Aquella choza era fría y muy oscura, pese a que los tímidos rayos de sol ya pasaban por aquellas peculiares ventanas de madera.
Dougie entró en la choza y comenzó a mirarla asombrado. Colocó aquel cuenco de madera, con el que me había revivido minutos antes, en la mesa y se dejó caer en la silla.
Abrí las ventanas y miré directamente al sol, con la intención de quedarme ciega y morir rápido, pero Dougie rápidamente se percató de mi acción.
-Ciega no conseguirás nada.
-¡Ni de esta forma tampoco! –Grité. –No somos nada.
-Mencía. –Hundí mi cabeza en su hombro izquierdo y empecé a llorar. –Si te quedaras ciega, perdería la oportunidad de contemplar tus bonitos ojos azules y posiblemente perdería mis motivos para sonreír.
-Teníamos que haber muerto nosotros. –Lloraba amargamente entre sus brazos. –Zack y Fátima tenían aún una larga vida por delante y Ajman un gran oficio y...
-Por desgracia no podemos borrar el destino, Mencía.
-Dougie es la segunda vez... ¿Cuántas veces crees que podremos tentar a la suerte? Podían habernos arrebatado a Sombra o...
Dougie tapó mi boca con su negra y fría mano. Dejé de llorar, pero él continuó ejerciendo una presión que poco a poco fue diezmada, hasta que quitó su mano de mi rostro.
Ese comportamiento lo había realizado siempre cuando quería que me callase y su método, de momento, lo conseguía.
-¿Estás más tranquila?
Asentí y comencé a modificar la disposición de los pocos muebles que disponíamos.
Mi hermano estaba pensativo. Sumido en sus pensamientos, en sus temores, en sus estudios sobre los caballos, aunque gran parte del tiempo pensaba en cómo había cambiado nuestra vida desde que habíamos abandonado Rocagris.
-Douglas, ¿qué le ocurría al caballo?
-Tiene una incisión en el casco trasero por culpa de una mala herradura. –Suspiró al tiempo que yo encendía fuego, para calentar la casa. –En tres días ese árabe estará galopando.
Dougie rió sin motivo.
-¿De qué te ríes?
-De nada. –Continuó riéndose un poco más. –No sabes hacer fuego.
–Nunca me han enseñado.
Dougie se levantó de la silla y se acercó a mí por detrás. Agarró mis manos y comenzó a hacer que las piedras que agarraba, chocara la una con la otra, para conseguir que saltara una chispa.
Lo conseguimos y al poco tiempo tuvimos una agradable temperatura en la casa.
Dougie y yo permanecimos sentados en el suelo un tiempo. Estaba a su lado. Tenía frío y Dougie siempre tenía ese calor tan suyo que hacía que consiguiera quedarme dormida a su lado.
Él acariciaba mis dorados cabellos y de vez en cuando tarareaba las canciones que nuestra verdadera madre nos cantaba.
-He pensado en cortármelos.
-¿Estás loca?
-Dougie, me darán dinero por ellos. Son rubios y muy lisos.
-Pero tu cabello es tu seña de identidad, lo que te diferencia de algunas mujeres casadas. Mencía, no lo hagas.
-Hermano, tenéis razón en todo, pero no tenemos nada que llevarnos a la boca. ¿Qué sugerís mejor?
-Hemos aguantado tres días sin comer. No te los cortes y en mi primera paga como albéitar compraré una gallina ponedora y una vaca.
-Pan también.
Sonreí y me levanté del suelo, quitando de mi andrajoso vestido algunos trozos de paja. Vi que la tela, cercana a las rodillas estaba manchada de sangre, pero no lo di importancia; puesto que el escozor de estas no era nada en comparación con el hambre que mi hermano y yo teníamos.
-Creo que al trabajar vos en palacio tendremos zapatos.
Levanté mi faldón y observé mis negros pies. Dougie comenzó a reírse, al igual que yo. Éramos felices con pocas cosas y haciendo pequeños planes de futuro que de un día para otro podían ser alterados.
Una voz suave intentó despertarme y con un esfuerzo inmenso logré entreabrir los ojos. Poco a poco mis ojos se acostumbraron a los primeros rayos de sol de la mañana. Bostecé y llevándome la mano a la cabeza, reconocí quien había osado despertarme.
Anabeth estaba sentada sobre mi cama acariciando un colgante al que tenía un gran cariño; pues fue un regalo de nuestra madre cuando cumplió quince años. Ese colgante había pasado de generación en generación, como toda joya valiosa familiar, bien sea noble, o humilde.
-Danny, siento haberos despertado, pero padre quiero vernos lo antes posible. –Se levantó acariciando el vestido encarnado que llevaba. –Estaré en el salón principal.
-Me aseo y me reúno con vosotros.
Dije levantándome de la cama. Abrí completamente las suaves cortinas de terciopelo de color burdeos, abrí la ventana para espirar el aire fresco que llegaba, eché una ojeada al jardín, y volví a sentarme en la cama, esperando que el criado trajera mi atuendo.
Al poco tiempo, el mismo criado que nos interrumpió ayer, con la llegada de Thomas, entró en mi cuarto, hizo una reverencia y dejó sobre la cama mi vestimenta.
Constaba de una holgada camisa leonada, un calzoncillo largo de tela de lino, una capa negra con bordados de oro, y unos pantalones cortos, del mismo color que el vestido de mi hermana.
Atusé mi cabello con los dedos y me miré en el espejo suspirando con valentía y negligencia.
Eché un último vistazo a la habitación y salí rápidamente, indicando al criado que podía limpiar y cambiar la ropa de cama.
Bajé las escaleras apresuradamente. Llamé a la puerta y accedí al salón, acompañado de una criada.
Anabeth estaba sentada frente a padre, el cual se encontraba tamborileando apaciblemente sobre la pulida superficie del escritorio, al mismo tiempo que retomaba la lectura del pergamino que tenía en las manos.
-Padre. –Dije mientras me acercaba a ellos y tomaba asiento cuando él me lo ordenó.
-Como bien sabéis hijos míos, hoy asistirán los Condes de Adroc, el arzobispo Adso de Baskerville, nobles e infantes. –Meditó por un segundo, haciendo memoria de todos los invitados. –Thomas de Blackwell –Añadió mirando a Anabeth, mientras esta, le correspondía con una tímida sonrisa y bajaba la mirada, incómoda. –A la una, os llevarán los atuendos que tendréis que vestir para el gran banquete.
-¿Algo más padre o podemos retirarnos? –Inquirí. –Hace un día espléndido y desearía pasear por los hermosos jardines junto a Anabeth.
-Cuando deseéis podéis marchaos.
Nos levantamos de aquellos sillones, y antes de dejar la estancia, observé a mi padre, que estaba contemplando un emblema tallado sobre la pared, junto al cuadro que pintó mi tío Edgar, antes de fallecer.
Recorrimos palacio, hasta llegar a la puerta principal. Antes de dejar palacio, dirigí la mirada a un par de criadas que se encontraban arrodilladas fregando el suelo.
La más hermosa, al sentirse observada, dirigió la mirada hacia nosotros, especialmente a mí, y dejó escapar un suspiro y una risita tonta. Hizo un gesto a su compañera y tímidamente plasmaron sus miradas en mí.
-Nunca cambiaréis, hermano.
Dijo Anabeth mientras salía al exterior sin esperar una respuesta. Seguí sus pasos y salí junto a ella, con las manos en la espalda.
