Contemplé la majestuosidad de mi caballo. El más bravo y el mejor animal de batalla que el hombre jamás había visto. Relinchó en los primeros rayos del amanecer. Caminaba con fuerza tras el enclenque mozo de cuadras.
-Sir Thomas, he aquí vuestro...
-¡Esfúmate!
Espoleé los costados de la bestia sobre la que estaba montado y esta galopó, dejando tras de sí un relincho y el sonido de sus cascos.
Hacía frío y el vaho era normal a aquella temperatura. El cielo parecía predecir lo que iba a acontecer, puesto que era anaranjado, como el color del fuego.
-Capitán. –Sonreí maliciosamente, frenando a Lábdaco.
-Sir Thomas. –Inclinó su cabeza, como símbolo de reverencia. –Tenéis a mis mejores mercenarios a vuestra disposición.
Miré a sus hombres y sonreí, al saber que mi plan iba a terminar en una gran victoria.
-Como bien le dije a vuestro capitán Cebo, hoy limpiaremos Tjmud de las ratas que hay en esta ciudad. Muchos de vosotros puede que os acobardéis y os neguéis a llevar a cabo esta carnicería, pero el dinero es lo que siempre ha movido y moverá al mundo. –Reí, al arrojarles una enorme bolsa llena de monedas de oro. – ¿Contaré con vuestros servicios?
-¿Qué masacre queréis acometer?
-Quiero erradicar de Tjmud todos los prostíbulos, con la aniquilación de todas y cada una de las mujeres que se ofrecen a esa obra del mismo Satán.
-Señor...
-Puedo ofrecerle más y con ello podréis poseer a todas las mujeres que queráis. –Volví a sonreír maliciosamente. –Cualquier mujer haría lo que fuera por un trozo de pan y algo de dinero...
-Lo... Lo haremos, Sir Thomas.
Me miraron extrañados y algo apenados por ese acto, por el que seguramente Dios les perdonaría su pecaminosa vida.
Miré a Cebo y noté tristeza en su mirada. Comenzamos a cabalgar en busca de los prostíbulos y no noté en él todo el coraje que un joven capitán de la guardia real debía poseer.
-¿Os ocurre algo?
-No, Sir Thomas. Simplemente siento pena por la vida de las mujeres que vamos a aniquilar.
-No temáis por sus vidas; ya que son brujas y arderán en el infierno por rameras. –Acaricié el cuello de Lábdaco. – ¿Habéis hablado con vuestra doncella?
-No señor. –Sonrió nervioso. –Continúa huyendo de mí, pero realmente soy un monstruo.
-Dadle tiempo y en caso que eso no sea así, tomadla por la fuerza.
-No quiero llegar a ese extremo. Quiero que me ame por quién soy y no por mi hacienda y posición.
-El amor no existe mi querido, Cebo. ¿Creéis que la princesa Anabeth me ama? Ella me odia y aborrece mi presencia, tanto como yo la de su hermano, pero con el tiempo me amará.
-Tenéis mucha seguridad en vuestro porvenir.
-No es seguridad, es conocimientos sobre el sexo débil e inferior. Para nosotros son premios y ellas poco a poco, después de doblegarse como bestias salvajes, terminan amándonos. Nunca nos casamos por amor, Cebo. Nunca.
Espoleamos rápidamente a nuestros caballos y llegamos al primer prostíbulo de los tres que había en la ciudad de Tjmud.
Los mercenarios entraron y sacaron a todas las prostitutas. Algunas estaban vestidas, aunque la mayoría estaban desnudas y en una situación de éxtasis y de satisfacción divina.
-¿Queréis algo, caballeros?
Nada más pronunciar aquella mujer, de oscuros y aterciopelados ojos, di mi orden de degollar a todas las prostitutas. Dando origen a un río de sangre y un montón de cadáveres apilados, unos encima de otros.
-Cebo, quemad el prostíbulo y los cadáveres de estas brujas.
Cebo, mi leal marioneta por aquellos momentos, prendió fuego con una antorcha al prostíbulo. Los ciudadanos salían a la calle, para contemplar tal espectáculo y salvajismo.
Lábdaco se alzó de manos y así demostré mi fiereza con los asquerosos plebeyos.
-Cualquier mujer que ofrezca su cuerpo, al príncipe será degollada, al igual que toda mujer que ejerza este oficio de impuras. No será castigada por mí, sino por Dios y descansará en los fuegos eternos de Satanás.
Abandonamos ese primer prostíbulo y repetimos el proceso en el segundo. Sembré miedo en la ciudad, pero ese era mi plan. Que el príncipe muriera amargado, sin descendencia y sin ninguna mujer a su lado; ya que así reinaría yo.
