Por la tenue luz que penetraba por la ventana entreabierta, imaginé que amanecía, o que acababa de hacerlo.
Abrí totalmente la ventana, me asomé al balcón y vislumbré un grupo numeroso de criados entrando a palacio.
Me vestí apresuradamente y salí de mis aposentos intentando no cruzarme con mi padre, pues no quería que se enterara de los lugares a los que acudía su hijo para conseguir compañía y alivio.
Al salir a los jardines, una bocanada de aire fresco me golpeó en la cara. Los atravesé y salí de palacio volviendo la mirada, asegurándome de que ni mi padre ni mi hermana me habían visto marchar.
Caminé por las calles, llenas de indigentes pidiéndome limosna y acercando sus sucias y mugrosas manos a mi nuevo y preciado atuendo.
-Vuelva a hacer eso y será la última vez que vea la luz del día.
El mendigo me miró asustado y se apartó de mi camino.
Crucé la plaza y bajé calle abajo hasta llegar a la taberna.
Al abrir la puerta todas las miradas se dirigieron hacia mí, murmurando, como hacían siempre que pisaba aquella taberna. Elicea, la dueña, se acercó a mí con una sonrisa pícara. Era una mujer de unos cuarenta y pico años. Llevaba un vestido naranja ceñido a un cuerpo que, en su momento tuvo que ser deseado por miles de hombres. Los cabellos se le habían escapado del moño y le caían desordenadamente a lo largo del cuello.
-¿Qué os trae por aquí, Sir Daniel?
-¿Hay alguna nueva?
-Pasad vos mismo y lo comprobáis.
Dijo sonriendo ampliamente. Me hundí en una ciénaga de recuerdos al ver salir de una habitación a un hombre acompañado por Taylia, la chica con la que hace seis años perdí mi virginidad.
-Vamos hombre, no os quedéis ahí parado, pasad y elegid de una santa vez.
Desvié la mirada de aquella joven de belleza admirable y caminé con las manos en los bolsillos por un pasillo que llevaba a una enorme sala con numerosos sillones.
Alcé la mirada y lo primero que vieron mis ojos fue a una muchacha rubia, con el cabello hasta la cintura recogido en una trenza. Con dos esmeraldas por ojos, que poseía unas pestañas largas, que conseguían embrujar a cualquiera. Sus pómulos, rosados y redondos, y su sonrisa socarrona, fueron los motivos de mi atracción hacia ella.
-¿Os gusta lo que veis?
Dijo mientras se mordía el labio y me daba la mano, tirando de mí y haciéndome pasar a una habitación, con una cama y una silla.
Cogí su muñeca y la atraje hasta mí, consiguiendo que sus labios quedaran a milímetros de los míos.
-¿Cómo os llamáis?
-Inés.
Susurró en mi oído y me sonrió. Desabrochó los cordeles de su corsé y al momento su vestido cayó al suelo, desvelándome las bonitas curvas que poseía su cuerpo. Agarré su cintura y comencé a besar su cuello; mientras que ella introducía sus manos por debajo de mi camisa. Con un beso en los labios, me llevó a la cama. No se parecía ni lo más mínimo a la mía, esta era incómoda y al menor movimiento, la paja o el material, de lo que estuviera hecha, se salía.
La vela alumbraba su desnudo cuerpo, al igual que iluminaba mi lujuria. No me importaba lo más mínimo mis remordimientos, ellas estaban para el disfrute y la clave estaba en no cogerles cariño. Nunca lo hice y nunca lo haría. Mi padre no tenía en mente ninguna princesa de reinos lejanos y eso hacía que mi libertinaje fuera llevado a cabo. Para mí era un juego divertido y para ellas el poder presumir que habían compartido lecho con el príncipe de Traylasia.
Su ímpetu era indescriptible, quería que la poseyera cuanto antes y nada más que estuvimos tumbados en la cama, intentaba quitarme la ropa, mientras gemía a cada caricia que yo le daba. En verdad era hermosa y su juventud, era el factor que hacía que pecara deseando recorrer centímetro a centímetro, todo su cuerpo.
