Acaricié a mi yegua. La adoraba más que a nada en el mundo y siempre cuidaba de ella. Acaricié las blancas crines de Fluflú y noté su respiración, tan profunda y tranquila que siempre me emanaba seguridad.
A aquella yegua le debía la mayoría de mis actos y puede que hasta mi propia seguridad en combate. A mis veinticuatro años, me había salvado de múltiples peligros. De esa forma, le debía tantas cosas a mi yegua, que llenaba parte de mi corazón.
Escuché un ruido, que me hizo dejar de contemplar la majestuosidad de mi yegua y miré hacia la puerta de los establos.
En ese momento, vi pasar a la hermana del albéitar. Llevaba el vestido manchado de sangre y sus cabellos, estaban ocultos por una cofia blanca.
Guardé a Fluflú en su cuadra y decidí seguirla. Estaba a muy pocos datos de conseguirla, pero aún me quedaba saber los objetivos del ejército del rey y conocer los pensamientos de la princesa, más concretamente sus actos.
Pensé en las palabras de Sir Thomas. ¿De verdad sería mía? Yo no quería obligarla a que me amara, sino que ella me amara por mí mismo y eso era algo que ni toda la comida y oro del mundo, lo conseguiría si no le expresaba mis disculpas.
Me escondí detrás de la puerta de las pocilgas y vi, como daba de comer a los enormes cerdos que criaban en el palacio. Mi corazón latía de manera desbocada y unos sudores fríos recorrieron mi cuerpo. ¿Nervios? ¿Amor? Sentimientos que nunca había sentido; puesto que la guerra y la lucha ocupaban todos mis pensamientos.
Me acerqué a ella, de manera sigilosa, justo cuando intentaba acariciar a uno de esos enormes animales.
-¿No cuidáis a la princesa?
Se asustó y al mirarme directamente, tiró el cubo y salió corriendo. Huía de mí, pero yo rápidamente agarré su brazo y la obligué a detenerse. Tapé su boca, para que no chillara y noté como su respiración era acelerada.
-Os soltaré, pero no chilléis. No voy a haceros nada.
Destapé sus labios y me distancié de ella. Me miraba asustada y por su mirada, quería irse de allí.
-Quería disculparme por las penalidades que le he causado.
-No quiero sus disculpas. No sois de fiar y aunque intentéis solucionar el daño ocasionado no conseguiréis de mis labios el perdón. No os lo merecéis.
Salió corriendo y yo solo pude contemplar cómo me rechazaba y huía. Me temía y por muchas cosas que Sir Thomas consiguiera, podría obtener su cuerpo, pero no su corazón.
Huí de Cebo lo más rápido que pude y sin darme cuenta, por estar más pendiente de mi huida que de otra cosa, me choqué con Dalya.
-¿Habéis visto a un fantasma? –Sonrió. –Estáis tan pálida como la princesa.
-Dalya, yo...
Intenté recuperar el aliento. Noté como aquella rechoncha y lozana criada, observaba a mis espaldas.
-No os giréis.
Susurró y yo le obedecí. Escuché unos pasos a mis espaldas y de repente, una respiración en mi nuca. Miré el rostro de Dalya y noté como depositaba su mirada en sus pies.
-Os habéis olvidado esto.
Tragué saliva al escuchar la voz de Cebo a mis espaldas y me giré, intentando evitar el contacto visual con él.
Miré su mano y vi como agarraba el cubo que yo había soltado sin darme cuenta, cuando me había empujado contra la pared.
Lo cogí y se marchó, dejando como única muestra de su presencia un suspiro.
-Venid conmigo.
Dalya me agarró de la mano y me obligó a seguirla hasta las habitaciones de algunos de los criados. Ella vivía en una de las habitaciones con su hermana pequeña, Denissa.
-Aquí podremos conversar. –Cerró la puerta y nos quedamos en el rellano de la escalera de piedra. -¿Huíais del capitán Cebo? –Simplemente asentí. – ¿Os ha hecho algo?
-Esta vez no.
-¿Os ha forzado?
-No, Dalya. He conseguido huir de él, pero creo que eso es lo que trama.
-Sois inteligente y Cebo demasiado estúpido. Huid de él e intentad no ir sola por el palacio, otras no tuvimos esa suerte.
