viernes, 4 de abril de 2014

Capítulo 7




Acaricié a mi yegua. La adoraba más que a nada en el mundo y siempre cuidaba de ella. Acaricié las blancas crines de Fluflú y noté su respiración, tan profunda y tranquila que siempre me emanaba seguridad.

A aquella yegua le debía la mayoría de mis actos y puede que hasta mi propia seguridad en combate. A mis veinticuatro años, me había salvado de múltiples peligros. De esa forma, le debía tantas cosas a mi yegua, que llenaba parte de mi corazón.

Escuché un ruido, que me hizo dejar de contemplar la majestuosidad de mi yegua y miré hacia la puerta de los establos.

En ese momento, vi pasar a la hermana del albéitar. Llevaba el vestido manchado de sangre y sus cabellos, estaban ocultos por una cofia blanca.

Guardé a Fluflú en su cuadra y decidí seguirla. Estaba a muy pocos datos de conseguirla, pero aún me quedaba saber los objetivos del ejército del rey y conocer los pensamientos de la princesa, más concretamente sus actos.

Pensé en las palabras de Sir Thomas. ¿De verdad sería mía? Yo no quería obligarla a que me amara, sino que ella me amara por mí mismo y eso era algo que ni toda la comida y oro del mundo, lo conseguiría si no le expresaba mis disculpas.

Me escondí detrás de la puerta de las pocilgas y vi, como daba de comer a los enormes cerdos que criaban en el palacio. Mi corazón latía de manera desbocada y unos sudores fríos recorrieron mi cuerpo. ¿Nervios? ¿Amor? Sentimientos que nunca había sentido; puesto que la guerra y la lucha ocupaban todos mis pensamientos.

Me acerqué a ella, de manera sigilosa, justo cuando intentaba acariciar a uno de esos enormes animales.


-¿No cuidáis a la princesa?


Se asustó y al mirarme directamente, tiró el cubo y salió corriendo. Huía de mí, pero yo rápidamente agarré su brazo y la obligué a detenerse. Tapé su boca, para que no chillara y noté como su respiración era acelerada.


-Os soltaré, pero no chilléis. No voy a haceros nada.


Destapé sus labios y me distancié de ella. Me miraba asustada y por su mirada, quería irse de allí.


-Quería disculparme por las penalidades que le he causado.
-No quiero sus disculpas. No sois de fiar y aunque intentéis solucionar el daño ocasionado no conseguiréis de mis labios el perdón. No os lo merecéis.


Salió corriendo y yo solo pude contemplar cómo me rechazaba y huía. Me temía y por muchas cosas que Sir Thomas consiguiera, podría obtener su cuerpo, pero no su corazón.






Huí de Cebo lo más rápido que pude y sin darme cuenta, por estar más pendiente de mi huida que de otra cosa, me choqué con Dalya.


-¿Habéis visto a un fantasma? –Sonrió. –Estáis tan pálida como la princesa.
-Dalya, yo...


Intenté recuperar el aliento. Noté como aquella rechoncha y lozana criada, observaba a mis espaldas.


-No os giréis.


Susurró y yo le obedecí. Escuché unos pasos a mis espaldas y de repente, una respiración en mi nuca. Miré el rostro de Dalya y noté como depositaba su mirada en sus pies.


-Os habéis olvidado esto.


Tragué saliva al escuchar la voz de Cebo a mis espaldas y me giré, intentando evitar el contacto visual con él.

Miré su mano y vi como agarraba el cubo que yo había soltado sin darme cuenta, cuando me había empujado contra la pared.
Lo cogí y se marchó, dejando como única muestra de su presencia un suspiro.


-Venid conmigo.


Dalya me agarró de la mano y me obligó a seguirla hasta las habitaciones de algunos de los criados. Ella vivía en una de las habitaciones con su hermana pequeña, Denissa.


