Observaba el vuelo del halcón del rey. Era el único ser que pudiera considerarse libre en toda Traylasia, pero aún así estaba encadenado al rey cada vez que este saliera de caza.
Mi cortejo con la princesa, estaba parado y aunque de momento no me importaba serle de su agrado, sabía que su corazón latiría por mí, tarde o temprano. Ella solo iba a ser mi pasaporte, para dominar Traylasia y la mujer que traería al mundo al futuro heredero. Eso supondría una renovación de sangre y que el futuro heredero no solo dominaría Traylasia; sino el resto de territorios colindantes.
Fantaseaba la mayor parte del tiempo, sobre todo cuando se trataba de infravalorar la figura de mi querido enemigo y rival en sucesión al trono, el asqueroso principito consentido.
Aquel pelirrojo, bajo mi mandato, hubiera sido asesinado nada más nacer por impuro, pero yo no dictaba las normas por aquel entonces.
Observé los movimientos del príncipe Daniel en su clase con aquel estúpido noble. Si la pelea hubiera sido un baile, se podría haber dicho que el príncipe había sido un gran bailarín, pero aunque fuera bueno con la espada tenía un defecto, era zurdo.
-Sir Thomas, ¿puedo hablar con vos? –Me incorporé del poyo de piedra y comencé a caminar con Cebo.
-Decidme mi querido capitán, ¿qué os perturba?
-El príncipe... Ha... Ha decidido quebrar nuestra amistad. –Tragó saliva de manera nerviosa.
-No os preocupéis. ¿Quién quiere amigos en este mundo de pecadores cuando podemos comprarlo todo con dinero?
-Pero él confiaba en mí. Ha sido mi único amigo desde que quedé huérfano...
-¿Y vos sois el capitán de la guardia real? ¿Pretendéis así que esa criada coma de vuestra mano comportándoos así? –Cebo agachó su rubia cabellera de manera arrepentida. –Sois inteligente, mi querido amigo y posiblemente en un futuro muy bien recompensado por una abundante prole y una gran riqueza en vuestro poder. Los tiempos de oscuridad van a volver y créame, gente como vos será beneficiada.
-Habláis muy seguro de que seréis rey, pero el príncipe Daniel...
-El príncipe Daniel. –Suspiré. –Solo es un peón más en esta partida de ajedrez.
-No os entiendo.
-Os descubriré poco a poco los misterios que me rodean, pero aún no es el momento.
-Sir Thomas... ¿Cree en aquella leyenda?
-Es la única forma de creer como esta familia de bastardos llegó al poder, se extinguieron los seres mágicos y hay esos conflictos con los Gertryos. –Parecía que Cebo reflexionaba mis palabras. –La historia se repite y la Oscuridad va avanzando. Pronto habrá una guerra que cambiará por completo a Traylasia.
Cebo meditó mis últimas palabras, y con una sonrisa, decidió cambiar mi compañía por la de su yegua. Por mi parte, yo opté por terminar mi paseo por el jardín.
Justamente, pasó a mi lado la doncella por la que Cebo suspiraba y me pareció una recompensa demasiado indigna, para alguien como él.
Aunque fuera plebeya, aquella furcia necesitaría a un hombre, no a un mercenario que en cuanto fuera inservible la cambiara por otra más joven, condenándola a ser un despojo social.
La muchacha, pasó con un cubo junto a mí y cuando desapareció, volví a fijarme en como el acero del príncipe golpeaba cada vez con más rabia y nerviosismo en la espada de su rival. Mi presencia le incomodaba, pero le tenía en un callejón sin salida, del que jamás podría salir.
Desde que había compartido miradas con la princesa, aunque hubiera sido de manera fugaz, me sentía más feliz o animado. No sabía cómo expresar el gozo en el que me encontraba sumido desde hacía un par de días.
Me encontraba distraído, pero a la vez, aunque fuera contradictorio, me encontraba muy aplicado en mi labor como albéitar.
El nuevo animal que estaba a mi cuidado era otro caballo de uno de los guardias. Este caballo poseía heridas de guerra.
Su amo, borracho, le había llevado por senderos peligrosos y unos asaltadores de caminos, le habían herido. El caballo, parecía haber intentado protegerle con su vida, pero su amo ni siquiera había sido capaz de agradecerle su acción y le veía como un estúpido animal imposible de doblegar.