Conocía el pensamiento del príncipe Daniel y conocía sus desprecios hacia todas las princesas casaderas. También conocía sus líos de mantas con las criadas, pero dentro de palacio yo no era el soberano; sino un miembro más de la corte. Así que allí solo podía implantar el miedo y de esa forma, el príncipe dejaría de perseguir mujeres y moriría de tristeza y de pena, al saber cómo su propio padre le traicionaba y le daba el trono en bandeja a un invasor.
-Sir Thomas, este es el último prostíbulo y el más visitado por todo hombre de la ciudad de Tijmud. Es la taberna de Shagned. ¿Es necesario el derramamiento de sangre?
-Siempre es necesario y más si queremos eliminar pecadores de este mundo, tan plagado de infieles.
Cebo tragó saliva y espoleó a su blanco corcel, para dar la orden a sus mercenarios de aniquilar a las mujeres. Yo contemplaba la imagen en la lejanía y la verdad es que era una imagen muy hermosa.
La taberna en llamas, con hombres y mujeres desnudos saliendo de su interior con miedo a la muerte en sus miradas. Los gritos de las mujeres al ser degolladas y los primeros rayos de sol en aquella mañana tan nublada y fría.
Comenzó a llover, cuando quedaban tres prostitutas. Dos murieron de una gran puñalada, pero la última, la que Cebo se encargaba de asestar su golpe final, no moría aún.
-Terminad con su vida. –Me jacté de aquella furcia y me acerqué a ellos.
Cebo contemplaba a aquella mujer con pena.
-No os entristezcáis por su vida. Ahora encontrará placer esta puta en el infierno.
Cebo agarró a aquella mujer y desapareció con ella. Aquel estúpido capitán de la guardia tenía demasiados sentimientos a flor de piel, por estar enamorado. Tenía en mente aniquilar a su amada, pero las hambrunas determinarían su suerte, antes que el acero de mi espada.
Regresé a palacio con los mercenarios y les di otra bolsa de oro por sus servicios prestados. Descabalgué de Lábdaco y cuando me disponía a salir de los establos, apareció Cebo.
Golpeé su rostro, tan inmaduro y angelical, con fuerza. Su ceja comenzó a sangrar, al igual que su labio.
-¿Por qué me habéis desobedecido?
-Esa mujer me crió como si fuera su propio hijo. Tuvo que trabajar de prostituta, porque su marido la había engañado y nos echó de su casa a mí y a sus dos hijos. Después de aquello, sé que tuvo siete hijos más, pero todos bastardos y al perder a su infiel marido, solo ese trabajo le era bien merecido y visto, ante los demás. No podía matarla.
Me levanté del sillón y me acerqué a la ventana. Dirigí la mirada hacia un cielo color ceniza, adornado de múltiples y negruzcas nubes.
Las gotas de lluvia se deslizaban por la ventana, como si de una carrera se tratara, luchando por llegar las primeras.
Al igual que ocurría en la vida: luchamos por convertirnos en el mejor, sin importarnos a quien aplastamos; ganar es el objetivo; cueste lo que cueste, incluso jugando sucio.
Anabeth odiaba los días de lluvia, tenía fobia a las tormentas desde que era pequeña.
Todavía recuerdo aquel frío día de invierno en el que por primera y última vez mi padre se sintió orgulloso de mí.
*Desperté con un gran estruendo proveniente del exterior de palacio. Corrí hacia la ventana, y me encontré con un cielo totalmente negro, parecía que el sol había desaparecido para siempre.
Los rayos alumbraban mi alcoba y los truenos retumbaban por todo palacio al igual que el continuo goteo de la lluvia. Salí de mis aposentos apresuradamente y me dirigí a los de Anabeth.
Madre estaba con ella, la tenía en brazos e intentaba consolarla de su profundo llanto.
-Cariño, solo es una tormenta, no tienes por qué tener miedo. –Madre alzó la mirada y me indicó con la cabeza que me acercara a ellas. –Mira, Daniel no llora porque sabe que las tormentas aunque hagan mucho ruido y nos puedan asustar, no pueden hacernos daño.
Anabeth levantó suavemente la cabeza del regazo de mi madre y me miró con los ojitos llorosos. Al momento bajó la mirada de nuevo y abrazó a mi madre con sus pequeñas manos.
Mi padre, el rey, irrumpió en la habitación con toda la majestuosidad con la que había sido educado desde pequeño, y requirió de la compañía de madre. Esta se levantó y dando un beso en la frente a Anabeth y revolviendo mi cabello, se marchó tras él.
Anabeth seguía llorando y yo no sabía qué hacer para aplacar con sus lágrimas. No tenía la dulzura de nuestra madre y el cerebro de un niño de diez años, no daba para mucho.