-Aquí podremos conversar. –Cerró la puerta y nos quedamos en el rellano de la escalera de piedra. -¿Huíais del capitán Cebo? –Simplemente asentí. – ¿Os ha hecho algo?
-Esta vez no.
-¿Os ha forzado?
-No, Dalya. He conseguido huir de él, pero creo que eso es lo que trama.
-Sois inteligente y Cebo demasiado estúpido. Huid de él e intentad no ir sola por el palacio, otras no tuvimos esa suerte.
-¿Os forzó?
-Por favor, no elevéis la voz. –Susurró y miró a nuestro alrededor. –No solo él, el príncipe y alguno de sus guardias. Mi marido quiso repudiarme cuando se enteró.
-Lo siento.
-No temáis, intentaré ayudaros, pero debéis ofrecerme algo.
-No tengo grandes cosas, no...
-Dadme varios mechones.
-Vos también sois rubia, ¿para qué los queréis?
-Mi hermana quiere acostarse con el príncipe y por su físico no se fijará en ella, pero siendo rubia...
-¿Me habéis mentido?
-¡No, jamás haría tal cosa! ¡Mencía escuchadme!


Salí de allí y caminé de manera acelerada por los patios. Nadie era de fiar, solo Anastasia y aún así me costaba intentar compartirle mis puntos de vista o temores, por miedo a que me ocurrieran cosas como lo que me acababa de suceder con Dalya.

Ella me había engañado, utilizando su astucia de asquerosa y ladrona criada. Ahora entendía el por qué de que su marido quisiera repudiarla.

Me escondí entre los setos y me apoyé en una de las paredes de los muros. Comencé a llorar, porque estaba descubriendo lo cruel que era el mundo y la de problemas que me ocasionaban las personas.

Me tapé el rostro con mis manos y dejé que mis lágrimas cayeran libremente por mis mejillas. No entendía nada, pero al mismo tiempo comprendía todo. ¿Qué sería de mí? ¿Conseguiría alguna vez alguna muestra de gratitud de alguien, sin que fuera algún beneplácito personal?


-Mencía, ¿estáis bien? ¿Es el dolor de madre lo que os atormenta?


Descubrí mi rostro al escuchar la voz de Anastasia y como si fuera un movimiento involuntario le abracé y lloré todo lo que no había llorado antes por mis males pasado y presentes.


-¿Qué os ha ocurrido, mi niña?
-Muchas cosas, Anastasia, muchas cosas.
-¿Queréis contármelas?
-¡Anastasia, Mencía! –Nos interrumpió con un gritó la princesa Anabeth. –Requiero de vuestra ayuda en mi alcoba.


Me levanté del suelo y zarandeé mi falda, para eliminar el polvo que tenía. Me coloqué la cofia y noté como de nuevo mis rodillas volvían a sangrar.


-Anastasia, gracias por preocuparos por mí.


Susurré, mientras caminábamos cabizbajas detrás de la princesa. Ella lucía sus mejores ropas y sus cabellos al sol, mientras que nosotras debíamos permanecer cabizbajas y siempre estarle agradecidas por todo lo que nos ofreciera, esconder nuestro aspecto y siempre ir tras ella.






Comencé a caminar adentrándome por los pasillos de palacio, seguida de Mencía y Anastasia.
Una vez que llegamos a mis aposentos, mandé traer mi atuendo de montar a caballo. Mencía rápidamente dio con él y ambas me vistieron. Recogí mi cabello con un pasador, adornado con pequeñas esmeraldas y demás piedras preciosas.
Anastasia y Mencía se quedaron ordenando y limpiando mi alcoba mientras yo me encaminaba a los establos, con la intención de dar un paseo con Bruma.

El cielo mantenía su color azul pastel día tras día, sin nubes, con la única variación de una serie de matices.
Atravesé el jardín oyendo únicamente el canto de los pájaros que se encontraban en las ramas de los árboles, ya florecidos; y el paulatino borboteo que procedía de la fuente.

Bajé las escaleras y me dirigí derecha al establo.


Bruma!


Corrí hacia ella con una sonrisa en mi rostro, la cual se esfumó al verla en una posición que no estaba acostumbrada a adoptar. Me arrodillé frente a ella y levanté su cabeza, acariciándola entre sus orejas.

Percibí su pelaje húmedo. Sudaba de forma exagerada y giraba constantemente la cabeza hacia su costado y su abdomen, intentando golpearse con los cascos.


-Bruma, tranquila, te pondrás bien.


Corrí en busca de algún guardia que pudiera ir a la ciudad a pedir ayuda a Restor, el mejor mago de Traylasia.