-Christian, ¿vos conocéis al dueño de este ejemplar?
-No, Dougie. –Sonrió. –Creo que es un nuevo guardia. ¿Queréis que vaya a investigar a palacio?
Aquellas palabras me dieron una arriesgada idea. El poder ver a la princesa una vez más, para contemplar su belleza, cegaba mis capacidades mentales.
-Iré yo.
-¿Estáis seguro?
-Sí, Christian. –Acaricié la costura de una de las heridas de aquel pinto. –Así veré a Mencía.
-Como gustéis. –Sonrió pícaramente. –Seré un crió, un hijo de puta, pero yo sé que vos estáis enamorado. ¿De quién? Eso lo desconozco, pero creo que no me equivoco.
No podía encubrir nada. Christian me había descubierto y al ser la primera mujer por la que mi corazón palpitaba, no sabía ocultar aquel enorme sentimiento.
-Vos nunca os equivocáis. –Sonreí.
-¿Querréis mi ayuda en un futuro o preferiréis la ayuda de una vieja astuta y ladrona?
-¿Os referís a una trotaconventos?
-Sí. Arpías que solo buscan ser aduladas, para conseguir dinero.
-Prefiero vuestra ayuda, pero no os hagáis ilusiones. –Me dejé caer en el suelo y contemplé como Rhotiar rumiaba un poco de paja. –Ella no... Nunca se fijará en mí.
-¡Os habéis enamorado de la...!
Tapé los labios de Christian, ejerciendo presión, para conseguir su silencio. Afirmé tristemente, y me levanté del suelo.
-Será algo imposible. –Destapé los labios de Christian.
-Puede que sea prohibido, pero en el amor nada es imposible. –Me enseñó la lengua, mientras me guiñaba un ojo. –Id, donjuán y dadle motivos por los que deba amaros a vos sin tierras y dinero, que a un estúpido noble.
Despeiné a Christian y decidí hacerle caso. Aprovechando que tenía la camisa de los domingos en el establo, me cambié de camisa, cogí a Sombra y partí hacia palacio.
-Cuidad la casa y no robéis nada.
-Descuidad, Douglas. –Sonrió, acariciando a un galgo que pasaba por allí. –Id a ver a vuestra dama, mientras yo pienso algo y cuido de vuestra casa.
-Una última cosa, mi pequeño amigo. No toquéis al caballo del nuevo guardia. Una de sus heridas está infectada.
Christian hizo un gesto, dándome a entender que lo había entendido y yo partí tranquilo, algo nervioso, pero con la conciencia tranquila al confiar en Christian.
Espoleé a Sombra y no tardé mucho en llegar a palacio. Me aseguré de que no había ningún guardia y me adentré en el patio del palacio. Seguí la música y guié a Sombra hacia ella.
Aquel magnífico sonido, salía de una enorme ventana, que estaba tapada por un gran tapiz. Sombra estaba nervioso, pero conseguí calmarle, para que no llamáramos demasiado la atención.
Calculé la distancia de la ventana y al observar la altura de mi caballo, decidí ponerme de pie sobre su grupa. Me tambaleé un poco, pero Sombra no me falló y se quedó quieto.
Me agarré al borde de la ventana y aparté, entre temblores, la tela del tapiz.
Contemplé la belleza de la princesa. Ella era el motivo por el cual aquella estancia brillaba. Noté como Sombra se movía y eso hizo que mi mano derecha resbalara.
-Majadero, ¿qué observáis en las alturas?
Sombra se movió, tras las palabras de aquel hombre. No me dio tiempo a observar quien era mi descubridor. Sombra desapareció bajo mis pies y quedé colgado, aguantando todo mi peso sobre mis brazos, de aquella ventana.
Si caía era hombre muerto y si la música paraba, también. Sufrí por mi vida, y decidí graduar mis fuerzas. Silbé a Sombra, pero él no acudía a mi llamada.
«-Estúpido equino. –Blasfemé en mi mente»
Para hacer más humillante todo aquello, la cuerda, que actuaba de cinturón, se rompió y provocó la caída de mis calzones. Suerte que la camisa ocultaba mis vergüenzas y no se me veía nada.