-¿Os forzó?
-Por favor, no elevéis la voz. –Susurró y miró a nuestro alrededor. –No solo él, el príncipe y alguno de sus guardias. Mi marido quiso repudiarme cuando se enteró.
-Lo siento.
-No temáis, intentaré ayudaros, pero debéis ofrecerme algo.
-No tengo grandes cosas, no...
-Dadme varios mechones.
-Vos también sois rubia, ¿para qué los queréis?
-Mi hermana quiere acostarse con el príncipe y por su físico no se fijará en ella, pero siendo rubia...
-¿Me habéis mentido?
-¡No, jamás haría tal cosa! ¡Mencía escuchadme!
Salí de allí y caminé de manera acelerada por los patios. Nadie era de fiar, solo Anastasia y aún así me costaba intentar compartirle mis puntos de vista o temores, por miedo a que me ocurrieran cosas como lo que me acababa de suceder con Dalya.
Ella me había engañado, utilizando su astucia de asquerosa y ladrona criada. Ahora entendía el por qué de que su marido quisiera repudiarla.
Me escondí entre los setos y me apoyé en una de las paredes de los muros. Comencé a llorar, porque estaba descubriendo lo cruel que era el mundo y la de problemas que me ocasionaban las personas.
Me tapé el rostro con mis manos y dejé que mis lágrimas cayeran libremente por mis mejillas. No entendía nada, pero al mismo tiempo comprendía todo. ¿Qué sería de mí? ¿Conseguiría alguna vez alguna muestra de gratitud de alguien, sin que fuera algún beneplácito personal?
-Mencía, ¿estáis bien? ¿Es el dolor de madre lo que os atormenta?
Descubrí mi rostro al escuchar la voz de Anastasia y como si fuera un movimiento involuntario le abracé y lloré todo lo que no había llorado antes por mis males pasado y presentes.
-¿Qué os ha ocurrido, mi niña?
-Muchas cosas, Anastasia, muchas cosas.
-¿Queréis contármelas?
-¡Anastasia, Mencía! –Nos interrumpió con un gritó la princesa Anabeth. –Requiero de vuestra ayuda en mi alcoba.
Me levanté del suelo y zarandeé mi falda, para eliminar el polvo que tenía. Me coloqué la cofia y noté como de nuevo mis rodillas volvían a sangrar.
-Anastasia, gracias por preocuparos por mí.
Susurré, mientras caminábamos cabizbajas detrás de la princesa. Ella lucía sus mejores ropas y sus cabellos al sol, mientras que nosotras debíamos permanecer cabizbajas y siempre estarle agradecidas por todo lo que nos ofreciera, esconder nuestro aspecto y siempre ir tras ella.
Comencé a caminar adentrándome por los pasillos de palacio, seguida de Mencía y Anastasia.
Una vez que llegamos a mis aposentos, mandé traer mi atuendo de montar a caballo. Mencía rápidamente dio con él y ambas me vistieron. Recogí mi cabello con un pasador, adornado con pequeñas esmeraldas y demás piedras preciosas.
Anastasia y Mencía se quedaron ordenando y limpiando mi alcoba mientras yo me encaminaba a los establos, con la intención de dar un paseo con Bruma.
El cielo mantenía su color azul pastel día tras día, sin nubes, con la única variación de una serie de matices.
Atravesé el jardín oyendo únicamente el canto de los pájaros que se encontraban en las ramas de los árboles, ya florecidos; y el paulatino borboteo que procedía de la fuente.
Bajé las escaleras y me dirigí derecha al establo.
-¡Bruma!
Corrí hacia ella con una sonrisa en mi rostro, la cual se esfumó al verla en una posición que no estaba acostumbrada a adoptar. Me arrodillé frente a ella y levanté su cabeza, acariciándola entre sus orejas.
Percibí su pelaje húmedo. Sudaba de forma exagerada y giraba constantemente la cabeza hacia su costado y su abdomen, intentando golpearse con los cascos.
-Bruma, tranquila, te pondrás bien.
Corrí en busca de algún guardia que pudiera ir a la ciudad a pedir ayuda a Restor, el mejor mago de Traylasia.
