viernes, 26 de septiembre de 2014

Capítulo 12




Observaba el vuelo del halcón del rey. Era el único ser que pudiera considerarse libre en toda Traylasia, pero aún así estaba encadenado al rey cada vez que este saliera de caza.

Mi cortejo con la princesa, estaba parado y aunque de momento no me importaba serle de su agrado, sabía que su corazón latiría por mí, tarde o temprano. Ella solo iba a ser mi pasaporte, para dominar Traylasia y la mujer que traería al mundo al futuro heredero. Eso supondría una renovación de sangre y que el futuro heredero no solo dominaría Traylasia; sino el resto de territorios colindantes.

Fantaseaba la mayor parte del tiempo, sobre todo cuando se trataba de infravalorar la figura de mi querido enemigo y rival en sucesión al trono, el asqueroso principito consentido.
Aquel pelirrojo, bajo mi mandato, hubiera sido asesinado nada más nacer por impuro, pero yo no dictaba las normas por aquel entonces.

Observé los movimientos del príncipe Daniel en su clase con aquel estúpido noble. Si la pelea hubiera sido un baile, se podría haber dicho que el príncipe había sido un gran bailarín, pero aunque fuera bueno con la espada tenía un defecto, era zurdo.


-Sir Thomas, ¿puedo hablar con vos? –Me incorporé del poyo de piedra y comencé a caminar con Cebo.
-Decidme mi querido capitán, ¿qué os perturba?
-El príncipe... Ha... Ha decidido quebrar nuestra amistad. –Tragó saliva de manera nerviosa.
-No os preocupéis. ¿Quién quiere amigos en este mundo de pecadores cuando podemos comprarlo todo con dinero?
-Pero él confiaba en mí. Ha sido mi único amigo desde que quedé huérfano...
-¿Y vos sois el capitán de la guardia real? ¿Pretendéis así que esa criada coma de vuestra mano comportándoos así? –Cebo agachó su rubia cabellera de manera arrepentida. –Sois inteligente, mi querido amigo y posiblemente en un futuro muy bien recompensado por una abundante prole y una gran riqueza en vuestro poder. Los tiempos de oscuridad van a volver y créame, gente como vos será beneficiada.
-Habláis muy seguro de que seréis rey, pero el príncipe Daniel...
-El príncipe Daniel. –Suspiré. –Solo es un peón más en esta partida de ajedrez.
-No os entiendo.
-Os descubriré poco a poco los misterios que me rodean, pero aún no es el momento.
-Sir Thomas... ¿Cree en aquella leyenda?
-Es la única forma de creer como esta familia de bastardos llegó al poder, se extinguieron los seres mágicos y hay esos conflictos con los Gertryos. –Parecía que Cebo reflexionaba mis palabras. –La historia se repite y la Oscuridad va avanzando. Pronto habrá una guerra que cambiará por completo a Traylasia.


Cebo meditó mis últimas palabras, y con una sonrisa, decidió cambiar mi compañía por la de su yegua. Por mi parte, yo opté por terminar mi paseo por el jardín.

Justamente, pasó a mi lado la doncella por la que Cebo suspiraba y me pareció una recompensa demasiado indigna, para alguien como él.
Aunque fuera plebeya, aquella furcia necesitaría a un hombre, no a un mercenario que en cuanto fuera inservible la cambiara por otra más joven, condenándola a ser un despojo social.

La muchacha, pasó con un cubo junto a mí y cuando desapareció, volví a fijarme en como el acero del príncipe golpeaba cada vez con más rabia y nerviosismo en la espada de su rival. Mi presencia le incomodaba, pero le tenía en un callejón sin salida, del que jamás podría salir.






Desde que había compartido miradas con la princesa, aunque hubiera sido de manera fugaz, me sentía más feliz o animado. No sabía cómo expresar el gozo en el que me encontraba sumido desde hacía un par de días.

Me encontraba distraído, pero a la vez, aunque fuera contradictorio, me encontraba muy aplicado en mi labor como albéitar.
El nuevo animal que estaba a mi cuidado era otro caballo de uno de los guardias. Este caballo poseía heridas de guerra.

Su amo, borracho, le había llevado por senderos peligrosos y unos asaltadores de caminos, le habían herido. El caballo, parecía haber intentado protegerle con su vida, pero su amo ni siquiera había sido capaz de agradecerle su acción y le veía como un estúpido animal imposible de doblegar.


-Christian, ¿vos conocéis al dueño de este ejemplar?
-No, Dougie. –Sonrió. –Creo que es un nuevo guardia. ¿Queréis que vaya a investigar a palacio?


