy inteligente que me iba a ayudar bastante bien a la hora de llevar a cabo mi trabajo.






Caminaba escuchando los saberes de Anastasia, mientras mi ama nos había dado una hora de descanso.

Yo tenía a Anastasia como una mujer muy sabía, y no me equivocaba, porque lo era. Me contó todas sus peripecias en palacio.

Me habló de cada miembro de la familia real y me predijo del príncipe. Aún no le conocía, pero todas las criadas decían que era capaz de satisfacerte en todos los sentidos y que en el amor carnal, no tenía rival.


-Pero no temáis por el señor, no sois de su agrado. –Rió.
-Anastasia, ¿qué tengo de malo?
-No sois como las demás. Vos os ceñís al atuendo y sois demasiado delgada para que se fije en vos. No tenéis curvas, para que resaltéis.


Mientras que Anastasia se reía, yo acaricié mi pequeña cadera, y la verdad es que tenía razón.

Anastasia me dio un vaso de agua y sacó un trozo de empanada de un cajón de la cocina. Empezamos a comerlo y Anastasia terminó de contarme que hacía Sir Thomas en Tjmud .


-Sé que me escondéis algo. –Sonrió.
-¿El qué?
-La princesa está incrédula porque sabéis leer, ¿es eso cierto? Y de serlo, ¿cómo?
-¿Vos no sabéis? –Rápidamente movió su cabeza y negó. –Mi padre adoptivo nos enseñó a leer a mi hermano y a mí.
-¿Un musulmán?
-Sí, y me dan igual sus desprecios, para mí fueron los mejores padres que he tenido. –Suspiré, agarrando nerviosa mi vestido. –Dijo que nos sería útil, al igual que el latín y su propia lengua.
-¿Habláis como esos herejes?
-Sí. Anastasia, si no le importa, deje de insultarlos y menospreciarlos. –Me levanté de la mesa. –Que tenga un buen día.


Dejé a Anastasia con un rostro de incredulidad enorme. No soportaba que hablaran así de los que habían sido mi familia, solo por ser de otra religión. ¿Qué más daba el Dios que adoraras si todas las religiones se basaban en lo mismo?

Caminé hacia los aposentos de la princesa y al entrar estaba llorando. No quise preguntarle el por qué, porque no me incumbía conocerlo.


-Señora, sé que no es un buen momento, pero creo que le vendría bien tomar el aire.
-¿Y ponerme morena? –Gritó enfadada.
-Señora, no era...
-Vos no sabéis nada, no sabéis lo que es estar encerrado y no tener libertad.
-Lo sé mejor que vos. Pertenezco al tercer estado, o lo que los de su calaña conoce como escoria. Mida sus palabras porque si yo tuviera esta condena... La preferiría.
-Sois una insolente. –Golpeó mi rostro, como hacía la mayoría de las veces que hablaba. –Creéis conocer todo y sólo sois una ignorante. ¡Marchaos de mis aposentos, antes de que llame a la guardia y os castiguen en las mazmorras!


Salí de sus aposentos, cerré la puerta y me tragué el nudo que tenía en la garganta. ¿Cómo podía ser tan hipócrita y pensar que yo era libre? ¿Tan mal entendía que yo era su sierva y que nunca conseguiría mi libertad, mientras que ella lo era aunque estuviera atada a un hombre que no amaba?






Mientras esperaba el regreso de Christian, fui a los establos. Tenía en mente intentar montarme en Sombra, pero por su carácter y su hostilidad hacia mí, era toda una quimera.

Cogí la cuerda y saqué un trozo de pan, para llamar su atención. No tardó mucho en acercarse a mí, con las orejas señalando todas las direcciones. El otro caballo, continuaba quieto, sin perder de vista aquel trozo del mendrugo de pan que ofrecía a Sombra.

Coloqué la cuerda a modo de cabezal en la enorme cabeza de Sombra y posteriormente le ofrecí el trozo de pan.

No tardó nada en devorarlo y comenzó a buscar entre mis andrajosas ropas, más comida.


-No tengo más, Sombra. –Acaricié su cabeza y él comenzó a resoplar. –Sabes que no tenemos dinero y...
-Señor. –Miré a Christian, que estaba jadeante y saqué a Sombra del establo. –He conseguido la herradura. ¿Puedo acariciarlo?
-Es muy tozudo, pero si te deja.


Christian me dio la herradura y mientras que él intentaba acariciarle, yo observaba y medía junto con la herradura defectuosa, la que él había traído.

