Contemplé el cielo azul, de aquella mañana de primavera. Parecía ser cierto lo que las ancianas habían dicho y que después de una gran tormenta, siempre salía el sol y brillaba con más fuerza.
Dejé de liberar mi mente y volví al presente, junto con mi cubo y mi mugrosa esponja. Lo cierto es que aquella mañana me había confundido de cubo y llevaba uno de dimensiones más grandes, por lo que pesaba más que de lo habitual.
-¿Necesitáis ayuda?
-Debéis volver con vuestro amo, Oliver. –Sonreí depositando el cubo en el suelo. –Conocéis su carácter.
-Mi amo lleva dos días trastornado y de todas formas hoy tengo motivos para sonreír.
-¿Os han dado alguna moneda de oro? –Negó sonriente. – ¿De dónde procede vuestra alegría?
-Acaba de nacer mi primer hijo.
Me quedé sin habla por unos segundos. Oliver, a sus dieciséis años acababa de ser padre; mientras que yo, a mis dieciocho años continuaba creyendo en el amor, desaprovechando así la corta juventud.
-¡Enhorabuena, Oliver! –Sonreí nerviosa, al ver como cogía mi cubo. –Y tu mujer, ¿cómo se encuentra? ¿Será muy joven?
-Como cualquier mujer después de parir. –Rió de una manera peculiar. –No es joven. Es de mi edad y aún así ya es mayor, para alumbrar el primer hijo.
-Por lo menos vuestra esposa os da un hijo, no como yo que continuo buscando al hombre adecuado. Creo que me retiraré a un monasterio si eso no ocurre.
-A pesar de vuestra edad, aún sois joven y hermosa. Muchos hombres querrán cortejaros y de entre ellos, elegid.
Soltó el cubo cerca de las enormes escaleras que comunicaban la primera planta con la segunda. Oliver no cabía en sí. Irradiaba de júbilo al saber que era padre y a cualquiera que veía se lo decía.
Comencé a llevar a cabo mi labor, o mi castigo diario. Limpiar los enormes escalones de piedra del palacio, no eran una labor muy agradable y por la recompensa, tampoco es que se hiciera más agradable y ameno. Tan solo nos pagaban con un mendrugo de pan y un tomate cada dos días.
Al ir arrastrando el cubo, el agua que caía fuera salpicaba mis zapatos. Intentaba tenerlos cuidados y limpios, pero era una labor algo complicada. A medida que me acercaba más hacia la segunda planta, escuché un sonido extraño. Era música, pero mi curiosidad debía de ser saciada y quería descubrir que o quien hacía ese sonido.
Me levanté del suelo y comencé a seguir la música. La puerta estaba entreabierta y yo solo me dediqué a observar y a disfrutar del sonido.
Descubrí que aquel instrumento era un virginal y quien estaba interpretando aquella pieza, que parecía tan complicada, era la princesa Anabeth.
Observé todos los movimientos de las manos de la princesa. Eran ligeros, seguros y precisos, tanto que parecía hacer magia. Tenía curiosidad por saber que era lo que estaba tocando, pero yo simplemente era una plebeya y no tenía derecho al conocimiento.
Contemplé su vestido a dos piezas de color turquesa y azul de las cascadas de Nash. Mis ojos contemplaron la belleza de la princesa, el recogido de sus castaños cabellos y ciertamente sentí envidia. Eso era pecado, pero ella nunca vestiría con polvorientas ropas y debería de esconder sus cabellos. Ella podría, y solía, mostrarse orgullosa tanto de sus conocimientos como de su propia persona, mientras que yo debía de ser sumida y obedecer las órdenes que ella daba constantemente.
-¿Disfrutáis?
Noté como el corazón saltaba en mi pecho, al escuchar la voz de Agrón. Me giré sobresaltada y con las mejillas ardiendo, por lo que supuse que estaban sonrojadas.
-Siento haberla asustado. –Sonrió y me hizo una reverencia.
-No os preocupéis, pero no necesito una reverencia.
-¿Acaso no sois persona y de mejor corazón que todos aquellos que se hacen llamar nobles, príncipes o reyes? –No contesté, simplemente miré nerviosa hacia la puerta, por si Anabeth se había percatado de mi presencia. –Las reverencias se realizan a las verdaderas personas que son nobles y no a los que su linaje les lleva a ello. Una noche os conté una historia que espero que memoricéis.
-Tengo buena memoria.
-No la pongo en prueba, puesto que sé que memorizáis parte de un libro que pretendéis robar para vuestro hermano.
