En el palacio había un revuelo enorme. Gritos, empujones, prisas de un lado a otro. No entendía nada, solo que el sol acababa de salir hacía un par de horas y no aguantaba más el estar limpiando escaleras.
De vez en cuando paraba. No me gustaba estar apoyada sobre mis rodillas, no porque pareciera un animal; sino porque tenía la sensación que era observada y en el palacio se respiraba un ambiente de mentiras, celos, lujuria y ambición por el poder que no era de mi agrado.
Me senté en las escaleras y noté un punzazo y posteriormente un escozor en mi rodilla derecha. Vi como el faldón del vestido se teñía de rojo poco a poco. Me levanté el vestido, hasta la altura de las rodillas y vi como la costra se había rasgado y volvía a emanar sangre.
Cierto era que tenía las rodillas llenas de heridas por haber sido arrastrada, pero yo ya las daba por curadas, pero aún así… Continuaban dándome problemas.
Estrujé la esponja encima de mi rodilla y cayó toda el agua que contenía. Me escoció, pero mordiéndome fuertemente el labio, aguanté el dolor. Sabía que estaban infectadas, pero no tenía dinero para pagar a un médico. Daba gracias que mi hermano me las curaba por las noches, pero no era suficiente.
-Mencía, ¿qué hacéis? –Oculté rápidamente mis rodillas, ante la mirada de asombro de Anastasia. –Tenemos que ir al salón del trono, y rápido.
-¿Por qué?
-Creo que ha habido un robo, pero no lo sé. ¿Necesitáis ayuda?
-No os preocupéis, son simples heridas, nada más.
-Esas heridas os causarán el no encontrar marido.
-Anastasia, nadie os debe juzgar por vuestras marcas. –Sonreí, mientras me levantaba del suelo. –Si existe el amor, nada de eso importa.
-¡Que ingenua sois! –Exclamó. –Nadie se casa por amor. Mi sobrino está soltero, haríais una pareja encantadora. ¿Queréis que os presente?
-Anastasia, gracias por el ofrecimiento, pero prefiero encontrar al hombre indicado yo misma y si no consigo hombre, moriré sola. No me importa. Iría encantada al convento.
-Tenéis unas ideas muy extrañas, mi querida Mencía.
Caminé de manera apresurada por los pasillos al lado de Anastasia. Subimos unas enormes escaleras, que estaban bastante frías, puesto que todo el día daba la sombra. Envidiaba al resto de los criados por tener zapatos, pero de momento solo me pagaban con comida y no creía que me pagaran con dinero.
Si eras mujer, la manera más rápida de obtener dinero, era dedicándote a la prostitución y yo no quería perder la poca dignidad que se consideraba que teníamos los campesinos, solo por querer unas monedas.
Llegamos al salón del trono. Era enorme y me quedé asombrada por los tapices y las alfombras, tan suaves, que adornaban ese inmenso salón.
Anastasia, rápidamente, tiró de mi brazo y me colocó con el resto de los criados. Ella se situó a mi lado y me dijo que estuviera recta, pero que no mantuviera el contacto visual con el rey.
A mi lado izquierdo estaba Oliver, era el criado del príncipe y sobre él caían muchas responsabilidades, puesto que constantemente el príncipe le mandaba hacer recados, enviando mensajes a distintas damas. Oliver tendría dieciséis años, pero su altura no decía lo mismo.
Tragué saliva, cuando sonaron las trompetas que anunciaban al rey Harry, y miré mis pies.
-He oído que uno de vosotros ha robado de mis cocinas. ¿Acaso no os alimento lo suficiente, para que dejéis de pecar sucias alimañas? –El gruñido de ira del rey retumbó por toda la sala. -¿Quién ha osado robar al trono de Traylasia? ¿Quién? El que hable ahora, no será castigado y el resto, torturado en vano.
-Majestad, creo que no debemos juzgar a la servidumbre de este modo. –Habló el que supuse que sería el arzobispo Adso de Baskerville.
-¿Qué sugerís?
-Sois conocido por ser sabio y un gran general de vuestras tropas. Yo sugiero, que les sometamos a juicios.
-Padre, es innecesario. –Miré al príncipe Daniel, por primera vez en mi vida y noté su pasividad ante el asunto. –Si han robado, aniquiladlos a todos y así estaréis seguros de quien ha sido el ladrón.