Era perfecta y esta no tenía ninguna imperfección.


-¿Por qué no es dócil?
-Lo es, pero solo con mi hermana. Ella es capaz de estar horas con él, susurrándole y acariciándole.


Sonreí al recordar a mi hermana y un sentimiento de preocupación recorrió mi cuerpo. Temía por ella.

Había visto morir a tantas personas que había amado, que no quería perder a mi única familia, a mi única sonrisa, a la única persona por la que lucharía y daría mi vida si fuera necesario.

Despeiné los sucios cabellos de Christian y este me sonrió. Le hice sacar al otro ejemplar y caminamos por el prado que quedaba detrás de mi hogar.

Subí a Christian encima del caballo y le empecé a preguntar si notaba la cojera o algo extraño al pisar. Él me contestó que sí, por lo que le bajé y le hice correr al establo a por un martillo y unos cuantos clavos que había encontrado el día que llegamos a esa choza.

Acaricié a ambos caballos y me dispuse a intentar montar en Sombra. Tenía miedo y sabía que él había notado esa sensación, porque golpeó el suelo de manera nerviosa con el casco delantero.


-¿Qué os he hecho? Si es porque degollé a vuestro dueño, lo siento.


Le di la espalda y comencé a llorar, al recordar aquel día de invierno en el que cambió mi vida. Me di cuenta que las palabras de Ajman no tenían sentido y que yo nunca llegaría a ser un gran albéitar; puesto que no podía ni montar a mi propio caballo.

La cabeza de Sombra acarició mi espalda y relinchó, de la misma forma que le relinchaba a mi hermana, en mi oído.
Me giré hacia él y me limpié las lágrimas. Abracé su cuello y Sombra me dejó que le acariciara.
Recorrí su cuello con mis manos y comencé a susurrarle.


-Si no quieres que te monte, jamás lo haré.


Sombra relinchó y se agachó, dejándome que me subiera a su lomo. Lo hice incrédulo y suspirando, ambos al unísono, comenzó a galopar por aquel prado.


Tenía una sensación muy extraña. No entendía el comportamiento de Sombra, pero ahora me había ofrecido la posibilidad de ser su amigo, no su rival.

Me bajé de Sombra cuando Christian llegó corriendo, con el martillo y los clavos.

Christian me dio aquellos materiales. Agarré al ejemplar árabe a un poste del cercado y le hice alzar la pata trasera, acariciándole suavemente en el tendón.

Este, como si fuera un acto-reflejo, elevó su pata y me la coloqué entre las piernas, para conseguir herrarle.
Christian me miraba asombrado. Nunca había visto como se herraba un caballo y mientras sujetaba a Sombra, lanzaba miradas curiosas.

Limpié el barro del casco, con el martillo. Comprobé si la incisión estaba curada, y así era, ya no había ni rastro de aquella raja en su uña.

Coloqué la herradura y golpeando los clavos, para fijarla, herré al caballo.


-¿No le duele? –Sonreí, mientras golpeaba el casco. – ¿Para qué las necesita?


Solté el casco e hice andar a aquel caballo. Apoyaba a la perfección el casco y eso me alegró, porque había finalizado mi primer trabajo.
Christian y yo volvimos a casa.


-A vuestra pregunta anterior, no le duele y las necesita como nosotros los zapatos, pero... –Reí. –Ya ves, mi pequeño amigo, que no poseemos tales lujos.
-Algún día poseeremos dos pares y dejaremos de notar como las piedras se clavan en nuestros pies.


Acaricié el hombro de Christian y le sonreí. Me gustaba como pensaba, y lo que era mejor, que podía confiar en él a pesar de su picaresca.






Me levanté de buen humor esa mañana, por lo que había decidido salir a dar una vuelta a caballo.
Acababa de volver, y mi atuendo negro todavía estaba manchado con el polvo del camino. Me entretuve mirando a mi tercer hijo, Haner, que aún tenía los flancos cubiertos de sudor.



Era un tordo negro como el carbón, pero con los años, su pelaje se había aclarado tanto que tenía un color gris blanquecino.
Sus pulidos cascos repiquetearon con fuerza contra la puerta de madera de la cuadra cuando uno de mis criados apareció algo inquieto tras la puerta de entrada.


-Majestad, Sir Thomas de Blackwell desea veros. –Se retiró haciendo una reverencia.


