lunes, 21 de julio de 2014

Capítulo 9




Contemplé la majestuosidad de mi caballo. El más bravo y el mejor animal de batalla que el hombre jamás había visto. Relinchó en los primeros rayos del amanecer. Caminaba con fuerza tras el enclenque mozo de cuadras.


-Sir Thomas, he aquí vuestro...
-¡Esfúmate!


Espoleé los costados de la bestia sobre la que estaba montado y esta galopó, dejando tras de sí un relincho y el sonido de sus cascos.

Hacía frío y el vaho era normal a aquella temperatura. El cielo parecía predecir lo que iba a acontecer, puesto que era anaranjado, como el color del fuego.


-Capitán. –Sonreí maliciosamente, frenando a Lábdaco.
-Sir Thomas. –Inclinó su cabeza, como símbolo de reverencia. –Tenéis a mis mejores mercenarios a vuestra disposición.


Miré a sus hombres y sonreí, al saber que mi plan iba a terminar en una gran victoria.


-Como bien le dije a vuestro capitán Cebo, hoy limpiaremos Tjmud de las ratas que hay en esta ciudad. Muchos de vosotros puede que os acobardéis y os neguéis a llevar a cabo esta carnicería, pero el dinero es lo que siempre ha movido y moverá al mundo. –Reí, al arrojarles una enorme bolsa llena de monedas de oro. – ¿Contaré con vuestros servicios?
-¿Qué masacre queréis acometer?
-Quiero erradicar de Tjmud todos los prostíbulos, con la aniquilación de todas y cada una de las mujeres que se ofrecen a esa obra del mismo Satán.
-Señor...
-Puedo ofrecerle más y con ello podréis poseer a todas las mujeres que queráis. –Volví a sonreír maliciosamente. –Cualquier mujer haría lo que fuera por un trozo de pan y algo de dinero...
-Lo... Lo haremos, Sir Thomas.


Me miraron extrañados y algo apenados por ese acto, por el que seguramente Dios les perdonaría su pecaminosa vida.

Miré a Cebo y noté tristeza en su mirada. Comenzamos a cabalgar en busca de los prostíbulos y no noté en él todo el coraje que un joven capitán de la guardia real debía poseer.


-¿Os ocurre algo?
-No, Sir Thomas. Simplemente siento pena por la vida de las mujeres que vamos a aniquilar.
-No temáis por sus vidas; ya que son brujas y arderán en el infierno por rameras. –Acaricié el cuello de Lábdaco. – ¿Habéis hablado con vuestra doncella?
-No señor. –Sonrió nervioso. –Continúa huyendo de mí, pero realmente soy un monstruo.
-Dadle tiempo y en caso que eso no sea así, tomadla por la fuerza.
-No quiero llegar a ese extremo. Quiero que me ame por quién soy y no por mi hacienda y posición.
-El amor no existe mi querido, Cebo. ¿Creéis que la princesa Anabeth me ama? Ella me odia y aborrece mi presencia, tanto como yo la de su hermano, pero con el tiempo me amará.
-Tenéis mucha seguridad en vuestro porvenir.
-No es seguridad, es conocimientos sobre el sexo débil e inferior. Para nosotros son premios y ellas poco a poco, después de doblegarse como bestias salvajes, terminan amándonos. Nunca nos casamos por amor, Cebo. Nunca.


Espoleamos rápidamente a nuestros caballos y llegamos al primer prostíbulo de los tres que había en la ciudad de Tjmud.

Los mercenarios entraron y sacaron a todas las prostitutas. Algunas estaban vestidas, aunque la mayoría estaban desnudas y en una situación de éxtasis y de satisfacción divina.


-¿Queréis algo, caballeros?


Nada más pronunciar aquella mujer, de oscuros y aterciopelados ojos, di mi orden de degollar a todas las prostitutas. Dando origen a un río de sangre y un montón de cadáveres apilados, unos encima de otros.


-Cebo, quemad el prostíbulo y los cadáveres de estas brujas.


Cebo, mi leal marioneta por aquellos momentos, prendió fuego con una antorcha al prostíbulo. Los ciudadanos salían a la calle, para contemplar tal espectáculo y salvajismo.

Lábdaco se alzó de manos y así demostré mi fiereza con los asquerosos plebeyos.


-Cualquier mujer que ofrezca su cuerpo, al príncipe será degollada, al igual que toda mujer que ejerza este oficio de impuras. No será castigada por mí, sino por Dios y descansará en los fuegos eternos de Satanás.


Abandonamos ese primer prostíbulo y repetimos el proceso en el segundo. Sembré miedo en la ciudad, pero ese era mi plan. Que el príncipe muriera amargado, sin descendencia y sin ninguna mujer a su lado; ya que así reinaría yo.

Conocía el pensamiento del príncipe Daniel y conocía sus desprecios hacia todas las princesas casaderas. También conocía sus líos de mantas con las criadas, pero dentro de palacio yo no era el soberano; sino un miembro más de la corte. Así que allí solo podía implantar el miedo y de esa forma, el príncipe dejaría de perseguir mujeres y moriría de tristeza y de pena, al saber cómo su propio padre le traicionaba y le daba el trono en bandeja a un invasor.


-Sir Thomas, este es el último prostíbulo y el más visitado por todo hombre de la ciudad de Tijmud. Es la taberna de Shagned. ¿Es necesario el derramamiento de sangre?
-Siempre es necesario y más si queremos eliminar pecadores de este mundo, tan plagado de infieles.


Cebo tragó saliva y espoleó a su blanco corcel, para dar la orden a sus mercenarios de aniquilar a las mujeres. Yo contemplaba la imagen en la lejanía y la verdad es que era una imagen muy hermosa.

La taberna en llamas, con hombres y mujeres desnudos saliendo de su interior con miedo a la muerte en sus miradas. Los gritos de las mujeres al ser degolladas y los primeros rayos de sol en aquella mañana tan nublada y fría.

Comenzó a llover, cuando quedaban tres prostitutas. Dos murieron de una gran puñalada, pero la última, la que Cebo se encargaba de asestar su golpe final, no moría aún.


-Terminad con su vida. –Me jacté de aquella furcia y me acerqué a ellos.


Cebo contemplaba a aquella mujer con pena.


-No os entristezcáis por su vida. Ahora encontrará placer esta puta en el infierno.


Cebo agarró a aquella mujer y desapareció con ella. Aquel estúpido capitán de la guardia tenía demasiados sentimientos a flor de piel, por estar enamorado. Tenía en mente aniquilar a su amada, pero las hambrunas determinarían su suerte, antes que el acero de mi espada.

Regresé a palacio con los mercenarios y les di otra bolsa de oro por sus servicios prestados. Descabalgué de Lábdaco y cuando me disponía a salir de los establos, apareció Cebo.

Golpeé su rostro, tan inmaduro y angelical, con fuerza. Su ceja comenzó a sangrar, al igual que su labio.


-¿Por qué me habéis desobedecido?
-Esa mujer me crió como si fuera su propio hijo. Tuvo que trabajar de prostituta, porque su marido la había engañado y nos echó de su casa a mí y a sus dos hijos. Después de aquello, sé que tuvo siete hijos más, pero todos bastardos y al perder a su infiel marido, solo ese trabajo le era bien merecido y visto, ante los demás. No podía matarla.






Me levanté del sillón y me acerqué a la ventana. Dirigí la mirada hacia un cielo color ceniza, adornado de múltiples y negruzcas nubes.
Las gotas de lluvia se deslizaban por la ventana, como si de una carrera se tratara, luchando por llegar las primeras.

Al igual que ocurría en la vida: luchamos por convertirnos en el mejor, sin importarnos a quien aplastamos; ganar es el objetivo; cueste lo que cueste, incluso jugando sucio.

Anabeth odiaba los días de lluvia, tenía fobia a las tormentas desde que era pequeña.
Todavía recuerdo aquel frío día de invierno en el que por primera y última vez mi padre se sintió orgulloso de mí.

*Desperté con un gran estruendo proveniente del exterior de palacio. Corrí hacia la ventana, y me encontré con un cielo totalmente negro, parecía que el sol había desaparecido para siempre.

Los rayos alumbraban mi alcoba y los truenos retumbaban por todo palacio al igual que el continuo goteo de la lluvia. Salí de mis aposentos apresuradamente y me dirigí a los de Anabeth.

Madre estaba con ella, la tenía en brazos e intentaba consolarla de su profundo llanto.


-Cariño, solo es una tormenta, no tienes por qué tener miedo. –Madre alzó la mirada y me indicó con la cabeza que me acercara a ellas. –Mira, Daniel no llora porque sabe que las tormentas aunque hagan mucho ruido y nos puedan asustar, no pueden hacernos daño.


Anabeth levantó suavemente la cabeza del regazo de mi madre y me miró con los ojitos llorosos. Al momento bajó la mirada de nuevo y abrazó a mi madre con sus pequeñas manos.

Mi padre, el rey, irrumpió en la habitación con toda la majestuosidad con la que había sido educado desde pequeño, y requirió de la compañía de madre. Esta se levantó y dando un beso en la frente a Anabeth y revolviendo mi cabello, se marchó tras él.

Anabeth seguía llorando y yo no sabía qué hacer para aplacar con sus lágrimas. No tenía la dulzura de nuestra madre y el cerebro de un niño de diez años, no daba para mucho.


-Anabeth, si dejas de llorar, te dejo que juegues con el caballo de madera que tanto te gusta. –Acaricié su cabello.


No levantó la cabeza y continuó llorando, con más fuerza.

« ¡Qué raro! Con lo que la gusta mi caballo balancín.»


Traté de calmarla con cientos de cosas, pero me fue imposible, hasta que levanté su cabeza con cuidado y la obligué a mirarme a los ojos.


-Mira Anabeth.


Cuando conseguí su atención, comencé a gesticular y a mover los ojos y la boca, cual bufón. Pareció hacer efecto, ya que dejó de llorar, empezando a reírse y a imitarme.

Sonreí orgulloso tras haber conseguido hacerla reír.


-¡Vamos!
-¿Adónde?
-¡A por tu caballo! –Me dio la mano y salimos corriendo hacia mi habitación. *



Sonreí al recordar aquel día, ya que fue una de las pocas veces que había sabido obrar bien y ejercer mi deber como príncipe, aunque mi padre no estuviera orgulloso de mí.

Bajé las escaleras y atravesé el largo pasillo, el cual conducía a las cocinas. Desde la distancia se podía apreciar movimiento y nerviosismo en las cocinas. ¿Cuál sería el motivo de semejante revuelo?


-¡Ay qué será de esos muchachos sin una madre que les alimente! –Gritaba una de las cocineras.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué este alboroto? –Pregunté a Anastasia, la cual se encontraba calentando agua.
-Una desgracia, príncipe Daniel. Sir Thomas y algunos de sus hombres han asesinado a todas las prostitutas de la ciudad, y posteriormente han quemado los prostíbulos y la taberna de Shagned.


Salí de la cocina en busca de padre. Tenía la excusa perfecta para echar de aquí a ese asqueroso y odioso caballero.


Llegué al salón del trono. La puerta estaba entornada, y se oían voces en el interior de la sala, por lo que me acerqué sigiloso. No quise interrumpir a padre, así que me limité a observar por el pequeño hueco que había entre la puerta y el marco de esta. Atisbé dos siluetas, una era la de Harry y la otra de Sir Thomas.

Me alegré al verles hablar, porque seguramente mi padre le estaba echando de palacio y rompiendo el futuro matrimonio con Anabeth por haber tomado decisiones sin su previo consentimiento. Una sonrisa se esbozó en mi rostro, la cual se esfumó tras oírles hablar.


-Sir Thomas, he de deciros que estoy realmente agradecido de que hayáis acabado con todas esas mujeres, hijas de Satán, portadoras de enfermedades y dios sabe qué más.
-Solo hago lo mejor para el reino, majestad.


Cada día que pasaba aborrecía más la presencia del Sir Thomas en palacio. Además de arrebatarme mi entretenimiento y mi placer, tenía que soportar las lisonjas de padre hacia él.

Él había movido ficha, pero ahora me tocaba a mí, y tenía claro que esta partida por muchos obstáculos que me pusiera, no le iba a dar el placer de ganarla tan fácilmente.






Aquel lluvioso día el palacio estaba sumido en un profundo caos. La masacre de todas las prostitutas de la ciudad y la amenaza de muerte a cualquier mujer que se ofreciera a dar placeres carnales al príncipe, habían fomentado aquel caos.

Cuando conocí la noticia de aquella salvaje cacería, pensé en Sinra, la madre de Christian. No la conocía, pero Christian me dio mucha pena. Quizás él no lo sabría o quizás sí, porque ya era un secreto a voces por toda la ciudad y sus alrededores.

Christian muchas veces, nos obligaba a pasar por la plaza, con la excusa de ir a comprar algo de pan, pero realmente lo hacía, para poder ver a su madre un día más.