-Por ese motivo nunca seréis un buen rey. –Espetó a su hijo.
El rey caminó junto al arzobispo, mientras que su hijo se sentaba en el trono. Anastasia me dio la mano, puesto que estaba temblando.
-¡Oliver traedme un vaso de agua!
-¡Cállate!
El rey enfatizó toda su ira hacia su hijo en ese grito y el príncipe salió del salón del trono, agarrando a Oliver y llevándoselo de allí.
-Él no ha sido vuestro ladrón.
Salió del salón del trono malhumorado, tirando del brazo de Oliver. El rey llegó hasta donde yo estaba y noté como me observaba, pero rápidamente avanzó.
-Lo repetiré una última vez. ¿Quién ha sido?
-Majestad. –Un rechoncho criado, abandonó su posición en la fila y caminó hacia él. –He sido yo, tengo un hijo enfermo y mi mujer está en cinta y…
El rey Harry desenvainó su espada y cortó la cabeza de aquel criado, con toda su fuerza. El cuerpo, inerte, cayó al suelo, mientras que su cuello borboteaba la sangre, como si de una fuente se tratara.
Ejercí presión sobre la mano de Anastasia, justo cuando la cabeza rodó ante los pies del rey.
Ese acto fue despreciable y después de hablar el rey y contar que había sido un acto de obediencia, nos dejó marchar. Anastasia me dijo que aquello era solo una pequeña muestra de la crueldad que ejercía el rey en sus juicios.
Subí las escaleras malhumorado, con un nudo en la garganta, el cual impidió que contestara a mi padre delante de aquellos muertos de hambre, que en vez de agradecer el trabajar en palacio se dedicaban a robarnos en nuestra propia casa.
Había sacado al estúpido de mi criado, por el simple acto de abandonar aquel asqueroso salón, en el cual la presencia de mi padre era la de un dios todo poderoso, que juzgaba a su antojo. No me percaté de la presencia de Oliver hasta que llegué a mis aposentos.
-¿Y el vaso de agua? ¡¿Tengo que bajar yo a por él?!
Grité furioso mientras este bajaba a trompicones por las escaleras. Cerré la puerta con un atronador portazo y me dejé caer sobre la cama, esperando la llegada del estúpido de Oliver.
Llamaron a la puerta y tras oír un "adelante" la cabellera rizada de Oliver se asomó, con temor en su rostro y el vaso en sus manos.
-Aquí tenéis. Perdonad la demora. -Dijo agachando la cabeza y acercándome el vaso.
-Podéis retiraros.
Oliver salió de mi cuarto y en ese momento, antes de que pudiera sumirme en mis pensamientos, Sir Thomas irrumpió en mi habitación. Me incorporé rápidamente, poniéndome de pie y colocándome bien la camisa, a la par que este echaba una ojeada por mi cuarto.
-Os habéis equivocado de habitación. La de Anabeth es la de la izquierda.
-No busco a Anabeth, sino a vos.
-Decidme.
-Seré franco. No os agrada mi presencia ni a mí la suya. Haced vuestra vida y no os entrometáis en mis asuntos…de lo contrario, su padre y su hermosa hermana, serán informados de lo que hacéis.
-No os comprendo. –Dije sosteniendo la mirada con firmeza.
-¿De verdad Sir Daniel? Las paredes tienen oídos y hay ciertos rumores... –Sonrió pícaramente y se le marcó aquel hoyuelo que poseía en su mejilla derecha. –Dicen que el príncipe Daniel tiene gran interés por las criadas, llega incluso a acostarse con ellas.
-Eso no es cierto. –Dije nervioso, hasta tal punto que tiré el vaso de agua.
-En ese caso, no os importará que haga llegar el rumor a su padre, ¿verdad?
Bajé la mirada y me dirigí hacia el balcón. Sir Thomas se había enterado y era capaz de comentárselo a mi familia. Si mi padre se enterase, me despreciaría, más de lo que ya lo hace, e incluso llegaría a desheredarme por ensuciar el nombre de la corona.
-Lo suponía.
Esbozó una leve sonrisa de satisfacción. De repente vi una sombra caminar hacia mis aposentos y sentí algo de alivio.