-¿Cómo lo habéis...? –No terminé la pregunta al descubrir su sonrisa.
-Vuestro secreto está a salvo, a parte le vendrá bien a vuestro hermano ese tratado. –Agarró mi mano. –Ahora recordad esta frase, mi señora. ¿Estáis preparada? –Asentí. –Llegado el momento cobrará sentido, pero por ahora solo serán palabras. –Suspiró. –La montaña llorará amor, sangre y honor.
-¿Por qué queréis que recuerde estas cosas?
-Cada cosa a su tiempo. Por ahora continuad limpiando y coged el libro mientras que la familia real y su invitado disfruten de la comida.
Agrón desapareció antes de que yo le pudiera preguntar nada. Realmente aquel sabio enano sabía hacer magia y cuando hablaba con él parecía no haber distinción social.
Observé por última vez como mi ama tocaba aquel instrumento y decidí volver a limpiar, con la frase de Agrón muy presente.
«La montaña llorará amor, sangre y honor»
¿Qué significaría aquello? Preferí no intentar razonar algo lógico y obedecer las palabras de Argón. Las que decían que en un futuro todo tendría sentido, junto con la historia que yo había interpretado como una fantástica leyenda.
Después de limpiar, vacíe él agua de mi cubo y conseguí escabullirme y robar, sin dificultad, el libro. Lo escondí en aquel enorme cubo y hasta que no me topé con la princesa, pensé que toda la suerte, aquel día estaba de mi lado.
-¿Os ocurre algo, Mencía?
-No, señora. ¿Os dirigís al comedor?
-No tengo hambre y mucho menos quiero contemplar la figura de ese bastardo al que pronto llamaré marido. –Las palabras de Anabeth iban cargadas de ira y rabia.
-¿Le conocéis?
-Muy poco, ¿por qué preguntáis eso?
-No entiendo por qué tenéis un prejuicio de él. Según dicen las lenguas la engorrosa idea de limpiar las calles de prostitutas ha sido suya. Estaréis complacida de que vuestro futuro marido cree más conflictos entre los ciudadanos, pero como nuestra clase os da igual.
-Insolente. ¡¿Cómo osáis?! –Abofeteó mi cara reiteradas veces.
-Simplemente digo la verdad, mi señora. Puede que sean las palabras más sinceras que jamás escuchéis, pero si seguís haciendo prejuicios, nunca seréis feliz.
-Los de vuestra calaña deberíais de estar agradecidos de lo que hacemos por vosotros.
-Solo dais protección, pero nosotros mantenemos vuestros lujos y gracias a que somos exprimidos, no pagáis impuestos.
-No sabéis nada, estúpida plebeya. –Volvió a abofetear mi rostro.
-No sabré nada, pero puede que conozca la dureza del mundo y no me queje porque mi prometido sea un hombre al que no conozco, porque no quiera conocerle.
Me marché, observando mi cubo y en su interior mi botín. No me importaban las bofetadas. Jamás me callaría.
-¡Esperad! –Me giré hacia mi ama. – ¿Queréis ser mi dama de compañía?
-Señora, yo...
-Sé que vuestra lengua no es la que cualquier mujer desea para su dama de compañía, pero necesito hablar con alguien de mi edad.
-No conocéis mi edad.
-Decídmela, pues. –Sonrió. –Yo tengo dieciocho inviernos, ¿y vos?
-Los mismos, pero Anastasia ya es...
-Anastasia es mi nodriza y con vos podré hablar más abiertamente. Desde que me debatís descubro lo equivocada que estoy y como mi educación es errónea. ¿Qué me decís?
-Yo… Alteza, yo…
-¿No vais a comer, Anabeth? –Cebo sonrió y noté como me observó, para quedarse con el mayor numero de detalles sobre mi cuerpo.
-No tengo apetito, capitán. Deberíais de meteros en vuestros asuntos, mi querido Cebo.
-Tened un buen día, alteza.
Cebo marchó y por la mirada que Anabeth me dedicó entendí muchas cosas que ella había sabido intuir.
-Tendréis mi protección, os lo prometo.
-Alteza, yo no requiero de…
-No vaciléis. –Rió. –Seréis mi nueva dama de compañía.
Mientras esperábamos a que nos sirvieran, el comedor estaba sumido en un profundo silencio. Me sentía incómodo y fuera de lugar, nada nuevo, puesto que así me sentía cuando me encontraba con ellos.
