Lluvias. Eso era lo único que el mes de abril traía. Algo bueno, y algo malo. Todo dependía de los ojos con los que miraras el mundo.
Al ver graznar a un precioso cuervo, de negro plumaje, sonreí pérfidamente. Conocía los presagios que esos astutos y bellos animales traían. Unos los asociaban con la muerte, otros con brujas o incluso con el mismísimo Lucifer; pero yo conocía su verdadera presencia en Tjmud. Esa presencia, bajo aquella lluvia fina, no significaba otra cosa que el avance de la Oscuridad. El rey Harry lo tendría complicado si no se dignaba a actuar o si alguno de sus supuestos aliados del sur se negaban a ayudarle, como era de esperar.
El reino estaba en su mayor declive, mientras que el de la Oscuridad gertrya, estaba en su glorioso y dorado apogeo. Era el fin de Traylasia si no se tomaban las más arriesgadas y buenas decisiones.
Yo tenía mis medios, pero no era rey. Aún no. Mi propósito sobre el príncipe estaba casi cumplido. Era un inútil y el rey, su propio padre, no confiaba en ese déspota pelirrojo.
Me alejé de la ventana de mis aposentos y medité mi plan, tras haber hecho un gesto a aquel majestuoso cuervo que rápidamente se posó en el alféizar, tan frío, húmedo y de piedra, de la ventana. Todo iba según mis planes. Tan solo me quedaban por cumplir cuatro puntos y obtendría el trono en bandeja. Sabía que la pérdida de los condados del norte y las constantes guerras con el sur habían sido un gran problema para el rey. Desde la muerte de su esposa, la reina Beatriz, los condados del sur decidieron declárele una amenaza constante por su gran desconfianza al no esclarecer las verdaderas causas de aquella defunción.
Salí de mis aposentos, con aquel cuervo sobre mi hombro, y me dirigí hacia el patio principal del palacio. Quería observar el ir y venir de los asquerosos plebeyos al rendir tributo y pleitesía a un rey que desconocía su ocaso. Algunas de las criadas se asustaron de la presencia del magnífico animal, e incluso llegaron a porfiar contra mí. No me importaba. Conocía que bastante problemas tenían con ser criadas de un tirano, violadas por su hijo y su intento por sobrevivir al hambre y a la peste.
Al bajar más escaleras, divisé a la criada por la que el corazón de mi marioneta suspiraba. ¿Qué veía en ella? Se desconocía el color de sus cabellos, no poseía formas y su aspecto frágil y desnutrido daba a entender que estaba enferma. El cuervo salió volando y la asustó, haciendo que su cubo se cayera al suelo.
-Sois demasiado torpe. –Sonreí haciendo que volviera a mi hombro aquel animal. –Recogedlo. –Espeté.
-Sí, señor. –Su voz temblaba.
-¿Me teméis, puta? –Agarré su cofia y se la arranqué de su cabeza.
Me miró asustada y se cubrió la cabeza para protegerse, mientras se inclinaba sobre el cubo que había dejado caer. Escondía unos preciosos cabellos dorados, que incluso a mí, aún estando enamorado de la belleza de la princesa, me hipnotizaron.
-Pasáis demasiado tiempo con la princesa, ¿os ha hablado de mí? –Acaricié su rostro, obligándola a descubrírselo. – ¿No habláis, perra? –Sonreí al golpear su rostro. – ¿Acaso preferís gemir en la cama del príncipe antes que en la de uno de mis guardias?
-Aún no es vuestro el poder. Puede que jamás lo sea. –Me miró asustada, esperando su castigo. –La oscuridad no podrá avanzar si hay un corazón puro velando por la luz.
-Vaya, vaya. –Reí irónicamente. –Veo que sois contestona. ¿Queréis quedaos sin lengua? –Desenvainé mi espada y la amenacé. –Marchaos, furcia asquerosa. –Tiré su cofia al suelo y cuando esta se agachó golpeé su estómago violentamente, provocándole un gemido. –Mi espada no merece vuestra asquerosa sangre de plebeya.
Me marché de allí, dejando al maravilloso cuerpo volar libre. Aquella asquerosa plebeya me había dado una idea, por lo que fui a mis aposentos a escribir una carta a Blackwell. Nada más llegar a mis aposentos un rayo atravesó el oscuro cielo de Tjmud y tras aquello, un poderoso trueno. Dios estaba enfadado con los herejes de la ciudad y esa era su penitencia, el miedo.
Comencé a escribir, tras humedecer mi pluma en una tinta azul demasiado extraña. Escribí en mi verdadero idioma, olvidando el latín con el que solía escribir comúnmente.
