Cuando los primeros rayos de sol desgarraron el cielo marchamos hacia la iglesia, como cada domingo desde que tenemos uso de razón.
Nuestros padres nos habían encauzado por el camino religioso, pues, nuestra madre había sido una fiel devota, y en esta época, solo se podía sobrevivir teniendo fe en algún ser superior que te castigaría o te recompensaría dependiendo de tus actos.
La iglesia estaba en la plaza, frente a la fuente. Habían edificado aquella iglesia a conciencia, para que perdurara el mayor tiempo posible.
Estaba construida con piedras alargadas, arquerías y ventanas de doble derrame, para ganar en solidez. En la parte superior se podía admirar un gran campanario, del cual todas las mañanas a las doce, provenía un agudo tintineo.
El sonido estridente de la puerta de madera hizo que algunos de los feligreses girasen sus cabezas para contemplar de donde procedía semejante estruendo. Un vago hedor dominado por incienso y mirra emanaba del altar y del interior de la iglesia.
Los primeros bancos estaban ocupados por varias mujeres con velo, parecido al que llevaban Anabeth y Anastasia. Tomamos asiento en la última serie de bancos, junto a una columna de piedra. La luz que entraba por los ventanales de alabastro iluminaba una gran cruz de madera que presidía aquella austera iglesia.
El padre Joan se colocó sobre el altar y lo besó, como hacía siempre al empezar la misa. Alzó la mirada hacia todos nosotros y elevó la voz, haciendo que sus palabras resonaran por toda la iglesia.
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos nos santiguamos, y se hizo el silencio, el cual el sacerdote rompió y prosiguió con la ceremonia.
La misa terminó y el padre Joan se despidió con: "La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu descienda sobre vosotros" seguido de un "podéis ir en paz."
Una vez terminada la celebración, los fieles comenzaron a salir sosegadamente de la iglesia. Algunos de ellos se dirigieron al confesionario, al igual que Anabeth que estaba acostumbrada a hacerlo a menudo.
Y yo me preguntaba qué era lo que confesaba si no había roto un plato en su vida; Anabeth a mi lado era una santa.
Resoplé, y un mechón de cabello pelirrojo me cayó sobre la frente. Lo aparté con mis dedos, echándomelo hacia atrás. Dirigí la mirada hacia Anastasia, la cual se encontraba ensimismada mirando hacia la cruz, con los dedos entrelazados.
-Solemos decir que nunca creeremos en algo que no veamos con nuestros propios ojos, sin embargo, la mayoría de nosotros creemos en Dios. Irónico, ¿verdad?
Anastasia asintió y me miró.
-No hay ser en la tierra que no crea en algo. Creer nos hace fuertes, luchar por nuestras vidas y nos hace pensar que vendrá algo mejor, aunque tarde en hacerlo.
Me sostuvo la mirada, luego la rompió con una sonrisa torcida y un poco maltrecha, pero una auténtica sonrisa.
Anastasia era sabia y nos había enseñado muchas lecciones morales a Anabeth y a mí, más de las que nuestro padre jamás nos daría.
Me levanté junto a ella, y nos acercamos a la puerta, donde nos estaba esperando Anabeth con una sonrisa en su rostro.
Volvimos a palacio antes de que el sol despuntara en lo más alto del cielo, despejado de nubes. Dejé a Anabeth en sus aposentos y me encaminé hacia los establos, ya que había prometido a Lazlo dar un paseo con él en cuanto volviera de la iglesia.
Escuché el repiqueteo de las campanas, en la lejanía. Habían pasado más de seis días, desde que había sanado al caballo de la princesa Anabeth.
Me había ofrecido mucho dinero y cuanto quisiese, pero yo solo le pedí que dejara a mi hermana un día sin ir a trabajar a palacio, para así poder curarla.
Decidí salir a la calle, una vez que había preparado el ungüento que iba a probar, para conseguir curar las rodillas de mi hermana.
Christian se había marchado, para devolver la mula y un burro que había curado en estos días. Estaba solo en casa, bueno con Mencía, pero realmente no sabía dónde estaba. Era un ser relativamente libre y frágil, pero que no tenía alegría por las cosas.
Ella era mi alegría y puede, que incluso mi único motivo, para continuar sobreviviendo un día más. Desde pequeño, prometí a mi padre cuidar de ella y enseñarle todo lo que yo aprendiera, para que así ella fuera tan igual como yo. Estaba claro que en nuestra forma de vida, la mujer no pensaba y mi hermana en ese aspecto era diferente.
Hojeé el único libro que tenía. Era un tratado de anatomía de Aristóteles que Ajman me había regalado al cumplir los trece años. Fue su primer libro, al igual que para mí, aunque él en mis circunstancias hubiera sido muchísimo mejor. Estaba claro que yo no era tan diestro como mi maestro y que jamás podría sentirme orgulloso de la profesión que me había enseñado a desempeñar.
Dejé de manipular aquel viejo libro y salí fuera. El bullicio de aquella mañana era normal, aunque era una mañana de esas que Christian llamaba "perfectas" para poder robar y que nadie se enterara, por la niebla que había.