Restor llegó a la ciudad apenas hacía cinco años. Supuestamente había pasado parte de su vida al norte de Ombu, admirando las altas cumbres de ese pequeño pueblo perdido en la región de los "hielos eternos", donde sólo los mejores hechiceros habían puesto los pies a lo largo de la historia.

Por la ciudad se oían rumores de que Restor se guiaba por la indicaciones de un pergamino y se orientaba por las estrellas, en un terreno donde la temperatura llegaba a los diez grados bajo cero. También contaban que era capaz de comunicarse con los animales a través de la mente y telepáticamente. La mayoría de sus curaciones se basaban en curar con la mente, y con algunas hierbas procedentes de los lugares que había visitado a lo largo de su vida. Solía decir que los curanderos en realidad no eran capaces de salvar vidas, ya que todos y cada uno de nosotros llevamos la curación en nuestro interior.


-Bruma no se encuentra bien. Id a buscar a Restor. –El capitán Cebo me miró con perplejidad. – ¡Moveos! ¡Id ahora mismo!


Grité mientras se dirigía hacia Fluflú y salía apresuradamente de palacio. Volví a la cuadra y me quedé sentada al lado de Bruma, mientras esta golpeaba fuertemente el suelo de madera con sus cascos.

Tiempo después apareció Cebo seguido de Restor, un hombre de mediana edad, con el pelo canoso y una larga barba grisácea.


-Princesa Anabeth, tendréis que salir de la cuadra, será solo un momento.


Salí de allí y me quedé junto a Cebo, el cual miraba fijamente a Restor, como si no se fiara de él ni de sus poderes medicinales que aseguraba poseer.


-Lo siento. Tiene la mente bloqueada y no me deja averiguar lo que le sucede. –Dijo Restor mientras guardaba unas hojas verdes en el interior de una bolsita de tela.
-¿No podéis desbloquear su mente?
-Me temo que no. Siento no poder seros de ayuda, alteza.


Divisé a Mencía a lo lejos, junto a la fuente.


-Quedaos aquí. –Subí las escaleras y me dirigí hacia ella. – ¡Mencía! –Grité consiguiendo llamar su atención y que se girase.
-Decidme, ¿en qué puedo serviros?
-Id a buscar a Mortis y preguntadle quien curó a su caballo.
-Fue mi hermano.
-¿Su hermano? –Inquirí sorprendida.
-Sí, el muchacho que vio el otro día junto a mí en las cocinas. –La miré con incredulidad, puesto que yo pensaba que el joven rubio era su marido.
-Ordenaré a Cebo que le busque. ¿Podrá curarla?
-Alteza, es un gran albéitar, podrá hacerlo.


Bajé las escaleras con una pizca de esperanza y ordené a Cebo en busca del albéitar.






Estaba enseñando a Christian como se hacía la pasta de eucalipto que le daba a Mencía en sus rodillas y que le untaba a aquella mula.

Christian tenía mucha habilidad a la hora de aprender y memorizar las cosas. Le hice que cogiera una cuchara de madera y que removiera el enorme caldero, para que no se pegaran las hojas.

Caminé hacia el establo y miré la herida de la mula. Ya estaba casi cicatrizada y en pocos días volvería a estar trabajando.


-¡Christian! –Grité su nombre desde el establo, mientras rascaba las enormes orejas de la mula. –Traed el caldero con cuidado y dos paños limpios.


Christian vino con el caldero, a los pocos minutos y con dos paños en su otra mano. Caminaba con una sonrisa y parecía contento, tanto con sus zapatos, como por la camisa que le había hecho mi hermana.


-¿Puedo hacerlo yo, Dougie?


Sonreí a Christian y le preparé el paño, para que él solo tuviera que aplicárselo a la mula en la herida.


-¿Me coceará?
-No. Dadle confianza. –Sonreí y le di el paño, mientras él sujetaba a la mula. –Son muy inteligentes, ¿verdad, Sombra?


Sombra relinchó y se acercó a olisquear aquel caldero. El olor no le gustó y rápidamente apartó su enorme cabeza de allí. Christian y yo reímos.