Restor llegó a la ciudad apenas hacía cinco años. Supuestamente había pasado parte de su vida al norte de Ombu, admirando las altas cumbres de ese pequeño pueblo perdido en la región de los "hielos eternos", donde sólo los mejores hechiceros habían puesto los pies a lo largo de la historia.
Por la ciudad se oían rumores de que Restor se guiaba por la indicaciones de un pergamino y se orientaba por las estrellas, en un terreno donde la temperatura llegaba a los diez grados bajo cero. También contaban que era capaz de comunicarse con los animales a través de la mente y telepáticamente. La mayoría de sus curaciones se basaban en curar con la mente, y con algunas hierbas procedentes de los lugares que había visitado a lo largo de su vida. Solía decir que los curanderos en realidad no eran capaces de salvar vidas, ya que todos y cada uno de nosotros llevamos la curación en nuestro interior.
-Bruma no se encuentra bien. Id a buscar a Restor. –El capitán Cebo me miró con perplejidad. – ¡Moveos! ¡Id ahora mismo!
Grité mientras se dirigía hacia Fluflú y salía apresuradamente de palacio. Volví a la cuadra y me quedé sentada al lado de Bruma, mientras esta golpeaba fuertemente el suelo de madera con sus cascos.
Tiempo después apareció Cebo seguido de Restor, un hombre de mediana edad, con el pelo canoso y una larga barba grisácea.
-Princesa Anabeth, tendréis que salir de la cuadra, será solo un momento.
Salí de allí y me quedé junto a Cebo, el cual miraba fijamente a Restor, como si no se fiara de él ni de sus poderes medicinales que aseguraba poseer.
-Lo siento. Tiene la mente bloqueada y no me deja averiguar lo que le sucede. –Dijo Restor mientras guardaba unas hojas verdes en el interior de una bolsita de tela.
-¿No podéis desbloquear su mente?
-Me temo que no. Siento no poder seros de ayuda, alteza.
Divisé a Mencía a lo lejos, junto a la fuente.
-Quedaos aquí. –Subí las escaleras y me dirigí hacia ella. – ¡Mencía! –Grité consiguiendo llamar su atención y que se girase.
-Decidme, ¿en qué puedo serviros?
-Id a buscar a Mortis y preguntadle quien curó a su caballo.
-Fue mi hermano.
-¿Su hermano? –Inquirí sorprendida.
-Sí, el muchacho que vio el otro día junto a mí en las cocinas. –La miré con incredulidad, puesto que yo pensaba que el joven rubio era su marido.
-Ordenaré a Cebo que le busque. ¿Podrá curarla?
-Alteza, es un gran albéitar, podrá hacerlo.
Bajé las escaleras con una pizca de esperanza y ordené a Cebo en busca del albéitar.
Estaba enseñando a Christian como se hacía la pasta de eucalipto que le daba a Mencía en sus rodillas y que le untaba a aquella mula.
Christian tenía mucha habilidad a la hora de aprender y memorizar las cosas. Le hice que cogiera una cuchara de madera y que removiera el enorme caldero, para que no se pegaran las hojas.
Caminé hacia el establo y miré la herida de la mula. Ya estaba casi cicatrizada y en pocos días volvería a estar trabajando.
-¡Christian! –Grité su nombre desde el establo, mientras rascaba las enormes orejas de la mula. –Traed el caldero con cuidado y dos paños limpios.
Christian vino con el caldero, a los pocos minutos y con dos paños en su otra mano. Caminaba con una sonrisa y parecía contento, tanto con sus zapatos, como por la camisa que le había hecho mi hermana.
-¿Puedo hacerlo yo, Dougie?
Sonreí a Christian y le preparé el paño, para que él solo tuviera que aplicárselo a la mula en la herida.
-¿Me coceará?
-No. Dadle confianza. –Sonreí y le di el paño, mientras él sujetaba a la mula. –Son muy inteligentes, ¿verdad, Sombra?
Sombra relinchó y se acercó a olisquear aquel caldero. El olor no le gustó y rápidamente apartó su enorme cabeza de allí. Christian y yo reímos.
Agarré la cuerda con la que Christian sujetaba a la mula y el comenzó a ejercer presión en la herida del cuello, con el paño. Noté como la piel de la mula era sacudida por un escalofrío y como coceaba con las patas delanteras en el suelo.