La fidelidad de Christian y su esperanza de volver a estar con su madre algún día, le hacían ser un pícaro muy especial y una persona digna de admiración y respeto.


-Anastasia, ¿creéis que era necesario el derramamiento de sangre de todas esas desdichadas mujeres?
-Ha sido orden de Sir Thomas, querida. Nunca se pueden debatir las ordenes de los que tienen poder y acabar con todas esas sucias rameras, ha sido lo mejor que se ha hecho en Tjmud.
-Habláis sin sentido humano. ¡Razonad pues! Sois inteligente y la princesa siempre requiere de vuestros consejos.
-Insolente muchacha. ¡Tres casas llenas de rameras era lo que tenía esta ciudad! –Elevó su voz, al parar a llenar su cubo de agua. –Sir Thomas de Blackwell ha cumplido muy bien su labor y ha hecho algo que el príncipe Daniel, podía haber hecho hace mucho tiempo. Por mi parte, Sir Thomas debe de ser el futuro rey y no ese niño consentido.
-Yo creo que Sir Thomas esconde algo. ¿Por qué ahora? ¿Qué le han hecho esas mujeres? Ellas solo se ganaban su pan dando placer a los hombres. Ahora… -Llené mi cubo y medité mis palabras. –Posiblemente ahora, se incrementen las violaciones.
-Dios no permitirá tales fechorías. Los hombres son fieles a sus esposas. –Intenté creer las palabras de Anastasia, pero mis conocimientos sobre aquello, me hacían desconfiar de su perfecta utopía. –Debéis dejar de ser tan desconfiada. Dentro de unos meses Sir Thomas será vuestro señor y cuando nuestro querido rey Harry abandone este mundo o de su poder a su heredero, está claro que se lo dará a él. El príncipe Daniel no tiene ninguna posibilidad de reinar y mucho menos, después de haber rechazado a seis princesas y no haber engendrado ningún descendiente.


Anastasia continuó exponiéndome sus argumentos por lo que Sir Thomas debía reinar y no el verdadero heredero a la corona de Traylasia. Escuché sus palabras, mientras limpiábamos las escaleras. Ella era sabía, pero discrepaba con muchas de sus ideas de una época anterior a lamía.

Aunque era mujer, Ajman me había enseñado a pensar y leer. Le agradecía todos los conocimientos que poseía, pero estaba claro que debería de ocultarlos por siempre.

Mientras limpiaba el suelo, Anastasia se calló de golpe y no me gustó nada el silencio que había creado. Miré la sombra que estaba ante mí y elevé mi mirada poco a poco del suelo, observando a aquella figura; mientras me ponía en pie.


-¿Continuáis odiándome?
-No intentéis comprar mi corazón, jamás lo poseeréis.
-No pretendo comprar vuestro corazón, simplemente deseo que mis sentimientos hacia vos sean recíprocos.
-¡Jamás!


Esperé una bofetada por parte de Cebo, o un golpe, pero no se inmutó. Simplemente bajó su mirada hacia el suelo que acababa de fregar y se acarició la herida de su ceja.


-Decidle a vuestro protegido que su madre está a salvo.


Cebo se marchó tras decir esas palabras. ¿Cómo conocería a la madre de Christian? ¿Sería alguna mujer en la que encontró placer algún día, tras alguna guerra o con la que perdió su virginidad?


-¿Por qué no aceptáis a Cebo, para cortejaros? Es apuesto, y posé prestigio en la ciudad.
-No puedo. Jamás le perdonaré la muerte de mi familia.
-Eran animales…


Anastasia interrumpió sus palabras, cuando yo me marché. Conocía su respuesta de siempre y como cristiana vieja, jamás ofrecería la posibilidad de dejar de creer en que los árabes, como Ajman y su desdichada familia, eran buenas personas.

Cuando volví por agua de la fuente. Contemplé como caía la lluvia.


-Mencía, ¿puedo hablar con vos?
-Sí, alteza.


Caminé junto a la princesa, Anabeth, como ella me había aconsejado y comenzó a llevarme por un patio que yo, como criada, le tenía vetado.


-¿Qué deseáis de mí, señora?
-Vuestro hermano, el albéitar.
-¿Mi hermano? No os entiendo, alteza.
-¿Vivís con él?
-Mientras ningún hombre se case conmigo, pertenezco a su propiedad. Soy su moneda de cambio, hacia algo mejor.
-¿No tenéis marido? –Negué sonriente, ante la incredulidad de la princesa.– ¿Y ese niño?
-Es un pícaro de la ciudad, simplemente cuido de él dándole un hogar, comida y protección.
-Tenéis buen corazón, pese a vuestra rebeldía, pero… habladme del oficio de vuestro hermano, ¿cómo es que no os han mencionado antes en la ciudad?
-Nosotros no vivíamos en la propia Tjmud, habitábamos en una choza de los alrededores y el verdadero albéitar, quien le enseñó el trabajo a mi hermano, no quería fama. Simplemente curaba a los caballos y demás animales de los vecinos, pero no tenía ninguna relevancia para los demás, pese a su necesaria labor.
-¿Ahora estáis solos?
-Sí, señora. Vuestro arzobispo, dio orden de terminar con su vida, por ser musulmanes.
-Pero vos y su hermano, no sois árabes.
-Somos del condado fronterizo de Rocagris.
-¡Ese condado está bajo el dominio de los Gertryos desde hace diez años! –Exclamó horrorizada.
-Ellos tomaron posesión de todo el condado, pero la suerte hizo que no nos aniquilaran en nuestra huida y que no corriéramos la misma suerte que nuestros verdaderos padres.


Anabeth no pronunció ninguna palabra. Me dio orden de marchar, aunque su rostro mostraba tristeza y algo de miedo por la tormenta.


domingo, 15 de junio de 2014

Capítulo 8




Cuando los primeros rayos de sol desgarraron el cielo marchamos hacia la iglesia, como cada domingo desde que tenemos uso de razón.
Nuestros padres nos habían encauzado por el camino religioso, pues, nuestra madre había sido una fiel devota, y en esta época, solo se podía sobrevivir teniendo fe en algún ser superior que te castigaría o te recompensaría dependiendo de tus actos.

La iglesia estaba en la plaza, frente a la fuente. Habían edificado aquella iglesia a conciencia, para que perdurara el mayor tiempo posible.
Estaba construida con piedras alargadas, arquerías y ventanas de doble derrame, para ganar en solidez. En la parte superior se podía admirar un gran campanario, del cual todas las mañanas a las doce, provenía un agudo tintineo.

El sonido estridente de la puerta de madera hizo que algunos de los feligreses girasen sus cabezas para contemplar de donde procedía semejante estruendo. Un vago hedor dominado por incienso y mirra emanaba del altar y del interior de la iglesia.

Los primeros bancos estaban ocupados por varias mujeres con velo, parecido al que llevaban Anabeth y Anastasia. Tomamos asiento en la última serie de bancos, junto a una columna de piedra. La luz que entraba por los ventanales de alabastro iluminaba una gran cruz de madera que presidía aquella austera iglesia.

El padre Joan se colocó sobre el altar y lo besó, como hacía siempre al empezar la misa. Alzó la mirada hacia todos nosotros y elevó la voz, haciendo que sus palabras resonaran por toda la iglesia.
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos nos santiguamos, y se hizo el silencio, el cual el sacerdote rompió y prosiguió con la ceremonia.

La misa terminó y el padre Joan se despidió con: "La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu descienda sobre vosotros" seguido de un "podéis ir en paz."

Una vez terminada la celebración, los fieles comenzaron a salir sosegadamente de la iglesia. Algunos de ellos se dirigieron al confesionario, al igual que Anabeth que estaba acostumbrada a hacerlo a menudo.
Y yo me preguntaba qué era lo que confesaba si no había roto un plato en su vida; Anabeth a mi lado era una santa.

Resoplé, y un mechón de cabello pelirrojo me cayó sobre la frente. Lo aparté con mis dedos, echándomelo hacia atrás. Dirigí la mirada hacia Anastasia, la cual se encontraba ensimismada mirando hacia la cruz, con los dedos entrelazados.

-Solemos decir que nunca creeremos en algo que no veamos con nuestros propios ojos, sin embargo, la mayoría de nosotros creemos en Dios. Irónico, ¿verdad?
Anastasia asintió y me miró.
-No hay ser en la tierra que no crea en algo. Creer nos hace fuertes, luchar por nuestras vidas y nos hace pensar que vendrá algo mejor, aunque tarde en hacerlo.

Me sostuvo la mirada, luego la rompió con una sonrisa torcida y un poco maltrecha, pero una auténtica sonrisa.
Anastasia era sabia y nos había enseñado muchas lecciones morales a Anabeth y a mí, más de las que nuestro padre jamás nos daría.

Me levanté junto a ella, y nos acercamos a la puerta, donde nos estaba esperando Anabeth con una sonrisa en su rostro.

Volvimos a palacio antes de que el sol despuntara en lo más alto del cielo, despejado de nubes. Dejé a Anabeth en sus aposentos y me encaminé hacia los establos, ya que había prometido a Lazlo dar un paseo con él en cuanto volviera de la iglesia.






Escuché el repiqueteo de las campanas, en la lejanía. Habían pasado más de seis días, desde que había sanado al caballo de la princesa Anabeth.
Me había ofrecido mucho dinero y cuanto quisiese, pero yo solo le pedí que dejara a mi hermana un día sin ir a trabajar a palacio, para así poder curarla.

Decidí salir a la calle, una vez que había preparado el ungüento que iba a probar, para conseguir curar las rodillas de mi hermana.

Christian se había marchado, para devolver la mula y un burro que había curado en estos días. Estaba solo en casa, bueno con Mencía, pero realmente no sabía dónde estaba. Era un ser relativamente libre y frágil, pero que no tenía alegría por las cosas.

Ella era mi alegría y puede, que incluso mi único motivo, para continuar sobreviviendo un día más. Desde pequeño, prometí a mi padre cuidar de ella y enseñarle todo lo que yo aprendiera, para que así ella fuera tan igual como yo. Estaba claro que en nuestra forma de vida, la mujer no pensaba y mi hermana en ese aspecto era diferente.

Hojeé el único libro que tenía. Era un tratado de anatomía de Aristóteles que Ajman me había regalado al cumplir los trece años. Fue su primer libro, al igual que para mí, aunque él en mis circunstancias hubiera sido muchísimo mejor. Estaba claro que yo no era tan diestro como mi maestro y que jamás podría sentirme orgulloso de la profesión que me había enseñado a desempeñar.

Dejé de manipular aquel viejo libro y salí fuera. El bullicio de aquella mañana era normal, aunque era una mañana de esas que Christian llamaba "perfectas" para poder robar y que nadie se enterara, por la niebla que había.

Caminé hacia los establos y bebí un poco de agua. Allí no estaba Sombra y lo único que se me ocurrió, fue que Mencía estuviera con él en la pradera.

Me rasqué la nariz y el agradable olor a eucalipto, rápidamente me envolvió. Caminé hacia la pradera, distraído y ensimismado en mis pensamientos y de repente, antes de llegar, escuché la risa de mi hermana y unos relinchos, muy agudos, de Sombra.

Me quedé apoyado en la pared del establo y comencé a contemplar los juegos que tenían Mencía y Sombra. Eran dignos de ver, tanto por su comunicación, como por su comportamiento. Ese caballo adoraba a mi hermana y ella le adoraba a él.

Noté algo áspero, cálido y húmedo en mi mano. Miré algo asustado y empecé a sonreír, puesto que era aquella enorme vaca que había comprado con Christian en el mercado.


-Rothiar. –Sonreí. – ¿Esta es vuestra muestra de gratitud?


Acaricié aquella enorme cabeza rojiza y lo cierto es que en todo el tiempo que llevaba con nosotros, esa vaca daba mucha leche y parecía tener otro brillo en sus ojos, que el que tenía cuando estaba en el mercado.


-¡Hermano!


Gritó Mencía entre risas y me saludó. Sus cabellos, dorados como el trigo, caían por su espalda y le hacían tener un porte aristocrático. Para mí siempre sería una princesa, aunque hubiéramos nacido en la más profunda pobreza.

Agité mi mano y la sonreí. Ella corrió hacia mí, perseguida por Sombra, que jugaba a adelantarla y cuando eso sucedía paraba, para relinchar.


-Os veo más feliz. –Sonreí y ella rápidamente miró al suelo. –He preparado ya el ungüento. Deberíamos volver a casa, para que pudiera curaros.


Guardó a Sombra, no sin antes darle un poco de agua. Mientras ella esparcía algo de paja por la cuadra, yo ordeñé a Rothiar y saqué un cubo, hasta arriba, de leche.


-Hoy cocinaré una tortilla. –Vi de reojo como cogía un par de huevos. – Christian tenía razón y estas gallinas son de las mejores.