-Daniel, ¿sabéis...? –Bajó el tono, y miró hacia Sir Thomas. –Disculpad.
-No os preocupéis, ya habíamos terminado. –Sonrió a mi hermana y transfirió la mirada nuevamente hacia mí. –Que tengáis un buen día Sir Daniel. Anabeth. –Le sonrió y salió de mi alcoba.
-¿Qué quería?
-Nada, quería saber vuestros... vuestros… vuestros ¡gustos! –Disimulé. –Ya sabéis... Quiere impresionaros para ganar vuestro corazón ¿Qué queréis de mí? –Suspiré.
-¿Habéis visto a mi criada?
-¿Anastasia?
-No, Mencía, la nueva.
-No sé quién es, pero seguramente esté en la sala del trono, con los demás criados. Uno de ellos ha robado de las cocinas.
Anabeth abandonó mi alcoba y yo me quedé pensando en cómo conseguir información sobre el Sir Thomas, y de ese modo poder chantajearle, como él había hecho conmigo.
Nadie iba a ensuciar mi nombre y menos ese altanero que parecía haber llegado a palacio para quitármelo todo. Podría quitarme a mi padre, y convertirse en el hijo que siempre había deseado que yo fuera, pero lo que nunca iba a conseguir, sería enfrentarme con Anabeth. De eso estaba seguro.
Había sacado al estúpido de mi criado, por el simple acto de abandonar aquel asqueroso salón, en el cual la presencia de mi padre era la de un dios todo poderoso, que juzgaba a su antojo. No me percaté de la presencia de Oliver hasta que llegué a mis aposentos.
-¿Y el vaso de agua? ¡¿Tengo que bajar yo a por él?!
Grité furioso mientras este bajaba a trompicones por las escaleras. Cerré la puerta con un atronador portazo y me dejé caer sobre la cama, esperando la llegada del estúpido de Oliver.
Llamaron a la puerta y tras oír un "adelante" la cabellera rizada de Oliver se asomó, con temor en su rostro y el vaso en sus manos.
-Aquí tenéis. Perdonad la demora. -Dijo agachando la cabeza y acercándome el vaso.
-Podéis retiraros.
Oliver salió de mi cuarto y en ese momento, antes de que pudiera sumirme en mis pensamientos, Sir Thomas irrumpió en mi habitación. Me incorporé rápidamente, poniéndome de pie y colocándome bien la camisa, a la par que este echaba una ojeada por mi cuarto.
-Os habéis equivocado de habitación. La de Anabeth es la de la izquierda.
-No busco a Anabeth, sino a vos.
-Decidme.
-Seré franco. No os agrada mi presencia ni a mí la suya. Haced vuestra vida y no os entrometáis en mis asuntos…de lo contrario, su padre y su hermosa hermana, serán informados de lo que hacéis.
-No os comprendo. –Dije sosteniendo la mirada con firmeza.
-¿De verdad Sir Daniel? Las paredes tienen oídos y hay ciertos rumores... –Sonrió pícaramente y se le marcó aquel hoyuelo que poseía en su mejilla derecha. –Dicen que el príncipe Daniel tiene gran interés por las criadas, llega incluso a acostarse con ellas.
-Eso no es cierto. –Dije nervioso, hasta tal punto que tiré el vaso de agua.
-En ese caso, no os importará que haga llegar el rumor a su padre, ¿verdad?
Bajé la mirada y me dirigí hacia el balcón. Sir Thomas se había enterado y era capaz de comentárselo a mi familia. Si mi padre se enterase, me despreciaría, más de lo que ya lo hace, e incluso llegaría a desheredarme por ensuciar el nombre de la corona.
-Lo suponía.
Esbozó una leve sonrisa de satisfacción. De repente vi una sombra caminar hacia mis aposentos y sentí algo de alivio.
-Daniel, ¿sabéis...? –Bajó el tono, y miró hacia Sir Thomas. –Disculpad.
-No os preocupéis, ya habíamos terminado. –Sonrió a mi hermana y transfirió la mirada nuevamente hacia mí. –Que tengáis un buen día Sir Daniel. Anabeth. –Le sonrió y salió de mi alcoba.
-¿Qué quería?