Escuché las risas, de mi descubridor y por su tono, parecía alguien joven.
-¡Bajad y dejad de humillaos!
Tenía un problema, mi única forma de bajar, era dejarme caer. La altura era alta y mi caída de espaldas. Estaría loco si me soltaba.
-¿Necesitáis ayuda? Creo que sí.
Escuché el sonido de unos cascos, colocarse bajo mis pies y noté unas frías manos acariciar mis piernas.
-Soltaos y caeréis sobre mi caballo.
Le hice caso y me dejé caer sobre el caballo, aunque terminé en el suelo al poco tiempo.
Me subí los calzones, ocultando mis vergüenzas, y sin mirarle a la cara, me puse en pie. Sabía que mis mejillas habían cambiado su color a rojo; puesto que me ardían.
Le miré de soslayo, su pelirroja y rizada cabellera, y marché por Sombra.
-Sois valiente, viniendo a espiar a mi hermana. Por esta vez, os dejo con vida, pero la próxima... No seré tan benévolo y no seré yo quien os mate; sino su prometido.
Galopé a lomos de Sombra, marchándome lo más rápido que pude de palacio. Había perdido mi honra y mi honor. Había quedado como un hazmerreír. Daba gracias a Dios porque no me hubiera visto la princesa, aunque estaba compungido por la amenaza del príncipe. ¿Qué haría yo?
A aquella hora el arzobispo, Adso de Baskerville, estaba a punto de acudir a una de nuestras reuniones semanales.
Mientras esperaba su llegada, me dediqué a contemplar el retrato de mi abuelo, Harry I. No le llegué a conocer en persona; pues murió luchando por su patria, pero me habían contado que era un hombre justo y honorable, aunque hubo veces que la bondad le cegó tanto que algunas situaciones se le fueron de las manos.
Por esa razón, en mí no podía existir ni una pizca de bondad, tenía que mostrarme firme y estricto; a imagen y semejanza de mi difunto padre.
Llamaron a la puerta y tras ella se encontraba el arzobispo, acompañado de un sirviente.
Me levanté, como muestra de afecto y educación y le hice tomar asiento.
La luz diurna acentuaba los rasgos del rostro del mitrado; una barba puntiaguda, una nariz aquilina y una mirada penetrante, reconocible en cualquier lugar.
Era un hombre mondo, robusto y regordete, en el cual confiaba plenamente, era como mi mano derecha, ya que estaba enterado de todos y cada uno de mis asuntos y preocupaciones.
-¿Qué me diríais si tuviera en mente entregar el trono al Sir Thomas?
-¡¿Habéis perdido el juicio?! –Exclamó cortando el aire con la mano.
-Es una buena manera de fortalecer el reino. Sir Thomas tiene astucia y gran diligencia.
Una sonrisa torcida se dibujó en mi rostro. Sabía que estaba en lo cierto, y esa decisión haría al reino de Traylasia más fuerte y poderoso. Thomas de Blackwell ya me había demostrado su poder de persuasión
y su lealtad al reino, mirando siempre lo mejor para este.
Adso, se movía de forma intranquila por la estancia, yo en cambio no me moví de donde estaba, sino que perseguía con los ojos su andar, como si le hubiera medido el paso.
-¿Y qué haréis con el príncipe Daniel?
Me acerqué al ventanal que daba al patio trasero, donde Daniel estaba entrenando con Jed.
Su forma de luchar y de afrontar los problemas no nos llevarían a ninguna parte, simplemente ocasionarían más inconvenientes.
-Lo ignoro. Aunque algo se me ocurrirá. –Dije con firmeza. –De momento, no habléis de este tema con nadie. ¿Me oís?
Exclamé haciendo un gesto disuasorio.
El arzobispo asintió. Por un instante parecía que se retiraría, pero no lo hizo; en lugar de eso, dirigió la mirada hacia un viejo escudo grabado con un blasón con cuatro franjas de oro y de gules, que recordaba la nobleza de nuestro linaje.
-Ya podéis retiraros.
El mitrado hizo una ligera genuflexión y salió de la sala.