-Anabeth, si dejas de llorar, te dejo que juegues con el caballo de madera que tanto te gusta. –Acaricié su cabello.
No levantó la cabeza y continuó llorando, con más fuerza.
« ¡Qué raro! Con lo que la gusta mi caballo balancín.»
Traté de calmarla con cientos de cosas, pero me fue imposible, hasta que levanté su cabeza con cuidado y la obligué a mirarme a los ojos.
-Mira Anabeth.
Cuando conseguí su atención, comencé a gesticular y a mover los ojos y la boca, cual bufón. Pareció hacer efecto, ya que dejó de llorar, empezando a reírse y a imitarme.
Sonreí orgulloso tras haber conseguido hacerla reír.
-¡Vamos!
-¿Adónde?
-¡A por tu caballo! –Me dio la mano y salimos corriendo hacia mi habitación. *
Sonreí al recordar aquel día, ya que fue una de las pocas veces que había sabido obrar bien y ejercer mi deber como príncipe, aunque mi padre no estuviera orgulloso de mí.
Bajé las escaleras y atravesé el largo pasillo, el cual conducía a las cocinas. Desde la distancia se podía apreciar movimiento y nerviosismo en las cocinas. ¿Cuál sería el motivo de semejante revuelo?
-¡Ay qué será de esos muchachos sin una madre que les alimente! –Gritaba una de las cocineras.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué este alboroto? –Pregunté a Anastasia, la cual se encontraba calentando agua.
-Una desgracia, príncipe Daniel. Sir Thomas y algunos de sus hombres han asesinado a todas las prostitutas de la ciudad, y posteriormente han quemado los prostíbulos y la taberna de Shagned.
Salí de la cocina en busca de padre. Tenía la excusa perfecta para echar de aquí a ese asqueroso y odioso caballero.
Llegué al salón del trono. La puerta estaba entornada, y se oían voces en el interior de la sala, por lo que me acerqué sigiloso. No quise interrumpir a padre, así que me limité a observar por el pequeño hueco que había entre la puerta y el marco de esta. Atisbé dos siluetas, una era la de Harry y la otra de Sir Thomas.
Me alegré al verles hablar, porque seguramente mi padre le estaba echando de palacio y rompiendo el futuro matrimonio con Anabeth por haber tomado decisiones sin su previo consentimiento. Una sonrisa se esbozó en mi rostro, la cual se esfumó tras oírles hablar.
-Sir Thomas, he de deciros que estoy realmente agradecido de que hayáis acabado con todas esas mujeres, hijas de Satán, portadoras de enfermedades y dios sabe qué más.
-Solo hago lo mejor para el reino, majestad.
Cada día que pasaba aborrecía más la presencia del Sir Thomas en palacio. Además de arrebatarme mi entretenimiento y mi placer, tenía que soportar las lisonjas de padre hacia él.
Él había movido ficha, pero ahora me tocaba a mí, y tenía claro que esta partida por muchos obstáculos que me pusiera, no le iba a dar el placer de ganarla tan fácilmente.
Aquel lluvioso día el palacio estaba sumido en un profundo caos. La masacre de todas las prostitutas de la ciudad y la amenaza de muerte a cualquier mujer que se ofreciera a dar placeres carnales al príncipe, habían fomentado aquel caos.
Cuando conocí la noticia de aquella salvaje cacería, pensé en Sinra, la madre de Christian. No la conocía, pero Christian me dio mucha pena. Quizás él no lo sabría o quizás sí, porque ya era un secreto a voces por toda la ciudad y sus alrededores.
Christian muchas veces, nos obligaba a pasar por la plaza, con la excusa de ir a comprar algo de pan, pero realmente lo hacía, para poder ver a su madre un día más.
La fidelidad de Christian y su esperanza de volver a estar con su madre algún día, le hacían ser un pícaro muy especial y una persona digna de admiración y respeto.
-Anastasia, ¿creéis que era necesario el derramamiento de sangre de todas esas desdichadas mujeres?
-Ha sido orden de Sir Thomas, querida. Nunca se pueden debatir las ordenes de los que tienen poder y acabar con todas esas sucias rameras, ha sido lo mejor que se ha hecho en Tjmud.
-Habláis sin sentido humano. ¡Razonad pues! Sois inteligente y la princesa siempre requiere de vuestros consejos.
-Insolente muchacha. ¡Tres casas llenas de rameras era lo que tenía esta ciudad! –Elevó su voz, al parar a llenar su cubo de agua. –Sir Thomas de Blackwell ha cumplido muy bien su labor y ha hecho algo que el príncipe Daniel, podía haber hecho hace mucho tiempo. Por mi parte, Sir Thomas debe de ser el futuro rey y no ese niño consentido.