Mencía se fue muy temprano aquella mañana. No había cantado el gallo, cuando ella se había marchado a palacio.
Antes de irse, noté como sus labios besaban mi frente, del mismo modo que sus frías manos acariciaban mi rostro.
En cuanto ella se marchó, me levanté de la cama y abrí las ventanas, para ver como caminaba, tristemente hacia aquella cárcel.
Quise chillar su nombre, pero así ponía en juego su vida; ya que la ciudad aún no había despertado. Iba sola, descalza y acariciando sus brazos, para entrar en calor.
-Sois un buen hermano, Douglas.
-¿Qué hacéis despierto tan temprano?
-Su hermana me ha despertado, al darme un beso en la frente. ¿Queréis que vaya tras ella y le acompañe?
-No Christian.
Me separé de la ventana y caminé hacia la chimenea, para calentar la choza, mientras Christian preparaba un mendrugo de pan, para que lo comiéramos posteriormente, cuando el sol estuviera justo encima de nuestras cabezas.
Aprovechamos el canto del gallo, para ir a los establos. Estuvimos allí un rato.
Le resolví a Christian, lo mejor que pude, las preguntas que me hacía. Así estuvimos gran parte de la mañana, hasta que opté por ir a devolver aquel magnífico ejemplar a la guardia de palacio.
Saqué a aquel ejemplar y acaricié a Sombra.
-Christian, dale un trozo del mendrugo que escondéis.
Reí y sacó de un modo desganado el mendrugo de pan, de debajo de su camisa verde, o al menos yo creía que era de ese color.
-¿Cómo me habéis descubierto?
-Soy observador y Sombra... –Sonreí y Christian le dio aquel mendrugo. –Él me ayuda.
-No penséis que le quería robar, jamás lo haría señor. Quería llevarle a su hermana algo de comer. Ella nunca come mucho, cuando la conocí solo se tomó una manzana.
-Ella prefiere pasar hambre por los demás, es así.
Sonreí y comenzamos a caminar entre la multitud, mientras que nos alejábamos de la cuadra y de Sombra.
-¿Qué pensáis hacer con el dinero?
-Comprar una gallina y puede que una vaca, si este tal Mortis es generoso y aprecia el cuidado que le he hecho a su caballo.
Continuamos andando, hasta que llegamos a palacio. Mojé mis manos y mi nuca en el agua de la pequeña fuente, mientras que aquel caballo árabe bebía.
Me miré en aquella cristalina agua y comencé a beber, para después adecentarme un poco. Christian hizo lo mismo y me reí de él cuando sonrió y le faltaban dos de sus dientes.
-¿No os crecen?
-Uno tiene que salir, pero el otro me lo rompió mi único amo de un golpe.
-¿Sois un esclavo?
-Sí, pero mi amo murió hace meses y desde entonces recurro a la picaresca y ahora os ayudo a vos y a su hermana. –Sonrió y entramos en palacio. –Sois mi familia.
Christian agarró mi mano y yo le acerqué a mí, como hacía con mi difunto hermanastro, Zack. Christian me recordaba a él en muchas cosas, pero no en la edad.
Llevé el caballo a las cuadras y allí estaban dos soldados. Christian me dijo que era el capitán Cebo y uno de sus hombres.
-¿Habéis podido curarlo?
-Sí, solo tenía una incisión.
-¿La furcia de su hermana y vos, dan cobijo a este hijo de puta?
No quise contestar, puesto que no sabía pelear, pero cada vez pensaba más en como amargar la existencia de ese mal nacido.
-Deseo dárselo a su dueño.
-Búsquelo cerca de las cocinas.
Christian me guió por aquellos enormes patios, hasta las puertas de las cocinas y allí dimos con Mortis. Muy agradecido por mi trabajo, comprobó que todo estaba bien y rápidamente me pagó.