Aquellas palabras me dieron una arriesgada idea. El poder ver a la princesa una vez más, para contemplar su belleza, cegaba mis capacidades mentales.


-Iré yo.
-¿Estáis seguro?
-Sí, Christian. –Acaricié la costura de una de las heridas de aquel pinto. –Así veré a Mencía.
-Como gustéis. –Sonrió pícaramente. –Seré un crió, un hijo de puta, pero yo sé que vos estáis enamorado. ¿De quién? Eso lo desconozco, pero creo que no me equivoco.


No podía encubrir nada. Christian me había descubierto y al ser la primera mujer por la que mi corazón palpitaba, no sabía ocultar aquel enorme sentimiento.


-Vos nunca os equivocáis. –Sonreí.
-¿Querréis mi ayuda en un futuro o preferiréis la ayuda de una vieja astuta y ladrona?
-¿Os referís a una trotaconventos?
-Sí. Arpías que solo buscan ser aduladas, para conseguir dinero.
-Prefiero vuestra ayuda, pero no os hagáis ilusiones. –Me dejé caer en el suelo y contemplé como Rhotiar rumiaba un poco de paja. –Ella no... Nunca se fijará en mí.
-¡Os habéis enamorado de la...!


Tapé los labios de Christian, ejerciendo presión, para conseguir su silencio. Afirmé tristemente, y me levanté del suelo.


-Será algo imposible. –Destapé los labios de Christian.
-Puede que sea prohibido, pero en el amor nada es imposible. –Me enseñó la lengua, mientras me guiñaba un ojo. –Id, donjuán y dadle motivos por los que deba amaros a vos sin tierras y dinero, que a un estúpido noble.


Despeiné a Christian y decidí hacerle caso. Aprovechando que tenía la camisa de los domingos en el establo, me cambié de camisa, cogí a Sombra y partí hacia palacio.


-Cuidad la casa y no robéis nada.
-Descuidad, Douglas. –Sonrió, acariciando a un galgo que pasaba por allí. –Id a ver a vuestra dama, mientras yo pienso algo y cuido de vuestra casa.
-Una última cosa, mi pequeño amigo. No toquéis al caballo del nuevo guardia. Una de sus heridas está infectada.


Christian hizo un gesto, dándome a entender que lo había entendido y yo partí tranquilo, algo nervioso, pero con la conciencia tranquila al confiar en Christian.

Espoleé a Sombra y no tardé mucho en llegar a palacio. Me aseguré de que no había ningún guardia y me adentré en el patio del palacio. Seguí la música y guié a Sombra hacia ella.

Aquel magnífico sonido, salía de una enorme ventana, que estaba tapada por un gran tapiz. Sombra estaba nervioso, pero conseguí calmarle, para que no llamáramos demasiado la atención.

Calculé la distancia de la ventana y al observar la altura de mi caballo, decidí ponerme de pie sobre su grupa. Me tambaleé un poco, pero Sombra no me falló y se quedó quieto.
Me agarré al borde de la ventana y aparté, entre temblores, la tela del tapiz.

Contemplé la belleza de la princesa. Ella era el motivo por el cual aquella estancia brillaba. Noté como Sombra se movía y eso hizo que mi mano derecha resbalara.


-Majadero, ¿qué observáis en las alturas?


Sombra se movió, tras las palabras de aquel hombre. No me dio tiempo a observar quien era mi descubridor. Sombra desapareció bajo mis pies y quedé colgado, aguantando todo mi peso sobre mis brazos, de aquella ventana.

Si caía era hombre muerto y si la música paraba, también. Sufrí por mi vida, y decidí graduar mis fuerzas. Silbé a Sombra, pero él no acudía a mi llamada.


«-Estúpido equino. –Blasfemé en mi mente»


Para hacer más humillante todo aquello, la cuerda, que actuaba de cinturón, se rompió y provocó la caída de mis calzones. Suerte que la camisa ocultaba mis vergüenzas y no se me veía nada.

Escuché las risas, de mi descubridor y por su tono, parecía alguien joven.


-¡Bajad y dejad de humillaos!


Tenía un problema, mi única forma de bajar, era dejarme caer. La altura era alta y mi caída de espaldas. Estaría loco si me soltaba.

-¿Necesitáis ayuda? Creo que sí.


Escuché el sonido de unos cascos, colocarse bajo mis pies y noté unas frías manos acariciar mis piernas.


-Soltaos y caeréis sobre mi caballo.