Agarré la cuerda con la que Christian sujetaba a la mula y el comenzó a ejercer presión en la herida del cuello, con el paño. Noté como la piel de la mula era sacudida por un escalofrío y como coceaba con las patas delanteras en el suelo.


-Es suficiente, Christian. No queremos hacerle daño.


Sonreí y Christian se separó de la mula. La soltamos y se alejó de nosotros, hacia el pesebre.
Recogimos las cosas y Christian, depositó dos manzanas encima de la mesa.


-Nunca aprenderéis a no robar.
-Ni vos a ser honesto y aceptar que poseéis un don para tratar a los caballos.


Iba a contestar a Christian justo cuando salíamos del establo, pero en ese momento apareció el capitán Cebo a lomos de su majestuosa yegua.


-¿Qué deseáis? –Christian se escondió detrás de mí.
-Se os necesita en palacio. El caballo de la princesa está enfermo y el hechicero no puede curarlo.
-¿No tienen en palacio un curandero?
-La princesa ha sido informada por su hermana de que vos sois el indicado. Os quiere a vos, no a un curandero o un hechicero mentiroso.


Le dije a Christian que preparara a Sombra, mientras que yo caminé a casa, bajo la atenta mirada de Cebo, con el caldero y los paños. 

Los deposité encima de la mesa y me cambié de camisa. Me vestí con la que me había hecho mi hermana y abandoné mi casa, para acudir a palacio.

Subí a Chritian en Sombra y comenzamos a cabalgar siguiendo a Cebo.


-Teneis un buen ejemplar.
-Gracias, aunque no tiene el mismo esplendor que su yegua.
-Vuestro jamelgo nunca será comparable a la perfección de mi árabe.
-La raza a veces no importa. Cada caballo es único y todos son igual de nobles. Sombra es tozudo, pero en sus tiempos seguro que fue el mejor caballo de batalla que tuvieron los Gertryos. –Sombra relinchó.
-¿Sois Gertryo?
-No, señor. Provengo de los condados del norte, de los primeros años de la invasión y este fue mi mayor robo a aquellos mercenarios.


Cebo hizo un gesto desairado y posteriormente escupió al suelo. Contemplé su aspecto y me sorprendió su juventud, para ser capitán.


-Su hermana y vos se parecen. Aunque ella tiene otra belleza. ¿Tiene algún pretendiente?
-¡Mencía le odia! –Gritó Christian, espoleando a Sombra, para que entrara en palacio.


Descabalgamos de Sombra y caminamos hacia los establos. Christian me contó las intenciones de Cebo sobre mi hermana y al no ser de fiar, y el simple hecho que mi venganza era en su contra, le ignoré y no respondí. Jamás le entregaría a mi hermana y nunca la traicionaría de ese modo, sin darle la posibilidad de conocer el amor verdadero tan extraño en nuestras costumbres.

Al llegar allí, vi a un hombre, agachado y diciendo cosas extrañas, alrededor del caballo. Christian me susurró que aquel hombre era Restor.


-¿Vos sois el albéitar?
-Sí, alteza. –Hice una reverencia bastante nervioso.
-Restor dice que no es capaz de entrar en la mente de mi jaca, ¿vos podréis curarla?
-Lo intentaré.


Miré a mi hermana de reojo, aunque ella pareció no verme. Estaba mirando a sus zapatos y parecía triste. Me fijé en su vestido y noté como en él había sangre fresca.

Me acerqué a ella, bajo la altiva mirada de la princesa y las estúpidas palabras de aquel estafador.


-Mencía, ¿estáis bien? –Acaricié su rostro y recogí algunas lágrimas.
-Haced vuestro trabajo, no os preocupéis por mí.
-Pero vuestras rodillas...
-¡Puede curar a mi yegua ya! –Gritó aquella princesa de ojos color cielo. –Me gustaría dar un paseo con ella cuanto antes.


Me distancié de mi hermana y miré a la princesa con asco. No tenía sentimientos, ni corazón. Los de su clase solo velaban por sí mismos y sus intereses, nada más.
Restor se apartó de la yegua y empezó a maldecirme por interrumpir su labor.

Llamé a Christian y le dije que contara los dientes, como yo le había enseñado, para saber su edad.