Había dinero suficiente para comprar dos vacas y por ello le sonreí. Cuando salíamos de palacio vi a mi hermana.
-¡Mencía!
Grité y ella salió corriendo a abrazarme. Le había cambiado la expresión facial y fue como que su mirada volviera a desprender felicidad, aunque la notaba rara con sus cabellos, dorados como el trigo, escondidos.
Mi mirada fue atraída por un muchacho rubio de aspecto frágil y descuidado. Absorta en mis pensamientos tardé varios instantes en advertir que Anastasia me había dicho algo. Cuando la miré, pestañeando, vi que una sonrisa se extendía por su rostro.
-¿Por qué me miráis de ese modo?
-Os habéis quedado ensimismada mirando a aquel joven.
-¿A quién? –Intenté disimular. –Solo estaba pensando, además ¡qué os importa!
Grité mientras descendía las escaleras bajo la mirada perpleja de Anastasia.
-Mencía requiero de vuestra ayuda.
Dije fijando mis ojos azules en las pupilas del joven que la acompañaba. Se inclinó haciendo una reverencia y volvió a mirar a Mencía.
-Sí, alteza. ¿Qué deseáis?
-Necesito nuevas telas. Quiero que me acompañéis al mercado.
Asintió con un sucinto gesto. Soltó la mano del chico y caminó hacia las cocinas, para coger un gran cesto. Salimos de palacio y yo me cubrí el rostro con una negra y holgada capa.
Intenté sacar parecido a Christian con ella y aquel muchacho, que supuse que sería su marido, pero no lo encontré por ningún lado. Las esmeraldas que tenía por ojos, no se asemejaban en nada a los azulados y diminutos ojos de ellos. Posiblemente el niño no fuera de aquel muchacho rubio, sino de cualquier hombre para el que trabajara antes aquella criada, pero eso no parecía importar a aquel muchacho. Le demostraba su amor de igual manera y cuidaba de aquel bastardo.
Dejé de ensimismarme en mis pensamientos, cuando dos jóvenes, altos y distinguidos estaban de pie en la entrada del palacio.
-Alteza, ¿deseáis que preparemos su carruaje?
-No se preocupe, iremos a pie.
-Pero es peligroso que vayáis sola, sin ninguno de nuestros hombres.
-Estaré bien, nadie me reconocerá.
Dejamos atrás palacio y nos encaminamos por las sinuosas y estrechas calles de la ciudad.
Sólo se oía el trinar de las aves y el griterío de campesinos que deambulaban por allí en busca de comida para alimentar a sus familias.
-Mencía no os separéis de mí.
-Sí, señora.
Avanzamos hacia la multitud y me detuve en el puesto de una anciana mujer. Sus cabellos tenían la blancura de la nieve y unas suaves arrugas llenaban su rostro de pliegues. Cuando miré sus ojos negros y aterciopelados, tuve una sensación de paz y seguridad absoluta.
-¿Buscáis algo especial, bella dama?
Dijo sonriendo mostrando una imperfecta dentadura, a pesar de que le faltaran varias piezas, no perdía el encanto de su sonrisa.
-Estoy buscando telas, pero no me convence ninguna.
-Estoy segura que las que os voy a enseñar serán de su agrado.
Esbozó una sonrisa y desapareció del puesto, dejando al cuidado a una niña pequeña de unos ocho años. Volvió al cabo de unos minutos con un cesto lleno de telas de todos los colores y texturas que podía imaginar.
-Aquí tenéis. Elegid cuantas deseéis.
Dirigí la mirada hacia Mencía, la cual estaba fascinada mirando y deslizando sus dedos por aquellas maravillosas telas. Cuando descubrió que la estaba mirando, apartó la mirada de las telas y transfirió la mirada a sus pies descalzos.
Después de seleccionar la mitad de las telas, pagué a la mujer y se las di a Mencía para que las guardara en la cesta.
Salimos de la plaza sin ser descubiertas, pero al llegar a la esquina de una calle, una mujer indignada, salió vociferando de su casa.