Le hice caso y me dejé caer sobre el caballo, aunque terminé en el suelo al poco tiempo.
Me subí los calzones, ocultando mis vergüenzas, y sin mirarle a la cara, me puse en pie. Sabía que mis mejillas habían cambiado su color a rojo; puesto que me ardían.

Le miré de soslayo, su pelirroja y rizada cabellera, y marché por Sombra.


-Sois valiente, viniendo a espiar a mi hermana. Por esta vez, os dejo con vida, pero la próxima... No seré tan benévolo y no seré yo quien os mate; sino su prometido.


Galopé a lomos de Sombra, marchándome lo más rápido que pude de palacio. Había perdido mi honra y mi honor. Había quedado como un hazmerreír. Daba gracias a Dios porque no me hubiera visto la princesa, aunque estaba compungido por la amenaza del príncipe. ¿Qué haría yo?






A aquella hora el arzobispo, Adso de Baskerville, estaba a punto de acudir a una de nuestras reuniones semanales.

Mientras esperaba su llegada, me dediqué a contemplar el retrato de mi abuelo, Harry I. No le llegué a conocer en persona; pues murió luchando por su patria, pero me habían contado que era un hombre justo y honorable, aunque hubo veces que la bondad le cegó tanto que algunas situaciones se le fueron de las manos.
Por esa razón, en mí no podía existir ni una pizca de bondad, tenía que mostrarme firme y estricto; a imagen y semejanza de mi difunto padre.

Llamaron a la puerta y tras ella se encontraba el arzobispo, acompañado de un sirviente.
Me levanté, como muestra de afecto y educación y le hice tomar asiento.
La luz diurna acentuaba los rasgos del rostro del mitrado; una barba puntiaguda, una nariz aquilina y una mirada penetrante, reconocible en cualquier lugar.
Era un hombre mondo, robusto y regordete, en el cual confiaba plenamente, era como mi mano derecha, ya que estaba enterado de todos y cada uno de mis asuntos y preocupaciones.


-¿Qué me diríais si tuviera en mente entregar el trono al Sir Thomas?
-¡¿Habéis perdido el juicio?! 
Exclamó cortando el aire con la mano.
-Es una buena manera de fortalecer el reino. Sir Thomas tiene astucia y gran diligencia.


Una sonrisa torcida se dibujó en mi rostro. Sabía que estaba en lo cierto, y esa decisión haría al reino de Traylasia más fuerte y poderoso. Thomas de Blackwell ya me había demostrado su poder de persuasión
y su lealtad al reino, mirando siempre lo mejor para este.

Adso, se movía de forma intranquila por la estancia, yo en cambio no me moví de donde estaba, sino que perseguía con los ojos su andar, como si le hubiera medido el paso.


-¿Y qué haréis con el príncipe Daniel?


Me acerqué al ventanal que daba al patio trasero, donde Daniel estaba entrenando con Jed.
Su forma de luchar y de afrontar los problemas no nos llevarían a ninguna parte, simplemente ocasionarían más inconvenientes.


-Lo ignoro. Aunque algo se me ocurrirá. 
Dije con firmeza. De momento, no habléis de este tema con nadie. ¿Me oís?


Exclamé haciendo un gesto disuasorio.
El arzobispo asintió. Por un instante parecía que se retiraría, pero no lo hizo; en lugar de eso, dirigió la mirada hacia un viejo escudo grabado con un blasón con cuatro franjas de oro y de gules, que recordaba la nobleza de nuestro linaje.


-Ya podéis retiraros.


El mitrado hizo una ligera genuflexión y salió de la sala.






Desconocía el poderoso por qué de mi intranquilidad. Esto me provocaba un estado de aturdimiento con el que era incapaz de obtener la concentración necesaria, para tocar aquella odiosa melodía en mi virginal. Tenía aún el leve recuerdo de aquel muchacho, el albéitar; y eso despertaba en mi interior una emoción ardiente y a la vez alegre. Conseguía hacerme sonreír sin ningún motivo, lo cual llevaba mucho tiempo sin hacer.

A pesar de aquella sensación, había algo en mi interior que impedía que floreciese el sentimiento al que todos llamaban amor y el cual era tan desconocido en mi propia persona. Mis pensamientos cambiaban deprisa, como el viento, y me torturaban constantemente. Turbando todo aquello que hasta ahora, pensaba que era lo correcto. Conocía de antemano que estaba prohibido enamorarse de alguien diferente a otro estrato social. Debía olvidarme de él y de aquel sentimiento que me ofrecía el recuerdo que poseía de él. Era luchar en vano por un amor imposible, que tal vez no llegara a ser amor y simplemente un grado de atracción que Sir Thomas no me ofrecía.