-Tiene ocho años.
-Incorrecto, mi pequeño amigo. –Sonreí. –Tiene nueve y además es de las machorras, ¿veis el colmillo? –Christian asintió. –Mi maestro decía que solo lo poseen los machos y algunas hembras.
-¡Podéis dejar de ser un majadero y curarla! Estoy cansada de escuchar a ineptos, y de no ver resultados.


Acaricié a la yegua y noté como su abdomen estaba hinchado. Su posición, no era la típica de un caballo, sino que estaba sentada sobre sus cuartos traseros y con los delanteros estirados. De vez en cuando relinchaba de manera aguda, mostrando su dolor.


-¿Qué ha comido?
-Señor, se alimenta de albahaca fresca que trae Restor. –Contestó un joven mozo de cuadras.
-Christian, ve a observarla y tráeme una muestra.


Christian corrió con el mozo de cuadras y trajo, después de haberlo observado, un poco de albahaca.

Vi que estaba mezclada con otras hierbas, que olían raro.


-Restor, ¿dais incienso a los caballos?
-Mezclo entre la albahaca, para purificarlos y poder comunicarme. ¿Insinuáis que los estoy envenenando?
-No insinuó nada, Restor. –Seguí identificando las hierbas y todas provocaban trastornos alimenticios en los caballos.


La yegua giró sobre sí misma. Se retorcía de dolor y no podía hacer nada por ella, solo dejarla que ella hiciera lo propio. Sus pulsaciones eran pocas, pero eso denotaba que estaba bien.

En ese momento caí en lo que le pasaba a aquella yegua.


-Su caballo tiene un cólico. Es leve, porque se lo he descubierto pronto. Debemos hacer que vomite todas las plantas aromáticas que le ha mezclado Restor en su albahaca.
-Haced lo que debáis.


Caminé por el establo y cogí un cubo. En casos así, no era bueno darles agua, pero quería que vomitara y expulsara todo aquello.

La yegua bebió y al momento expulsó de su organismo todo lo que había ingerido. No solo había hierbas, sino piedras y restos de papel.


-Vos envenenáis a los caballos.
-¡No blasfeméis sandeces, estúpido muchacho! ¡Yo no hago tal cosa!
-Restor, abandonad las cuadras. Rezad porque no os he mandado a las mazmorras por intentar acabar con la vida de los caballos reales.


Restor empezó a maldecir a todos los presentes y algunos guardias se le llevaron de allí. La yegua continuaba vomitando, pero esta vez, ya se había incorporado.

Su abdomen ya no estaba tan hinchado, pero continuaba mal.


-No estará bien en un par de días. Necesita reposo, agua fresca y comida decente, para recuperarse.
-Sí, albéitar. –El mozo de cuadras miró asustado a la fría princesa.
-¿Sobrevivirá? –Preguntó la princesa.
-Sí, no debe asustarse. Los cólicos son así y vuestra yegua no estaba muy grave. Me quedaré aquí hasta la noche, observando su progresión.


miércoles, 19 de marzo de 2014

Capítulo 6





En el palacio había un revuelo enorme. Gritos, empujones, prisas de un lado a otro. No entendía nada, solo que el sol acababa de salir hacía un par de horas y no aguantaba más el estar limpiando escaleras.

De vez en cuando paraba. No me gustaba estar apoyada sobre mis rodillas, no porque pareciera un animal; sino porque tenía la sensación que era observada y en el palacio se respiraba un ambiente de mentiras, celos, lujuria y ambición por el poder que no era de mi agrado.

Me senté en las escaleras y noté un punzazo y posteriormente un escozor en mi rodilla derecha. Vi como el faldón del vestido se teñía de rojo poco a poco. Me levanté el vestido, hasta la altura de las rodillas y vi como la costra se había rasgado y volvía a emanar sangre.

Cierto era que tenía las rodillas llenas de heridas por haber sido arrastrada, pero yo ya las daba por curadas, pero aún así… Continuaban dándome problemas.

Estrujé la esponja encima de mi rodilla y cayó toda el agua que contenía. Me escoció, pero mordiéndome fuertemente el labio, aguanté el dolor. Sabía que estaban infectadas, pero no tenía dinero para pagar a un médico. Daba gracias que mi hermano me las curaba por las noches, pero no era suficiente.