Padre se entretenía tamborileando con sus finos dedos sobre la mesa. Movimientos raudos y precisos que me ponían nervioso. Veía sus anillos en sus finos dedos y sentía cada golpe de sus dedos encima de la mesa, como pequeñas puñaladas de despecho. Sir Thomas tenía la mirada ausente y de vez en cuando la dirigía hacia la pequeña ventana que se encontraba detrás de mi padre. Yo simplemente esperaba, de manera esperanzada, la llegada de mi hermana, para que toda este silencio desapareciera.
Cebo irrumpió en la sala. Miró a Thomas y este le devolvió la mirada, después se dirigió a mi padre con mirada firme y una inclinación de cabeza, que mi padre le devolvió, como muestra de afecto.
-Vuestra hija no nos acompañará. No tiene apetito. –Padre le dio permiso para que tomara asiento con nosotros.
-¿Se encuentra enferma? –Pregunté preocupado.
-No, al menos no lo parecía. No os preocupéis.
-Capitán, ya me comentó Sir Thomas que contó con su ayuda para acabar con la vida de todas esas alimañas que servían al mismísimo Lucifer. –Mi padre sonrió, mientras Thomas me observaba esperando mi reacción.
¡¿Qué!? Cebo, mi mejor amigo desde… desde hace tanto tiempo que ni mi memoria me permite recordarlo. ¿Realmente Cebo estaba metido en los asuntos del estúpido de Sir Thomas? No me lo podía creer, era algo imposible. Le miraba incrédulo, pero a la vez notaba una puñalada en el pecho. Una traición. La pérdida de un gran amigo.
Cuando miré a Cebo, de manera incómoda e inquisitorial, le encontré nervioso, y algo confuso. Sus manos recorrieron su rostro y se detuvieron en sus dorados cabellos.
-Yo... Simplemente cumplo órdenes, mi señor. –Dijo mientras mojaba su gaznate con el vino recién servido. Supuse que sería para calmar su intranquilidad.
-Tenéis buenos hombres, no todos saben ser fieles a un líder tan joven como vos.
La voz de Sir Thomas era altiva y en su rostro asomaba una sonrisa burlona. Cebo dirigió la mirada hacia mí, pero yo la aparté. ¿De verdad pensaba que le iba a perdonar? Noches anteriores, le había contado mi odio hacia él y le había contado mis incredulidades hacía sus trámites, no solo matrimoniales, en la capital del reino de Traylasia.
Uno de los criados nos sirvió la comida y se retiró tras hacer una reverencia. Comenzamos a degustar la comida en silencio. Deseaba que todo aquello terminara cuanto antes. No podía más. No solo era una traición; sino dos, y en un mismo día. Si llegaba a reinar, ¿quién me tomaría en serio?
-Príncipe Daniel, ¿qué pensáis al respecto?
-¿Ahora os importa lo que yo pueda pensar?
Su majestad, el rey Harry III. Mi padre, me miró transmitiéndome un mensaje muy claro «Cállate y no me dejes en evidencia». Estaba harto de callarme a todo. De ser el tonto, el que no hablaba por no pecar.
-Pienso que os tendríais que preocupar más por conseguir el afecto de Anabeth antes de entrometeos en asuntos que ni os van ni os vienen. Muy loco debería de estar alguien, para daros a vos lo que nunca obtendréis.
-¡Daniel!
Mi padre dio un fuerte golpe en la mesa, con el que Séneca desapareció de debajo de la mesa. Noté como la mirada de Thomas se volvía hacia mí llena de rabia. Apretó la mandíbula, como si estuviera reteniendo un montón de palabras, con las que posteriormente se arrepentiría de haber pronunciado. No dijo nada. Nadie dijo nada.
-No quiero veros, Daniel. Solo me dejáis en evidencia, ¿por qué no aprendéis de Sir Thomas? –Miré a mi padre triste, como un adolescente rebelde que pide una explicación por algo que no ha hecho. –Marchaos de aquí…
Con aquel último suspiro, noté como mi padre parecía sentir algo hacia mí. ¿Cariño? ¿Afecto? Realmente no lo sabía, porque mi última mirada fue para el rostro triunfador de Sir Thomas y al nerviosismo de Cebo.
Quería decirles demasiadas cosas a cada uno de ellos, incluso desenvainar mi espada y retar a una duelo a Sir Thomas, pero simplemente me levanté de la silla, y tras un portazo, dejé el comedor, con la mirada atónita de esos tres bastardos, a los que solo les interesaba el poder.
Christian asustaba a las gallinas, por diversión, mientras yo ordeñaba a nuestra vaca.