-Es suficiente, Christian. No queremos hacerle daño.
Sonreí y Christian se separó de la mula. La soltamos y se alejó de nosotros, hacia el pesebre.
Recogimos las cosas y Christian, depositó dos manzanas encima de la mesa.
-Nunca aprenderéis a no robar.
-Ni vos a ser honesto y aceptar que poseéis un don para tratar a los caballos.
Iba a contestar a Christian justo cuando salíamos del establo, pero en ese momento apareció el capitán Cebo a lomos de su majestuosa yegua.
-¿Qué deseáis? –Christian se escondió detrás de mí.
-Se os necesita en palacio. El caballo de la princesa está enfermo y el hechicero no puede curarlo.
-¿No tienen en palacio un curandero?
-La princesa ha sido informada por su hermana de que vos sois el indicado. Os quiere a vos, no a un curandero o un hechicero mentiroso.
Le dije a Christian que preparara a Sombra, mientras que yo caminé a casa, bajo la atenta mirada de Cebo, con el caldero y los paños.
Los deposité encima de la mesa y me cambié de camisa. Me vestí con la que me había hecho mi hermana y abandoné mi casa, para acudir a palacio.
Subí a Chritian en Sombra y comenzamos a cabalgar siguiendo a Cebo.
-Teneis un buen ejemplar.
-Gracias, aunque no tiene el mismo esplendor que su yegua.
-Vuestro jamelgo nunca será comparable a la perfección de mi árabe.
-La raza a veces no importa. Cada caballo es único y todos son igual de nobles. Sombra es tozudo, pero en sus tiempos seguro que fue el mejor caballo de batalla que tuvieron los Gertryos. –Sombra relinchó.
-¿Sois Gertryo?
-No, señor. Provengo de los condados del norte, de los primeros años de la invasión y este fue mi mayor robo a aquellos mercenarios.
Cebo hizo un gesto desairado y posteriormente escupió al suelo. Contemplé su aspecto y me sorprendió su juventud, para ser capitán.
-Su hermana y vos se parecen. Aunque ella tiene otra belleza. ¿Tiene algún pretendiente?
-¡Mencía le odia! –Gritó Christian, espoleando a Sombra, para que entrara en palacio.
Descabalgamos de Sombra y caminamos hacia los establos. Christian me contó las intenciones de Cebo sobre mi hermana y al no ser de fiar, y el simple hecho que mi venganza era en su contra, le ignoré y no respondí. Jamás le entregaría a mi hermana y nunca la traicionaría de ese modo, sin darle la posibilidad de conocer el amor verdadero tan extraño en nuestras costumbres.
Al llegar allí, vi a un hombre, agachado y diciendo cosas extrañas, alrededor del caballo. Christian me susurró que aquel hombre era Restor.
-¿Vos sois el albéitar?
-Sí, alteza. –Hice una reverencia bastante nervioso.
-Restor dice que no es capaz de entrar en la mente de mi jaca, ¿vos podréis curarla?
-Lo intentaré.
Miré a mi hermana de reojo, aunque ella pareció no verme. Estaba mirando a sus zapatos y parecía triste. Me fijé en su vestido y noté como en él había sangre fresca.
Me acerqué a ella, bajo la altiva mirada de la princesa y las estúpidas palabras de aquel estafador.
-Mencía, ¿estáis bien? –Acaricié su rostro y recogí algunas lágrimas.
-Haced vuestro trabajo, no os preocupéis por mí.
-Pero vuestras rodillas...
-¡Puede curar a mi yegua ya! –Gritó aquella princesa de ojos color cielo. –Me gustaría dar un paseo con ella cuanto antes.
Me distancié de mi hermana y miré a la princesa con asco. No tenía sentimientos, ni corazón. Los de su clase solo velaban por sí mismos y sus intereses, nada más.
Restor se apartó de la yegua y empezó a maldecirme por interrumpir su labor.
Llamé a Christian y le dije que contara los dientes, como yo le había enseñado, para saber su edad.
-Tiene ocho años.
-Incorrecto, mi pequeño amigo. –Sonreí. –Tiene nueve y además es de las machorras, ¿veis el colmillo? –Christian asintió. –Mi maestro decía que solo lo poseen los machos y algunas hembras.