-Nada, quería saber vuestros... vuestros… vuestros ¡gustos! –Disimulé. –Ya sabéis... Quiere impresionaros para ganar vuestro corazón ¿Qué queréis de mí? –Suspiré.
-¿Habéis visto a mi criada?
-¿Anastasia?
-No, Mencía, la nueva.
-No sé quién es, pero seguramente esté en la sala del trono, con los demás criados. Uno de ellos ha robado de las cocinas.
Anabeth abandonó mi alcoba y yo me quedé pensando en cómo conseguir información sobre el Sir Thomas, y de ese modo poder chantajearle, como él había hecho conmigo.
Nadie iba a ensuciar mi nombre y menos ese altanero que parecía haber llegado a palacio para quitármelo todo. Podría quitarme a mi padre, y convertirse en el hijo que siempre había deseado que yo fuera, pero lo que nunca iba a conseguir, sería enfrentarme con Anabeth. De eso estaba seguro.
El sol brillaba con fuerza, después de aquella noche de tormenta. Christian dormía y por primera vez, aquella mañana me había levantado antes que mi hermana.
Ella se había ido, hacía unas tres horas, y siempre que se iba era como que abandonara su felicidad, y hasta que no regresaba a casa no la volvía a obtener.
-Christian. –Susurré en su oído. –Vamos dormilón, hoy necesito de vuestra astucia, para comprar en el mercado.
Christian rápidamente se levantó de la cama y con un bostezo, rápidamente se desperezó.
-Vos siempre necesitáis de mi astucia.
Sonrió y le di una manzana, de las que traía Mencía de palacio. Él la devoró inmediatamente, bajo mi atenta mirada.
Se colocó su roída camisa verde y miró las telas que había traído Mencía el día anterior.
-Sé lo que pensáis. –Sonreí. –Mencía es buena costurera y nos hará unas buenas camisas a cada uno.
-¿Por qué cuidáis de mí? Soy un mísero pícaro, que solo roba e incordia. ¿Por qué arriesgáis vuestros bienes en mí y a la vez me dais aprecio?
-Christian, hay veces que las personas hacemos cosas sin ningún motivo. Mencía os salvó sin que se lo pidierais y vos me ayudáis sin que os lo pida.
-¿Cómo una cadena?
-Somos una cadena y hay veces que los eslabones se rompen, pero siempre os podéis encontrar con gente buena que os ayudará sin pedir nada a cambio.
-Sois sabio, albéitar.
Salimos de casa y miré a Sombra en su cuadra, mientras caminábamos por las transitadas calles. Escuché el relincho de Sombra y sonreí como un estúpido.
-Gracias.
-No debéis agradecernos nada. Sois como un hermano más para nosotros. –Christian sonrió y me enseñó su imperfecta dentadura.
-Yo tengo una deuda con su hermana.
-No necesitáis saldarla, cuando queráis marchar sois libre.
-Sé que soy libre, ni vos ni su hermana sois mis amos. Yo soy su ayudante y el protegido de su hermana, y algún día saldaré mi deuda y vuestra hermana estará orgullosa de mí.
Reí por toda la fantasía que creaba su cabeza. Mi hermana estaba orgullosa de él, porque gracias a su astucia conseguíamos sobrevivir un día más, porque gracias a él aprendimos sobre la vida en la ciudad y sus peligros.
Llegamos al mercado y Christian rápidamente tiró de mi brazo, para que me agachara a su altura.
-Tengo un plan, para conseguir clientes. Vos no hable. –Se abrió paso entre la multitud y al llegar a la fuente elaboró su plan. –Señoras y señores, préstenme atención. ¿Alguno de ustedes tiene algún caballo, mula o burro enfermo? Mi amigo, el albéitar, es el mejor y les sanará a sus animales por seis monedas de oro y veinte maravedíes.
-Ya tenemos a los hechiceros, no necesitamos a un musulmán.
-Señora, no es musulmán. Es cristiano y es el mejor. ¡Mírenle! Es joven y... –La gente dejó de hacerle caso.
-Christian, lo habéis intentado. –Sonreí. –No pasa nada.
-Esperad. –Volvió a subirse en la fuente. –Él ha salvado al caballo de Mortis, aquel caballo árabe que Restor no había conseguido sanar. ¿Os seguís fiando de los engaños de ese brujo?