Dejé de torturar mi virginal y me dirigí a mi alcoba. Al llegar, retiré las cortinas de terciopelo que ocultaban los grandes balcones; a la vez que transfería la mirada hacia un despejado cielo, transitado por pequeñas aves que volaban sin rumbo. Al fin y al cado, hasta que el halcón de mi padre no fuera liberado, eran libres. Todo en Traylasia era dominado por mi padre y a su vez, ni si quiera yo gozaba de libertad en aquel reino y estado al que pertenecía.

La brillante luz del mediodía se reflejaba en mi medallón, que destellaba como un cristal en medio de un claro de un frondoso bosque. Vislumbre a lo lejos a mi hermano dirigiéndose junto a Jed al patio trasero; donde era habitual encontrarles practicando el arte de la espada. Cada vez que miraba a Danny me venían recuerdos de mi madre y de aquellos días en los que éramos una verdadera familia, sin secretos, ni desprecios. Aquellos días en los que éramos felices.

La voz dulce de Mencía interrumpió mis pensamientos. Le hice un gesto, para que se acercara y pudiese contemplar, junto a mí, la mañana tan primaveral que se nos presentaba. Esta se colocó a mi lado, mirando al horizonte, mientras escondía algunos mechones que se le escapaban de la cofia.


-¿Puedo haceos una pregunta?
-Las que deseéis, alteza.
-¿Ninguno de los dos estáis casados? –Inquirí mientras apartaba la mirada de unos ojos idénticos a los del albéitar, y me apoyaba en la barandilla.
-¿Quiénes, alteza?
-Vos y vuestro hermano. –Sonreí.
-No. ¿Es necesario que vos conozcáis tales cosas?
-Tan solo es curiosidad. –Respondí pesadamente, evitando que nuestras miradas se cruzaran. –Si trabajáis para mí, necesitaré saber ciertas cosas sobre vos y vuestra familia.


Un repiqueteo en la puerta consiguió que nuestra conversación finalizara.


-Podéis retiraros. –Hizo una reverencia y dejo tras de sí a mi padre.
-Vuestro prometido desea pasear por los jardines junto a vos. No le hagáis esperar.


Salí de mis aposentos con una sonrisa, tras haber respondido a la pregunta que llevaba rondándome en la cabeza desde el día en que mi mirada y la del joven albéitar se cruzaron en el mercado.


martes, 16 de septiembre de 2014

Capítulo 11


Me encontraba en una fría y sombría habitación, con una ventana estrecha de la que procedía la poca luz que irradiaba del exterior. Miré en derredor, intentando averiguar que era este lugar.

Las paredes cada vez se hacían más estrechas, y el suelo parecía que se iba a derrumbar en cualquier momento.

Sentí que el corazón me latía tan fuerte como si se fuera a romper.

Me apoyé en la pared, palpando su rugosa y fría superficie, en busca de una salida para escapar de allí lo antes posible.
Un fuerte hedor llegó hasta mi nariz, acompañado de una oleada de aire que consiguió erizar los pelos de mis brazos.
Busqué en mi cinturón el puñal que siempre llevaba conmigo, pero no estaba.

Una fuerte agonía se apoderó de mí. Quise gritar pero lo único que salía de mi interior eran pequeños sollozos que me hacían más ridículo aún.

Corrí sin pensarlo dos veces hacia la profunda oscuridad, pero nada más hacerlo un agudo y penetrante chillido retumbó confusamente en el pequeño habitáculo. Paré en seco cuando a lo lejos vislumbré una sombra alumbrada por una antorcha. En ese momento decidí cambiar de dirección y volver sobre mis pasos.
Cuando me di la vuelta, ese mismo hombre estaba situado frente a mí, con un puñal en la mano. La antorcha alumbró su cara y pude reconocerlo. Era el Sir Thomas y padre yacía a sus pies, bajo un charco de sangre que llegaba hasta mis pies descalzos, empapándolos.

Antes de que pudiera reaccionar, Anabeth apareció tras él.
Le miró de forma cómplice y ambos sonrieron.


-¿Qué está pasando Anabeth?
-¿No te has percatado aún? -Se acercó a mí, jactándose y empujándome. -Me casé con Thomas y se convirtió en el heredero al trono.
-¿Qué hago aquí?
-Las ratas como tú deben estar en sitios así. Nadie te echó de menos, pues nunca fuiste nadie ni lo serás.


La voz se repetía una y otra vez, como si se tratara de un eco.

Me senté en la cama de golpe, jadeante, con algunos mechones pegados al cuello por un sudor frío. Miré a mi alrededor. Solo había sido una pesadilla.