-Sir Thomas, tengo un... –Cebo apareció tras tres golpes en mi puerta. Su inesperada aparición, me provocó tal sobresalto que aquella tinta especial se derramó sobre el pergamino. – ¿Era algo importante?
-Una premisa... A Blackwell avisando de mis planes...
-¿Sus planes? No os entiendo.
-De boda. Mi familia debe saber que el enlace se llevará a cabo en el momento previsto. ¿Qué os hace interrumpirme?
-Hay un rumor.
-Decid, pues. –Guardé el sello que denotaba mi procedencia y linaje.
-Se rumorea que el rey tiene planes para vos. Se dice que quiere que le sustituyáis vos en el trono y no... No su hijo. –Sonreí, ante la tristeza de las últimas palabras de Cebo.
-Alegraos por mí, vuestro nuevo amigo. Yo os he prometido cosas que puedo daros y él... No puede ni asegurar su posición. –Golpeé suavemente su hombro. –Podéis marchaos. Por cierto, capitán. Avisad al rey de que los cuervos rondan cerca. Él lo entenderá.
Las pisadas firmes de Sombra sobre la insegura y húmeda tierra me hacían avanzar hasta palacio. Debía ir a pagar los impuestos al castillo, al igual que todos los demás siervos de las tierras de nuestro rey Harry.
No conocía al rey en persona, pero había oído de labios de mi hermana decir que era un hombre apuesto, a la par que tirano y cruel. Yo no podía juzgarle sin conocerle, pero su apodo "El Terrible" ya denotaba demasiadas cosas de su gloriosa majestad.
Sombra relinchó justo antes de que un rayo iluminara el cielo. Tras él, en aquel cielo tan oscuro como la propia noche, se originó un trueno que nos puso a Christian, Sombra y a mí, nerviosos. Christian se asustaba con los truenos e intentaba ocultarse entre mis ropajes, mientras me abrazaba con fuerza para sucumbir al miedo.
-Douglas, Dios está muy enfadado. Reclama el alma de mi madre, ¿verdad?
-No seáis estúpido. –Espoleé a Sombra, para así poder llegar antes al palacio y no estar tan calados. –Es abril, y ya sabéis que en abril aguas mil.
-Pero esta tormenta no es como siempre. Él... Él está...
-No está enfadado. El Todopoderoso tiene demasiadas ocupaciones allí arriba como para darse cuenta de nuestros actos. Mi pequeño amigo, –Sonreí. –Dios ama a todas sus creaciones y nos protege. No es un castigo; sino un regalo a las sequías de los veranos pasados.
-Espero que vuestras palabras sean ciertas, albéitar.
El verle sonreír me sirvió, para saber que al menos miedo ya no tenía a aquella violenta tormenta.
Los cascos de Sombra resonaron al cruzar el portón del palacio. El cambio de arena embarrada a piedra, se notaba. No solo en el sonido; sino por la forma en la que mi caballo apoyaba su zancada.
Algunos campesinos que iban a pie me miraban sorprendido, al ir montado sobre mi grande y viejo caballo. Tener caballo significaba que pertenecías a una especie de clase media dentro del campesinado al que yo pertenecía; aunque debía de decir que si todo aquel que tenía un cabello, su jamelgo era tan testarudo como el mío; desde luego eso no podía considerarse suerte alguna.
Paré a Sombra en mitad del patio, justo al lado de una enorme fuente. Descabalgamos, aunque Christian prefirió quedarse con Sombra, bajo la lluvia. Le di mi navaja; por si la necesitaba aunque por su sonrisa de pícaro confiado sabía que utilizaría otras tácticas antes de emplear mi viejo utensilio.
Un trueno, posterior a la iluminación del cielo por culpa de un despampanante rayo, inundó de un sonido tan potente que incluso juraría que tembló el suelo.
Me coloqué entre la multitud, colándome entre algunas distraídas mujeres. Sabía que estaba pecando, pero no quería esperar toda la mañana cuando tenía que curar una herida a mi pequeña Rothiar y terminar de curar otro caballo de un guardia.
-Mozo, ¿tenéis cinco coronas o un maravedí de más? –Al girarme al ver el rostro de aquella anciana mujer me asusté. Tenía el aspecto de una bruja y le faltaba un ojo, en el interior de la oscura cavidad derecha, de su arrugado rostro. –Decidme, buen mozo. ¿Podríais ayudarme?
-Lo siento, señora. –Le estaba mintiendo, pero si no entregaba todo el dinero de la bolsa debería de pagar al rey con Sombra o con Rothiar y los necesitaba por igual si queríamos sobrevivir tanto yo como Christian y Mencía. –Aceptad mis más profundos pesares, pero llevo el dinero exacto para nuestro rey.