Caminé hacia los establos y bebí un poco de agua. Allí no estaba Sombra y lo único que se me ocurrió, fue que Mencía estuviera con él en la pradera.
Me rasqué la nariz y el agradable olor a eucalipto, rápidamente me envolvió. Caminé hacia la pradera, distraído y ensimismado en mis pensamientos y de repente, antes de llegar, escuché la risa de mi hermana y unos relinchos, muy agudos, de Sombra.
Me quedé apoyado en la pared del establo y comencé a contemplar los juegos que tenían Mencía y Sombra. Eran dignos de ver, tanto por su comunicación, como por su comportamiento. Ese caballo adoraba a mi hermana y ella le adoraba a él.
Noté algo áspero, cálido y húmedo en mi mano. Miré algo asustado y empecé a sonreír, puesto que era aquella enorme vaca que había comprado con Christian en el mercado.
-Rothiar. –Sonreí. – ¿Esta es vuestra muestra de gratitud?
Acaricié aquella enorme cabeza rojiza y lo cierto es que en todo el tiempo que llevaba con nosotros, esa vaca daba mucha leche y parecía tener otro brillo en sus ojos, que el que tenía cuando estaba en el mercado.
-¡Hermano!
Gritó Mencía entre risas y me saludó. Sus cabellos, dorados como el trigo, caían por su espalda y le hacían tener un porte aristocrático. Para mí siempre sería una princesa, aunque hubiéramos nacido en la más profunda pobreza.
Agité mi mano y la sonreí. Ella corrió hacia mí, perseguida por Sombra, que jugaba a adelantarla y cuando eso sucedía paraba, para relinchar.
-Os veo más feliz. –Sonreí y ella rápidamente miró al suelo. –He preparado ya el ungüento. Deberíamos volver a casa, para que pudiera curaros.
Guardó a Sombra, no sin antes darle un poco de agua. Mientras ella esparcía algo de paja por la cuadra, yo ordeñé a Rothiar y saqué un cubo, hasta arriba, de leche.
-Hoy cocinaré una tortilla. –Vi de reojo como cogía un par de huevos. – Christian tenía razón y estas gallinas son de las mejores.
Cogí el cubo con la leche y abandonamos el establo. Llegamos a casa y allí estaba Christian, intentando contar las monedas, de oro, que le habían dado. Rápidamente, las escondió en el zurrón de tela que tenía bajo mi cama.
-Tenemos para comprar pan durante un mes.
Rió Christian, mientras que Mencía y yo sonreíamos. Christian nos miró y nos abrazó, sin que mi hermana y yo conociéramos el motivo. Al reírse, noté como uno de los dos dientes le estaba apareciendo en la encía.
-Os habéis vuelto a romper la camisa. –Mencía introdujo su dedo en el agujero del cuello de la camisa de Christian.
-Es la antigua, la que vos me habéis hecho está guardada bajo mi cama y solo me la pongo cuando acompaño a Dougie al mercado.
-Quitaos la camisa y os la coseré.
-No es necesario. –Mencía empezó a hacerle cosquillas.
-Mencía, antes de que te pongas a coser... Tus rodillas necesitan ser curadas.
Mencía dio los huevos a Christian y él los colocó en una de las tres baldas de mohosa madera, que poseíamos. Yo dejé el cubo de leche encima de la mesa, mientras mi hermana se sentaba en una de las sillas.
Hacía frío, por lo que le dije a Christian que encendiera la leña.
Cogí el ungüento y me arrodillé ante mi hermana. Su vestido estaba manchado de sangre reseca, en la zona de sus rodillas. Subí poco a poco el zarrapastroso faldón y vi sus heridas, en parte encostradas y en parte en carne viva con pus.
Mis manos estaban tan sucias como su pálida piel, y al no ser nobles, no podíamos permitirnos el lavarnos todos los días.
-Christian. –Se alejó del resplandor del fuego. –Dadle la mano a Mencía.
-¿Tan mal están? –Mencía tenía miedo y sus palabras temblaban en sus labios. –Doug...
-No os preocupéis, solo os escocerá y Christian es el más indicado.
-Dadme la mano, Mencía. –Sonreí, al ver como Christian entrelazaba sus dedos con los de mi hermana. –Pronto estaréis bien y no os quedarán cicatrices.
Quería estar tan seguro como él, pero lo cierto era que si conseguía curar a mi hermana, le quedarían unas enormes cicatrices incapaces de borrar.
Pasé el trapo por las rodillas de mi hermana y ella gimió. Miré de reojo como apretaba la mano de Christian y como sus piernas comenzaban a temblar.
-Sé que escuece, pero si no te hago esto, enfermarás y...
-¡Morir me da igual! –Gritó entre lágrimas, mientras le quitaba las costras. – ¡Parad ya!
Miré a Christian y él me entendió. Apretó su mano y se sentó en su regazo, para obligarla a no levantarse.
Continúe curando a mi hermana y poco a poco el paño pasó de ser blanco, con manchas verdes, a ser completamente rojo.
Mi hermana apretaba sus mandíbulas y lloraba de dolor, amargamente. Dejó de temblar cuando yo dejé de curar sus rodillas.