Intenté calmarme, levantándome de la cama y asomándome al balcón, espirando el aire fresco de la mañana.

Eché agua sobre mis manos y mojé mi cara.
Apenas recordaba el sueño, pero lo que si memorizaba eran las últimas palabras que pronunció Anabeth. 




«Nunca fuiste nadie, ni lo serás»


¿Y si era verdad y nunca nadie me tomaba en serio y me convertía en el hazmerreír de Traylasia?

Estaba tan sumido en mis pensamientos que no me percaté de que estaban llamando a la puerta hasta que el criado entró pidiendo permiso.

Dejó mi atuendo recién cogido de la cuerda sobre la cama y se retiró haciendo una reverencia. Me ayudó a vestirme, primero colocándome las calzas, que me iban tan ceñidas que dibujaban perfectamente la exagerada torsión de mis piernas. Me vistió con una camisa de lino y unos pantalones apretados en la rodilla.


Me puse de pie y, a continuación, ajusté el puñal al cinturón.
Poco después me ciñó la camisa; me calzó unos borceguíes de piel fina.


-Arreglad la estancia.

Le ordené al criado cuando terminó de vestirme. Dejé mi alcoba con la camisa inflada por la corriente de aire fresco que atravesaba el pasillo. Lo atravesé sin detenerme, caminando con altivez.
Bajé la escalera y con cuatro zancadas llegué a la puerta de entrada, la que llevaba a los jardines. La puerta estaba protegida por dos guardias que, con solo verme, retiraron las lanzas para dejarme paso.

Caminé por los hermosos jardines, hasta que finalmente me apoyé en la barandilla.
Mientras disfrutaba de las vistas de Tjmud, una mano se posó sobre mi hombro. Me giré y me encontré con el que se hacía llamar mi amigo.


-Vengo a disculparme por mi comportamiento hacia vos.
-Teníais órdenes de no actuar sin mi permiso, ¡¿y qué hacéis?!
-Cumplí órdenes del Sir Thomas.
-¡Aquí mando yo, no él! ¿Os queda claro? -Grité furioso.
-Sí, señor.
-¿Qué miráis?
-En lo que os habéis convertido.
-¿Y vos? Ahora sois un ruin y un estúpido traidor al que le importan más unas monedas de oro que una amistad.

Cebo embistió con una mirada dura e insondable que desafiaba la mía. No respondió, pero así me lo hizo entender.
Se retiró, llevándose consigo los seis años de amistad.
Y en ese preciso instante me di cuenta de que no nos tenemos que atar del todo a una persona, porque como todo en esta vida, nada es para siempre y las puñaladas vienen de las personas que menos imaginamos.







Bajamos al mercado escoltadas por nuestros mejores hombres. Iban armados y llevaban el rostro cubierto con unas capas forradas de satén carmesí.

No rechacé su protección, ya que temía por mi vida, después de lo ocurrido hacía unas cuatro semanas, en aquella misma zona.

Al principio del mercado se encontraba una joven hilandera, sentada sobre un escabel, mientras hacía girar el huso con movimientos ligeros y precisos, hasta que conseguía un hilo fino y limpio.

Levantó la vista e intentó vendernos los paños que tejía con lana cardada e hilo buriel. Parecía una niña de doce años, tenía la mirada tímida y triste y trabajaba para un hombre viejo que la gritaba cada vez que descansaba o se distraía mirando a los demás vendedores.

Nos adentramos en la plaza, y divisé un enjambre de personas mercadear entre bancos y puestos. El aire estaba impregnado de olores densos y hedores que no conseguía distinguir.

La actividad caótica del mercado, duraba desde que los primeros rayos de sol desgarraban el cielo, hasta el atardecer con la caída del sol.

Un olor a pan recién hecho me envolvió por completo. Muchos de los obradores eran regentados por mujeres que amasaban pan, lo tostaban al horno de leña, y cuando lo tenían cocido lo iban vendiendo por las calles de la ciudad y la plaza.


-¡A medio maravedí! ¡Mirad que pan tan bueno tengo!


La panadera alzó su voz, en medio de la plaza para que la prestáramos atención. Iba deprisa, sin entretenerme en ninguna parte, al no ser que la mercancía que tenían expuesta sobre los mostradores me llamara la atención.

A lo lejos, vi al viejo mercader que vendía hierbas y especias picadas. Requería varias de ellas para que Anastasia las mezclara e hiciera el ungüento que mi madre le había enseñado para curar los catarros.