Cogí el cubo con la leche y abandonamos el establo. Llegamos a casa y allí estaba Christian, intentando contar las monedas, de oro, que le habían dado. Rápidamente, las escondió en el zurrón de tela que tenía bajo mi cama.


-Tenemos para comprar pan durante un mes.


Rió Christian, mientras que Mencía y yo sonreíamos. Christian nos miró y nos abrazó, sin que mi hermana y yo conociéramos el motivo. Al reírse, noté como uno de los dos dientes le estaba apareciendo en la encía.


-Os habéis vuelto a romper la camisa. –Mencía introdujo su dedo en el agujero del cuello de la camisa de Christian.
-Es la antigua, la que vos me habéis hecho está guardada bajo mi cama y solo me la pongo cuando acompaño a Dougie al mercado.
-Quitaos la camisa y os la coseré.
-No es necesario. –Mencía empezó a hacerle cosquillas.
-Mencía, antes de que te pongas a coser... Tus rodillas necesitan ser curadas.


Mencía dio los huevos a Christian y él los colocó en una de las tres baldas de mohosa madera, que poseíamos. Yo dejé el cubo de leche encima de la mesa, mientras mi hermana se sentaba en una de las sillas.

Hacía frío, por lo que le dije a Christian que encendiera la leña.

Cogí el ungüento y me arrodillé ante mi hermana. Su vestido estaba manchado de sangre reseca, en la zona de sus rodillas. Subí poco a poco el zarrapastroso faldón y vi sus heridas, en parte encostradas y en parte en carne viva con pus.

Mis manos estaban tan sucias como su pálida piel, y al no ser nobles, no podíamos permitirnos el lavarnos todos los días.


-Christian. –Se alejó del resplandor del fuego. –Dadle la mano a Mencía.
-¿Tan mal están? –Mencía tenía miedo y sus palabras temblaban en sus labios. –Doug...
-No os preocupéis, solo os escocerá y Christian es el más indicado.
-Dadme la mano, Mencía. –Sonreí, al ver como Christian entrelazaba sus dedos con los de mi hermana. –Pronto estaréis bien y no os quedarán cicatrices.


Quería estar tan seguro como él, pero lo cierto era que si conseguía curar a mi hermana, le quedarían unas enormes cicatrices incapaces de borrar.

Pasé el trapo por las rodillas de mi hermana y ella gimió. Miré de reojo como apretaba la mano de Christian y como sus piernas comenzaban a temblar.


-Sé que escuece, pero si no te hago esto, enfermarás y...
-¡Morir me da igual! –Gritó entre lágrimas, mientras le quitaba las costras. – ¡Parad ya!


Miré a Christian y él me entendió. Apretó su mano y se sentó en su regazo, para obligarla a no levantarse.

Continúe curando a mi hermana y poco a poco el paño pasó de ser blanco, con manchas verdes, a ser completamente rojo.

Mi hermana apretaba sus mandíbulas y lloraba de dolor, amargamente. Dejó de temblar cuando yo dejé de curar sus rodillas.

Fui a por un cubo de agua, lo más rápido que pude y nada más entrar, limpié sus piernas.
Las heridas estaban sonrojadas y en carne viva. Ya no había rastro de la infección y eso me daba esperanzas.

Christian se levantó del regazo de mi hermana y ella, simplemente le besó en la mejilla, entre lágrimas.


-Siento haberos hecho daño, no...
-Gracias. Sé que todo lo hacéis por mi bien.


Se levantó de la silla y cojeando, empezó a hacer la comida, aunque al poco tiempo tuve que llevarla en brazos a la cama, porque sus piernas no aguantaban su peso con todo el dolor que estaban aguantando.

Christian y yo nos encargamos de la casa, mientras que ella contemplaba como el fuego consumía la madera.






Esperé a que sonaran las campanadas que indicaban la media noche y decidí salir, oculto entre las sombras, de palacio para reunirme con mi informador.

Llevaba una pequeña bolsa de cuero, atada al cinturón y a cada paso, tintineaban las monedas de oro que contenía.


-¿Todo bien, Sir Thomas?


Me giré rápidamente sobresaltado, agarrando el mango de mi espada. Al ver que el rey Harry era quien me había dado el alto, decidí tranquilizarme y empecé a pensar una mentira, para decirle.


-Majestad. –Me incliné ante él con una reverencia y una sonrisa hipócrita. –No debe preocuparse, voy a ver a mi caballo.
-¿A tan elevadas horas?
-Nunca me fío de los mozos de cuadra y es el mejor caballo de todo el condado de Regnath.
-Cierto, aunque los caballos regnathianos no tienen nada que envidiar a un caballo de Traylasia o a la astucia de un caballo árabe.
-No debe olvidar, majestad, que todos nuestros caballos los hemos intentado adiestrar como un caballo Gertryo y ya ve, que es una complicada tarea.


Al conseguir aquella sonrisa del rey, comprobé que era muy aficionado a los caballos y por todos los ejemplares únicos, que tenía, un coleccionista.

Me dio permiso, para que pudiera ir a los establos y así poder encontrarme con Cebo.

Cuando llegué al patio principal, comencé a correr y así pude llegar a los establos. En la oscuridad estaba la silueta del que supuse que era Cebo, pero debía asegurarme con una de nuestras múltiples contraseñas.


-El sol se oculta.
-Bajo el árbol quebrado y la montaña del tuerto.


Me acerqué a él y contemplé como temblaba. Estaba a punto de traicionar a sus ideales, por el simple deseo de conseguir a una estúpida criada. Era muy ingenuo, pero yo sabía aprovecharme de esa situación y obtener beneficio de ella.


-¿Ha ocurrido algo, Sir Thomas?
-El rey me ha entretenido, no debe alarmase. ¿Tiene lo que deseo?
-En parte. –Pronunció en un susurro y de manera veloz.
-En parte. –Repetí sus palabras y comencé a caminar a su alrededor. – ¿Sabéis lo que quiere decir eso?
-Señor, soy un hombre de palabra y resistiré la tentación de mi soledad hasta que haya cumplido lo que me pedisteis.
-Ella no será vuestra, pero puede que con esto consigáis persuadirla. –Le di la bolsa con las monedas de oro que colgaba de mi cinturón. –No se resistirá a vuestros encantos, si tenéis dinero y atractivo.
-No será fácil, me teme y huye.
-Sea cortés, no se comporte como un mercenario. –Hinché mis pulmones y me detuve frente a mi caballo. –Ahora requiero vuestra información.
-Sí señor. –Suspiró e hizo que su pupila azul, se fijara en mis ojos. –El príncipe Daniel frecuenta a escondidas tabernas y prostíbulos, desde los dieciséis años. Ha rechazado a seis princesas de países lejanos y su relación con el rey es...
-Eso ya lo sabía. ¿Es seguro?
-¿El qué señor? Pensaba que conocíais mi información.
-Los prostíbulos.
-Sí Sir Thomas, algunas prostitutas hablan de ello y algunos de mis guardias le han estado observando en secreto.
-Gracias por su información. ¿Tiene algo más?
-Los planes de guerra del rey Harry. Tiene intención de recuperar los condados del norte, pero lleva meses esperando misivas de confirmación de algunos duques de los condados del sur. Siento defraudarle en la labor que me encomendó sobre la princesa, pero ese aspecto es muy complicado de tratar puesto que solo está en palacio.
-Me ha servido de gran ayuda, es una lástima que le haya faltado eso, para obtener a su criada. –Sonreí y caminé hacia la puerta con él. -Mañana tenga los sentidos bien despiertos, eliminaremos las cloacas de Traylasia y necesitaré a los hombres que menos escrúpulos tenga.
-Sí, señor.


Abandoné a Cebo y volví entre las sombras, frotándome mis manos, a mis aposentos. Ahora conocía varios puntos de flaqueza del príncipe y los planes del rey. Eso me haría ganar puntos en el aprecio de su majestad y hacer que se desprestigiara el honor y la honra del príncipe mimado y consentido de Traylasia.


viernes, 4 de abril de 2014

Capítulo 7




Acaricié a mi yegua. La adoraba más que a nada en el mundo y siempre cuidaba de ella. Acaricié las blancas crines de Fluflú y noté su respiración, tan profunda y tranquila que siempre me emanaba seguridad.

A aquella yegua le debía la mayoría de mis actos y puede que hasta mi propia seguridad en combate. A mis veinticuatro años, me había salvado de múltiples peligros. De esa forma, le debía tantas cosas a mi yegua, que llenaba parte de mi corazón.

Escuché un ruido, que me hizo dejar de contemplar la majestuosidad de mi yegua y miré hacia la puerta de los establos.

En ese momento, vi pasar a la hermana del albéitar. Llevaba el vestido manchado de sangre y sus cabellos, estaban ocultos por una cofia blanca.

Guardé a Fluflú en su cuadra y decidí seguirla. Estaba a muy pocos datos de conseguirla, pero aún me quedaba saber los objetivos del ejército del rey y conocer los pensamientos de la princesa, más concretamente sus actos.

Pensé en las palabras de Sir Thomas. ¿De verdad sería mía? Yo no quería obligarla a que me amara, sino que ella me amara por mí mismo y eso era algo que ni toda la comida y oro del mundo, lo conseguiría si no le expresaba mis disculpas.

Me escondí detrás de la puerta de las pocilgas y vi, como daba de comer a los enormes cerdos que criaban en el palacio. Mi corazón latía de manera desbocada y unos sudores fríos recorrieron mi cuerpo. ¿Nervios? ¿Amor? Sentimientos que nunca había sentido; puesto que la guerra y la lucha ocupaban todos mis pensamientos.

Me acerqué a ella, de manera sigilosa, justo cuando intentaba acariciar a uno de esos enormes animales.


-¿No cuidáis a la princesa?


Se asustó y al mirarme directamente, tiró el cubo y salió corriendo. Huía de mí, pero yo rápidamente agarré su brazo y la obligué a detenerse. Tapé su boca, para que no chillara y noté como su respiración era acelerada.


-Os soltaré, pero no chilléis. No voy a haceros nada.


Destapé sus labios y me distancié de ella. Me miraba asustada y por su mirada, quería irse de allí.


-Quería disculparme por las penalidades que le he causado.
-No quiero sus disculpas. No sois de fiar y aunque intentéis solucionar el daño ocasionado no conseguiréis de mis labios el perdón. No os lo merecéis.


Salió corriendo y yo solo pude contemplar cómo me rechazaba y huía. Me temía y por muchas cosas que Sir Thomas consiguiera, podría obtener su cuerpo, pero no su corazón.






Huí de Cebo lo más rápido que pude y sin darme cuenta, por estar más pendiente de mi huida que de otra cosa, me choqué con Dalya.


-¿Habéis visto a un fantasma? –Sonrió. –Estáis tan pálida como la princesa.
-Dalya, yo...


Intenté recuperar el aliento. Noté como aquella rechoncha y lozana criada, observaba a mis espaldas.


-No os giréis.


Susurró y yo le obedecí. Escuché unos pasos a mis espaldas y de repente, una respiración en mi nuca. Miré el rostro de Dalya y noté como depositaba su mirada en sus pies.


-Os habéis olvidado esto.


Tragué saliva al escuchar la voz de Cebo a mis espaldas y me giré, intentando evitar el contacto visual con él.

Miré su mano y vi como agarraba el cubo que yo había soltado sin darme cuenta, cuando me había empujado contra la pared.
Lo cogí y se marchó, dejando como única muestra de su presencia un suspiro.


-Venid conmigo.


Dalya me agarró de la mano y me obligó a seguirla hasta las habitaciones de algunos de los criados. Ella vivía en una de las habitaciones con su hermana pequeña, Denissa.


-Aquí podremos conversar. –Cerró la puerta y nos quedamos en el rellano de la escalera de piedra. -¿Huíais del capitán Cebo? –Simplemente asentí. – ¿Os ha hecho algo?
-Esta vez no.
-¿Os ha forzado?
-No, Dalya. He conseguido huir de él, pero creo que eso es lo que trama.
-Sois inteligente y Cebo demasiado estúpido. Huid de él e intentad no ir sola por el palacio, otras no tuvimos esa suerte.
-¿Os forzó?
-Por favor, no elevéis la voz. –Susurró y miró a nuestro alrededor. –No solo él, el príncipe y alguno de sus guardias. Mi marido quiso repudiarme cuando se enteró.
-Lo siento.
-No temáis, intentaré ayudaros, pero debéis ofrecerme algo.
-No tengo grandes cosas, no...
-Dadme varios mechones.
-Vos también sois rubia, ¿para qué los queréis?
-Mi hermana quiere acostarse con el príncipe y por su físico no se fijará en ella, pero siendo rubia...
-¿Me habéis mentido?
-¡No, jamás haría tal cosa! ¡Mencía escuchadme!


Salí de allí y caminé de manera acelerada por los patios. Nadie era de fiar, solo Anastasia y aún así me costaba intentar compartirle mis puntos de vista o temores, por miedo a que me ocurrieran cosas como lo que me acababa de suceder con Dalya.