Desconocía el poderoso por qué de mi intranquilidad. Esto me provocaba un estado de aturdimiento con el que era incapaz de obtener la concentración necesaria, para tocar aquella odiosa melodía en mi virginal. Tenía aún el leve recuerdo de aquel muchacho, el albéitar; y eso despertaba en mi interior una emoción ardiente y a la vez alegre. Conseguía hacerme sonreír sin ningún motivo, lo cual llevaba mucho tiempo sin hacer.
A pesar de aquella sensación, había algo en mi interior que impedía que floreciese el sentimiento al que todos llamaban amor y el cual era tan desconocido en mi propia persona. Mis pensamientos cambiaban deprisa, como el viento, y me torturaban constantemente. Turbando todo aquello que hasta ahora, pensaba que era lo correcto. Conocía de antemano que estaba prohibido enamorarse de alguien diferente a otro estrato social. Debía olvidarme de él y de aquel sentimiento que me ofrecía el recuerdo que poseía de él. Era luchar en vano por un amor imposible, que tal vez no llegara a ser amor y simplemente un grado de atracción que Sir Thomas no me ofrecía.
Dejé de torturar mi virginal y me dirigí a mi alcoba. Al llegar, retiré las cortinas de terciopelo que ocultaban los grandes balcones; a la vez que transfería la mirada hacia un despejado cielo, transitado por pequeñas aves que volaban sin rumbo. Al fin y al cado, hasta que el halcón de mi padre no fuera liberado, eran libres. Todo en Traylasia era dominado por mi padre y a su vez, ni si quiera yo gozaba de libertad en aquel reino y estado al que pertenecía.
La brillante luz del mediodía se reflejaba en mi medallón, que destellaba como un cristal en medio de un claro de un frondoso bosque. Vislumbre a lo lejos a mi hermano dirigiéndose junto a Jed al patio trasero; donde era habitual encontrarles practicando el arte de la espada. Cada vez que miraba a Danny me venían recuerdos de mi madre y de aquellos días en los que éramos una verdadera familia, sin secretos, ni desprecios. Aquellos días en los que éramos felices.
La voz dulce de Mencía interrumpió mis pensamientos. Le hice un gesto, para que se acercara y pudiese contemplar, junto a mí, la mañana tan primaveral que se nos presentaba. Esta se colocó a mi lado, mirando al horizonte, mientras escondía algunos mechones que se le escapaban de la cofia.
-¿Puedo haceos una pregunta?
-Las que deseéis, alteza.
-¿Ninguno de los dos estáis casados? –Inquirí mientras apartaba la mirada de unos ojos idénticos a los del albéitar, y me apoyaba en la barandilla.
-¿Quiénes, alteza?
-Vos y vuestro hermano. –Sonreí.
-No. ¿Es necesario que vos conozcáis tales cosas?
-Tan solo es curiosidad. –Respondí pesadamente, evitando que nuestras miradas se cruzaran. –Si trabajáis para mí, necesitaré saber ciertas cosas sobre vos y vuestra familia.
Un repiqueteo en la puerta consiguió que nuestra conversación finalizara.
-Podéis retiraros. –Hizo una reverencia y dejo tras de sí a mi padre.
-Vuestro prometido desea pasear por los jardines junto a vos. No le hagáis esperar.
Salí de mis aposentos con una sonrisa, tras haber respondido a la pregunta que llevaba rondándome en la cabeza desde el día en que mi mirada y la del joven albéitar se cruzaron en el mercado.
Bueno semana y media mas tarde d lo q dije comento pero esq he tenido un estancamiento con los estudios. Ahora bien capítulo fascinante como siempre. Me encanta la forma en la el principe Daniel descubre a Doug espiando a su hermana jajaja y se ve q Danny es bueno lo ha dejado salir sin problema por un momento pense q le iba a retar... Pero bonita forma d conocerse los cuñados ( asi el dia q Danny pida la mano d mencia le recordará su gesto jajaja) por otro lado Harry no puede ceder el trono a tomhas... No puede porq este es malvado y no m gusta cuando dice lo d la guerra y q vuelven los tiempos oscuros... De cristian m encanta como anima a doug a conquistar a ana y estoy d acuerdo con el
ResponderEliminarEspero el proximo cap con anisia d saber mas bsss