Tenía pimienta en grano, nuez moscada, comino, anís, azafrán, clavo, y otras muchas que no conocía y que desprendían un olor intenso.


-¿Le queda eucalipto y menta?


Me tendió dos hatillos y le pagué los maravedís correspondidos. Una vez compradas las especias y demás, me dispuse a echar una ojeada por si hubieran traído nuevas telas.

Anastasia, al igual que Mencía, cada vez que visitaban aquel sitio, se quedaban sorprendidas por los colores de las telas y los olores perfumados que desprendían los velos.

Volví la cabeza atrás, mientras Anastasia preguntaba por el precio de unas telas de damasco negro y carmesí.

Mi mirada se encontró con los ojos inquietos del albéitar, el cual semanas atrás había curado a Bruma. El corazón me dio un vuelco y una sonrisa se extendió en mi rostro.


-Alteza, ¿qué os parece esta?


Iba acompañado de Christian, el pequeño pícaro que deambulaba a veces por la cocina del castillo, y que Mencía había protegido del Capitán Cebo.

El hermano de Mencía sonrió mientras miraba al chico, luego volvió a mirarme, clavando sus pupilas azules en las mías, consiguiendo que un escalofrío recorriese mi columna vertebral de arriba abajo
¿Por qué estaba nerviosa cada vez que le veía? ¿Qué despertaba aquel muchacho en mí?


-Alteza, ¿me estáis escuchando?


La voz de Anastasia sonó plena en mi espalda. Me giré sobresaltada e intenté disimular.


-Sí. Son distinguidas y tienen buen tacto, pero ya es tarde, tenemos que volver a palacio.
-Como deseéis.


Nos encaminamos hacia la entrada del mercado, seguidas de los dos hombres. Uno de ellos, el más alto y corpulento se había quedado prendado de la vendedora de velos, pero por desgracia, esa mujer ya estaría casada, al igual que la mayoría de las mujeres de Tjmud.

No había signos de tormenta, por lo que no agilicé el paso. Antes de traspasar la gran puerta, Anastasia miró hacia el cielo barrido de nubes y balbuceó unas palabras a los hombres que protegían el castillo.

Los soldados se acercaron a Cebo, y este me saludó mientras me dirigía hacia los jardines. Mi padre se encontraba hablando con Sir Thomas y cuando me vieron, callaron, dedicándome una sonrisa. Les saludé con la mano y seguí andando hasta las cocinas.


-Podéis retiraros.


Subí a mis aposentos y dejé las especias sobre la mesita redonda que estaba situada en medio de la alcoba. Caminé hacia los aposentos de mi hermano y di tres tímidos golpes, en su puerta.

Era nuestra señal, para saber que éramos nosotros y no otra persona. Cuando escuchó el tercer toque me dio permiso para entrar.
Estaba asomado al balcón, mirando hacia el cielo. Suspiró y cuando se volvió para mirarme, le noté decaído y triste. ¿Qué le ocurriría a Danny?






El ocaso del día, estaba dando inicio a las gélidas temperaturas de la oscuridad. Tanto Sombra como yo, cada vez que exhalábamos el aire de nuestros pulmones, dejábamos aparecer el vaho de nuestro calor interno.

Sonreí al recordar las palabras de mi verdadera madre cuando era un niño. Ella siempre decía que el vaho era parte del alma que quería escapar, pero que al darse cuenta del frío que hacía en el exterior de nuestro ser, ella regresaba. Según ella el vaho era el retorno del alma, tras haber sentido el frío del exterior.

Las calles de Tjmud habían perecido, tras la caída del sol y ahora mucho más, después de la quema de los prostíbulos.

Había decidido ir solo, con la única compañía de Sombra; puesto que necesitaba que Christian permaneciera en casa, vigilándola y también, porque era la única forma que conocía, para poder mantenerle a salvo.

La pequeña antorcha que portaba, me alumbraba y daba algo de calor, pero temía por Sombra; ya que no quería que se derramara nada del aceite que llevaba aquel trapo en llamas.

Iba desarmado y a decir verdad sentía miedo, pero era la única manera de velar por la vida de mi hermana. De todas maneras, no sabía manejar una espada y aunque tuviera una, lo más probable es que la dejara en el suelo y huyera.

La única arma que sabía usar era mi navaja de pastor, y con ella ya había matado a un hombre hace mucho tiempo.

Acaricié a Sombra, cuando espoleé su cuerpo, para que agilizara su paso. Descabalgué al llegar a palacio y al bajarme, acaricié aquella marca, en forma de tridente, que poseían todos los Gertryos, como símbolo de su raza.