Ella me había engañado, utilizando su astucia de asquerosa y ladrona criada. Ahora entendía el por qué de que su marido quisiera repudiarla.

Me escondí entre los setos y me apoyé en una de las paredes de los muros. Comencé a llorar, porque estaba descubriendo lo cruel que era el mundo y la de problemas que me ocasionaban las personas.

Me tapé el rostro con mis manos y dejé que mis lágrimas cayeran libremente por mis mejillas. No entendía nada, pero al mismo tiempo comprendía todo. ¿Qué sería de mí? ¿Conseguiría alguna vez alguna muestra de gratitud de alguien, sin que fuera algún beneplácito personal?


-Mencía, ¿estáis bien? ¿Es el dolor de madre lo que os atormenta?


Descubrí mi rostro al escuchar la voz de Anastasia y como si fuera un movimiento involuntario le abracé y lloré todo lo que no había llorado antes por mis males pasado y presentes.


-¿Qué os ha ocurrido, mi niña?
-Muchas cosas, Anastasia, muchas cosas.
-¿Queréis contármelas?
-¡Anastasia, Mencía! –Nos interrumpió con un gritó la princesa Anabeth. –Requiero de vuestra ayuda en mi alcoba.


Me levanté del suelo y zarandeé mi falda, para eliminar el polvo que tenía. Me coloqué la cofia y noté como de nuevo mis rodillas volvían a sangrar.


-Anastasia, gracias por preocuparos por mí.


Susurré, mientras caminábamos cabizbajas detrás de la princesa. Ella lucía sus mejores ropas y sus cabellos al sol, mientras que nosotras debíamos permanecer cabizbajas y siempre estarle agradecidas por todo lo que nos ofreciera, esconder nuestro aspecto y siempre ir tras ella.






Comencé a caminar adentrándome por los pasillos de palacio, seguida de Mencía y Anastasia.
Una vez que llegamos a mis aposentos, mandé traer mi atuendo de montar a caballo. Mencía rápidamente dio con él y ambas me vistieron. Recogí mi cabello con un pasador, adornado con pequeñas esmeraldas y demás piedras preciosas.
Anastasia y Mencía se quedaron ordenando y limpiando mi alcoba mientras yo me encaminaba a los establos, con la intención de dar un paseo con Bruma.

El cielo mantenía su color azul pastel día tras día, sin nubes, con la única variación de una serie de matices.
Atravesé el jardín oyendo únicamente el canto de los pájaros que se encontraban en las ramas de los árboles, ya florecidos; y el paulatino borboteo que procedía de la fuente.

Bajé las escaleras y me dirigí derecha al establo.


Bruma!


Corrí hacia ella con una sonrisa en mi rostro, la cual se esfumó al verla en una posición que no estaba acostumbrada a adoptar. Me arrodillé frente a ella y levanté su cabeza, acariciándola entre sus orejas.

Percibí su pelaje húmedo. Sudaba de forma exagerada y giraba constantemente la cabeza hacia su costado y su abdomen, intentando golpearse con los cascos.


-Bruma, tranquila, te pondrás bien.


Corrí en busca de algún guardia que pudiera ir a la ciudad a pedir ayuda a Restor, el mejor mago de Traylasia.

Restor llegó a la ciudad apenas hacía cinco años. Supuestamente había pasado parte de su vida al norte de Ombu, admirando las altas cumbres de ese pequeño pueblo perdido en la región de los "hielos eternos", donde sólo los mejores hechiceros habían puesto los pies a lo largo de la historia.

Por la ciudad se oían rumores de que Restor se guiaba por la indicaciones de un pergamino y se orientaba por las estrellas, en un terreno donde la temperatura llegaba a los diez grados bajo cero. También contaban que era capaz de comunicarse con los animales a través de la mente y telepáticamente. La mayoría de sus curaciones se basaban en curar con la mente, y con algunas hierbas procedentes de los lugares que había visitado a lo largo de su vida. Solía decir que los curanderos en realidad no eran capaces de salvar vidas, ya que todos y cada uno de nosotros llevamos la curación en nuestro interior.


-Bruma no se encuentra bien. Id a buscar a Restor. –El capitán Cebo me miró con perplejidad. – ¡Moveos! ¡Id ahora mismo!


Grité mientras se dirigía hacia Fluflú y salía apresuradamente de palacio. Volví a la cuadra y me quedé sentada al lado de Bruma, mientras esta golpeaba fuertemente el suelo de madera con sus cascos.

Tiempo después apareció Cebo seguido de Restor, un hombre de mediana edad, con el pelo canoso y una larga barba grisácea.


-Princesa Anabeth, tendréis que salir de la cuadra, será solo un momento.


Salí de allí y me quedé junto a Cebo, el cual miraba fijamente a Restor, como si no se fiara de él ni de sus poderes medicinales que aseguraba poseer.


-Lo siento. Tiene la mente bloqueada y no me deja averiguar lo que le sucede. –Dijo Restor mientras guardaba unas hojas verdes en el interior de una bolsita de tela.
-¿No podéis desbloquear su mente?
-Me temo que no. Siento no poder seros de ayuda, alteza.


Divisé a Mencía a lo lejos, junto a la fuente.


-Quedaos aquí. –Subí las escaleras y me dirigí hacia ella. – ¡Mencía! –Grité consiguiendo llamar su atención y que se girase.
-Decidme, ¿en qué puedo serviros?
-Id a buscar a Mortis y preguntadle quien curó a su caballo.
-Fue mi hermano.
-¿Su hermano? –Inquirí sorprendida.
-Sí, el muchacho que vio el otro día junto a mí en las cocinas. –La miré con incredulidad, puesto que yo pensaba que el joven rubio era su marido.
-Ordenaré a Cebo que le busque. ¿Podrá curarla?
-Alteza, es un gran albéitar, podrá hacerlo.


Bajé las escaleras con una pizca de esperanza y ordené a Cebo en busca del albéitar.






Estaba enseñando a Christian como se hacía la pasta de eucalipto que le daba a Mencía en sus rodillas y que le untaba a aquella mula.

Christian tenía mucha habilidad a la hora de aprender y memorizar las cosas. Le hice que cogiera una cuchara de madera y que removiera el enorme caldero, para que no se pegaran las hojas.

Caminé hacia el establo y miré la herida de la mula. Ya estaba casi cicatrizada y en pocos días volvería a estar trabajando.


-¡Christian! –Grité su nombre desde el establo, mientras rascaba las enormes orejas de la mula. –Traed el caldero con cuidado y dos paños limpios.


Christian vino con el caldero, a los pocos minutos y con dos paños en su otra mano. Caminaba con una sonrisa y parecía contento, tanto con sus zapatos, como por la camisa que le había hecho mi hermana.


-¿Puedo hacerlo yo, Dougie?


Sonreí a Christian y le preparé el paño, para que él solo tuviera que aplicárselo a la mula en la herida.


-¿Me coceará?
-No. Dadle confianza. –Sonreí y le di el paño, mientras él sujetaba a la mula. –Son muy inteligentes, ¿verdad, Sombra?


Sombra relinchó y se acercó a olisquear aquel caldero. El olor no le gustó y rápidamente apartó su enorme cabeza de allí. Christian y yo reímos.

Agarré la cuerda con la que Christian sujetaba a la mula y el comenzó a ejercer presión en la herida del cuello, con el paño. Noté como la piel de la mula era sacudida por un escalofrío y como coceaba con las patas delanteras en el suelo.


-Es suficiente, Christian. No queremos hacerle daño.


Sonreí y Christian se separó de la mula. La soltamos y se alejó de nosotros, hacia el pesebre.
Recogimos las cosas y Christian, depositó dos manzanas encima de la mesa.


-Nunca aprenderéis a no robar.
-Ni vos a ser honesto y aceptar que poseéis un don para tratar a los caballos.


Iba a contestar a Christian justo cuando salíamos del establo, pero en ese momento apareció el capitán Cebo a lomos de su majestuosa yegua.


-¿Qué deseáis? –Christian se escondió detrás de mí.
-Se os necesita en palacio. El caballo de la princesa está enfermo y el hechicero no puede curarlo.
-¿No tienen en palacio un curandero?
-La princesa ha sido informada por su hermana de que vos sois el indicado. Os quiere a vos, no a un curandero o un hechicero mentiroso.


Le dije a Christian que preparara a Sombra, mientras que yo caminé a casa, bajo la atenta mirada de Cebo, con el caldero y los paños. 

Los deposité encima de la mesa y me cambié de camisa. Me vestí con la que me había hecho mi hermana y abandoné mi casa, para acudir a palacio.

Subí a Chritian en Sombra y comenzamos a cabalgar siguiendo a Cebo.


-Teneis un buen ejemplar.
-Gracias, aunque no tiene el mismo esplendor que su yegua.
-Vuestro jamelgo nunca será comparable a la perfección de mi árabe.
-La raza a veces no importa. Cada caballo es único y todos son igual de nobles. Sombra es tozudo, pero en sus tiempos seguro que fue el mejor caballo de batalla que tuvieron los Gertryos. –Sombra relinchó.
-¿Sois Gertryo?
-No, señor. Provengo de los condados del norte, de los primeros años de la invasión y este fue mi mayor robo a aquellos mercenarios.


Cebo hizo un gesto desairado y posteriormente escupió al suelo. Contemplé su aspecto y me sorprendió su juventud, para ser capitán.


-Su hermana y vos se parecen. Aunque ella tiene otra belleza. ¿Tiene algún pretendiente?
-¡Mencía le odia! –Gritó Christian, espoleando a Sombra, para que entrara en palacio.


Descabalgamos de Sombra y caminamos hacia los establos. Christian me contó las intenciones de Cebo sobre mi hermana y al no ser de fiar, y el simple hecho que mi venganza era en su contra, le ignoré y no respondí. Jamás le entregaría a mi hermana y nunca la traicionaría de ese modo, sin darle la posibilidad de conocer el amor verdadero tan extraño en nuestras costumbres.

Al llegar allí, vi a un hombre, agachado y diciendo cosas extrañas, alrededor del caballo. Christian me susurró que aquel hombre era Restor.


-¿Vos sois el albéitar?
-Sí, alteza. –Hice una reverencia bastante nervioso.
-Restor dice que no es capaz de entrar en la mente de mi jaca, ¿vos podréis curarla?
-Lo intentaré.


Miré a mi hermana de reojo, aunque ella pareció no verme. Estaba mirando a sus zapatos y parecía triste. Me fijé en su vestido y noté como en él había sangre fresca.

Me acerqué a ella, bajo la altiva mirada de la princesa y las estúpidas palabras de aquel estafador.


-Mencía, ¿estáis bien? –Acaricié su rostro y recogí algunas lágrimas.
-Haced vuestro trabajo, no os preocupéis por mí.
-Pero vuestras rodillas...
-¡Puede curar a mi yegua ya! –Gritó aquella princesa de ojos color cielo. –Me gustaría dar un paseo con ella cuanto antes.


Me distancié de mi hermana y miré a la princesa con asco. No tenía sentimientos, ni corazón. Los de su clase solo velaban por sí mismos y sus intereses, nada más.
Restor se apartó de la yegua y empezó a maldecirme por interrumpir su labor.

Llamé a Christian y le dije que contara los dientes, como yo le había enseñado, para saber su edad.


-Tiene ocho años.
-Incorrecto, mi pequeño amigo. –Sonreí. –Tiene nueve y además es de las machorras, ¿veis el colmillo? –Christian asintió. –Mi maestro decía que solo lo poseen los machos y algunas hembras.
-¡Podéis dejar de ser un majadero y curarla! Estoy cansada de escuchar a ineptos, y de no ver resultados.


Acaricié a la yegua y noté como su abdomen estaba hinchado. Su posición, no era la típica de un caballo, sino que estaba sentada sobre sus cuartos traseros y con los delanteros estirados. De vez en cuando relinchaba de manera aguda, mostrando su dolor.


-¿Qué ha comido?
-Señor, se alimenta de albahaca fresca que trae Restor. –Contestó un joven mozo de cuadras.
-Christian, ve a observarla y tráeme una muestra.


Christian corrió con el mozo de cuadras y trajo, después de haberlo observado, un poco de albahaca.

Vi que estaba mezclada con otras hierbas, que olían raro.


-Restor, ¿dais incienso a los caballos?
-Mezclo entre la albahaca, para purificarlos y poder comunicarme. ¿Insinuáis que los estoy envenenando?
-No insinuó nada, Restor. –Seguí identificando las hierbas y todas provocaban trastornos alimenticios en los caballos.


La yegua giró sobre sí misma. Se retorcía de dolor y no podía hacer nada por ella, solo dejarla que ella hiciera lo propio. Sus pulsaciones eran pocas, pero eso denotaba que estaba bien.

En ese momento caí en lo que le pasaba a aquella yegua.