Fui a por un cubo de agua, lo más rápido que pude y nada más entrar, limpié sus piernas.
Las heridas estaban sonrojadas y en carne viva. Ya no había rastro de la infección y eso me daba esperanzas.
Christian se levantó del regazo de mi hermana y ella, simplemente le besó en la mejilla, entre lágrimas.
-Siento haberos hecho daño, no...
-Gracias. Sé que todo lo hacéis por mi bien.
Se levantó de la silla y cojeando, empezó a hacer la comida, aunque al poco tiempo tuve que llevarla en brazos a la cama, porque sus piernas no aguantaban su peso con todo el dolor que estaban aguantando.
Christian y yo nos encargamos de la casa, mientras que ella contemplaba como el fuego consumía la madera.
Esperé a que sonaran las campanadas que indicaban la media noche y decidí salir, oculto entre las sombras, de palacio para reunirme con mi informador.
Llevaba una pequeña bolsa de cuero, atada al cinturón y a cada paso, tintineaban las monedas de oro que contenía.
-¿Todo bien, Sir Thomas?
Me giré rápidamente sobresaltado, agarrando el mango de mi espada. Al ver que el rey Harry era quien me había dado el alto, decidí tranquilizarme y empecé a pensar una mentira, para decirle.
-Majestad. –Me incliné ante él con una reverencia y una sonrisa hipócrita. –No debe preocuparse, voy a ver a mi caballo.
-¿A tan elevadas horas?
-Nunca me fío de los mozos de cuadra y es el mejor caballo de todo el condado de Regnath.
-Cierto, aunque los caballos regnathianos no tienen nada que envidiar a un caballo de Traylasia o a la astucia de un caballo árabe.
-No debe olvidar, majestad, que todos nuestros caballos los hemos intentado adiestrar como un caballo Gertryo y ya ve, que es una complicada tarea.
Al conseguir aquella sonrisa del rey, comprobé que era muy aficionado a los caballos y por todos los ejemplares únicos, que tenía, un coleccionista.
Me dio permiso, para que pudiera ir a los establos y así poder encontrarme con Cebo.
Cuando llegué al patio principal, comencé a correr y así pude llegar a los establos. En la oscuridad estaba la silueta del que supuse que era Cebo, pero debía asegurarme con una de nuestras múltiples contraseñas.
-El sol se oculta.
-Bajo el árbol quebrado y la montaña del tuerto.
Me acerqué a él y contemplé como temblaba. Estaba a punto de traicionar a sus ideales, por el simple deseo de conseguir a una estúpida criada. Era muy ingenuo, pero yo sabía aprovecharme de esa situación y obtener beneficio de ella.
-¿Ha ocurrido algo, Sir Thomas?
-El rey me ha entretenido, no debe alarmase. ¿Tiene lo que deseo?
-En parte. –Pronunció en un susurro y de manera veloz.
-En parte. –Repetí sus palabras y comencé a caminar a su alrededor. – ¿Sabéis lo que quiere decir eso?
-Señor, soy un hombre de palabra y resistiré la tentación de mi soledad hasta que haya cumplido lo que me pedisteis.
-Ella no será vuestra, pero puede que con esto consigáis persuadirla. –Le di la bolsa con las monedas de oro que colgaba de mi cinturón. –No se resistirá a vuestros encantos, si tenéis dinero y atractivo.
-No será fácil, me teme y huye.
-Sea cortés, no se comporte como un mercenario. –Hinché mis pulmones y me detuve frente a mi caballo. –Ahora requiero vuestra información.
-Sí señor. –Suspiró e hizo que su pupila azul, se fijara en mis ojos. –El príncipe Daniel frecuenta a escondidas tabernas y prostíbulos, desde los dieciséis años. Ha rechazado a seis princesas de países lejanos y su relación con el rey es...
-Eso ya lo sabía. ¿Es seguro?
-¿El qué señor? Pensaba que conocíais mi información.
-Los prostíbulos.
-Sí Sir Thomas, algunas prostitutas hablan de ello y algunos de mis guardias le han estado observando en secreto.
-Gracias por su información. ¿Tiene algo más?
-Los planes de guerra del rey Harry. Tiene intención de recuperar los condados del norte, pero lleva meses esperando misivas de confirmación de algunos duques de los condados del sur. Siento defraudarle en la labor que me encomendó sobre la princesa, pero ese aspecto es muy complicado de tratar puesto que solo está en palacio.
-Me ha servido de gran ayuda, es una lástima que le haya faltado eso, para obtener a su criada. –Sonreí y caminé hacia la puerta con él. -Mañana tenga los sentidos bien despiertos, eliminaremos las cloacas de Traylasia y necesitaré a los hombres que menos escrúpulos tenga.
-Sí, señor.
Abandoné a Cebo y volví entre las sombras, frotándome mis manos, a mis aposentos. Ahora conocía varios puntos de flaqueza del príncipe y los planes del rey. Eso me haría ganar puntos en el aprecio de su majestad y hacer que se desprestigiara el honor y la honra del príncipe mimado y consentido de Traylasia.