-Necesito nuevas telas. Quiero que me acompañéis al mercado.
Asintió con un sucinto gesto. Soltó la mano del chico y caminó hacia las cocinas, para coger un gran cesto. Salimos de palacio y yo me cubrí el rostro con una negra y holgada capa.
Intenté sacar parecido a Christian con ella y aquel muchacho, que supuse que sería su marido, pero no lo encontré por ningún lado. Las esmeraldas que tenía por ojos, no se asemejaban en nada a los azulados y diminutos ojos de ellos. Posiblemente el niño no fuera de aquel muchacho rubio, sino de cualquier hombre para el que trabajara antes aquella criada, pero eso no parecía importar a aquel muchacho. Le demostraba su amor de igual manera y cuidaba de aquel bastardo.
Dejé de ensimismarme en mis pensamientos, cuando dos jóvenes, altos y distinguidos estaban de pie en la entrada del palacio.
-Alteza, ¿deseáis que preparemos su carruaje?
-No se preocupe, iremos a pie.
-Pero es peligroso que vayáis sola, sin ninguno de nuestros hombres.
-Estaré bien, nadie me reconocerá.
Dejamos atrás palacio y nos encaminamos por las sinuosas y estrechas calles de la ciudad.
Sólo se oía el trinar de las aves y el griterío de campesinos que deambulaban por allí en busca de comida para alimentar a sus familias.
-Mencía no os separéis de mí.
-Sí, señora.
Avanzamos hacia la multitud y me detuve en el puesto de una anciana mujer. Sus cabellos tenían la blancura de la nieve y unas suaves arrugas llenaban su rostro de pliegues. Cuando miré sus ojos negros y aterciopelados, tuve una sensación de paz y seguridad absoluta.
-¿Buscáis algo especial, bella dama?
Dijo sonriendo mostrando una imperfecta dentadura, a pesar de que le faltaran varias piezas, no perdía el encanto de su sonrisa.
-Estoy buscando telas, pero no me convence ninguna.
-Estoy segura que las que os voy a enseñar serán de su agrado.
Esbozó una sonrisa y desapareció del puesto, dejando al cuidado a una niña pequeña de unos ocho años. Volvió al cabo de unos minutos con un cesto lleno de telas de todos los colores y texturas que podía imaginar.
-Aquí tenéis. Elegid cuantas deseéis.
Dirigí la mirada hacia Mencía, la cual estaba fascinada mirando y deslizando sus dedos por aquellas maravillosas telas. Cuando descubrió que la estaba mirando, apartó la mirada de las telas y transfirió la mirada a sus pies descalzos.
Después de seleccionar la mitad de las telas, pagué a la mujer y se las di a Mencía para que las guardara en la cesta.
Salimos de la plaza sin ser descubiertas, pero al llegar a la esquina de una calle, una mujer indignada, salió vociferando de su casa.
-¡Vos! –Me señaló con el dedo mientras se acercaba a mí. –Vos sois la hija de ese miserable que mandó aniquilar a toda mi familia. Aunque vayáis cubierta, podría reconocer en cualquier parte la mirada de la asquerosa monarquía de Traylasia.
Me cogió de los hombros con brusquedad y empezó a zarandearme.
-¡Pagaréis por ello!
Mencía intentó protegerme, pero de un empujón cayó desplomada al suelo. Veía ira y dolor en los ojos de aquella mujer.
Metió la mano en su andrajoso vestido, y de su bolsillo sacó un cuchillo. Me vi reflejada en él; se podía apreciar el terror que emanaba mi rostro a cientos de kilómetros.
-¡Yo no tengo la culpa! ¡Suélteme!
Grité intentando desasirme de su agarre.Un grito ahogado salió de su interior y cayó sobre mí, muerta.
Miré al frente y me encontré con Dave, uno de los guardias reales.
-Alteza, ¿estáis herida? –Inquirió mientras guardaba en su cinturón el puñal con el que había asesinado a la mujer.