-Su caballo tiene un cólico. Es leve, porque se lo he descubierto pronto. Debemos hacer que vomite todas las plantas aromáticas que le ha mezclado Restor en su albahaca.
-Haced lo que debáis.


Caminé por el establo y cogí un cubo. En casos así, no era bueno darles agua, pero quería que vomitara y expulsara todo aquello.

La yegua bebió y al momento expulsó de su organismo todo lo que había ingerido. No solo había hierbas, sino piedras y restos de papel.


-Vos envenenáis a los caballos.
-¡No blasfeméis sandeces, estúpido muchacho! ¡Yo no hago tal cosa!
-Restor, abandonad las cuadras. Rezad porque no os he mandado a las mazmorras por intentar acabar con la vida de los caballos reales.


Restor empezó a maldecir a todos los presentes y algunos guardias se le llevaron de allí. La yegua continuaba vomitando, pero esta vez, ya se había incorporado.

Su abdomen ya no estaba tan hinchado, pero continuaba mal.


-No estará bien en un par de días. Necesita reposo, agua fresca y comida decente, para recuperarse.
-Sí, albéitar. –El mozo de cuadras miró asustado a la fría princesa.
-¿Sobrevivirá? –Preguntó la princesa.
-Sí, no debe asustarse. Los cólicos son así y vuestra yegua no estaba muy grave. Me quedaré aquí hasta la noche, observando su progresión.


miércoles, 19 de marzo de 2014

Capítulo 6





En el palacio había un revuelo enorme. Gritos, empujones, prisas de un lado a otro. No entendía nada, solo que el sol acababa de salir hacía un par de horas y no aguantaba más el estar limpiando escaleras.

De vez en cuando paraba. No me gustaba estar apoyada sobre mis rodillas, no porque pareciera un animal; sino porque tenía la sensación que era observada y en el palacio se respiraba un ambiente de mentiras, celos, lujuria y ambición por el poder que no era de mi agrado.

Me senté en las escaleras y noté un punzazo y posteriormente un escozor en mi rodilla derecha. Vi como el faldón del vestido se teñía de rojo poco a poco. Me levanté el vestido, hasta la altura de las rodillas y vi como la costra se había rasgado y volvía a emanar sangre.

Cierto era que tenía las rodillas llenas de heridas por haber sido arrastrada, pero yo ya las daba por curadas, pero aún así… Continuaban dándome problemas.

Estrujé la esponja encima de mi rodilla y cayó toda el agua que contenía. Me escoció, pero mordiéndome fuertemente el labio, aguanté el dolor. Sabía que estaban infectadas, pero no tenía dinero para pagar a un médico. Daba gracias que mi hermano me las curaba por las noches, pero no era suficiente.


-Mencía, ¿qué hacéis? –Oculté rápidamente mis rodillas, ante la mirada de asombro de Anastasia. –Tenemos que ir al salón del trono, y rápido.
-¿Por qué?
-Creo que ha habido un robo, pero no lo sé. ¿Necesitáis ayuda?
-No os preocupéis, son simples heridas, nada más.
-Esas heridas os causarán el no encontrar marido.
-Anastasia, nadie os debe juzgar por vuestras marcas. –Sonreí, mientras me levantaba del suelo. –Si existe el amor, nada de eso importa.
-¡Que ingenua sois! –Exclamó. –Nadie se casa por amor. Mi sobrino está soltero, haríais una pareja encantadora. ¿Queréis que os presente?
-Anastasia, gracias por el ofrecimiento, pero prefiero encontrar al hombre indicado yo misma y si no consigo hombre, moriré sola. No me importa. Iría encantada al convento.
-Tenéis unas ideas muy extrañas, mi querida Mencía.


Caminé de manera apresurada por los pasillos al lado de Anastasia. Subimos unas enormes escaleras, que estaban bastante frías, puesto que todo el día daba la sombra. Envidiaba al resto de los criados por tener zapatos, pero de momento solo me pagaban con comida y no creía que me pagaran con dinero.

Si eras mujer, la manera más rápida de obtener dinero, era dedicándote a la prostitución y yo no quería perder la poca dignidad que se consideraba que teníamos los campesinos, solo por querer unas monedas.

Llegamos al salón del trono. Era enorme y me quedé asombrada por los tapices y las alfombras, tan suaves, que adornaban ese inmenso salón.
Anastasia, rápidamente, tiró de mi brazo y me colocó con el resto de los criados. Ella se situó a mi lado y me dijo que estuviera recta, pero que no mantuviera el contacto visual con el rey.

A mi lado izquierdo estaba Oliver, era el criado del príncipe y sobre él caían muchas responsabilidades, puesto que constantemente el príncipe le mandaba hacer recados, enviando mensajes a distintas damas. Oliver tendría dieciséis años, pero su altura no decía lo mismo.

Tragué saliva, cuando sonaron las trompetas que anunciaban al rey Harry, y miré mis pies.


-He oído que uno de vosotros ha robado de mis cocinas. ¿Acaso no os alimento lo suficiente, para que dejéis de pecar sucias alimañas? –El gruñido de ira del rey retumbó por toda la sala. -¿Quién ha osado robar al trono de Traylasia? ¿Quién? El que hable ahora, no será castigado y el resto, torturado en vano.
-Majestad, creo que no debemos juzgar a la servidumbre de este modo. –Habló el que supuse que sería el arzobispo Adso de Baskerville.
-¿Qué sugerís?
-Sois conocido por ser sabio y un gran general de vuestras tropas. Yo sugiero, que les sometamos a juicios.
-Padre, es innecesario. –Miré al príncipe Daniel, por primera vez en mi vida y noté su pasividad ante el asunto. –Si han robado, aniquiladlos a todos y así estaréis seguros de quien ha sido el ladrón.
-Por ese motivo nunca seréis un buen rey. –Espetó a su hijo.


El rey caminó junto al arzobispo, mientras que su hijo se sentaba en el trono. Anastasia me dio la mano, puesto que estaba temblando.


-¡Oliver traedme un vaso de agua!
-¡Cállate!


El rey enfatizó toda su ira hacia su hijo en ese grito y el príncipe salió del salón del trono, agarrando a Oliver y llevándoselo de allí.


-Él no ha sido vuestro ladrón.


Salió del salón del trono malhumorado, tirando del brazo de Oliver. El rey llegó hasta donde yo estaba y noté como me observaba, pero rápidamente avanzó.


-Lo repetiré una última vez. ¿Quién ha sido?
-Majestad. –Un rechoncho criado, abandonó su posición en la fila y caminó hacia él. –He sido yo, tengo un hijo enfermo y mi mujer está en cinta y…


El rey Harry desenvainó su espada y cortó la cabeza de aquel criado, con toda su fuerza. El cuerpo, inerte, cayó al suelo, mientras que su cuello borboteaba la sangre, como si de una fuente se tratara.

Ejercí presión sobre la mano de Anastasia, justo cuando la cabeza rodó ante los pies del rey.

Ese acto fue despreciable y después de hablar el rey y contar que había sido un acto de obediencia, nos dejó marchar. Anastasia me dijo que aquello era solo una pequeña muestra de la crueldad que ejercía el rey en sus juicios.







Subí las escaleras malhumorado, con un nudo en la garganta, el cual impidió que contestara a mi padre delante de aquellos muertos de hambre, que en vez de agradecer el trabajar en palacio se dedicaban a robarnos en nuestra propia casa.

Había sacado al estúpido de mi criado, por el simple acto de abandonar aquel asqueroso salón, en el cual la presencia de mi padre era la de un dios todo poderoso, que juzgaba a su antojo. No me percaté de la presencia de Oliver hasta que llegué a mis aposentos.


-¿Y el vaso de agua? ¡¿Tengo que bajar yo a por él?!


Grité furioso mientras este bajaba a trompicones por las escaleras. Cerré la puerta con un atronador portazo y me dejé caer sobre la cama, esperando la llegada del estúpido de Oliver.
Llamaron a la puerta y tras oír un "adelante" la cabellera rizada de Oliver se asomó, con temor en su rostro y el vaso en sus manos.


-Aquí tenéis. Perdonad la demora. -Dijo agachando la cabeza y acercándome el vaso.
-Podéis retiraros.


Oliver salió de mi cuarto y en ese momento, antes de que pudiera sumirme en mis pensamientos, Sir Thomas irrumpió en mi habitación. Me incorporé rápidamente, poniéndome de pie y colocándome bien la camisa, a la par que este echaba una ojeada por mi cuarto.


-Os habéis equivocado de habitación. La de Anabeth es la de la izquierda.
-No busco a Anabeth, sino a vos.
-Decidme.
-Seré franco. No os agrada mi presencia ni a mí la suya. Haced vuestra vida y no os entrometáis en mis asuntos…de lo contrario, su padre y su hermosa hermana, serán informados de lo que hacéis.
-No os comprendo. –Dije sosteniendo la mirada con firmeza.
-¿De verdad Sir Daniel? Las paredes tienen oídos y hay ciertos rumores... –Sonrió pícaramente y se le marcó aquel hoyuelo que poseía en su mejilla derecha. –Dicen que el príncipe Daniel tiene gran interés por las criadas, llega incluso a acostarse con ellas.
-Eso no es cierto. –Dije nervioso, hasta tal punto que tiré el vaso de agua.
-En ese caso, no os importará que haga llegar el rumor a su padre, ¿verdad?


Bajé la mirada y me dirigí hacia el balcón. Sir Thomas se había enterado y era capaz de comentárselo a mi familia. Si mi padre se enterase, me despreciaría, más de lo que ya lo hace, e incluso llegaría a desheredarme por ensuciar el nombre de la corona.


-Lo suponía.


Esbozó una leve sonrisa de satisfacción. De repente vi una sombra caminar hacia mis aposentos y sentí algo de alivio.


-Daniel, ¿sabéis...? –Bajó el tono, y miró hacia Sir Thomas. –Disculpad.
-No os preocupéis, ya habíamos terminado. –Sonrió a mi hermana y transfirió la mirada nuevamente hacia mí. –Que tengáis un buen día Sir Daniel. Anabeth. –Le sonrió y salió de mi alcoba.
-¿Qué quería?
-Nada, quería saber vuestros... 
 vuestros…  vuestros ¡gustos! –Disimulé. –Ya sabéis... Quiere impresionaros para ganar vuestro corazón ¿Qué queréis de mí? –Suspiré.
-¿Habéis visto a mi criada?
-¿Anastasia?
-No, Mencía, la nueva.
-No sé quién es, pero seguramente esté en la sala del trono, con los demás criados. Uno de ellos ha robado de las cocinas.


Anabeth abandonó mi alcoba y yo me quedé pensando en cómo conseguir información sobre el Sir Thomas, y de ese modo poder chantajearle, como él había hecho conmigo.

Nadie iba a ensuciar mi nombre y menos ese altanero que parecía haber llegado a palacio para quitármelo todo. Podría quitarme a mi padre, y convertirse en el hijo que siempre había deseado que yo fuera, pero lo que nunca iba a conseguir, sería enfrentarme con Anabeth. De eso estaba seguro.






El sol brillaba con fuerza, después de aquella noche de tormenta. Christian dormía y por primera vez, aquella mañana me había levantado antes que mi hermana.

Ella se había ido, hacía unas tres horas, y siempre que se iba era como que abandonara su felicidad, y hasta que no regresaba a casa no la volvía a obtener.


-Christian. –Susurré en su oído. –Vamos dormilón, hoy necesito de vuestra astucia, para comprar en el mercado.


Christian rápidamente se levantó de la cama y con un bostezo, rápidamente se desperezó.


-Vos siempre necesitáis de mi astucia.


Sonrió y le di una manzana, de las que traía Mencía de palacio. Él la devoró inmediatamente, bajo mi atenta mirada.
Se colocó su roída camisa verde y miró las telas que había traído Mencía el día anterior.


-Sé lo que pensáis. –Sonreí. –Mencía es buena costurera y nos hará unas buenas camisas a cada uno.
-¿Por qué cuidáis de mí? Soy un mísero pícaro, que solo roba e incordia. ¿Por qué arriesgáis vuestros bienes en mí y a la vez me dais aprecio?
-Christian, hay veces que las personas hacemos cosas sin ningún motivo. Mencía os salvó sin que se lo pidierais y vos me ayudáis sin que os lo pida.
-¿Cómo una cadena?
-Somos una cadena y hay veces que los eslabones se rompen, pero siempre os podéis encontrar con gente buena que os ayudará sin pedir nada a cambio.
-Sois sabio, albéitar.


Salimos de casa y miré a Sombra en su cuadra, mientras caminábamos por las transitadas calles. Escuché el relincho de Sombra y sonreí como un estúpido.