-¡Podéis dejar de ser un majadero y curarla! Estoy cansada de escuchar a ineptos, y de no ver resultados.
Acaricié a la yegua y noté como su abdomen estaba hinchado. Su posición, no era la típica de un caballo, sino que estaba sentada sobre sus cuartos traseros y con los delanteros estirados. De vez en cuando relinchaba de manera aguda, mostrando su dolor.
-¿Qué ha comido?
Subí a Chritian en Sombra y comenzamos a cabalgar siguiendo a Cebo.
-Teneis un buen ejemplar.
-Gracias, aunque no tiene el mismo esplendor que su yegua.
-Vuestro jamelgo nunca será comparable a la perfección de mi árabe.
-La raza a veces no importa. Cada caballo es único y todos son igual de nobles. Sombra es tozudo, pero en sus tiempos seguro que fue el mejor caballo de batalla que tuvieron los Gertryos. –Sombra relinchó.
-¿Sois Gertryo?
-No, señor. Provengo de los condados del norte, de los primeros años de la invasión y este fue mi mayor robo a aquellos mercenarios.
Cebo hizo un gesto desairado y posteriormente escupió al suelo. Contemplé su aspecto y me sorprendió su juventud, para ser capitán.
-Su hermana y vos se parecen. Aunque ella tiene otra belleza. ¿Tiene algún pretendiente?
-¡Mencía le odia! –Gritó Christian, espoleando a Sombra, para que entrara en palacio.
Descabalgamos de Sombra y caminamos hacia los establos. Christian me contó las intenciones de Cebo sobre mi hermana y al no ser de fiar, y el simple hecho que mi venganza era en su contra, le ignoré y no respondí. Jamás le entregaría a mi hermana y nunca la traicionaría de ese modo, sin darle la posibilidad de conocer el amor verdadero tan extraño en nuestras costumbres.
Al llegar allí, vi a un hombre, agachado y diciendo cosas extrañas, alrededor del caballo. Christian me susurró que aquel hombre era Restor.
-¿Vos sois el albéitar?
-Sí, alteza. –Hice una reverencia bastante nervioso.
-Restor dice que no es capaz de entrar en la mente de mi jaca, ¿vos podréis curarla?
-Lo intentaré.
Miré a mi hermana de reojo, aunque ella pareció no verme. Estaba mirando a sus zapatos y parecía triste. Me fijé en su vestido y noté como en él había sangre fresca.
Me acerqué a ella, bajo la altiva mirada de la princesa y las estúpidas palabras de aquel estafador.
-Mencía, ¿estáis bien? –Acaricié su rostro y recogí algunas lágrimas.
-Haced vuestro trabajo, no os preocupéis por mí.
-Pero vuestras rodillas...
-¡Puede curar a mi yegua ya! –Gritó aquella princesa de ojos color cielo. –Me gustaría dar un paseo con ella cuanto antes.
Me distancié de mi hermana y miré a la princesa con asco. No tenía sentimientos, ni corazón. Los de su clase solo velaban por sí mismos y sus intereses, nada más.
Restor se apartó de la yegua y empezó a maldecirme por interrumpir su labor.
Llamé a Christian y le dije que contara los dientes, como yo le había enseñado, para saber su edad.
-Tiene ocho años.
-Incorrecto, mi pequeño amigo. –Sonreí. –Tiene nueve y además es de las machorras, ¿veis el colmillo? –Christian asintió. –Mi maestro decía que solo lo poseen los machos y algunas hembras.
-¡Podéis dejar de ser un majadero y curarla! Estoy cansada de escuchar a ineptos, y de no ver resultados.
Acaricié a la yegua y noté como su abdomen estaba hinchado. Su posición, no era la típica de un caballo, sino que estaba sentada sobre sus cuartos traseros y con los delanteros estirados. De vez en cuando relinchaba de manera aguda, mostrando su dolor.
-¿Qué ha comido?
-Señor, se alimenta de albahaca fresca que trae Restor. –Contestó un joven mozo de cuadras.
-Christian, ve a observarla y tráeme una muestra.
Christian corrió con el mozo de cuadras y trajo, después de haberlo observado, un poco de albahaca.