-Este rey es un tirano, al igual que su padre. Toda la estirpe está maldita, por no querer mejorar su corazón.
-¿Malditos?
-Sí, zagal. –Sonrió pícaramente. –Su estirpe tiene los días contados. Mira sino la llegada de los cuervos. –Escuché un ruido y giré la cabeza, pero al volver a hablar con aquella espantosa anciana había desaparecido.
Me dio mala espina todo aquello, por lo que avancé aún más. Me paré delante de una joven muchacha de rojizos y rizados cabellos que pese a su corta edad, estaba embarazada e iba acompañada de otro muchacho muy parecida a ella. Al verla, me recordó una de las imágenes más dulces que tenía de mi infancia en Rocagris, el ir en busca del salmón del lago Cohen. Recuerdo ese día y como yo, siendo de la misma edad que aquel travieso niño, iba con mi jovencísima madre en cinta a ver como mi padre, se disputaba con otros hombres el coger el salmón dorado de Cohen. Al crecer, me di cuenta que todos los salmones en aquel gélido lago eran dorados y a partir de ahí esa fiesta, tan típica de Rocagris, dejó de parecerme interesante.
No tuve que esperar mucho y cuando la tormenta había cesado, entré en el enorme palacio del trono. Allí estaba el rey, sentado de manera chulesca y tirana en su enorme trono. Su corona adornaba su cabeza, y una aterciopelada capa roja, cubría el que parecía ser un delgado y cuidado cuerpo. Vi facciones en su rostro muy parecidas a las de la princesa; aunque debía de reconocer que en ella eran más femeninas y delicadas.
-Majestad... –Me tembló la voz al hacer la reverencia. –He aquí mis humildes impuestos.
Un enorme perro apareció de la nada en medio del salón.
-¡Estúpido patán! –Exclamó embravecido. –No es tan difícil vigilar a un perro, incluso él es más listo que vos, Lancómide. –Aquel Lancómide apareció en escena, muy arrepentido e intentando se llevar a aquel juguetón animal que respondía, más bien obedecía, bajo el nombre de Seneca. –Depositad el dinero dentro de aquella caja y marchaos.
-¿No lo comprobáis?
-Tengo informadores por el reino y mi deber como rey es fiarme de mis vasallos, ¿verdad?
-Majestad... Yo...
-¡Marchaos antes de que terminéis como el ciervo que cuelga de mi pared! –Espetó de muy malhumor.
Desaparecí asustado, de aquella sala, pero al hacerlo me entró curiosidad de saber cómo estaba mi hermana y también de saber de la princesa, Anabeth.
Me adentré por los interminables pasillos del palacio, haciéndome invisible entre el servicio y los telares. Divisé a mi hermana y justo delante de ella a Anabeth. Mi hermana, como siempre, no parecía muy feliz. No entendía su cabeza y sabía que no le gustaba contarme sus problemas, pese a que lo éramos todo el uno para el otro. Avancé sigiloso tras ellas y sin ser descubierto, me detuve a la espera de averiguar cuales eran los aposentos de la princesa. Los averigüé, al divisar como la princesa se introducía en ellos.
-¿Creíais que no os reconocería, majadero? –Una mano me agarró fuertemente del hombro, obligándome a avanzar en contra de mi voluntad. –Parece que no apreciáis vuestra vida, estúpido campesino. Que os quedé claro y grabado en eso que tenis por cabeza, la princesa jamás se fijará en un asqueroso y zángano plebeyo. Ella está prometida y como bien os dije y ahora os repito, no me queda más remedio que terminar con vuestra vida.
-Dijisteis que sería su prometido, no vos. ¿Acaso no sois valiente, alteza? –Sabía que mis palabras habían enfadado y molestado al príncipe, pero sabía que o moría en un intento de escape o me degollaba delante de todos los criados de palacio.
-¿Sabéis acaso que significa el honor o la honra?
-Sí, ¿y vos? –Me golpeó violentamente en el estómago. –Se rumorea que no tenéis honra y que vuestro honor cada vez es más fugaz.
-¿Quién osa...? –Blasfemó encolerizado. –Honra y honor poseo. Vos, estúpido plebeyo sois quien os arrastráis viniendo a espiar a mi hermana. ¿No os da vergüenza ser descubierto y encima mostrar vuestras vergüenzas como el día anterior? ¡Contestad si sois valiente!
-Alteza... –Christian se interpuso entre ambos, obligando al príncipe a guardar la espada que se disponía a sacar. –No lo hagáis.