-Gracias.
-No debéis agradecernos nada. Sois como un hermano más para nosotros. –Christian sonrió y me enseñó su imperfecta dentadura.
-Yo tengo una deuda con su hermana.
-No necesitáis saldarla, cuando queráis marchar sois libre.
-Sé que soy libre, ni vos ni su hermana sois mis amos. Yo soy su ayudante y el protegido de su hermana, y algún día saldaré mi deuda y vuestra hermana estará orgullosa de mí.


Reí por toda la fantasía que creaba su cabeza. Mi hermana estaba orgullosa de él, porque gracias a su astucia conseguíamos sobrevivir un día más, porque gracias a él aprendimos sobre la vida en la ciudad y sus peligros.

Llegamos al mercado y Christian rápidamente tiró de mi brazo, para que me agachara a su altura.


-Tengo un plan, para conseguir clientes. Vos no hable. –Se abrió paso entre la multitud y al llegar a la fuente elaboró su plan. –Señoras y señores, préstenme atención. ¿Alguno de ustedes tiene algún caballo, mula o burro enfermo? Mi amigo, el albéitar, es el mejor y les sanará a sus animales por seis monedas de oro y veinte maravedíes.
-Ya tenemos a los hechiceros, no necesitamos a un musulmán.
-Señora, no es musulmán. Es cristiano y es el mejor. ¡Mírenle! Es joven y... –La gente dejó de hacerle caso.
-Christian, lo habéis intentado. –Sonreí. –No pasa nada.
-Esperad. –Volvió a subirse en la fuente. –Él ha salvado al caballo de Mortis, aquel caballo árabe que Restor no había conseguido sanar. ¿Os seguís fiando de los engaños de ese brujo?
-¿Qué pruebas dais, muchacho?
-Cuando las campanas den las doce, es el cambio de guardia. Mortis cabalgará sobre ese ejemplar y obtendréis la prueba de la efectividad de los métodos de mi amigo y protector, el albéitar.
-Christian, dedicaos a robar a los clérigos. Se os daba mejor que esto.


Bajé a Christian de la fuente y comenzamos a andar.


-Tenga paciencia. Esta tarde tendréis otro cliente y Sombra un compañero.
-Me gusta vuestra seguridad y espero que tengáis razón.
-Christian siempre la tiene, confiad en mí.


Y eso fue lo que hice, confiar en él. Me guió por los puestos del mercado, contándome la vida de cada uno de los tenderos y de cada uno de los gremios que había allí reunidos.

Entré en la botica y compré unas hojas de eucalipto, mientras que Christian robó, sin yo darme cuenta, varios botes con ungüentos y alguna que otra medicina.


-¿Por qué lo habéis hecho?
-No me peguéis. –Se cubrió su rostro, con los botes en sus manos. -Lo he hecho por vos y para que podáis curar a vuestra hermana.
-No iba a pegaros, pero debéis dejar de robar. ¿Me comprendéis? De ese modo la gente empezará a confiar en vos y os será más fácil atraer a futuros clientes.


Christian guardó los botes y las hojas de eucalipto, en una bolsa de cuero que llevaba atada al cuello.

Caminamos y Christian se detuvo al ver salir a una mujer morena de la taberna


-¿Os ocurre algo? –Reí. –Sois joven para estar con mujeres, es más yo nunca he estado con alguna. –Sonreí, aunque Christian no apartaba la mirada de aquella mujer.
-Ella es mi madre. –Dijo tristemente. –Pensaba que me reconocería.
-Christian, no os pongáis triste. Ella se ha perdido el estar con un hijo maravilloso.
-Tenéis razón, Douglas.


Volvimos a perdernos en aquel inmenso mercado y solo paramos cuando Christian me lo indicó. Paramos en un puesto en el que vendía gallinas y Christian fue el que eligió. Cogió una ni muy gorda, ni muy flaca. Según él, era perfecta y por como la había manoseado, también era perfecta para dar huevos.

Después de comprar la gallina, fuimos a comprar una vaca y de nuevo, Christian fue quien eligió, aunque esta vez yo opiné. Él eligió el ejemplar y yo quien lo observé.

Abrí su boca y conté sus dientes para saber su edad. Miré como pisaba, acaricié sus ubres y noté que era una buena vaca lechera. Para asegurarme que estaba sana, acaricié su hocico y lo noté húmedo, como debía de estarlo.
Aquella vaca, lamió mi mano con su áspera y larga lengua. Pagué la cantidad por ella y aún me sobraba dinero.

Christian y yo volvimos a casa, para dejar lo comprado. Esta vez, saqué a Sombra del establo y fue idea de Christian volver.
Caminamos con Sombra por el mercado y me llevó a una zapatería.


-¿Aún tenéis dinero?
-Mortis fue generoso y tenemos para comprar seis pares de zapatos.
-Con uno basta y Sombra necesita zanahorias.


Sonreí y entramos en la zapatería, después de que até a mi escuálido jamelgo.

Compré mis primeros zapatos y al probar ella y dar los primeros pasos con ellos, lloré de alegría. Compré otros a Christian, que empezó a correr con ellos y compré unos a Mencía, e imaginando su alegría, salí de la tienda.

Desaté a Sombra y caminé con mayor seguridad, con el calzado de mi hermana en la mano.
Volvíamos a casa, cuando las campañas de la iglesia marcaron el medio día. Tal y como había dicho Christian, Mortis cabalgaba con su hermoso ejemplar y toda la plaza buscó nuestra presencia.

Christian me obligó a caminar y nada más llegar a casa y guardar a Sombra en el establo, apareció un hombre con una mula.

El animal tenía una herida en el cuello, causada por el roce del yugo. Era mi segundo cliente y mientras yo le decía a su amo cuento tiempo iba a estar sin aquel animal, observé como Christian robaba zanahorias y otra gallina de unos puestos cercanos a casa.

Aquel hombre se marchó y yo comencé a curar a esa mula, lo mejor que pude.

viernes, 21 de febrero de 2014

Capítulo 5




Por la tenue luz que penetraba por la ventana entreabierta, imaginé que amanecía, o que acababa de hacerlo.
Abrí totalmente la ventana, me asomé al balcón y vislumbré un grupo numeroso de criados entrando a palacio.

Me vestí apresuradamente y salí de mis aposentos intentando no cruzarme con mi padre, pues no quería que se enterara de los lugares a los que acudía su hijo para conseguir compañía y alivio.

Al salir a los jardines, una bocanada de aire fresco me golpeó en la cara. Los atravesé y salí de palacio volviendo la mirada, asegurándome de que ni mi padre ni mi hermana me habían visto marchar.
Caminé por las calles, llenas de indigentes pidiéndome limosna y acercando sus sucias y mugrosas manos a mi nuevo y preciado atuendo.


-Vuelva a hacer eso y será la última vez que vea la luz del día.


El mendigo me miró asustado y se apartó de mi camino.
Crucé la plaza y bajé calle abajo hasta llegar a la taberna.

Al abrir la puerta todas las miradas se dirigieron hacia mí, murmurando, como hacían siempre que pisaba aquella taberna. Elicea, la dueña, se acercó a mí con una sonrisa pícara. Era una mujer de unos cuarenta y pico años. Llevaba un vestido naranja ceñido a un cuerpo que, en su momento tuvo que ser deseado por miles de hombres. Los cabellos se le habían escapado del moño y le caían desordenadamente a lo largo del cuello.


-¿Qué os trae por aquí, Sir Daniel?
-¿Hay alguna nueva?
-Pasad vos mismo y lo comprobáis.


Dijo sonriendo ampliamente. Me hundí en una ciénaga de recuerdos al ver salir de una habitación a un hombre acompañado por Taylia, la chica con la que hace seis años perdí mi virginidad.


-Vamos hombre, no os quedéis ahí parado, pasad y elegid de una santa vez.


Desvié la mirada de aquella joven de belleza admirable y caminé con las manos en los bolsillos por un pasillo que llevaba a una enorme sala con numerosos sillones.

Alcé la mirada y lo primero que vieron mis ojos fue a una muchacha rubia, con el cabello hasta la cintura recogido en una trenza. Con dos esmeraldas por ojos, que poseía unas pestañas largas, que conseguían embrujar a cualquiera. Sus pómulos, rosados y redondos, y su sonrisa socarrona, fueron los motivos de mi atracción hacia ella.


-¿Os gusta lo que veis?


Dijo mientras se mordía el labio y me daba la mano, tirando de mí y haciéndome pasar a una habitación, con una cama y una silla.

Cogí su muñeca y la atraje hasta mí, consiguiendo que sus labios quedaran a milímetros de los míos.


-¿Cómo os llamáis?
-Inés.


Susurró en mi oído y me sonrió. Desabrochó los cordeles de su corsé y al momento su vestido cayó al suelo, desvelándome las bonitas curvas que poseía su cuerpo. Agarré su cintura y comencé a besar su cuello; mientras que ella introducía sus manos por debajo de mi camisa. Con un beso en los labios, me llevó a la cama. No se parecía ni lo más mínimo a la mía, esta era incómoda y al menor movimiento, la paja o el material, de lo que estuviera hecha, se salía.

La vela alumbraba su desnudo cuerpo, al igual que iluminaba mi lujuria. No me importaba lo más mínimo mis remordimientos, ellas estaban para el disfrute y la clave estaba en no cogerles cariño. Nunca lo hice y nunca lo haría. Mi padre no tenía en mente ninguna princesa de reinos lejanos y eso hacía que mi libertinaje fuera llevado a cabo. Para mí era un juego divertido y para ellas el poder presumir que habían compartido lecho con el príncipe de Traylasia.

Su ímpetu era indescriptible, quería que la poseyera cuanto antes y nada más que estuvimos tumbados en la cama, intentaba quitarme la ropa, mientras gemía a cada caricia que yo le daba. En verdad era hermosa y su juventud, era el factor que hacía que pecara deseando recorrer centímetro a centímetro, todo su cuerpo.






Mencía se fue muy temprano aquella mañana. No había cantado el gallo, cuando ella se había marchado a palacio.
Antes de irse, noté como sus labios besaban mi frente, del mismo modo que sus frías manos acariciaban mi rostro.

En cuanto ella se marchó, me levanté de la cama y abrí las ventanas, para ver como caminaba, tristemente hacia aquella cárcel.

Quise chillar su nombre, pero así ponía en juego su vida; ya que la ciudad aún no había despertado. Iba sola, descalza y acariciando sus brazos, para entrar en calor.


-Sois un buen hermano, Douglas.
-¿Qué hacéis despierto tan temprano?
-Su hermana me ha despertado, al darme un beso en la frente. ¿Queréis que vaya tras ella y le acompañe?
-No Christian.


Me separé de la ventana y caminé hacia la chimenea, para calentar la choza, mientras Christian preparaba un mendrugo de pan, para que lo comiéramos posteriormente, cuando el sol estuviera justo encima de nuestras cabezas.

Aprovechamos el canto del gallo, para ir a los establos. Estuvimos allí un rato.

Le resolví a Christian, lo mejor que pude, las preguntas que me hacía. Así estuvimos gran parte de la mañana, hasta que opté por ir a devolver aquel magnífico ejemplar a la guardia de palacio.

Saqué a aquel ejemplar y acaricié a Sombra.


-Christian, dale un trozo del mendrugo que escondéis.


Reí y sacó de un modo desganado el mendrugo de pan, de debajo de su camisa verde, o al menos yo creía que era de ese color.


-¿Cómo me habéis descubierto?
-Soy observador y Sombra... –Sonreí y Christian le dio aquel mendrugo. –Él me ayuda.
-No penséis que le quería robar, jamás lo haría señor. Quería llevarle a su hermana algo de comer. Ella nunca come mucho, cuando la conocí solo se tomó una manzana.
-Ella prefiere pasar hambre por los demás, es así.


Sonreí y comenzamos a caminar entre la multitud, mientras que nos alejábamos de la cuadra y de Sombra.


-¿Qué pensáis hacer con el dinero?
-Comprar una gallina y puede que una vaca, si este tal Mortis es generoso y aprecia el cuidado que le he hecho a su caballo.


Continuamos andando, hasta que llegamos a palacio. Mojé mis manos y mi nuca en el agua de la pequeña fuente, mientras que aquel caballo árabe bebía.

Me miré en aquella cristalina agua y comencé a beber, para después adecentarme un poco. Christian hizo lo mismo y me reí de él cuando sonrió y le faltaban dos de sus dientes.


-¿No os crecen?
-Uno tiene que salir, pero el otro me lo rompió mi único amo de un golpe.
-¿Sois un esclavo?
-Sí, pero mi amo murió hace meses y desde entonces recurro a la picaresca y ahora os ayudo a vos y a su hermana. –Sonrió y entramos en palacio. –Sois mi familia.


Christian agarró mi mano y yo le acerqué a mí, como hacía con mi difunto hermanastro, Zack. Christian me recordaba a él en muchas cosas, pero no en la edad.

Llevé el caballo a las cuadras y allí estaban dos soldados. Christian me dijo que era el capitán Cebo y uno de sus hombres.