Mientras le estaba acariciando, cerca del patio principal del palacio, en el cual se nos permitía la entrada, vi a mi hermana tras su fría ama, aunque desde que aquella misma mañana la había visto en el mercado, ya no me parecía tan fría.

Su mirada era tan azul como el cielo y su piel, tan pálida que le daba un aspecto frágil y dulce. Supuse que sus refinados modales, le harían una dama muy deseada. No pude apreciar nada su aspecto, ni su figura; puesto que no disponía de la iluminación suficiente, para contemplar sus gráciles movimientos.

Mi hermana se acercó hacia mí cuando su ama le dio la orden. Mencía rápidamente se colocó una tela sobre los hombros y caminó hacia donde yo me encontraba, sujetando a Sombra con una mano, y con la otra, la antorcha.

Por un momento pensé que nuestras miradas se habrían cruzado, al igual que en el mercado, pero supuse que no fue así.

Cuando Mencía estaba lo suficiente cerca de mí, contempló mi nervioso rostro y aunque intenté disimular, ella era muy inteligente.

Volvimos a casa, sin mediar ninguna palabra. Ella montaba a Sombra y yo caminaba al lado de ambos, alumbrando el camino.

Durante el regreso a casa, noté una sensación extraña en mi cuerpo. No eran nervios, ni tampoco malestar. No entendía lo que me estaba sucediendo, pero fuera lo que fuere me hacía sentirme más vital y eso hizo que suspirara. ¿Me sentía atraído por los encantos de la dueña de mi hermana? Supuse que la respuesta era un dudoso sí. Dudoso, porque aunque ella se fijara en mí y me llegara a amar, algo casi imposible, jamás igualaría su condición social y no sería tan rico y poseedor de varias tierras, como algún noble.

Mi familia no era de sangre real, ni noble. Mis verdaderos padres eran pastores y mis padres adoptivos unos musulmanes que tanto su religión, como la nuestra les había arrebatado todo.

Ajman fue inteligente y repartió su sabiduría entre mi hermana y yo. ¿Quizás pensó en que algún día ocurriera lo que ocurrió o que quería darnos un buen futuro dentro de tanta miseria? No podría contestar en mucho tiempo a esa pregunta, al igual que a la de si mi hermana había notado que mi corazón estaba latiendo de manera desbocada por aquella mirada de la princesa.

Al llegar a casa, ella guardó a Sombra y cuando entró, simplemente comió una manzana, y al igual que Christian, se quedó dormida justo al fuego.

Yo me mantuve despierto más tiempo. Observé aquel poblado cielo, repleto de estrellas, y le confesé a la luna mis sentimientos hacia Anabeth, la princesa de todo el reino de Traylasia.




                                                                        OoOoO




Había hervido las sábanas de la habitación de la princesa. Estaba tendiéndolas, cuando me di cuenta de algunas quemaduras en mis manos. No las di importancia, como hacía con mis demás heridas, pero me molestaban cada vez que cerraba la mano.

Mis nudillos estaban amoratados del frío y no notaba la circulación de la sangre por los dedos de mis manos y pies.

Noté una caricia en mi espalda y me quedé atónita. Sin habla y prácticamente inmóvil, cual estatua de mármol.


-¿Queréis qué os ayude?


La voz de Cebo ya era irreconfundible, para mí. Coloqué la sábana en la cuerda y al hacerlo comenzó a besar mi cuello, deslizando sus manos por mis brazos.


-¿Me habéis perdonado ya?
-¡Os dije que nunca lo haría y mucho menos os amaré! –Grité con ira, alejándome de él. –Podéis arrebatarme mi honra y con ella la de mi hermano, pero jamás podréis obtener mi corazón.
-Decidme el motivo, por al que rechazáis mi cortejo.
-Cumplisteis órdenes y decidisteis matar a mi familia sin piedad. Mandasteis decapitar a dos niños inocentes y derramasteis la sangre de un hombre y una mujer honrados, cuyo único pecado fue ser musulmán.
-Eran ratas, todos lo sabemos. –Sonrió, chulescamente. –Vos siempre les verá con buenos ojos, porque fueron su familia, pero créame les hice un gran favor.


Abofeteé la cara de Cebo, bajo su asombro. Era mujer y por lo tanto no podía pegar a ningún hombre y mucho menos al capitán de la guardia real.


-No me importa el tiempo. Yo seguiré insistiéndoos cada vez que os vea...
-Y siempre obtendréis mi misma respuesta. Jamás os amaré y aunque me obligarais a hacerlo haría todo lo posible por quitarme la vida, antes de estar con vos.