-Largaos mequetrefe. –Le empujó violentamente.
-Es un niño, estúpido bastardo. Me da igual que seáis el príncipe, pero no la forma que tenéis de tratar a quien os alimenta. –Le golpeé en el rostro.
Agarré a Christian y ayudándole a levantarse, nos fuimos de allí. Cuando me subí en Sombra con Christian, la mirada del príncipe me encontró. Era tan clara como la de Anabeth, pero sabía que la suya no mostraba un agrado por mi presencia.
-Gracias.
-No me las deis. –Espoleé a Sombra. –Sois mi amigo y por muy príncipe tirano que sea, no consentiré que os haga daño. Perdí un hermano por órdenes de su padre y de un arzobispo, no voy a consentir quedarme sin mi amigo y que violen a mi hermana.
-No es del agrado del príncipe. –Miré a Christian extrañado. –Mencía estará bien y mucho más si el bululú de Cebo va tras ella. Nadie le hará nada, Douglas, y mucho menos el príncipe. ¿Habéis visto la de mujeres que posee?
No quise contestarle. Tan solo me concentré en guiar a mi caballo lo más lejos de palacio. Hasta nuestra humilde y pacífica casa, a la que llamábamos hogar.
Bajo el cielo nublado de aquella mañana, me encontraba simulando unas cuantas estocadas mientras esperaba la llegada de Jed.
Debido a la espera, mi mente volvió a recordar el encuentro que había tenido con aquel sucio plebeyo ¿Cómo podía si quiera imaginar que mi hermana llegara a enamorarse de semejante vasallo?
Era ridículo pensar que pudiera existir amor entre dos personas de distinto rango social. Los plebeyos no eran más que comadrejas que hacían lo que fuera por conservar su detestable vida, asumían su destino sin ni siquiera luchar contra él; igual que los griegos.
La voz de mi odioso padre interrumpió mis pensamientos.
-Daniel, hoy no lucharéis contra Jed, sino contra Thomas. –Aseveró mi padre.
Thomas sonrió sesgando los labios en una raya fina y feroz. Dio un paso hacia donde yo me encontraba, colocándose frente a mí. Empuñó su espada, se tensó mirando al frente, con unos ojos duros e insondables que imponían respeto.
-Cuando queráis.
Dijo mi padre mientras se retiraba a sus aposentos, dejándonos a Thomas y a mí, a tan solo unos centímetros.
De pronto, rajó el aire, dejando que el brazo obtuviera una gran rapidez de movimiento.
Thomas dominaba el arma con destreza; la enderezaba una y otra vez, con una ligereza que cortaba el aliento.
Desciñé la espada y ataqué primero, girando sobre mí mismo y obligando a Thomas a hacer presión sobre su espada. Lo hacía sin pensar, con la mente en blanco, confiando en mi habilidad y en las largas tardes de aprendizaje junto a Jed.
Me imitó con menos gracia y velocidad, pero sin un solo gesto que traicionara su nerviosismo.
Me miró sarcásticamente y no perdió ni un solo segundo para abalanzarse sobre mí e intentar desarmarme.
No lo logró, aunque él era bueno y fuerte, yo lo era aún más o eso pensaba, tras aguantar repetidas veces sus cortas estocadas.
Las hojas afiladas de las espadas resonaban al chocar y, más de una vez, estuve a punto de herirle.
Atacó, raudo y veloz, tanto que apenas vi el ágil movimiento de espada que hizo para derribarme.
Intenté aguantar el embate pero un golpe seco me hizo retroceder contra el muro mientras su espada se encontraba apuntándome el rostro.
De pronto, recordé lo que me dijo Jed en nuestra primera clase:
« Primero debes bloquear el golpe, interceptar la espada, después atacar. No queráis precipitaros o arriesgareis vuestra vida.»
Conseguí hacer fuerza, de modo que, pude quitarme de encima a Thomas y a su serpiente de metal. Aunque no duró mucho; ya que un empujón y un ataque por el flanco izquierdo consiguió rasgar mi camisa, hiriéndome.
Le miré desafiante, pues, acababa de originarme un profundo corte en el hombro, cerca de la clavícula.
Con un ataque de rabia contorsionando mis facciones, ataqué a Thomas ferozmente. En mi mente ya estaba siendo asesinado, cosa que pondría en peligro al reino; por lo que me limité a calmar mis ansias de verle desaparecer de la faz de la tierra.
Por momentos el dolor me aturdía, pero si le prestaba atención era mucho peor; así que trataba de entretenerme pensando en otras cosas.