Vi que estaba mezclada con otras hierbas, que olían raro.
-Restor, ¿dais incienso a los caballos?
-Mezclo entre la albahaca, para purificarlos y poder comunicarme. ¿Insinuáis que los estoy envenenando?
-No insinuó nada, Restor. –Seguí identificando las hierbas y todas provocaban trastornos alimenticios en los caballos.
La yegua giró sobre sí misma. Se retorcía de dolor y no podía hacer nada por ella, solo dejarla que ella hiciera lo propio. Sus pulsaciones eran pocas, pero eso denotaba que estaba bien.
En ese momento caí en lo que le pasaba a aquella yegua.
-Su caballo tiene un cólico. Es leve, porque se lo he descubierto pronto. Debemos hacer que vomite todas las plantas aromáticas que le ha mezclado Restor en su albahaca.
-Haced lo que debáis.
Caminé por el establo y cogí un cubo. En casos así, no era bueno darles agua, pero quería que vomitara y expulsara todo aquello.
La yegua bebió y al momento expulsó de su organismo todo lo que había ingerido. No solo había hierbas, sino piedras y restos de papel.
-Vos envenenáis a los caballos.
-¡No blasfeméis sandeces, estúpido muchacho! ¡Yo no hago tal cosa!
-Restor, abandonad las cuadras. Rezad porque no os he mandado a las mazmorras por intentar acabar con la vida de los caballos reales.
Restor empezó a maldecir a todos los presentes y algunos guardias se le llevaron de allí. La yegua continuaba vomitando, pero esta vez, ya se había incorporado.
Su abdomen ya no estaba tan hinchado, pero continuaba mal.
-No estará bien en un par de días. Necesita reposo, agua fresca y comida decente, para recuperarse.
-Sí, albéitar. –El mozo de cuadras miró asustado a la fría princesa.
-¿Sobrevivirá? –Preguntó la princesa.
-Sí, no debe asustarse. Los cólicos son así y vuestra yegua no estaba muy grave. Me quedaré aquí hasta la noche, observando su progresión.
-Christian, ve a observarla y tráeme una muestra.
Christian corrió con el mozo de cuadras y trajo, después de haberlo observado, un poco de albahaca.
Vi que estaba mezclada con otras hierbas, que olían raro.
-Restor, ¿dais incienso a los caballos?
-Mezclo entre la albahaca, para purificarlos y poder comunicarme. ¿Insinuáis que los estoy envenenando?
-No insinuó nada, Restor. –Seguí identificando las hierbas y todas provocaban trastornos alimenticios en los caballos.
La yegua giró sobre sí misma. Se retorcía de dolor y no podía hacer nada por ella, solo dejarla que ella hiciera lo propio. Sus pulsaciones eran pocas, pero eso denotaba que estaba bien.
En ese momento caí en lo que le pasaba a aquella yegua.
-Su caballo tiene un cólico. Es leve, porque se lo he descubierto pronto. Debemos hacer que vomite todas las plantas aromáticas que le ha mezclado Restor en su albahaca.
-Haced lo que debáis.
Caminé por el establo y cogí un cubo. En casos así, no era bueno darles agua, pero quería que vomitara y expulsara todo aquello.
La yegua bebió y al momento expulsó de su organismo todo lo que había ingerido. No solo había hierbas, sino piedras y restos de papel.
-Vos envenenáis a los caballos.
-¡No blasfeméis sandeces, estúpido muchacho! ¡Yo no hago tal cosa!
-Restor, abandonad las cuadras. Rezad porque no os he mandado a las mazmorras por intentar acabar con la vida de los caballos reales.
Restor empezó a maldecir a todos los presentes y algunos guardias se le llevaron de allí. La yegua continuaba vomitando, pero esta vez, ya se había incorporado.
Su abdomen ya no estaba tan hinchado, pero continuaba mal.
-No estará bien en un par de días. Necesita reposo, agua fresca y comida decente, para recuperarse.
-Sí, albéitar. –El mozo de cuadras miró asustado a la fría princesa.
-¿Sobrevivirá? –Preguntó la princesa.
-Sí, no debe asustarse. Los cólicos son así y vuestra yegua no estaba muy grave. Me quedaré aquí hasta la noche, observando su progresión.