Frente a nosotros había un prolongado camino que nos llevaba hasta una gran fuente de piedra, adornada con pequeños dragones, sirenas, dioses mitológicos y demás seres. En lo alto de la fuente se encontraba un ángel, con las alas desplegadas mirando hacia el cielo.
A nuestra izquierda se encontraba otro sendero de tierra, el cual nos llevaba hasta unas escaleras de piedra. Bajo esas escaleras teníamos una gran pradera donde solíamos pasear con nuestros caballos.
-¿En qué pensáis? –Inquirí mirando a Anabeth, que se encontraba con la mirada perdida.
-Echo de menos a madre. –Se llevó las manos al medallón y lo apretó contra el pecho.
-Yo también. –Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos. –Tenéis que pensar que ahora se encuentra en un lugar mejor.
-¿Por qué ella? –Preguntó con lágrimas en sus ojos.
-¿Y por qué no? La vida es injusta.
Recogí con mi pecoso dedo algunas de sus lágrimas. Acaricié su rosada mejilla y alcé su barbilla, consiguiendo que su brillante mirada se encontrara con la mía.
-Yo estoy aquí y mientras viva, jamás os dejaré sola. Os lo prometo.
Volvimos a palacio una vez que Anabeth se encontraba mejor y estaba más sosegada. Anabeth subió a sus aposentos, junto a Anastasia, su nodriza.
Yo en cambio, me quedé en la entrada atisbando a los criados que recorrían palacio de una punta a otra, con los preparativos para el esperado banquete.
Llevábamos un día habitando en aquella casa. Un día desde la masacre de nuestra familia adoptiva.
Me levanté con lágrimas en mi rostro. Cierto era que no había dormido en toda la noche, pensando en la trágica muerte de mi familia.
Cerraba los ojos y veía las dramáticas ejecuciones. Echaría de menos las dulces palabras de Marian, la enérgica sonrisa de Fátima, la preciosa mirada de Ajman y los ingeniosos comentarios de Zack.
Los añoraba y tan solo había pasado un día. Tenía que haber muerto con ellos, me lo merecía. ¿Por qué el destino se empeñaba en salvarnos a mi hermano y a mí de todas esas penurias? ¿Acaso aspirábamos a algo mejor?
Caminé por la choza y observé como mi hermano dormía. Observé cómo sus mechones rubios caían por su rostro. Parecía dormir tranquilo y eso me alegró, porque dependía de su escasa habilidad como albéitar, para sobrevivir.
Salí de la casa y caminé por el frío suelo hasta los establos. Allí estaban el caballo árabe que le habían dejado a mi hermano para que lo curara y mi querido Sombra.
Acaricié la cabeza de este y comencé a rascarle detrás de las orejas. Sabía que tenía hambre, pero no tenía nada que darle, al igual que yo tampoco tenía nada de comer.
-Lo siento, grandullón. –Pellizqué sus hoyares y empezó a mover las orejas en señal de afecto. –Yo tampoco tengo nada de comer. ¿Sois amigos?
Sombra relinchó y el otro caballo asomó su cabeza por la puerta. Yo sonreí ante su comportamiento. Tanto a Dougie como a mí nos sorprendía el comportamiento de estos animales y realmente es que eran asombrosos.
-Disculpe.
Un chico de unos nueve años, apareció de la nada frente al establo. Estaba exhausto y llevaba un enorme canasto en sus brazos.
-¿Estáis bien? –Caminé hacia él, remangándome un poco el vestido, para poder caminar.
-Por expreso deseo del capitán Cebo. –Aquel muchacho jadeaba y no articulaba bien sus palabras. –El capitán Cebo quiere que aceptéis este obsequio por su pérdida familiar y si es tan amable debe acompañarme a palacio.
Cogí el canasto y contemplé que en su interior había una docena de huevos, una enorme lechuga y dos mendrugos de pan.
Rápidamente entré dentro de la choza y desperté a Doug, para enseñarle aquello. Él estaba tan desconcertado como yo, pero ninguno de los dos preferimos comer.
-Debo marchar a palacio. Vendré lo más rápido que pueda.
-Mencía, no seas testaruda.
Dougie me abrazó, porque ambos sabíamos que ese abrazo podía ser un adiós. Salí de la casa con lágrimas en mis ojos y dirigí la mirada a la enorme cabeza de Sombra. Su relincho fue muy agudo y bastante melancólico. ¿Y si no volvía a verlos jamás?
Seguí a aquel muchacho, por las calles de la ciudad. Aquel pequeño pícaro no hacía otra cosa que robar en cada tienda del mercado. Me hacía gracia, porque dominaba a la perfección ese arte.
De vez en cuando giraba su cabeza y me sonreía, mostrándome como le faltaban dos de sus piezas dentales.
Antes de entrar en el castillo, me dio una manzana y él desapareció entre una caravana de personas. Comí la manzana, como si nunca hubiera probado una. Devoré incluso lo más cercano al hueso. El hambre hacia que me comportara de ese modo, pero nunca sabías cuando iba a ser la siguiente vez que comieras si pertenecías al pueblo llano.
Al quedarme solo durante tanto tiempo, decidí conocer Tjmud. Al salir a la calle, observé los andares de un percherón que tiraba de una enorme carreta.
Noté que pisaba mal con uno de los cascos delanteros, pero no quise decir nada al dueño, puesto que no se fiaría de la palabra de un joven albéitar y encima forastero.
Mi profesión no era bien vista a ojos de las personas. Era una profesión árabe y al haber otros oficios similares o incluso la propia brujería, no era bien mirada, pese a ser la más exacta.
Me acerqué al establo con un cubo de agua y rellené el pesebre de ambos animales. Me senté en el suelo a contemplarles.
Sombra era un magnífico ejemplar. Era orgulloso, inteligente, altivo y fiel, pero pese a todo era un buen caballo que adoraba a mi hermana. Sombra había sido mi referente de estudio, aunque él no quería que le acariciara nunca.
Observé la diferencia de tamaño entre mi percherón y aquel árabe, pero lo que más me impactó fue el brillo y el pelaje de este con Sombra.
Sus crines brillaban y las de Sombra no. Comprendí que era por la alimentación; ya que Sombra comía quizás dos veces al mes.
No era el mismo ejemplar de hace trece años atrás, pero continuaba siendo tan testarudo como siempre, pese a que todos los huesos se marcaban en su piel.
Me levanté del frío suelo y decidí sacarlos del establo. Me costó mucho ponerle a Sombra una cuerda a modo de cabezal, pero al final lo conseguí.
Até a aquel árabe con otra cuerda y repetí el proceso. Cuando ambos tuvieron el cabezal, crucé otra cuerda y los uní a los dos. Abrí la puerta del establo y decidí hacerles caminar, junto a mí, por las calles de Tjmud.
Contemplé la plaza, del mismo modo que contemplé las pisadas del árabe. Mi veredicto, fue limarle el casco hasta la zona de la incisión y colocarle una nueva herradura, una vez de que la inflamación hubiera bajado.
Volví a casa y por el camino, Sombra comió manzanas de un carro. No le negué el privilegio de hacerlo, puesto que no podía asegurarle una siguiente comida.
Cuando llegué a casa, guardé a los caballos y volví a la fuente. Llené un cubo y comencé a hacer mi trabajo lo mejor que pude y sabía.
Entré en el palacio y unas mujeres rápidamente me hicieron acompañarlas por unas escaleras. Me asombré al verlas tan pálidas y tan limpias; mientras que yo hacía años que no veía mi pálida piel entre tanta porquería.
-Alteza.
Todas hicieron una reverencia al entrar en unos enormes aposentos y yo decidí imitarlas. Aquella chica, de mi edad, caminó observándonos detenidamente.