En un golpe casi invisible logré herirle, en la pierna, cerca de la rodilla. Pude contemplar una mueca de dolor en su rostro, que hicieron que un alarido saliera de su interior.
Sonreí victorioso y puse fin al entrenamiento, ya que no soportaba más el dolor del hombro.
Una vez alejado de Thomas, miré mi camisa y retiré con suavidad la tela rasgada para poder observar el corte.
Divisé a lo lejos a Anabeth, que se encontraba con una de sus criadas y llamé su atención. Nuestra abuela le había enseñado todo lo que sabía sobre sanación, por lo que requería de su ayuda antes de que padre llamara a un médico y me humillara tras haber resultado herido por el "perfecto caballero".
OoOoO
-No estoy enfadada con mi padre, pero no quiero casarme. –Dije a Anastasia mientras esta me deshacía la trenza.
- El amor puede nacer con la convivencia. Anabeth, muchas doncellas no conocen a su esposo hasta el día del casamiento, y vos tenéis la suerte de tratarlo. –Sonrió a la vez que dejaba el cepillo sobre el tocador. –Ya es hora de que durmáis, señora. Buenas noches. –Dijo cerrando la puerta con delicadeza.
Me quedé sentada en una banqueta acolchada de espaldas a la puerta, mirando hacia el cielo estrellado. Me sobresalté, tras oír un rumor de pasos justo detrás de mí.
-¿Anastasia se os ha...? –Me volví temerosa. – ¿Qué hacéis aquí? ¿Cómo habéis entrado? –Exclamé en un suspiro mientras contemplaba el rostro sonrojado del albéitar.
-Dadme una oportunidad, para poder explicaros esto, alteza. –Su voz temblaba y sus manos no podían estar quitas. –Llamad a la guardia, a vuestro prometido o incluso a vuestro padre o hermano, pero os pido por Dios que me deis la oportunidad de hablar. Entenderé el ser rechazado o incluso vuestro grito avisando de mi presencia, para que me condenen a muerte; pero dejadme hablar.
-Quedaos, por favor. -Murmuré.
Se acercó poco a poco, tímidamente, con aquellos ojos tan azules fijos en mis pupilas; aunque solía descender aquella mirada tan pura hacia el suelo de manera constante.
-Mi presencia no es otra que he de mostraos mi amor por vos, alteza. No dejo de pensar en vos desde hace unos días. Soy diferente, incluso olvido mi condición social; ya que mi corazón late feliz por vos. –Susurró mirando al suelo; haciendo un gran esfuerzo para que las palabras salieran por su boca. –Sé que no soy noble, ni caballero. Que no tengo tierras, ni dinero con el que obsequiaros; pero tengo un corazón lleno de amor que cualquier otro jamás os podrá ofrecer. –Sonreí nervosamente, dándole la espalda, para dirigirme a mi diván. –Tan solo entiendo a los caballos, bueno lo intento; aunque por no saber, no sé ni manejar una espada para batirme en duelo por alguien como vos… – Obligué a callar sus labios con la punta de un dedo para hacerlo callar.
-Lo que cuenta no es la posición o el dinero; sino el valor y el honor de cada cual.
Me acerqué a él. El corazón me empezó a latir deprisa, tan deprisa que daba la sensación que iba a salir disparado en cualquier momento. Levantó la vista del suelo, cuando le agarré su mano y le ofrecí mi rostro, para ser acariciado por sus dulces y cálidas manos. Me acerqué sin temor y noté como cada vez enrojecía aun más de nervios o de vergüenza por estar ante su amada.
Aparté su dorado flequillo, para observar sus preciosos ojos azules cual cielo de invierno. No tuve temor y le besé. Se movían al mismo compás, uno sobre el otro, mientras su mano acariciaba dulcemente mi mejilla, que por aquellos momentos, ardía de excitación.
Estaba disfrutando de aquel deseado beso, pero también tenía miedo de que fuéramos descubiertos. Sonreí al finalizar el beso, y rápidamente me encontré con su mirada traviesa, a la par que inocente. Le abracé con un brío enloquecido, pero me hizo retroceder.
- ¿Qué os pasa?
- No podemos estar juntos. –Inquirió con pesadumbre. –Para mí sois un tesoro inalcanzable. Os vais a casar y…
- No tengo otro remedio. –Murmuré con tristeza bajando la mirada. –No amo a Thomas, es cruel y orgulloso... pero no puedo oponerme a los deseos de mi padre. –Escuchamos un ruido.
-He de irme alteza. –Nuestros labios se unieron por última vez, cuando él salió rápidamente de mi alcoba, protegido por la oscuridad de palacio.
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