Rothiar rumiaba la paja y de vez en cuando mugía. Cuando eso ocurría Christian se asustaba, no entendía el por qué, pero se asustaba y se quedaba inmóvil.
Terminé de ordeñar a Rothiar y llevé el cubo de leche al interior de la casa. Cuando acometí esa acción, volví con Christian al establo y decidimos sacar a Sombra y a un burro, a la pradera.
-Es extraño, el sol se va a ocultar y vuestra hermana no ha regresado aún.
-Requerirán su ayuda en palacio.
-Dougie, ¿sabéis si es cierto el rumor sobre la quema de los prostíbulos?
-Christian. –Suspiré pesadamente, porque yo mismo había visto como la taberna de Shagnem ardía, en la lejanía. –Fuera cual fuere el destino de vuestra madre, seguro que se encuentra bien.
-Solo quería volver a verla una vez más.
-Ella os quería. Seguro que nunca dejó de pensar en vos.
-Éramos siete, mi madre... Ella solo velaba por su pan y no por nosotros. –Frotó sus llorosos ojos. –En seguida nos vendió, para poder comprar más comida y poder pagar su habitación en aquella taberna.
-Christian...
-Eso no era amor. –Rompió a llorar. –Vosotros sois mi única familia.
Solté a Sombra y al burro, y comencé a abrazarle. Le miraba a él y nos veía a mí y a mi hermana, el día que los Gertryos habían asesinado a nuestros padres.
Christian continuó llorando, hasta que llegamos al arroyo y le dije que se lavará su rostro. Él se tranquilizó y se lavó entero.
Se desnudó con delicadeza y me tendió sus ropas, para que se las sujetase, mientras él se lavaba.
-¿Queréis que os traiga otra camisa?
-Esa solo es para los domingos y si es verdad que mi madre a muerto, quiero llevarla mañana y lucir la por la plaza, para que todos vean que ya no soy un pícaro más; sino que ahora tengo una familia que me da el amor que mi madre jamás me dio.
Terminó de lavarse y salió del arroyo. Se colocó su ropa, sobre su desnuda y mojada piel y al ver como los tímidos rayos de sol se ocultaban, decidimos volver para guardar a los animales en el establo.
-Va a llover.
-¿Cómo lo sabéis?
-El olor a agua y esa nube que trae aquella ráfaga de viento.
Christian señaló un enorme nubarrón gris, que poco a poco avanzaba de manera amenazante. Metimos a Sombra y al burro en el establo y al entrar en casa, vimos a Mencía encendiendo la leña.
-Tarde llegáis hoy, querida hermana.
-Puedo explicároslo. –Comenzó a cocinar, mientras Christian corría a sentarse junto al fuego y yo me dejaba caer sobre la silla de madera mohosa que poseíamos. –Hoy ha habido mucho ajetreo en palacio. La princesa me ha nombrado su dama de compañía y posiblemente ahora podré volver a casa cuando salga el alba, aunque tengo miedo por la quema de los prostíbulos y las futuras violaciones que habrá.
-No temáis. Yo iré a buscados y así volveréis protegida. –Sonrió. –Me alegro que seáis la nueva dama de compañía de esa mujer tan fría.
-Lleva varios días interesada en saber de nosotros, pero supongo que es por el aburrimiento que debe de tener en palacio; puesto que no soporta a su prometido. –Rió y yo le mostré una sonrisa. -Christian, Cebo me ha pedido que la diga que... Vuestra madre está a salvo.
-Nunca pensé que Cebo cumpliera su palabra. –Christian se levantó del suelo y se sentó sobre mis rodillas.
-No os entiendo. -Le dijo mi hermana.
-Cebo fue como un hijo para mi madre, cuando sus padres murieron y prometió que alguna vez le devolvería el favor de salvarle la vida y parece que lo ha hecho.
Mi hermana sirvió el caldero, que estaba sobre la leña, en un recipiente de madera y de este, comenzamos a comer la sopa de verduras.
Estaba muy caliente, pero era apetitosa. Marian le había enseñado a cocinar bien y eso se notaba en sus comidas.
-Hermano... Este libro es para vos. –Se incorporó de la mesa y sacó un libro del interior de un cubo. –Lo he robado de palacio, pero el sabio Agrón me dijo que lo necesitaríais vos.
-¿Os ha dicho algo más ese famoso sabio?
-Me ha dicho que la montaña llorará amor, sangre y honor, pero que todavía no tendría sentido.
-Será algún acertijo. Lo meditaremos.
Sonreí y continuamos cenando aquella suculenta sopa de verduras.