-¿Qué pruebas dais, muchacho?
-Cuando las campanas den las doce, es el cambio de guardia. Mortis cabalgará sobre ese ejemplar y obtendréis la prueba de la efectividad de los métodos de mi amigo y protector, el albéitar.
-Christian, dedicaos a robar a los clérigos. Se os daba mejor que esto.
Bajé a Christian de la fuente y comenzamos a andar.
-Tenga paciencia. Esta tarde tendréis otro cliente y Sombra un compañero.
-Me gusta vuestra seguridad y espero que tengáis razón.
-Christian siempre la tiene, confiad en mí.
Y eso fue lo que hice, confiar en él. Me guió por los puestos del mercado, contándome la vida de cada uno de los tenderos y de cada uno de los gremios que había allí reunidos.
Entré en la botica y compré unas hojas de eucalipto, mientras que Christian robó, sin yo darme cuenta, varios botes con ungüentos y alguna que otra medicina.
-¿Por qué lo habéis hecho?
-No me peguéis. –Se cubrió su rostro, con los botes en sus manos. -Lo he hecho por vos y para que podáis curar a vuestra hermana.
-No iba a pegaros, pero debéis dejar de robar. ¿Me comprendéis? De ese modo la gente empezará a confiar en vos y os será más fácil atraer a futuros clientes.
Christian guardó los botes y las hojas de eucalipto, en una bolsa de cuero que llevaba atada al cuello.
Caminamos y Christian se detuvo al ver salir a una mujer morena de la taberna
-¿Os ocurre algo? –Reí. –Sois joven para estar con mujeres, es más yo nunca he estado con alguna. –Sonreí, aunque Christian no apartaba la mirada de aquella mujer.
-Ella es mi madre. –Dijo tristemente. –Pensaba que me reconocería.
-Christian, no os pongáis triste. Ella se ha perdido el estar con un hijo maravilloso.
-Tenéis razón, Douglas.
Volvimos a perdernos en aquel inmenso mercado y solo paramos cuando Christian me lo indicó. Paramos en un puesto en el que vendía gallinas y Christian fue el que eligió. Cogió una ni muy gorda, ni muy flaca. Según él, era perfecta y por como la había manoseado, también era perfecta para dar huevos.
Después de comprar la gallina, fuimos a comprar una vaca y de nuevo, Christian fue quien eligió, aunque esta vez yo opiné. Él eligió el ejemplar y yo quien lo observé.
Abrí su boca y conté sus dientes para saber su edad. Miré como pisaba, acaricié sus ubres y noté que era una buena vaca lechera. Para asegurarme que estaba sana, acaricié su hocico y lo noté húmedo, como debía de estarlo.
Aquella vaca, lamió mi mano con su áspera y larga lengua. Pagué la cantidad por ella y aún me sobraba dinero.
Christian y yo volvimos a casa, para dejar lo comprado. Esta vez, saqué a Sombra del establo y fue idea de Christian volver.
Caminamos con Sombra por el mercado y me llevó a una zapatería.
-¿Aún tenéis dinero?
-Mortis fue generoso y tenemos para comprar seis pares de zapatos.
-Con uno basta y Sombra necesita zanahorias.
Sonreí y entramos en la zapatería, después de que até a mi escuálido jamelgo.
Compré mis primeros zapatos y al probar ella y dar los primeros pasos con ellos, lloré de alegría. Compré otros a Christian, que empezó a correr con ellos y compré unos a Mencía, e imaginando su alegría, salí de la tienda.
Desaté a Sombra y caminé con mayor seguridad, con el calzado de mi hermana en la mano.
Volvíamos a casa, cuando las campañas de la iglesia marcaron el medio día. Tal y como había dicho Christian, Mortis cabalgaba con su hermoso ejemplar y toda la plaza buscó nuestra presencia.
Christian me obligó a caminar y nada más llegar a casa y guardar a Sombra en el establo, apareció un hombre con una mula.
El animal tenía una herida en el cuello, causada por el roce del yugo. Era mi segundo cliente y mientras yo le decía a su amo cuento tiempo iba a estar sin aquel animal, observé como Christian robaba zanahorias y otra gallina de unos puestos cercanos a casa.
Aquel hombre se marchó y yo comencé a curar a esa mula, lo mejor que pude.