Sus enormes ojos azules me recordaron a los de mi madre. A diferencia de mí, ella tenía aspecto delicado y caprichoso.
Sus mejillas estaban sonrojadas y su cuerpo estaba cubierto por telas que para mí eran inalcanzables. Su melena recorría su espalda, con una cantidad de adornos que mi cabello jamás llevaría.
-Vos. –Me miró con desprecio. -¿Sois nueva? Eso se ve. –Miró hacia otro lado y caminó hacia el balcón. –Anastasia, lleváosla y limpiadla, que parece que sale de las mismas pocilgas.
-Sí señora.
Me sentí ofendida por su comentario, pero Marian me había enseñado a respetar a mis superiores y decidí no contestar por temor a mi propia vida.
Me llevaron a un enorme patio y me tiraron un cubo de agua encima; justo cuando pasaba un clérigo y un muchacho con espada.
Me sentí abochornada por el trato que me daban. No era un animal y si querían que estuviera limpia no debían de mandarlo así.
No me gustaba mi ama. Era engreída y caprichosa. Todo el rato quería que hiciéramos cosas que ella misma podía realizar sin ayuda de un séquito.
Odiaba mi nuevo atuendo; sobre todo la cofia que escondía mis dorados cabellos.
Decían que era para evitar que le contagiáramos los piojos a nuestra señora, pero con ese trozo de tela todo podía ocurrir.
Marian tenía razón. Éramos simples títeres en manos de los que mandaban y debíamos obedecer todos sus caprichos si queríamos conservar la vida y obtener alimento.
-Podéis retiraros. Hasta que el sol no se oculte no será necesaria vuestra presencia.
Empecé a caminar, cabizbaja, con el resto de doncellas.
-Anastasia, vos y la nueva quedaos.
Aquellas palabras hicieron que mi regreso a casa no fuera posible. Me giré de nuevo a contemplar su rostro y con él su indiferencia a los de mi rango. Con aquellas miradas solamente le faltaba escupirme.
Anastasia estaba acostumbrada a sus desprecios y por su aspecto tan envejecido entendí que era su nodriza, más que una simple criada o dama de compañía.
-¿Cómo os llamáis?
-¿Para qué osáis conocerme si simplemente somos animales para los de vuestra estirpe?
La mano de aquella chica golpeó mi mejilla y yo la escupí.
-Anastasia, ¿ahora damos trabajo a cualquiera?
-Señora, debe de entender que...
-Así es como el pueblo trata a la familia real. ¿Cómo osáis comportaos de tal modo ante mí? ¿Acaso no sabéis quién soy?
-Alguien que todos los días tiene algo que llevarse a la boca y que tiene todo cuanto deseé. ¿Vos no podríais vestirse o simplemente entornar la ventana?
Otra bofetada reposó sobre mi mejilla. Tenía ganas de devolverle las bofetadas, pero si lo hacía me condenaría a muerte, más de lo que mi atrevimiento estaba consiguiendo ahora.
-Vuestra insolencia será castigada. Fregaréis los escalones de este torreón. Así estaréis más familiarizada con la mugre que tan bien os acompaña. –Rió victoriosa. –Agradeced que no he llamado a mis guardias, para que os despojen, furcia.
Anastasia interrumpió, para que yo no contestara ni cometiera ningún improperio. Salí de la habitación cuando Anabeth, que así era como se llamaba mi caprichosa ama, dio la orden.
-¿Estáis loca? –Anastasia me paró de golpe. –Es la princesa. Si hubiera dicho cualquier otra cosa vos estaríais muerta.
-¿Qué más da la vida cuando solo somos esclavos de tiranos?
-Tenéis toda la razón, pero debéis medir vuestras acciones. Anabeth es caprichosa, pero tiene buen corazón y es respetuosa con sus damas. ¿Cómo os llamáis?
-Mencía, Mencía de Rocagris.
-Bien Mencía de Rocagris. –Sonrió. –Yo soy Anastasia de Brook y llevo al servicio de la familia real desde que era como vos.
-¿No os desesperan tantos años de esclavitud?
-Mis hijos no mueren de hambre y si se ha dado cuenta ningún criado está tan desnutrido como vos.
Anastasia se ofreció para enseñarme cada rincón del palacio donde le era permitido acudir al servicio. Continuamos nuestras presentaciones y se sorprendió de mi historia y de mis familiares.
Cuando le dije que eran musulmanes se santiguó repetidas ocasiones y dijo que rezaría por mí. Yo decidí no hablar más de mí, pero ella llegó al tema de los hijos y el matrimonio y al decirle que a mis dieciocho años no estaba casada se rió.
-Si no conseguís buen marido, moriréis sola.
-No tengo en mente tal acto aún.
-Mencía, las mujeres y mucho menos las de nuestra clase social, tenemos derecho a elegir. –Suspiró. –Sois joven y tenéis una mirada que seguro que encandila a algún mozo. No desperdiciéis el tiempo intentando pensar, no vale para nada.
Anastasia me dejó sola, ante una fuente extraña. Tenía una estatua de un angelito, pero otros seres más extraños que no conseguía reconocer. Tan solo reconocí un dragón, pero no estaba segura.
Mientras cargaba con el cubo, para cumplir mi penitencia, me dediqué a pensar en las palabras de Anastasia. Ella infravaloraba nuestras propias capacidades y una mujer podía tener mejores estrategias que las de un hombre en todos los sentidos.
Al llegar a las enormes escaleras de piedra, suspiré y me arrodillé, para limpiarlas.
Mojaba una especie de esponja en el agua del cubo. El agua estaba fría y mis manos en seguida se pusieron moradas.
No habría pasado ni una hora, cuando pasó el muchacho que había visto a mi llegada con el clérigo.
Iba detrás de dos criadas y estas no paraban de reír, cada vez que este las acariciaba.
Volví a concentrarme en mi labor y comencé a pensar en mi hermano, en su labor. ¿Y si no le volvía a ver porque mi nueva ama no me permitía salir de palacio?
Me quedé sin agua en el cubo y tuve que volver a ir al patio, para llenarlo.
El sol se había ocultado y comenzaba a hacer frío. Volví a mi labor, limpiando todos los peldaños de aquella enorme escalera.
No sabía realmente que postura tomar para limpiar; puesto que mis rodillas estaban en carne viva por el suceso cometido el anterior día al ser arrastrada por los caminos de grava.
Terminé de limpiar, pero mi curiosidad sobre cómo serían los banquetes y las fiestas de los nobles me atraían.
Caminé hacia las enormes puestas y me encontré al muchacho que me había guiado por la mañana.
-Muchacho, ¿de dónde habéis sacado ese mendrugo de pan?
-Prometéis no decírselo a nadie. –Asentí, mirando a todos los lados, para vigilar si había algún visitante inesperado. –Lo he robado de la cocina. ¿Queréis?
Aquel muchacho me dio un trozo de su mendrugo y lo devoré con mucho gusto. Era un pícaro y comencé a pensar que si quería conseguir comida, debía hacerme amiga suya.
-¿Cómo os llamáis?
-Christian de Tjmud. –Sonrió y como había ocurrido por la mañana, me mostró su imperfecta dentadura. – ¿Y vos?
-Mencía de Rocagris.
Aquel muchacho no conocía la existencia de los condados del norte, por lo que me senté a su lado y le describí Rocagris como la recordaba mi memoria.
Christian me explicó el por qué del banquete. Se celebraba la llegada del prometido de mi consentida y caprichosa ama, la princesa Anabeth.