-Mencía, ¿qué hacéis? –Oculté rápidamente mis rodillas, ante la mirada de asombro de Anastasia. –Tenemos que ir al salón del trono, y rápido.
-¿Por qué?
-Creo que ha habido un robo, pero no lo sé. ¿Necesitáis ayuda?
-No os preocupéis, son simples heridas, nada más.
-Esas heridas os causarán el no encontrar marido.
-Anastasia, nadie os debe juzgar por vuestras marcas. –Sonreí, mientras me levantaba del suelo. –Si existe el amor, nada de eso importa.
-¡Que ingenua sois! –Exclamó. –Nadie se casa por amor. Mi sobrino está soltero, haríais una pareja encantadora. ¿Queréis que os presente?
-Anastasia, gracias por el ofrecimiento, pero prefiero encontrar al hombre indicado yo misma y si no consigo hombre, moriré sola. No me importa. Iría encantada al convento.
-Tenéis unas ideas muy extrañas, mi querida Mencía.


Caminé de manera apresurada por los pasillos al lado de Anastasia. Subimos unas enormes escaleras, que estaban bastante frías, puesto que todo el día daba la sombra. Envidiaba al resto de los criados por tener zapatos, pero de momento solo me pagaban con comida y no creía que me pagaran con dinero.

Si eras mujer, la manera más rápida de obtener dinero, era dedicándote a la prostitución y yo no quería perder la poca dignidad que se consideraba que teníamos los campesinos, solo por querer unas monedas.

Llegamos al salón del trono. Era enorme y me quedé asombrada por los tapices y las alfombras, tan suaves, que adornaban ese inmenso salón.
Anastasia, rápidamente, tiró de mi brazo y me colocó con el resto de los criados. Ella se situó a mi lado y me dijo que estuviera recta, pero que no mantuviera el contacto visual con el rey.

A mi lado izquierdo estaba Oliver, era el criado del príncipe y sobre él caían muchas responsabilidades, puesto que constantemente el príncipe le mandaba hacer recados, enviando mensajes a distintas damas. Oliver tendría dieciséis años, pero su altura no decía lo mismo.

Tragué saliva, cuando sonaron las trompetas que anunciaban al rey Harry, y miré mis pies.


-He oído que uno de vosotros ha robado de mis cocinas. ¿Acaso no os alimento lo suficiente, para que dejéis de pecar sucias alimañas? –El gruñido de ira del rey retumbó por toda la sala. -¿Quién ha osado robar al trono de Traylasia? ¿Quién? El que hable ahora, no será castigado y el resto, torturado en vano.
-Majestad, creo que no debemos juzgar a la servidumbre de este modo. –Habló el que supuse que sería el arzobispo Adso de Baskerville.
-¿Qué sugerís?
-Sois conocido por ser sabio y un gran general de vuestras tropas. Yo sugiero, que les sometamos a juicios.
-Padre, es innecesario. –Miré al príncipe Daniel, por primera vez en mi vida y noté su pasividad ante el asunto. –Si han robado, aniquiladlos a todos y así estaréis seguros de quien ha sido el ladrón.
-Por ese motivo nunca seréis un buen rey. –Espetó a su hijo.


El rey caminó junto al arzobispo, mientras que su hijo se sentaba en el trono. Anastasia me dio la mano, puesto que estaba temblando.


-¡Oliver traedme un vaso de agua!
-¡Cállate!


El rey enfatizó toda su ira hacia su hijo en ese grito y el príncipe salió del salón del trono, agarrando a Oliver y llevándoselo de allí.


-Él no ha sido vuestro ladrón.


Salió del salón del trono malhumorado, tirando del brazo de Oliver. El rey llegó hasta donde yo estaba y noté como me observaba, pero rápidamente avanzó.


-Lo repetiré una última vez. ¿Quién ha sido?
-Majestad. –Un rechoncho criado, abandonó su posición en la fila y caminó hacia él. –He sido yo, tengo un hijo enfermo y mi mujer está en cinta y…


El rey Harry desenvainó su espada y cortó la cabeza de aquel criado, con toda su fuerza. El cuerpo, inerte, cayó al suelo, mientras que su cuello borboteaba la sangre, como si de una fuente se tratara.