-¿Habéis podido curarlo?
-Sí, solo tenía una incisión.
-¿La furcia de su hermana y vos, dan cobijo a este hijo de puta?


No quise contestar, puesto que no sabía pelear, pero cada vez pensaba más en como amargar la existencia de ese mal nacido.


-Deseo dárselo a su dueño.
-Búsquelo cerca de las cocinas.


Christian me guió por aquellos enormes patios, hasta las puertas de las cocinas y allí dimos con Mortis. Muy agradecido por mi trabajo, comprobó que todo estaba bien y rápidamente me pagó.

Había dinero suficiente para comprar dos vacas y por ello le sonreí. Cuando salíamos de palacio vi a mi hermana.


-¡Mencía!


Grité y ella salió corriendo a abrazarme. Le había cambiado la expresión facial y fue como que su mirada volviera a desprender felicidad, aunque la notaba rara con sus cabellos, dorados como el trigo, escondidos.






Mi mirada fue atraída por un muchacho rubio de aspecto frágil y descuidado. Absorta en mis pensamientos tardé varios instantes en advertir que Anastasia me había dicho algo. Cuando la miré, pestañeando, vi que una sonrisa se extendía por su rostro.


-¿Por qué me miráis de ese modo?
-Os habéis quedado ensimismada mirando a aquel joven.
-¿A quién? –Intenté disimular. –Solo estaba pensando, además ¡qué os importa!


Grité mientras descendía las escaleras bajo la mirada perpleja de Anastasia.


-Mencía requiero de vuestra ayuda.



Dije fijando mis ojos azules en las pupilas del joven que la acompañaba. Se inclinó haciendo una reverencia y volvió a mirar a Mencía.


-Sí, alteza. ¿Qué deseáis?
-Necesito nuevas telas. Quiero que me acompañéis al mercado.


Asintió con un sucinto gesto. Soltó la mano del chico y caminó hacia las cocinas, para coger un gran cesto. Salimos de palacio y yo me cubrí el rostro con una negra y holgada capa.

Intenté sacar parecido a Christian con ella y aquel muchacho, que supuse que sería su marido, pero no lo encontré por ningún lado. Las esmeraldas que tenía por ojos, no se asemejaban en nada a los azulados y diminutos ojos de ellos. Posiblemente el niño no fuera de aquel muchacho rubio, sino de cualquier hombre para el que trabajara antes aquella criada, pero eso no parecía importar a aquel muchacho. Le demostraba su amor de igual manera y cuidaba de aquel bastardo.

Dejé de ensimismarme en mis pensamientos, cuando dos jóvenes, altos y distinguidos estaban de pie en la entrada del palacio.


-Alteza, ¿deseáis que preparemos su carruaje?
-No se preocupe, iremos a pie.
-Pero es peligroso que vayáis sola, sin ninguno de nuestros hombres.
-Estaré bien, nadie me reconocerá.


Dejamos atrás palacio y nos encaminamos por las sinuosas y estrechas calles de la ciudad.

Sólo se oía el trinar de las aves y el griterío de campesinos que deambulaban por allí en busca de comida para alimentar a sus familias.


-Mencía no os separéis de mí.
-Sí, señora.


Avanzamos hacia la multitud y me detuve en el puesto de una anciana mujer. Sus cabellos tenían la blancura de la nieve y unas suaves arrugas llenaban su rostro de pliegues. Cuando miré sus ojos negros y aterciopelados, tuve una sensación de paz y seguridad absoluta.


-¿Buscáis algo especial, bella dama?


Dijo sonriendo mostrando una imperfecta dentadura, a pesar de que le faltaran varias piezas, no perdía el encanto de su sonrisa.


-Estoy buscando telas, pero no me convence ninguna.
-Estoy segura que las que os voy a enseñar serán de su agrado.


Esbozó una sonrisa y desapareció del puesto, dejando al cuidado a una niña pequeña de unos ocho años. Volvió al cabo de unos minutos con un cesto lleno de telas de todos los colores y texturas que podía imaginar.


-Aquí tenéis. Elegid cuantas deseéis.


Dirigí la mirada hacia Mencía, la cual estaba fascinada mirando y deslizando sus dedos por aquellas maravillosas telas. Cuando descubrió que la estaba mirando, apartó la mirada de las telas y transfirió la mirada a sus pies descalzos.

Después de seleccionar la mitad de las telas, pagué a la mujer y se las di a Mencía para que las guardara en la cesta.

Salimos de la plaza sin ser descubiertas, pero al llegar a la esquina de una calle, una mujer indignada, salió vociferando de su casa.

-¡Vos! –Me señaló con el dedo mientras se acercaba a mí. –Vos sois la hija de ese miserable que mandó aniquilar a toda mi familia. Aunque vayáis cubierta, podría reconocer en cualquier parte la mirada de la asquerosa monarquía de Traylasia. 

Me cogió de los hombros con brusquedad y empezó a zarandearme.


-¡Pagaréis p
or ello!


Mencía intentó protegerme, pero de un empujón cayó desplomada al suelo. Veía ira y dolor en los ojos de aquella mujer.
Metió la mano en su andrajoso vestido, y de su bolsillo sacó un cuchillo. Me vi reflejada en él; se podía apreciar el terror que emanaba mi rostro a cientos de kilómetros.


-¡Yo no tengo la culpa! ¡Suélteme!


Grité intentando desasirme de su agarre.Un grito ahogado salió de su interior y cayó sobre mí, muerta.
Miré al frente y me encontré con Dave, uno de los guardias reales.


-Alteza, ¿estáis herida? –Inquirió mientras guardaba en su cinturón el puñal con el que había asesinado a la mujer.
-No, vinisteis antes de que eso sucediera. Gracias.


Busqué con la mirada a Mencía. Estaba junto a mí, con las rodillas ensangrentadas y una expresión de horror en su rostro.


-¿Os encontráis bien? –Pregunté colocándome la capa.
-Señora, quien importa es vos, yo solo soy una especie de polvo animado, nada más.


Interpreté sus palabras por un “me encuentro bien” y nos dirigimos a palacio, dejando atrás un cielo gris y plomizo.

Mencía me acompañó a mis aposentos y dejó la cesta con las telas sobre mi cama.


-Tomad. –Le di un par de telas.
-No, señora, no puedo aceptarlas.
-Quédeselas. He comprado demás. –Sonreí.
-Muchas gracias.


Me dedicó una sonrisa antes de cerrar la puerta. Me quité la capa, dejándola a los pies de la cama y salí en busca de mi hermano.






Acaricié mi cuello, mientras caminaba a oscuras por los pasillos del castillo. Estaban iluminados por unas antorchas, pero solo en el medio de aquellos inmensos pasillos.

Escuchaba como las gotas de agua caían de una de las goteras, del ala este del palacio. Las piedras que construían el castillo, creaba una gran resonancia y el eco era muy notable en todo el pasillo.

Escuché pasos tras de mí y aceleré, para no ser descubierto. El tintineo de las monedas en la bolsa, que llevaba atada al cinturón, era constante.
Mi respiración se aceleró, pero conseguí burlar a mi perseguidor en la oscuridad.

Caminé hacia los establos, bajo la lluvia y comencé a esperar a la persona con la que había quedado.


-Cuervo negro.
-Anuncia al traidor.


Descubrí mi rostro y él hizo lo mismo. El capitán Cebo sonrió y se acercó a mí.


-¿Para qué me requiere Sir Thomas?
-Vos conocéis los movimientos de la princesa y de toda la familia real. –Le entregué la bolsa con el dinero.
-¿Qué insinuáis? –Sus ojos brillaron al ver las monedas de oro.
-Necesito que trabajéis para mí, siendo el capitán de la guardia real. –Reí. – ¿Conoce a mi familia?
-He oído hablar de los Blackwell, pero nada más que por su agilidad en la caza.
-Le iré desvelando punto por punto cuando llegue el momento, al igual que incrementaré su sueldo.
-¿Qué quiere que haga?
-Averiguar dónde va el príncipe, las estrategias de guerra del rey y lo más importante vigilar los movimientos de Anabeth.
-¿Me pedís que sea un espía? –Asentí y dejamos de caminar por el establo, parando en seco. –Tengo un precio y vos me habéis comprado, pero quiero algo más.
-Si conseguís darme esta información, yo os daré lo que deseéis.
-Quiero a una mujer. Es una criada, pero su mirada y sus modales me tienen hechizado. Me ha ridiculizado y eso ha hecho que mi deseo por ella sea mayor.
-Si me conseguís lo que os pido, la criada por la que suspiráis será vuestra. –Sonreí. –Todos tenemos un precio y el de los pobres es la comida y algo de oro. No será difícil que pronto sea vuestra.


Salí bajo la lluvia y me coloqué la capucha de la capa.


-Tenéis hasta el domingo próximo, para dicha información.
-¿Y si no obtengo todo?
-No obtendréis a la muchacha, solo el dinero.
-Pero... Aunque lo obtuviera, no conocéis quien es.
-Ojos claros, delgada y desde hace tres días el labio partido. ¿Creéis que no lo sé?
-Señor, yo...
-Vi como un guardia era puesto en evidencia por una asquerosa plebeya. ¡Limpiad vuestro nombre con lo que os pido y ella será vuestra!


Gruñí en la oscuridad y corrí hacia el interior del palacio, sabiendo que ese estúpido guardia haría todo lo que le mandara a cambio del cuerpo de aquella asquerosa plebeya.



viernes, 7 de febrero de 2014

Capítulo 4




Decidí salir del establo con la herradura en la mano. Me senté en el escalón de la puerta de la entrada y contemplé el ajetreo del caminar de los campesinos, mientras acariciaba la defectuosa herradura.


-¿Vos sois el albéitar?
-No soy albéitar, ni siquiera puedo doblegar a mi caballo. –Miré a aquel esmirriado muchacho, mientras el sol me deslumbraba. – ¿Quién pregunta por mí?
-Su hermana me ha dicho que viniera aquí. Que estaría a salvo y que vos necesitabais ayuda.
-¿Mencía os ha dicho eso?


Mi hermana me conocía muy bien, al igual que conocía de su buen corazón. Ese pícaro sería algún protegido suyo de palacio y puede que no me viniera mal la ayuda de alguien tan astuto como él.


-¿Cómo os llamáis?


Me levanté, acercándome a aquel muchacho de cabellos castaños y de mirada esmeralda.


-Christian, Christian de Tjmud.
-¿No tenéis familia?
-No señor, mi madre es una prostituta y no puede hacerse cargo de mí y mi padre creo que ahora es monje en el monasterio de Shamna.


Me sorprendió la facilidad que tuvo en no mostrar ningún reproche al trabajo de su madre. Lo dijo como si fuera la labor más digna y eso me hizo admirarle; ya que cualquier otro se avergonzaría de su propia sangre.


-¿Y vos?
-Douglas, Douglas de Rocagris. –Sonreí. –Podéis llamarme Dougie.
-Su hermana me contó la historia de su familia y la historia de Rocagris. ¿Vos sois igual de valiente que vuestra hermana?
-Ella no es valiente, ella es orgullosa y a veces temo que eso le cueste la vida. ¿Por qué os ha hecho su protegido?
-Me ha salvado, interponiéndose entre el Capitán Cebo y yo. Si ella no hubiera arriesgado su vida, yo ahora mismo estaría medio muerto y me faltarían las manos.
-¿Ella está bien? –Me preocupé por mi hermana y temí por su vida.
-Sí, señor. –Dijo nervioso, acariciándome el hombro. –Solo su labio está mal. Ella está sana y salva. Dios ha hecho que velaran por su vida.
-¿Dios? –Reí. –Dios no existe. Si en verdad existiera habría salvado a mi familia.
-Blasfemáis sandeces, señor. Dios existe y siempre nos intenta ayudar, aunque nos haya hecho pertenecer a esta clase social.


Acaricié la mejilla de Christian por tan buena reflexión y comencé a tramar un plan, puesto que conocía su astucia.


-Christian, ¿conocéis al herrero? –Él sonrió.
-Claro señor, es Roger. A mis diez años le he robado tantas veces...
-Necesito de vuestra habilidad, para conseguir una herradura, para este caballo.
-¡Es el caballo de Mortis! –Exclamó y me miró asombrado. –Vos debéis curarlo bien, ese guardia quiere más a su caballo que a su propia mujer.
-Si le quisiera tanto, le habría conseguido mejores herraduras.
-Entiendo vuestro plan y he de deciros que será un placer ayudar al futuro gran albéitar de Tjmud. –Sonrió y mostró su sonrisa imperfecta por la falta de sus dos incisivos. –Christian no suele equivocarse con cosas así. Seréis importante.

Sonreí y le di la herradura, para que robara una parecida. Él salió corriendo y se perdió entre las calles. Mi hermana no solo protegía a un pícaro, sino a un muchacho muy inteligente que me iba a ayudar bastante bien a la hora de llevar a cabo mi trabajo.