Christian y yo nos separamos cuando su mendrugo se hubo terminado. Él desapareció entre las sombras y yo decidí entrar en el salón donde se estaba acometiendo el banquete.
Los Condes de Adroc, junto con la familia de Blackwell aparecieron por la puerta principal a la vez que un grupo de trovadores con cordaje de seda cantaban canciones de un amor no correspondido.
Nos levantamos tras padre y dimos la bienvenida a ambas familias.
-Un placer poder disfrutar de vuestra presencia.
-El placer es nuestro Sir Harry. –Aseveró el Conde de Adroc.
Danny y yo nos disponíamos a retirarnos cuando una voz masculina llamó mi atención.
-Pensaba que no podríais estar más hermosa, pero me habéis impresionado. –Argumentó Thomas mientras tomaba mi mano y acercaba sus labios con delicadeza.
-Gracias, Sir Thomas. –Contesté tímidamente bajo la atenta mirada de mi hermano.
-Príncipe Daniel.
-Sir Thomas.
Sus miradas no reflejaban en ningún momento ni una pizca de simpatía, es más, podría decirse que ambos aborrecían la presencia del otro y deseaban que este paripé terminara cuanto antes.
Volvimos a nuestro trono en el momento que padre ordenó que sirvieran la cena.
La mesa, repleta de plata y oro, fue servida por un copioso número de criados con los mejores vinos y los manjares más deliciosos de todo el reino.
Contemplé cómo un grupo de músicos ocupaban parte del salón. Llevaban prendas largas, de color gris y blanco, y sus voces agudas eran penetrantes y etéreas.
Me quedé impactado por el número de aristócratas que había en esa sala. Los tapices, los músicos, la abundancia de comida en las mesas... Todo estaba fuera del sueño de cualquier plebeyo.
Me escondí entre las tinajas del vino y observé a mi dueña. Ella estaba sentada en la mesa central, al lado del joven que perseguía a las criadas y del rey. Junto a ellos había cientos de nobles; que supuse que estarían sentados por cercanía a la casa real, por su posición aristocrática.
En las mesas abundaban enormes bandejas con lechones asados y todos tenían enormes jarras, que supuse que estarían llenas de cerveza o vino.
Eran felices y no tenían motivos de preocupación. Ese era el ocio de los de su especie, las fiestas.
-¿Qué hacéis escondida?
Me asusté al ver a aquel enano, vestido con un atuendo colorido y con cascabeles. Dos enormes perros le acompañaban.
-No os asustéis, señorita. –Sonrió. – ¿Os apetece escuchar una historia?
Aquel enano se sentó a mi lado y al comprobar que los perros eran inofensivos, empecé a acariciarlos.
Abrí las ventanas y miré directamente al sol, con la intención de quedarme ciega y morir rápido, pero Dougie rápidamente se percató de mi acción.
-Ciega no conseguirás nada.
-¡Ni de esta forma tampoco! –Grité. –No somos nada.
-Mencía. –Hundí mi cabeza en su hombro izquierdo y empecé a llorar. –Si te quedaras ciega, perdería la oportunidad de contemplar tus bonitos ojos azules y posiblemente perdería mis motivos para sonreír.
-Teníamos que haber muerto nosotros. –Lloraba amargamente entre sus brazos. –Zack y Fátima tenían aún una larga vida por delante y Ajman un gran oficio y...
-Por desgracia no podemos borrar el destino, Mencía.
-Dougie es la segunda vez... ¿Cuántas veces crees que podremos tentar a la suerte? Podían habernos arrebatado a Sombra o...
Dougie tapó mi boca con su negra y fría mano. Dejé de llorar, pero él continuó ejerciendo una presión que poco a poco fue diezmada, hasta que quitó su mano de mi rostro.
Ese comportamiento lo había realizado siempre cuando quería que me callase y su método, de momento, lo conseguía.
-¿Estás más tranquila?
Asentí y comencé a modificar la disposición de los pocos muebles que disponíamos.
Mi hermano estaba pensativo. Sumido en sus pensamientos, en sus temores, en sus estudios sobre los caballos, aunque gran parte del tiempo pensaba en cómo había cambiado nuestra vida desde que habíamos abandonado Rocagris.
-Douglas, ¿qué le ocurría al caballo?
-Tiene una incisión en el casco trasero por culpa de una mala herradura. –Suspiró al tiempo que yo encendía fuego, para calentar la casa. –En tres días ese árabe estará galopando.
Dougie rió sin motivo.
-¿De qué te ríes?
-De nada. –Continuó riéndose un poco más. –No sabes hacer fuego.
–Nunca me han enseñado.
Dougie se levantó de la silla y se acercó a mí por detrás. Agarró mis manos y comenzó a hacer que las piedras que agarraba, chocara la una con la otra, para conseguir que saltara una chispa.
Lo conseguimos y al poco tiempo tuvimos una agradable temperatura en la casa.
Dougie y yo permanecimos sentados en el suelo un tiempo. Estaba a su lado. Tenía frío y Dougie siempre tenía ese calor tan suyo que hacía que consiguiera quedarme dormida a su lado.
Él acariciaba mis dorados cabellos y de vez en cuando tarareaba las canciones que nuestra verdadera madre nos cantaba.
-He pensado en cortármelos.
-¿Estás loca?
-Dougie, me darán dinero por ellos. Son rubios y muy lisos.
-Pero tu cabello es tu seña de identidad, lo que te diferencia de algunas mujeres casadas. Mencía, no lo hagas.
-Hermano, tenéis razón en todo, pero no tenemos nada que llevarnos a la boca. ¿Qué sugerís mejor?
-Hemos aguantado tres días sin comer. No te los cortes y en mi primera paga como albéitar compraré una gallina ponedora y una vaca.
-Pan también.
Sonreí y me levanté del suelo, quitando de mi andrajoso vestido algunos trozos de paja. Vi que la tela, cercana a las rodillas estaba manchada de sangre, pero no lo di importancia; puesto que el escozor de estas no era nada en comparación con el hambre que mi hermano y yo teníamos.
-Creo que al trabajar vos en palacio tendremos zapatos.
Levanté mi faldón y observé mis negros pies. Dougie comenzó a reírse, al igual que yo. Éramos felices con pocas cosas y haciendo pequeños planes de futuro que de un día para otro podían ser alterados.
OoOoO
Una voz suave intentó despertarme y con un esfuerzo inmenso logré entreabrir los ojos. Poco a poco mis ojos se acostumbraron a los primeros rayos de sol de la mañana. Bostecé y llevándome la mano a la cabeza, reconocí quien había osado despertarme.
Anabeth estaba sentada sobre mi cama acariciando un colgante al que tenía un gran cariño; pues fue un regalo de nuestra madre cuando cumplió quince años. Ese colgante había pasado de generación en generación, como toda joya valiosa familiar, bien sea noble, o humilde.
-Danny, siento haberos despertado, pero padre quiero vernos lo antes posible. –Se levantó acariciando el vestido encarnado que llevaba. –Estaré en el salón principal.
-Me aseo y me reúno con vosotros.
Dije levantándome de la cama. Abrí completamente las suaves cortinas de terciopelo de color burdeos, abrí la ventana para espirar el aire fresco que llegaba, eché una ojeada al jardín, y volví a sentarme en la cama, esperando que el criado trajera mi atuendo.
Al poco tiempo, el mismo criado que nos interrumpió ayer, con la llegada de Thomas, entró en mi cuarto, hizo una reverencia y dejó sobre la cama mi vestimenta.
Constaba de una holgada camisa leonada, un calzoncillo largo de tela de lino, una capa negra con bordados de oro, y unos pantalones cortos, del mismo color que el vestido de mi hermana.