Recogí del suelo la cesta, en la que había llevado anteriormente las sábanas. Abandoné a Cebo y cuando supe que estaba lo suficientemente lejos, rompí a llorar.

No aguantaba más mi orgullo y sabía que si quería dejar de vivir en aquel infierno, tarde o temprano tendría que aceptarle y fingir que le amaba.

Mi sueño de poder encontrar el verdadero amor, parecía quebrarse y de tal modo, mi única vía de escape de la realidad.

Me sequé las lágrimas y entré en las cocinas, para después subir a los aposentos de mi ama. Ella no estaba allí, por lo que decidí esperarla.

Me acerqué al enorme ventanal, de piedra, que estaba tapado por un inmenso tapiz y apartando un poco aquellas gruesas telas, observé el reino desde las alturas de aquella torre.


-¿Qué hacéis husmeando tras el tapiz?
-Nada señora. –Dije nerviosa, apartándome de la tela y caminando hacia ella.
-¿Mirabais Tjmud? –Sonrió, mientras me daba permiso para adentrarme en su alcoba.
-Sí, señora.
-¿Conocéis la historia de la ciudad? ¿De mi familia? –Negué moviendo mi cabeza.
-Sentaos a mi lado, al fin y al cabo no todos los días creo que seré tan agradable con vos. –Sonreí al sentarme a su lado en su mullida cama. –Hace mucho tiempo, todo el reino de Traylasia estaba sumido en la oscuridad del reino gertryo. En el reino no había orden, tan solo guerras, muerte y destrucción. La resistencia se había escondido en el actual bosque tóxico de Ifnish, y desde allí comenzó la reconquista. Lucharon nobles y campesinos en contra del pueblo invasor, con ayuda de los seres mágicos que pronto fueron diezmados y aniquilados del reino, por culpa de las incontables batallas. Mi tatarabuelo, Frederick de Sothya y Westtnar, consiguió con ayuda de sus hombres, acabar con el rey gertryo Yumari Ibn Freestemort.
-¿El malvado Rey de la Oscuridad?
-El mismo, mi querida criada. Mi tatarabuelo consiguió aniquilar a todo su ejército y cuando estuvo acorralado y a punto de morir, se rindió. La paz volvió a Traylasia y con ella el origen de mi familia., tras el matrimonio de mi antepasado con una ninfa del bosque. Los gertryos supervivientes se trasladaron al norte y cuenta la leyenda que tras la rendición de aquel malvado rey, fue asesinado por los dragones que tan cruelmente había ido aniquilando y cazando como trofeos en los tiempos de oscuridad. Las antiguas escrituras dicen que sus restos fueron diseminados por el bosque Ifnish y que por eso se volvió tóxico, para los humanos y resto de seres que no fueran mágicos.
-El Bosque Oscuro, que actúa de frontera con los condados del sur. –Susurré hacia mi interior.
-Tan solo es una leyenda y las ciudades, como Tjmud se crearon a imagen y semejanza que las ciudades de La Resistencia. –Suspiró y comenzó a juguetear con su colgante. –Mi madre pertenecía a uno de los condados del sur y su boda con mi padre supuso una alianza con ellos, al igual que mi boda, para los estados del este.
-¿Y qué ocurrió con los animales mágicos?
-Las lenguas del sur dicen que todos se refugiaron en el bosque, mientras que la Iglesia asegura que todos los seres mágicos fueron muriendo poco a poco hasta llegar a la extinción.
-Yo creo que aún existen las ninfas. –Sonreí. –En Rocagris, decían que habitaba una ninfa del hielo y que jugueteaba con su hijo por los bosques, trayendo el invierno.
-Fantasías infantiles, Mencía. Nunca existieron, simplemente fueron seres imaginarios que ayudaron a crear una gran historia.
-Los Gertryos posen dragones.
-Tenían dos y uno de ellos desapareció hace doscientos años en la Batalla de la Reconquista. Mencía, no existen, y ese dragón que vos aseguráis que poseen esos bastardos, no es real.
-Nunca limitéis vuestros conocimientos, puede que estéis equivocada.


Mi ama me dio permiso, para retirarme a continuar con mis labores. Pensé que aquella amabilidad, tan poco común, era por el hecho de sentir lo mismo que mi hermano sentía por ella.

Dougie pensaba que yo no había observado aquella mirada, pero ambos expresaron demasiado al mirarse fijamente y eso demostró el sentimiento de atracción que tenían. Para Dougie, un sueño inalcanzable y para mi señora, un riesgo si realmente aparecía el amor entre ellos, más de lo que ya era presente.