Caminaba escuchando los saberes de Anastasia, mientras mi ama nos había dado una hora de descanso.

Yo tenía a Anastasia como una mujer muy sabía, y no me equivocaba, porque lo era. Me contó todas sus peripecias en palacio.

Me habló de cada miembro de la familia real y me predijo del príncipe. Aún no le conocía, pero todas las criadas decían que era capaz de satisfacerte en todos los sentidos y que en el amor carnal, no tenía rival.


-Pero no temáis por el señor, no sois de su agrado. –Rió.
-Anastasia, ¿qué tengo de malo?
-No sois como las demás. Vos os ceñís al atuendo y sois demasiado delgada para que se fije en vos. No tenéis curvas, para que resaltéis.


Mientras que Anastasia se reía, yo acaricié mi pequeña cadera, y la verdad es que tenía razón.

Anastasia me dio un vaso de agua y sacó un trozo de empanada de un cajón de la cocina. Empezamos a comerlo y Anastasia terminó de contarme que hacía Sir Thomas en Tjmud .


-Sé que me escondéis algo. –Sonrió.
-¿El qué?
-La princesa está incrédula porque sabéis leer, ¿es eso cierto? Y de serlo, ¿cómo?
-¿Vos no sabéis? –Rápidamente movió su cabeza y negó. –Mi padre adoptivo nos enseñó a leer a mi hermano y a mí.
-¿Un musulmán?
-Sí, y me dan igual sus desprecios, para mí fueron los mejores padres que he tenido. –Suspiré, agarrando nerviosa mi vestido. –Dijo que nos sería útil, al igual que el latín y su propia lengua.
-¿Habláis como esos herejes?
-Sí. Anastasia, si no le importa, deje de insultarlos y menospreciarlos. –Me levanté de la mesa. –Que tenga un buen día.


Dejé a Anastasia con un rostro de incredulidad enorme. No soportaba que hablaran así de los que habían sido mi familia, solo por ser de otra religión. ¿Qué más daba el Dios que adoraras si todas las religiones se basaban en lo mismo?

Caminé hacia los aposentos de la princesa y al entrar estaba llorando. No quise preguntarle el por qué, porque no me incumbía conocerlo.


-Señora, sé que no es un buen momento, pero creo que le vendría bien tomar el aire.
-¿Y ponerme morena? –Gritó enfadada.
-Señora, no era...
-Vos no sabéis nada, no sabéis lo que es estar encerrado y no tener libertad.
-Lo sé mejor que vos. Pertenezco al tercer estado, o lo que los de su calaña conoce como escoria. Mida sus palabras porque si yo tuviera esta condena... La preferiría.
-Sois una insolente. –Golpeó mi rostro, como hacía la mayoría de las veces que hablaba. –Creéis conocer todo y sólo sois una ignorante. ¡Marchaos de mis aposentos, antes de que llame a la guardia y os castiguen en las mazmorras!


Salí de sus aposentos, cerré la puerta y me tragué el nudo que tenía en la garganta. ¿Cómo podía ser tan hipócrita y pensar que yo era libre? ¿Tan mal entendía que yo era su sierva y que nunca conseguiría mi libertad, mientras que ella lo era aunque estuviera atada a un hombre que no amaba?






Mientras esperaba el regreso de Christian, fui a los establos. Tenía en mente intentar montarme en Sombra, pero por su carácter y su hostilidad hacia mí, era toda una quimera.

Cogí la cuerda y saqué un trozo de pan, para llamar su atención. No tardó mucho en acercarse a mí, con las orejas señalando todas las direcciones. El otro caballo, continuaba quieto, sin perder de vista aquel trozo del mendrugo de pan que ofrecía a Sombra.

Coloqué la cuerda a modo de cabezal en la enorme cabeza de Sombra y posteriormente le ofrecí el trozo de pan.

No tardó nada en devorarlo y comenzó a buscar entre mis andrajosas ropas, más comida.


-No tengo más, Sombra. –Acaricié su cabeza y él comenzó a resoplar. –Sabes que no tenemos dinero y...
-Señor. –Miré a Christian, que estaba jadeante y saqué a Sombra del establo. –He conseguido la herradura. ¿Puedo acariciarlo?
-Es muy tozudo, pero si te deja.


Christian me dio la herradura y mientras que él intentaba acariciarle, yo observaba y medía junto con la herradura defectuosa, la que él había traído.

Era perfecta y esta no tenía ninguna imperfección.


-¿Por qué no es dócil?
-Lo es, pero solo con mi hermana. Ella es capaz de estar horas con él, susurrándole y acariciándole.


Sonreí al recordar a mi hermana y un sentimiento de preocupación recorrió mi cuerpo. Temía por ella.

Había visto morir a tantas personas que había amado, que no quería perder a mi única familia, a mi única sonrisa, a la única persona por la que lucharía y daría mi vida si fuera necesario.

Despeiné los sucios cabellos de Christian y este me sonrió. Le hice sacar al otro ejemplar y caminamos por el prado que quedaba detrás de mi hogar.

Subí a Christian encima del caballo y le empecé a preguntar si notaba la cojera o algo extraño al pisar. Él me contestó que sí, por lo que le bajé y le hice correr al establo a por un martillo y unos cuantos clavos que había encontrado el día que llegamos a esa choza.

Acaricié a ambos caballos y me dispuse a intentar montar en Sombra. Tenía miedo y sabía que él había notado esa sensación, porque golpeó el suelo de manera nerviosa con el casco delantero.


-¿Qué os he hecho? Si es porque degollé a vuestro dueño, lo siento.


Le di la espalda y comencé a llorar, al recordar aquel día de invierno en el que cambió mi vida. Me di cuenta que las palabras de Ajman no tenían sentido y que yo nunca llegaría a ser un gran albéitar; puesto que no podía ni montar a mi propio caballo.

La cabeza de Sombra acarició mi espalda y relinchó, de la misma forma que le relinchaba a mi hermana, en mi oído.
Me giré hacia él y me limpié las lágrimas. Abracé su cuello y Sombra me dejó que le acariciara.
Recorrí su cuello con mis manos y comencé a susurrarle.


-Si no quieres que te monte, jamás lo haré.


Sombra relinchó y se agachó, dejándome que me subiera a su lomo. Lo hice incrédulo y suspirando, ambos al unísono, comenzó a galopar por aquel prado.


Tenía una sensación muy extraña. No entendía el comportamiento de Sombra, pero ahora me había ofrecido la posibilidad de ser su amigo, no su rival.

Me bajé de Sombra cuando Christian llegó corriendo, con el martillo y los clavos.

Christian me dio aquellos materiales. Agarré al ejemplar árabe a un poste del cercado y le hice alzar la pata trasera, acariciándole suavemente en el tendón.

Este, como si fuera un acto-reflejo, elevó su pata y me la coloqué entre las piernas, para conseguir herrarle.
Christian me miraba asombrado. Nunca había visto como se herraba un caballo y mientras sujetaba a Sombra, lanzaba miradas curiosas.

Limpié el barro del casco, con el martillo. Comprobé si la incisión estaba curada, y así era, ya no había ni rastro de aquella raja en su uña.

Coloqué la herradura y golpeando los clavos, para fijarla, herré al caballo.


-¿No le duele? –Sonreí, mientras golpeaba el casco. – ¿Para qué las necesita?


Solté el casco e hice andar a aquel caballo. Apoyaba a la perfección el casco y eso me alegró, porque había finalizado mi primer trabajo.
Christian y yo volvimos a casa.


-A vuestra pregunta anterior, no le duele y las necesita como nosotros los zapatos, pero... –Reí. –Ya ves, mi pequeño amigo, que no poseemos tales lujos.
-Algún día poseeremos dos pares y dejaremos de notar como las piedras se clavan en nuestros pies.


Acaricié el hombro de Christian y le sonreí. Me gustaba como pensaba, y lo que era mejor, que podía confiar en él a pesar de su picaresca.






Me levanté de buen humor esa mañana, por lo que había decidido salir a dar una vuelta a caballo.
Acababa de volver, y mi atuendo negro todavía estaba manchado con el polvo del camino. Me entretuve mirando a mi tercer hijo, Haner, que aún tenía los flancos cubiertos de sudor.



Era un tordo negro como el carbón, pero con los años, su pelaje se había aclarado tanto que tenía un color gris blanquecino.
Sus pulidos cascos repiquetearon con fuerza contra la puerta de madera de la cuadra cuando uno de mis criados apareció algo inquieto tras la puerta de entrada.


-Majestad, Sir Thomas de Blackwell desea veros. –Se retiró haciendo una reverencia.


Las sedosas crines se deslizaron entre mis dedos extendidos como las serpenteantes aguas de un río oscuro y brillante. Acaricié a Haner entre sus orejas y le metí en la cuadra.
Transferí la mirada hacia Bruma y Lazlo y salí cerrando la puerta, tras de mí.


-¿Queréis dar un paseo por los jardines?
-Claro, lo que deseéis, majestad.


Subimos por unas empinadas escaleras de piedra mientras escuchábamos el canto de los pájaros que se encontraban en los árboles de los alrededores del jardín.


-Sir Thomas, ¿qué se os ofrece?
-Vengo a hablaros de su hija. –Paró en seco y alzó la mirada al frente. –No quiero que se case obligada. Cada vez que intento ser amable solo recibo rechazos y desdén por su parte.
-No os preocupéis, Sir Thomas. Tarde o temprano, Anabeth, se enamorará. –Dije con la esperanza de que lo que acaba de salir por mis labios se hiciera realidad. –No está acostumbrada a tener trato con caballeros tan galanes y apuestos como vos. Dadle tiempo al tiempo y ella misma acudirá a vos.
-¿Y si no lo hace?
-Lo hará. No hay ningún otro caballero en el reino que pueda hacer feliz a mi hija.
-Agradezco sus halagos. Dios le oiga. –Miró hacia un carruaje que acababa de ubicarse en la entrada. -Disculpadme, pero tengo que ultimar un par de asuntos pendientes. Majestad.


Se inclinó haciendo una reverencia y fue hacia el carruaje que le estaba esperando. Observé como abandonaba el palacio, mientras que el sol, me cegaba las vistas de su despedida.






Agarré la espada y di un paso al frente. Jed, atacó primero, elevando la espada a la altura de mis hombros. Paré su ataque con un golpe seco, obligándole a dar un paso hacia atrás. Ataqué con un golpe bajo, forzando a que levantara su espada e hiciera presión sobre ella, para conseguir levantarla. 

Me dio un pequeño empujón, y volvió a atacarme; esta vez por el flanco izquierdo, mi única y fatal flaqueza. Giré sobre mí mismo, escapando rápidamente de aquel golpe, que si hubiera sido real, habría resultado desarmado o incluso herido.


-Daniel, tenéis que controlar ese flanco y no huir. Solo lo dominaréis cuando os enfrentéis a ello.


Asentí y volvimos a nuestras posiciones; él girado hacia la derecha y yo hacia la izquierda, con los pies firmes, intentando mantener el equilibrio para no caer al primer golpe y poder moverme con rapidez.

Esquivé nuevamente su ataque, cambiando de posición. Blandí mi espada con agilidad, haciendo un movimiento brusco de muñeca, presionando sobre su espada, desde arriba. En ese momento las espadas formaron una cruz, mi espada quedaba sobre la suya. Presioné con más fuerza y conseguí que perdiera el equilibrio.

Sonreí victorioso y dejé de ejercer fuerza. Jed empujó mi espada, lanzándola por los aires, a unos pocos metros de mí. Sonrió al ver mi asombro y giró con gracia su espada.


-Nunca subestiméis al contrario, no sabéis con que os puede sorprender.


Corrí hacia mi espada, cogiéndola con la mano izquierda, como buen zurdo que era.

Jed y mi padre insistían en que luchara como un diestro, así tendría más posibilidades de ganar y menos de resultar herido. Pero eso me era imposible, ya que no podía dar ni una sola emboscada de frente con la mano derecha.

A lo lejos vi a Anabeth agarrada del brazo de padre, dirigiéndose a nosotros.


-Jed, una última.
-¿Estáis seguros? –Inquirió sacando nuevamente su espada y ante mi afirmación elevando los hombros.


Imité su gesto y ataqué, tan rápido que ni él mismo esperaba tal movimiento. Me coloqué detrás de él, colocando mi espada cerca de su cuello, y de una patada, hice volar su espada a los pies de mi padre, que me miraba firme, solemne, con la misma mirada de siempre.

Anabeth aplaudió y miró rápidamente a padre para ver su reacción. Nada. No movió ni un solo músculo de la cara, ni una leve sonrisa o ni un mísero gesto de asombro.

Solté a Jed y le di una palmada en el hombro, colocándome a su lado.


-Daniel ha mejorado notablemente desde que empezamos las clases.
-Es su obligación si quiere seguir mi ejemplo y convertirse en un gran caballero.


¿No podía felicitarme o sentirse orgulloso de mí por una sola vez en su vida?