Atusé mi cabello con los dedos y me miré en el espejo suspirando con valentía y negligencia.
Eché un último vistazo a la habitación y salí rápidamente, indicando al criado que podía limpiar y cambiar la ropa de cama.
Bajé las escaleras apresuradamente. Llamé a la puerta y accedí al salón, acompañado de una criada.
Anabeth estaba sentada frente a padre, el cual se encontraba tamborileando apaciblemente sobre la pulida superficie del escritorio, al mismo tiempo que retomaba la lectura del pergamino que tenía en las manos.
-Padre. –Dije mientras me acercaba a ellos y tomaba asiento cuando él me lo ordenó.
-Como bien sabéis hijos míos, hoy asistirán los Condes de Adroc, el arzobispo Adso de Baskerville, nobles e infantes. –Meditó por un segundo, haciendo memoria de todos los invitados. –Thomas de Blackwell –Añadió mirando a Anabeth, mientras esta, le correspondía con una tímida sonrisa y bajaba la mirada, incómoda. –A la una, os llevarán los atuendos que tendréis que vestir para el gran banquete.
-¿Algo más padre o podemos retirarnos? –Inquirí. –Hace un día espléndido y desearía pasear por los hermosos jardines junto a Anabeth.
-Cuando deseéis podéis marchaos.
Nos levantamos de aquellos sillones, y antes de dejar la estancia, observé a mi padre, que estaba contemplando un emblema tallado sobre la pared, junto al cuadro que pintó mi tío Edgar, antes de fallecer.
Recorrimos palacio, hasta llegar a la puerta principal. Antes de dejar palacio, dirigí la mirada a un par de criadas que se encontraban arrodilladas fregando el suelo.
La más hermosa, al sentirse observada, dirigió la mirada hacia nosotros, especialmente a mí, y dejó escapar un suspiro y una risita tonta. Hizo un gesto a su compañera y tímidamente plasmaron sus miradas en mí.
-Nunca cambiaréis, hermano.
Dijo Anabeth mientras salía al exterior sin esperar una respuesta. Seguí sus pasos y salí junto a ella, con las manos en la espalda.
Frente a nosotros había un prolongado camino que nos llevaba hasta una gran fuente de piedra, adornada con pequeños dragones, sirenas, dioses mitológicos y demás seres. En lo alto de la fuente se encontraba un ángel, con las alas desplegadas mirando hacia el cielo.
A nuestra izquierda se encontraba otro sendero de tierra, el cual nos llevaba hasta unas escaleras de piedra. Bajo esas escaleras teníamos una gran pradera donde solíamos pasear con nuestros caballos.
-¿En qué pensáis? –Inquirí mirando a Anabeth, que se encontraba con la mirada perdida.
-Echo de menos a madre. –Se llevó las manos al medallón y lo apretó contra el pecho.
-Yo también. –Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos. –Tenéis que pensar que ahora se encuentra en un lugar mejor.
-¿Por qué ella? –Preguntó con lágrimas en sus ojos.
-¿Y por qué no? La vida es injusta.
Recogí con mi pecoso dedo algunas de sus lágrimas. Acaricié su rosada mejilla y alcé su barbilla, consiguiendo que su brillante mirada se encontrara con la mía.
-Yo estoy aquí y mientras viva, jamás os dejaré sola. Os lo prometo.
Volvimos a palacio una vez que Anabeth se encontraba mejor y estaba más sosegada. Anabeth subió a sus aposentos, junto a Anastasia, su nodriza.
Yo en cambio, me quedé en la entrada atisbando a los criados que recorrían palacio de una punta a otra, con los preparativos para el esperado banquete.
Llevábamos un día habitando en aquella casa. Un día desde la masacre de nuestra familia adoptiva.
Me levanté con lágrimas en mi rostro. Cierto era que no había dormido en toda la noche, pensando en la trágica muerte de mi familia.
Cerraba los ojos y veía las dramáticas ejecuciones. Echaría de menos las dulces palabras de Marian, la enérgica sonrisa de Fátima, la preciosa mirada de Ajman y los ingeniosos comentarios de Zack.
Los añoraba y tan solo había pasado un día. Tenía que haber muerto con ellos, me lo merecía. ¿Por qué el destino se empeñaba en salvarnos a mi hermano y a mí de todas esas penurias? ¿Acaso aspirábamos a algo mejor?
Caminé por la choza y observé como mi hermano dormía. Observé cómo sus mechones rubios caían por su rostro. Parecía dormir tranquilo y eso me alegró, porque dependía de su escasa habilidad como albéitar, para sobrevivir.
Salí de la casa y caminé por el frío suelo hasta los establos. Allí estaban el caballo árabe que le habían dejado a mi hermano para que lo curara y mi querido Sombra.
Acaricié la cabeza de este y comencé a rascarle detrás de las orejas. Sabía que tenía hambre, pero no tenía nada que darle, al igual que yo tampoco tenía nada de comer.
-Lo siento, grandullón. –Pellizqué sus hoyares y empezó a mover las orejas en señal de afecto. –Yo tampoco tengo nada de comer. ¿Sois amigos?
Sombra relinchó y el otro caballo asomó su cabeza por la puerta. Yo sonreí ante su comportamiento. Tanto a Dougie como a mí nos sorprendía el comportamiento de estos animales y realmente es que eran asombrosos.
-Disculpe.
Un chico de unos nueve años, apareció de la nada frente al establo. Estaba exhausto y llevaba un enorme canasto en sus brazos.
-¿Estáis bien? –Caminé hacia él, remangándome un poco el vestido, para poder caminar.
-Por expreso deseo del capitán Cebo. –Aquel muchacho jadeaba y no articulaba bien sus palabras. –El capitán Cebo quiere que aceptéis este obsequio por su pérdida familiar y si es tan amable debe acompañarme a palacio.
Cogí el canasto y contemplé que en su interior había una docena de huevos, una enorme lechuga y dos mendrugos de pan.
Rápidamente entré dentro de la choza y desperté a Doug, para enseñarle aquello. Él estaba tan desconcertado como yo, pero ninguno de los dos preferimos comer.
-Debo marchar a palacio. Vendré lo más rápido que pueda.
-Mencía, no seas testaruda.
Dougie me abrazó, porque ambos sabíamos que ese abrazo podía ser un adiós. Salí de la casa con lágrimas en mis ojos y dirigí la mirada a la enorme cabeza de Sombra. Su relincho fue muy agudo y bastante melancólico. ¿Y si no volvía a verlos jamás?
Seguí a aquel muchacho, por las calles de la ciudad. Aquel pequeño pícaro no hacía otra cosa que robar en cada tienda del mercado. Me hacía gracia, porque dominaba a la perfección ese arte.
De vez en cuando giraba su cabeza y me sonreía, mostrándome como le faltaban dos de sus piezas dentales.
Antes de entrar en el castillo, me dio una manzana y él desapareció entre una caravana de personas. Comí la manzana, como si nunca hubiera probado una. Devoré incluso lo más cercano al hueso. El hambre hacia que me comportara de ese modo, pero nunca sabías cuando iba a ser la siguiente vez que comieras si pertenecías al pueblo llano.
Al quedarme solo durante tanto tiempo, decidí conocer Tjmud. Al salir a la calle, observé los andares de un percherón que tiraba de una enorme carreta.
Noté que pisaba mal con uno de los cascos delanteros, pero no quise decir nada al dueño, puesto que no se fiaría de la palabra de un joven albéitar y encima forastero.