-Yo creo que Sir Thomas esconde algo. ¿Por qué ahora? ¿Qué le han hecho esas mujeres? Ellas solo se ganaban su pan dando placer a los hombres. Ahora… -Llené mi cubo y medité mis palabras. –Posiblemente ahora, se incrementen las violaciones.
-Dios no permitirá tales fechorías. Los hombres son fieles a sus esposas. –Intenté creer las palabras de Anastasia, pero mis conocimientos sobre aquello, me hacían desconfiar de su perfecta utopía. –Debéis dejar de ser tan desconfiada. Dentro de unos meses Sir Thomas será vuestro señor y cuando nuestro querido rey Harry abandone este mundo o de su poder a su heredero, está claro que se lo dará a él. El príncipe Daniel no tiene ninguna posibilidad de reinar y mucho menos, después de haber rechazado a seis princesas y no haber engendrado ningún descendiente.
Anastasia continuó exponiéndome sus argumentos por lo que Sir Thomas debía reinar y no el verdadero heredero a la corona de Traylasia. Escuché sus palabras, mientras limpiábamos las escaleras. Ella era sabía, pero discrepaba con muchas de sus ideas de una época anterior a lamía.
Aunque era mujer, Ajman me había enseñado a pensar y leer. Le agradecía todos los conocimientos que poseía, pero estaba claro que debería de ocultarlos por siempre.
Mientras limpiaba el suelo, Anastasia se calló de golpe y no me gustó nada el silencio que había creado. Miré la sombra que estaba ante mí y elevé mi mirada poco a poco del suelo, observando a aquella figura; mientras me ponía en pie.
-¿Continuáis odiándome?
-No intentéis comprar mi corazón, jamás lo poseeréis.
-No pretendo comprar vuestro corazón, simplemente deseo que mis sentimientos hacia vos sean recíprocos.
-¡Jamás!
Esperé una bofetada por parte de Cebo, o un golpe, pero no se inmutó. Simplemente bajó su mirada hacia el suelo que acababa de fregar y se acarició la herida de su ceja.
-Decidle a vuestro protegido que su madre está a salvo.
Cebo se marchó tras decir esas palabras. ¿Cómo conocería a la madre de Christian? ¿Sería alguna mujer en la que encontró placer algún día, tras alguna guerra o con la que perdió su virginidad?
-¿Por qué no aceptáis a Cebo, para cortejaros? Es apuesto, y posé prestigio en la ciudad.
-No puedo. Jamás le perdonaré la muerte de mi familia.
-Eran animales…
Anastasia interrumpió sus palabras, cuando yo me marché. Conocía su respuesta de siempre y como cristiana vieja, jamás ofrecería la posibilidad de dejar de creer en que los árabes, como Ajman y su desdichada familia, eran buenas personas.
Cuando volví por agua de la fuente. Contemplé como caía la lluvia.
-Mencía, ¿puedo hablar con vos?
-Sí, alteza.
Caminé junto a la princesa, Anabeth, como ella me había aconsejado y comenzó a llevarme por un patio que yo, como criada, le tenía vetado.
-¿Qué deseáis de mí, señora?
-Vuestro hermano, el albéitar.
-¿Mi hermano? No os entiendo, alteza.
-¿Vivís con él?
-Mientras ningún hombre se case conmigo, pertenezco a su propiedad. Soy su moneda de cambio, hacia algo mejor.
-¿No tenéis marido? –Negué sonriente, ante la incredulidad de la princesa.– ¿Y ese niño?
-Es un pícaro de la ciudad, simplemente cuido de él dándole un hogar, comida y protección.
-Tenéis buen corazón, pese a vuestra rebeldía, pero… habladme del oficio de vuestro hermano, ¿cómo es que no os han mencionado antes en la ciudad?
-Nosotros no vivíamos en la propia Tjmud, habitábamos en una choza de los alrededores y el verdadero albéitar, quien le enseñó el trabajo a mi hermano, no quería fama. Simplemente curaba a los caballos y demás animales de los vecinos, pero no tenía ninguna relevancia para los demás, pese a su necesaria labor.
-¿Ahora estáis solos?
-Sí, señora. Vuestro arzobispo, dio orden de terminar con su vida, por ser musulmanes.
-Pero vos y su hermano, no sois árabes.
-Somos del condado fronterizo de Rocagris.
-¡Ese condado está bajo el dominio de los Gertryos desde hace diez años! –Exclamó horrorizada.
-Ellos tomaron posesión de todo el condado, pero la suerte hizo que no nos aniquilaran en nuestra huida y que no corriéramos la misma suerte que nuestros verdaderos padres.
Anabeth no pronunció ninguna palabra. Me dio orden de marchar, aunque su rostro mostraba tristeza y algo de miedo por la tormenta.