Ejercí presión sobre la mano de Anastasia, justo cuando la cabeza rodó ante los pies del rey.

Ese acto fue despreciable y después de hablar el rey y contar que había sido un acto de obediencia, nos dejó marchar. Anastasia me dijo que aquello era solo una pequeña muestra de la crueldad que ejercía el rey en sus juicios.







Subí las escaleras malhumorado, con un nudo en la garganta, el cual impidió que contestara a mi padre delante de aquellos muertos de hambre, que en vez de agradecer el trabajar en palacio se dedicaban a robarnos en nuestra propia casa.

Había sacado al estúpido de mi criado, por el simple acto de abandonar aquel asqueroso salón, en el cual la presencia de mi padre era la de un dios todo poderoso, que juzgaba a su antojo. No me percaté de la presencia de Oliver hasta que llegué a mis aposentos.


-¿Y el vaso de agua? ¡¿Tengo que bajar yo a por él?!


Grité furioso mientras este bajaba a trompicones por las escaleras. Cerré la puerta con un atronador portazo y me dejé caer sobre la cama, esperando la llegada del estúpido de Oliver.
Llamaron a la puerta y tras oír un "adelante" la cabellera rizada de Oliver se asomó, con temor en su rostro y el vaso en sus manos.


-Aquí tenéis. Perdonad la demora. -Dijo agachando la cabeza y acercándome el vaso.
-Podéis retiraros.


Oliver salió de mi cuarto y en ese momento, antes de que pudiera sumirme en mis pensamientos, Sir Thomas irrumpió en mi habitación. Me incorporé rápidamente, poniéndome de pie y colocándome bien la camisa, a la par que este echaba una ojeada por mi cuarto.


-Os habéis equivocado de habitación. La de Anabeth es la de la izquierda.
-No busco a Anabeth, sino a vos.
-Decidme.
-Seré franco. No os agrada mi presencia ni a mí la suya. Haced vuestra vida y no os entrometáis en mis asuntos…de lo contrario, su padre y su hermosa hermana, serán informados de lo que hacéis.
-No os comprendo. –Dije sosteniendo la mirada con firmeza.
-¿De verdad Sir Daniel? Las paredes tienen oídos y hay ciertos rumores... –Sonrió pícaramente y se le marcó aquel hoyuelo que poseía en su mejilla derecha. –Dicen que el príncipe Daniel tiene gran interés por las criadas, llega incluso a acostarse con ellas.
-Eso no es cierto. –Dije nervioso, hasta tal punto que tiré el vaso de agua.
-En ese caso, no os importará que haga llegar el rumor a su padre, ¿verdad?


Bajé la mirada y me dirigí hacia el balcón. Sir Thomas se había enterado y era capaz de comentárselo a mi familia. Si mi padre se enterase, me despreciaría, más de lo que ya lo hace, e incluso llegaría a desheredarme por ensuciar el nombre de la corona.


-Lo suponía.


Esbozó una leve sonrisa de satisfacción. De repente vi una sombra caminar hacia mis aposentos y sentí algo de alivio.


-Daniel, ¿sabéis...? –Bajó el tono, y miró hacia Sir Thomas. –Disculpad.
-No os preocupéis, ya habíamos terminado. –Sonrió a mi hermana y transfirió la mirada nuevamente hacia mí. –Que tengáis un buen día Sir Daniel. Anabeth. –Le sonrió y salió de mi alcoba.
-¿Qué quería?
-Nada, quería saber vuestros... 
 vuestros…  vuestros ¡gustos! –Disimulé. –Ya sabéis... Quiere impresionaros para ganar vuestro corazón ¿Qué queréis de mí? –Suspiré.
-¿Habéis visto a mi criada?
-¿Anastasia?
-No, Mencía, la nueva.
-No sé quién es, pero seguramente esté en la sala del trono, con los demás criados. Uno de ellos ha robado de las cocinas.


Anabeth abandonó mi alcoba y yo me quedé pensando en cómo conseguir información sobre el Sir Thomas, y de ese modo poder chantajearle, como él había hecho conmigo.