Mi profesión no era bien vista a ojos de las personas. Era una profesión árabe y al haber otros oficios similares o incluso la propia brujería, no era bien mirada, pese a ser la más exacta.
Me acerqué al establo con un cubo de agua y rellené el pesebre de ambos animales. Me senté en el suelo a contemplarles.
Sombra era un magnífico ejemplar. Era orgulloso, inteligente, altivo y fiel, pero pese a todo era un buen caballo que adoraba a mi hermana. Sombra había sido mi referente de estudio, aunque él no quería que le acariciara nunca.
Observé la diferencia de tamaño entre mi percherón y aquel árabe, pero lo que más me impactó fue el brillo y el pelaje de este con Sombra.
Sus crines brillaban y las de Sombra no. Comprendí que era por la alimentación; ya que Sombra comía quizás dos veces al mes.
No era el mismo ejemplar de hace trece años atrás, pero continuaba siendo tan testarudo como siempre, pese a que todos los huesos se marcaban en su piel.
Me levanté del frío suelo y decidí sacarlos del establo. Me costó mucho ponerle a Sombra una cuerda a modo de cabezal, pero al final lo conseguí.
Até a aquel árabe con otra cuerda y repetí el proceso. Cuando ambos tuvieron el cabezal, crucé otra cuerda y los uní a los dos. Abrí la puerta del establo y decidí hacerles caminar, junto a mí, por las calles de Tjmud.
Contemplé la plaza, del mismo modo que contemplé las pisadas del árabe. Mi veredicto, fue limarle el casco hasta la zona de la incisión y colocarle una nueva herradura, una vez de que la inflamación hubiera bajado.
Volví a casa y por el camino, Sombra comió manzanas de un carro. No le negué el privilegio de hacerlo, puesto que no podía asegurarle una siguiente comida.
Cuando llegué a casa, guardé a los caballos y volví a la fuente. Llené un cubo y comencé a hacer mi trabajo lo mejor que pude y sabía.
Entré en el palacio y unas mujeres rápidamente me hicieron acompañarlas por unas escaleras. Me asombré al verlas tan pálidas y tan limpias; mientras que yo hacía años que no veía mi pálida piel entre tanta porquería.
-Alteza.
Todas hicieron una reverencia al entrar en unos enormes aposentos y yo decidí imitarlas. Aquella chica, de mi edad, caminó observándonos detenidamente.
Sus enormes ojos azules me recordaron a los de mi madre. A diferencia de mí, ella tenía aspecto delicado y caprichoso.
Sus mejillas estaban sonrojadas y su cuerpo estaba cubierto por telas que para mí eran inalcanzables. Su melena recorría su espalda, con una cantidad de adornos que mi cabello jamás llevaría.
-Vos. –Me miró con desprecio. -¿Sois nueva? Eso se ve. –Miró hacia otro lado y caminó hacia el balcón. –Anastasia, lleváosla y limpiadla, que parece que sale de las mismas pocilgas.
-Sí señora.
Me sentí ofendida por su comentario, pero Marian me había enseñado a respetar a mis superiores y decidí no contestar por temor a mi propia vida.
Me llevaron a un enorme patio y me tiraron un cubo de agua encima; justo cuando pasaba un clérigo y un muchacho con espada.
Me sentí abochornada por el trato que me daban. No era un animal y si querían que estuviera limpia no debían de mandarlo así.
No me gustaba mi ama. Era engreída y caprichosa. Todo el rato quería que hiciéramos cosas que ella misma podía realizar sin ayuda de un séquito.
Odiaba mi nuevo atuendo; sobre todo la cofia que escondía mis dorados cabellos.
Decían que era para evitar que le contagiáramos los piojos a nuestra señora, pero con ese trozo de tela todo podía ocurrir.
Marian tenía razón. Éramos simples títeres en manos de los que mandaban y debíamos obedecer todos sus caprichos si queríamos conservar la vida y obtener alimento.
-Podéis retiraros. Hasta que el sol no se oculte no será necesaria vuestra presencia.
Empecé a caminar, cabizbaja, con el resto de doncellas.
-Anastasia, vos y la nueva quedaos.
Aquellas palabras hicieron que mi regreso a casa no fuera posible. Me giré de nuevo a contemplar su rostro y con él su indiferencia a los de mi rango. Con aquellas miradas solamente le faltaba escupirme.
Anastasia estaba acostumbrada a sus desprecios y por su aspecto tan envejecido entendí que era su nodriza, más que una simple criada o dama de compañía.
-¿Cómo os llamáis?
-¿Para qué osáis conocerme si simplemente somos animales para los de vuestra estirpe?
La mano de aquella chica golpeó mi mejilla y yo la escupí.
-Anastasia, ¿ahora damos trabajo a cualquiera?
-Señora, debe de entender que...
-Así es como el pueblo trata a la familia real. ¿Cómo osáis comportaos de tal modo ante mí? ¿Acaso no sabéis quién soy?
-Alguien que todos los días tiene algo que llevarse a la boca y que tiene todo cuanto deseé. ¿Vos no podríais vestirse o simplemente entornar la ventana?
Otra bofetada reposó sobre mi mejilla. Tenía ganas de devolverle las bofetadas, pero si lo hacía me condenaría a muerte, más de lo que mi atrevimiento estaba consiguiendo ahora.
-Vuestra insolencia será castigada. Fregaréis los escalones de este torreón. Así estaréis más familiarizada con la mugre que tan bien os acompaña. –Rió victoriosa. –Agradeced que no he llamado a mis guardias, para que os despojen, furcia.
Anastasia interrumpió, para que yo no contestara ni cometiera ningún improperio. Salí de la habitación cuando Anabeth, que así era como se llamaba mi caprichosa ama, dio la orden.
-¿Estáis loca? –Anastasia me paró de golpe. –Es la princesa. Si hubiera dicho cualquier otra cosa vos estaríais muerta.
-¿Qué más da la vida cuando solo somos esclavos de tiranos?
-Tenéis toda la razón, pero debéis medir vuestras acciones. Anabeth es caprichosa, pero tiene buen corazón y es respetuosa con sus damas. ¿Cómo os llamáis?
-Mencía, Mencía de Rocagris.
-Bien Mencía de Rocagris. –Sonrió. –Yo soy Anastasia de Brook y llevo al servicio de la familia real desde que era como vos.
-¿No os desesperan tantos años de esclavitud?
-Mis hijos no mueren de hambre y si se ha dado cuenta ningún criado está tan desnutrido como vos.
Anastasia se ofreció para enseñarme cada rincón del palacio donde le era permitido acudir al servicio. Continuamos nuestras presentaciones y se sorprendió de mi historia y de mis familiares.
Cuando le dije que eran musulmanes se santiguó repetidas ocasiones y dijo que rezaría por mí. Yo decidí no hablar más de mí, pero ella llegó al tema de los hijos y el matrimonio y al decirle que a mis dieciocho años no estaba casada se rió.
-Si no conseguís buen marido, moriréis sola.
-No tengo en mente tal acto aún.
-Mencía, las mujeres y mucho menos las de nuestra clase social, tenemos derecho a elegir. –Suspiró. –Sois joven y tenéis una mirada que seguro que encandila a algún mozo. No desperdiciéis el tiempo intentando pensar, no vale para nada.
Anastasia me dejó sola, ante una fuente extraña. Tenía una estatua de un angelito, pero otros seres más extraños que no conseguía reconocer. Tan solo reconocí un dragón, pero no estaba segura.
Mientras cargaba con el cubo, para cumplir mi penitencia, me dediqué a pensar en las palabras de Anastasia. Ella infravaloraba nuestras propias capacidades y una mujer podía tener mejores estrategias que las de un hombre en todos los sentidos.