-No, vinisteis antes de que eso sucediera. Gracias.
Busqué con la mirada a Mencía. Estaba junto a mí, con las rodillas ensangrentadas y una expresión de horror en su rostro.
-¿Os encontráis bien? –Pregunté colocándome la capa.
-Señora, quien importa es vos, yo solo soy una especie de polvo animado, nada más.
Interpreté sus palabras por un “me encuentro bien” y nos dirigimos a palacio, dejando atrás un cielo gris y plomizo.
Mencía me acompañó a mis aposentos y dejó la cesta con las telas sobre mi cama.
-Tomad. –Le di un par de telas.
-No, señora, no puedo aceptarlas.
-Quédeselas. He comprado demás. –Sonreí.
-Muchas gracias.
Me dedicó una sonrisa antes de cerrar la puerta. Me quité la capa, dejándola a los pies de la cama y salí en busca de mi hermano.
Acaricié mi cuello, mientras caminaba a oscuras por los pasillos del castillo. Estaban iluminados por unas antorchas, pero solo en el medio de aquellos inmensos pasillos.
Escuchaba como las gotas de agua caían de una de las goteras, del ala este del palacio. Las piedras que construían el castillo, creaba una gran resonancia y el eco era muy notable en todo el pasillo.
Escuché pasos tras de mí y aceleré, para no ser descubierto. El tintineo de las monedas en la bolsa, que llevaba atada al cinturón, era constante.
Mi respiración se aceleró, pero conseguí burlar a mi perseguidor en la oscuridad.
Caminé hacia los establos, bajo la lluvia y comencé a esperar a la persona con la que había quedado.
-Cuervo negro.
-Anuncia al traidor.
Descubrí mi rostro y él hizo lo mismo. El capitán Cebo sonrió y se acercó a mí.
-¿Para qué me requiere Sir Thomas?
-Vos conocéis los movimientos de la princesa y de toda la familia real. –Le entregué la bolsa con el dinero.
-¿Qué insinuáis? –Sus ojos brillaron al ver las monedas de oro.
-Necesito que trabajéis para mí, siendo el capitán de la guardia real. –Reí. – ¿Conoce a mi familia?
-He oído hablar de los Blackwell, pero nada más que por su agilidad en la caza.
-Le iré desvelando punto por punto cuando llegue el momento, al igual que incrementaré su sueldo.
-¿Qué quiere que haga?
-Averiguar dónde va el príncipe, las estrategias de guerra del rey y lo más importante vigilar los movimientos de Anabeth.
-¿Me pedís que sea un espía? –Asentí y dejamos de caminar por el establo, parando en seco. –Tengo un precio y vos me habéis comprado, pero quiero algo más.
-Si conseguís darme esta información, yo os daré lo que deseéis.
-Quiero a una mujer. Es una criada, pero su mirada y sus modales me tienen hechizado. Me ha ridiculizado y eso ha hecho que mi deseo por ella sea mayor.
-Si me conseguís lo que os pido, la criada por la que suspiráis será vuestra. –Sonreí. –Todos tenemos un precio y el de los pobres es la comida y algo de oro. No será difícil que pronto sea vuestra.
Salí bajo la lluvia y me coloqué la capucha de la capa.
-Tenéis hasta el domingo próximo, para dicha información.
-¿Y si no obtengo todo?
-No obtendréis a la muchacha, solo el dinero.
-Pero... Aunque lo obtuviera, no conocéis quien es.
-Ojos claros, delgada y desde hace tres días el labio partido. ¿Creéis que no lo sé?
-Señor, yo...
-Vi como un guardia era puesto en evidencia por una asquerosa plebeya. ¡Limpiad vuestro nombre con lo que os pido y ella será vuestra!
Gruñí en la oscuridad y corrí hacia el interior del palacio, sabiendo que ese estúpido guardia haría todo lo que le mandara a cambio del cuerpo de aquella asquerosa plebeya.