Las sedosas crines se deslizaron entre mis dedos extendidos como las serpenteantes aguas de un río oscuro y brillante. Acaricié a Haner entre sus orejas y le metí en la cuadra.
Transferí la mirada hacia Bruma y Lazlo y salí cerrando la puerta, tras de mí.


-¿Queréis dar un paseo por los jardines?
-Claro, lo que deseéis, majestad.


Subimos por unas empinadas escaleras de piedra mientras escuchábamos el canto de los pájaros que se encontraban en los árboles de los alrededores del jardín.


-Sir Thomas, ¿qué se os ofrece?
-Vengo a hablaros de su hija. –Paró en seco y alzó la mirada al frente. –No quiero que se case obligada. Cada vez que intento ser amable solo recibo rechazos y desdén por su parte.
-No os preocupéis, Sir Thomas. Tarde o temprano, Anabeth, se enamorará. –Dije con la esperanza de que lo que acaba de salir por mis labios se hiciera realidad. –No está acostumbrada a tener trato con caballeros tan galanes y apuestos como vos. Dadle tiempo al tiempo y ella misma acudirá a vos.
-¿Y si no lo hace?
-Lo hará. No hay ningún otro caballero en el reino que pueda hacer feliz a mi hija.
-Agradezco sus halagos. Dios le oiga. –Miró hacia un carruaje que acababa de ubicarse en la entrada. -Disculpadme, pero tengo que ultimar un par de asuntos pendientes. Majestad.


Se inclinó haciendo una reverencia y fue hacia el carruaje que le estaba esperando. Observé como abandonaba el palacio, mientras que el sol, me cegaba las vistas de su despedida.






Agarré la espada y di un paso al frente. Jed, atacó primero, elevando la espada a la altura de mis hombros. Paré su ataque con un golpe seco, obligándole a dar un paso hacia atrás. Ataqué con un golpe bajo, forzando a que levantara su espada e hiciera presión sobre ella, para conseguir levantarla. 

Me dio un pequeño empujón, y volvió a atacarme; esta vez por el flanco izquierdo, mi única y fatal flaqueza. Giré sobre mí mismo, escapando rápidamente de aquel golpe, que si hubiera sido real, habría resultado desarmado o incluso herido.


-Daniel, tenéis que controlar ese flanco y no huir. Solo lo dominaréis cuando os enfrentéis a ello.


Asentí y volvimos a nuestras posiciones; él girado hacia la derecha y yo hacia la izquierda, con los pies firmes, intentando mantener el equilibrio para no caer al primer golpe y poder moverme con rapidez.

Esquivé nuevamente su ataque, cambiando de posición. Blandí mi espada con agilidad, haciendo un movimiento brusco de muñeca, presionando sobre su espada, desde arriba. En ese momento las espadas formaron una cruz, mi espada quedaba sobre la suya. Presioné con más fuerza y conseguí que perdiera el equilibrio.

Sonreí victorioso y dejé de ejercer fuerza. Jed empujó mi espada, lanzándola por los aires, a unos pocos metros de mí. Sonrió al ver mi asombro y giró con gracia su espada.


-Nunca subestiméis al contrario, no sabéis con que os puede sorprender.


Corrí hacia mi espada, cogiéndola con la mano izquierda, como buen zurdo que era.

Jed y mi padre insistían en que luchara como un diestro, así tendría más posibilidades de ganar y menos de resultar herido. Pero eso me era imposible, ya que no podía dar ni una sola emboscada de frente con la mano derecha.

A lo lejos vi a Anabeth agarrada del brazo de padre, dirigiéndose a nosotros.


-Jed, una última.
-¿Estáis seguros? –Inquirió sacando nuevamente su espada y ante mi afirmación elevando los hombros.


Imité su gesto y ataqué, tan rápido que ni él mismo esperaba tal movimiento. Me coloqué detrás de él, colocando mi espada cerca de su cuello, y de una patada, hice volar su espada a los pies de mi padre, que me miraba firme, solemne, con la misma mirada de siempre.

Anabeth aplaudió y miró rápidamente a padre para ver su reacción. Nada. No movió ni un solo músculo de la cara, ni una leve sonrisa o ni un mísero gesto de asombro.

Solté a Jed y le di una palmada en el hombro, colocándome a su lado.


-Daniel ha mejorado notablemente desde que empezamos las clases.
-Es su obligación si quiere seguir mi ejemplo y convertirse en un gran caballero.


¿No podía felicitarme o sentirse orgulloso de mí por una sola vez en su vida?