Al llegar a las enormes escaleras de piedra, suspiré y me arrodillé, para limpiarlas.
Mojaba una especie de esponja en el agua del cubo. El agua estaba fría y mis manos en seguida se pusieron moradas.
No habría pasado ni una hora, cuando pasó el muchacho que había visto a mi llegada con el clérigo.
Iba detrás de dos criadas y estas no paraban de reír, cada vez que este las acariciaba.
Volví a concentrarme en mi labor y comencé a pensar en mi hermano, en su labor. ¿Y si no le volvía a ver porque mi nueva ama no me permitía salir de palacio?
Me quedé sin agua en el cubo y tuve que volver a ir al patio, para llenarlo.
El sol se había ocultado y comenzaba a hacer frío. Volví a mi labor, limpiando todos los peldaños de aquella enorme escalera.
No sabía realmente que postura tomar para limpiar; puesto que mis rodillas estaban en carne viva por el suceso cometido el anterior día al ser arrastrada por los caminos de grava.
Terminé de limpiar, pero mi curiosidad sobre cómo serían los banquetes y las fiestas de los nobles me atraían.
Caminé hacia las enormes puestas y me encontré al muchacho que me había guiado por la mañana.
-Muchacho, ¿de dónde habéis sacado ese mendrugo de pan?
-Prometéis no decírselo a nadie. –Asentí, mirando a todos los lados, para vigilar si había algún visitante inesperado. –Lo he robado de la cocina. ¿Queréis?
Aquel muchacho me dio un trozo de su mendrugo y lo devoré con mucho gusto. Era un pícaro y comencé a pensar que si quería conseguir comida, debía hacerme amiga suya.
-¿Cómo os llamáis?
-Christian de Tjmud. –Sonrió y como había ocurrido por la mañana, me mostró su imperfecta dentadura. – ¿Y vos?
-Mencía de Rocagris.
Aquel muchacho no conocía la existencia de los condados del norte, por lo que me senté a su lado y le describí Rocagris como la recordaba mi memoria.
Christian me explicó el por qué del banquete. Se celebraba la llegada del prometido de mi consentida y caprichosa ama, la princesa Anabeth.
Christian y yo nos separamos cuando su mendrugo se hubo terminado. Él desapareció entre las sombras y yo decidí entrar en el salón donde se estaba acometiendo el banquete.
Los Condes de Adroc, junto con la familia de Blackwell aparecieron por la puerta principal a la vez que un grupo de trovadores con cordaje de seda cantaban canciones de un amor no correspondido.
Nos levantamos tras padre y dimos la bienvenida a ambas familias.
-Un placer poder disfrutar de vuestra presencia.
-El placer es nuestro Sir Harry. –Aseveró el Conde de Adroc.
Danny y yo nos disponíamos a retirarnos cuando una voz masculina llamó mi atención.
-Pensaba que no podríais estar más hermosa, pero me habéis impresionado. –Argumentó Thomas mientras tomaba mi mano y acercaba sus labios con delicadeza.
-Gracias, Sir Thomas. –Contesté tímidamente bajo la atenta mirada de mi hermano.
-Príncipe Daniel.
-Sir Thomas.
Sus miradas no reflejaban en ningún momento ni una pizca de simpatía, es más, podría decirse que ambos aborrecían la presencia del otro y deseaban que este paripé terminara cuanto antes.
Volvimos a nuestro trono en el momento que padre ordenó que sirvieran la cena.
La mesa, repleta de plata y oro, fue servida por un copioso número de criados con los mejores vinos y los manjares más deliciosos de todo el reino.
Contemplé cómo un grupo de músicos ocupaban parte del salón. Llevaban prendas largas, de color gris y blanco, y sus voces agudas eran penetrantes y etéreas.
Me quedé impactado por el número de aristócratas que había en esa sala. Los tapices, los músicos, la abundancia de comida en las mesas... Todo estaba fuera del sueño de cualquier plebeyo.
Me escondí entre las tinajas del vino y observé a mi dueña. Ella estaba sentada en la mesa central, al lado del joven que perseguía a las criadas y del rey. Junto a ellos había cientos de nobles; que supuse que estarían sentados por cercanía a la casa real, por su posición aristocrática.
En las mesas abundaban enormes bandejas con lechones asados y todos tenían enormes jarras, que supuse que estarían llenas de cerveza o vino.
Eran felices y no tenían motivos de preocupación. Ese era el ocio de los de su especie, las fiestas.
-¿Qué hacéis escondida?
Me asusté al ver a aquel enano, vestido con un atuendo colorido y con cascabeles. Dos enormes perros le acompañaban.
-No os asustéis, señorita. –Sonrió. – ¿Os apetece escuchar una historia?
Aquel enano se sentó a mi lado y al comprobar que los perros eran inofensivos, empecé a acariciarlos.
Era un trovador, pero no estaba segura de ello, por su atuendo de bufón. Empezó a narrarme una historia de amor.
La historia narraba como una doncella se enamoraba de un caballero y él, al final conseguía enamorarse de ella, a pesar de la condición social más inferior de esta. Pero la historia no concluyó. Tuvo un final triste, en el que ella se marchaba sin saber que él realmente le amaba.
-¿Le ha gustado la historia, Mencía? –Sabía mi nombre, sin que yo se lo hubiera dicho.
-¿Cómo sabéis mi nombre?
-Sé muchas cosas sobre vos y su hermano, el albéitar. Sé lo cruel que ha sido el destino con vosotros. –Sonrió. –Vuestra mirada me ha contado más cosas de las que vos habéis dicho.
Mi asombro era enorme y no sabía cómo reaccionar.
-Debo ir a amenizar la estancia del rey Harry. –Se levantó del suelo. –Artax, Séneca. Vuestro amo os va a reclamar. –Aquellos enormes perros salieron corriendo hacia la mesa en la que estaba la familia real. –Recordad mis palabras de sabio. Nunca penséis que no sois importante, porque lo sois y seréis para muchos.
Salí del banquete, asustada, por las palabras del que posteriormente supe que era Agrón, el trovador más sabio que había en todo el reino de Traylasia.
Volví a casa lo más rápido que pude y me fundí en un abrazo con Dougie.
Un bufón con un traje llamativo reclamó nuestra atención desde el escenario donde se encontraban los demás trovadores.
-Existió una vez una hermosa dama y un noble caballero que a pesar de lo diferentes que resultaban ser, tanto en clase social como en carácter, terminaron locamente enamorados. Por supuesto este amor estaba prohibido, pues no estaba bien visto la amistad entre dos personas de distinto rango social.
Se veían a escondidas, bajo un roble robusto, alejado de sus respectivos hogares, en las pequeñas iglesias fuera de la ciudad, e incluso arriesgaban su vida encontrándose con el amado en las penumbras de la noche.
Ellos eran felices, se amaban; pero como en toda historia, surgió un impedimento, que estropeó aquel cuento de hadas.
Un curioso, enamorado de la dama, andaba deambulando por esas tierras, les descubrió y como buen correveidile que era, no hubo rey, reina, noble, plebeyo, plebeya, que no se enterase de aquella impropiedad cometida por dos jóvenes que solo hacían lo que les dictaba el corazón.
Toda traición viene procedida de una guerra o un problema, y así sucedió. El reino entró en guerra, acabando con la vida de numerosos inocentes. Y ahora me pregunto, ¿tanto daño hicieron una pareja de enamorados?
El bufón cuyo nombre era Agrón, sonrió al plantear la pregunta. Bajó del escenario acompañado de los aplausos de todos los presentes en la velada.
« ¿Tanto daño hicieron una pareja de enamorados? »
La pregunta que acababa de formular aquel bufón, con apariencia de conocer y haber vivido mucho en esta vida, me hacía replantearme muchas cuestiones. Antes de que marchara de palacio, me acerqué a él. Nadie notaría mi ausencia; puesto que Danny narraba como Lazlo, su caballo, era más inteligente que él y cómo conseguía salvarle de pequeños apuros.
-Perdonad, ¿puedo haceros una pregunta?
-Las que deseé señorita.
-¿Ejecutaron a los enamorados? quiero decir, ¿murieron por amor?
-Princesa Anabeth, ¿vos daríais la vida por amor?
-Nunca me lo he replanteado, pero supongo que no.
-Nunca se ha enamorado, ¿verdad? –Preguntó arqueando la ceja.
-No. –Murmuré.
-Cuando lo hagáis, vos misma contestaréis a su pregunta.
ayayayay esto me suena a que va a acabar muriendo la pobre chica...
ResponderEliminarWaau pues este ha sido un gran capitulo porque nose por donde empezar...
ResponderEliminarHaber. Pues que comprendo a memcia con sus bucles dorados pero que no se los quite por dios!! Me recuerda a arya de juego de tronos. Cuando se corta el pelo para convertirse en chico.
Anabeth me ha parecido muy seca. Sobretodo con los que no son nobles.. Pero podemos decir que es porque nunca ha sentido amor. En eso la entiendo perfectamente. Con la historia del trovador... Me ha encantado. Que les habra pasado a los enamorados..... No se sabe. Espero que anabeth se enamore y sea muuy feliz con esa personita...
¿Quien sera? Duda existencial..
Quiero el siguiente pls. Besos
Anurri
WOOW os felicito chicas, ¡me encanta! Está muy currado, tanto el vocabulario como el ambiente. Por cierto, ¡ya sé lo que es un albéitar!
ResponderEliminarDougie y Mencía, cada capítulo que pasa, me da más penita, tuvo que ser horrible vivir en esas condiciones. Me encantan los momentos de ellos dos cuando están juntos, son los típicos hermanos, que a pesar de estar pasando penurias, siempre tienen una sonrisa para mostrar al otro y alegrarle. SON AMOR *_*
Me estoy imaginando a Danny vestido de esa forma y JAJAJAJAJA que sexy, con esos calzoncillos de lino. Danny ligando con las criadas…como no. OH, QUE BONITO, más cuqui nuestro Jones con Anabeth.
Pobre Mencía, la tratan como un animal tirándolo un cubo de agua… pobrecita, con lo buena que es. Y encima la pega Anabeth… que mala… Amo al ladronzuelo de Christian, con lo pequeñito que es, y lo espabilado y pícaro que resulta ser.
Tom y Danny llevándose mal :o ¡QUÉ FUERTE!
Las historia del bufón asdfghjklñ
¡Subid pronto! Estoy deseando saber cómo continua la historia. Un beso.
Pero, pero, pero WAAAAAAW
ResponderEliminarEso significa que sí, me ha gustado mucho. Mencia mola, me gusta. Respecto a la historia del trovador.... DOUGIE & ANABETH FOREVER! jajajajaja esta historia va a ser mu buena, lo sé.
El niño... yo quiero uno así, estaría bien que saliera en más capítulos.
Estoy deseando saber que pasa en el siguiente. Un beso :)
Bueno chicas, ¿qué decir? Ya había mencionado que me encantaba cómo iban llevando la fic y ahora se los vuelvo a repetir. Me gustó mucho el capítulo, la verdad. En mi cabeza ya estoy shipeando a todos los personajes xD Me encantaría un Mencía-Danny y Dougie-Anabeth, pero después pienso que Tom se quedaría solito y me da cosa, jajaja. Ya quiero saber cómo lo manejan ustedes y cómo va a seguir la historia... así que voy a estar esperando que suban nuevo capítulo, espero sea pronto! Un beso y sigan así :)
ResponderEliminar¡que bonito! Me encanta todo y ahora ya no me lié con los puntos de vista (mas o menos) btw como es de genial el vocabulario que utilizan ¿que leyeron ah? Ya que les digo, Mencía me encanta es como THE SILENCE IS THE ENEMY, la adoro. Donners todo ternura y amor, me encanta como trata a su hermana quiero un hermanito así :c
ResponderEliminarY ahora los pelirrojos: Anabeth me caía genial y ahora ya no haha, es que esa su forma de tratar a Mencía oye! Y danny persiguiendo a las criadas LOLAZO, este Danny nunca cambia. Oye ¿Danny vió a Mencía y le gustó, verdad? ¿VERDAD? Ah qué, ya me estoy haciendo peliculas de como quedará esto hahaha.
Y la historia del enano... no sé pero me imagino que es Anabeth y-y-y ¡Donners! <3 quiero que todos se conozcan yaaaaa :c
Btw amé y amo mucho esto, sigan así y espero mucho el siguiente capítulo xx
Menos mal que me he acordado hoy que tenía que leer el capítulo porque sí no....
ResponderEliminarMe ha encantado el capítulo.
En serio me encanta como esta escrito y la trama. Muy bien. Genial. Fabulosa.
No se porque me da que que la historia que ha contado el bufón se podido cría en Doug y su hermana...espero no equivocarme...y espero que acabe bien también y ninguna muera JAJAJAJAJAJAJ.
Espero que subáis rápido. Un besazo.
Bueno, primero de todo disculpas por tardar en comentar...pero en fin no tengo mas que alagos para esta historia...me encanta todoo, no creo que Anabeth sea tn cruel, los ricos no siempre son felices...eso esta claro, pero desde luego los pobres tp...el momento en q Mencia dice lo de cortarse el pelo me recuerda a mujercitas...ajajaja y la historia del bufon...esta historia esta contada por algo verdad?? En fin yo quiero que Mencia y DAnny se conozcan y se enamoren y esas cosas ajjaajj esq en mi mente ya me lo he imaginado...no sera asi pero weno me imgaino a Mencia llevando un cantaro de agua (no se pq) y danny la observa en uno de esos paseos ve que se le cae el cantaro y se rompe se acerca ayudarle y miente para q no le conozca y si eso ya Mencia crtica un poco a Danny por su lujosa vida y él le sigue la corriente pq se ha enamorado.... love is in the air...
ResponderEliminarbueno paranoias mias aparte subir pronto q hay gans de leer mas
bsss
Nunca vi una historia así con McFLY. Me gusta es una idea extraña en el buen sentido jaja totalmente fresca y original en la que puede pasar cualquier cosa. En cuanto a los personajes Dougie y Mencía son mis favoritos, me pongo en el lugar de ellos y me dan lastima. Después Danny y Tom! Destaco una cita "Sus miradas no reflejaban en ningún momento ni una pizca de simpatía, es más, podría decirse que ambos aborrecían la presencia del otro y deseaban que este paripé terminara cuanto antes" sumamente fuerte.
ResponderEliminarSigue así! Espero el nuevo capitulo :)
¡¡Chicas!! ¡a cada capitulo os superais!
ResponderEliminarNo,en serio me he enganchado mucho a la historia.
Tengo mucha curiosidad con lo que pasar con Mencía y Dougie.
Me parece bien que Mencía diga lo que piensa y no se conforme con que la traten mal pero la proxima vez ha de llevar más cuidado.
Lo de la historia del trobador me ha encantado.
¡Ya tengo ganas del próximo!
XOXO