Nadie iba a ensuciar mi nombre y menos ese altanero que parecía haber llegado a palacio para quitármelo todo. Podría quitarme a mi padre, y convertirse en el hijo que siempre había deseado que yo fuera, pero lo que nunca iba a conseguir, sería enfrentarme con Anabeth. De eso estaba seguro.






El sol brillaba con fuerza, después de aquella noche de tormenta. Christian dormía y por primera vez, aquella mañana me había levantado antes que mi hermana.

Ella se había ido, hacía unas tres horas, y siempre que se iba era como que abandonara su felicidad, y hasta que no regresaba a casa no la volvía a obtener.


-Christian. –Susurré en su oído. –Vamos dormilón, hoy necesito de vuestra astucia, para comprar en el mercado.


Christian rápidamente se levantó de la cama y con un bostezo, rápidamente se desperezó.


-Vos siempre necesitáis de mi astucia.


Sonrió y le di una manzana, de las que traía Mencía de palacio. Él la devoró inmediatamente, bajo mi atenta mirada.
Se colocó su roída camisa verde y miró las telas que había traído Mencía el día anterior.


-Sé lo que pensáis. –Sonreí. –Mencía es buena costurera y nos hará unas buenas camisas a cada uno.
-¿Por qué cuidáis de mí? Soy un mísero pícaro, que solo roba e incordia. ¿Por qué arriesgáis vuestros bienes en mí y a la vez me dais aprecio?
-Christian, hay veces que las personas hacemos cosas sin ningún motivo. Mencía os salvó sin que se lo pidierais y vos me ayudáis sin que os lo pida.
-¿Cómo una cadena?
-Somos una cadena y hay veces que los eslabones se rompen, pero siempre os podéis encontrar con gente buena que os ayudará sin pedir nada a cambio.
-Sois sabio, albéitar.


Salimos de casa y miré a Sombra en su cuadra, mientras caminábamos por las transitadas calles. Escuché el relincho de Sombra y sonreí como un estúpido.


-Gracias.
-No debéis agradecernos nada. Sois como un hermano más para nosotros. –Christian sonrió y me enseñó su imperfecta dentadura.
-Yo tengo una deuda con su hermana.
-No necesitáis saldarla, cuando queráis marchar sois libre.
-Sé que soy libre, ni vos ni su hermana sois mis amos. Yo soy su ayudante y el protegido de su hermana, y algún día saldaré mi deuda y vuestra hermana estará orgullosa de mí.


Reí por toda la fantasía que creaba su cabeza. Mi hermana estaba orgullosa de él, porque gracias a su astucia conseguíamos sobrevivir un día más, porque gracias a él aprendimos sobre la vida en la ciudad y sus peligros.

Llegamos al mercado y Christian rápidamente tiró de mi brazo, para que me agachara a su altura.


-Tengo un plan, para conseguir clientes. Vos no hable. –Se abrió paso entre la multitud y al llegar a la fuente elaboró su plan. –Señoras y señores, préstenme atención. ¿Alguno de ustedes tiene algún caballo, mula o burro enfermo? Mi amigo, el albéitar, es el mejor y les sanará a sus animales por seis monedas de oro y veinte maravedíes.
-Ya tenemos a los hechiceros, no necesitamos a un musulmán.
-Señora, no es musulmán. Es cristiano y es el mejor. ¡Mírenle! Es joven y... –La gente dejó de hacerle caso.
-Christian, lo habéis intentado. –Sonreí. –No pasa nada.
-Esperad. –Volvió a subirse en la fuente. –Él ha salvado al caballo de Mortis, aquel caballo árabe que Restor no había conseguido sanar. ¿Os seguís fiando de los engaños de ese brujo?
-¿Qué pruebas dais, muchacho?
-Cuando las campanas den las doce, es el cambio de guardia. Mortis cabalgará sobre ese ejemplar y obtendréis la prueba de la efectividad de los métodos de mi amigo y protector, el albéitar.
-Christian, dedicaos a robar a los clérigos. Se os daba mejor que esto.


Bajé a Christian de la fuente y comenzamos a andar.


-Tenga paciencia. Esta tarde tendréis otro cliente y Sombra un compañero.
-Me gusta vuestra seguridad y espero que tengáis razón.
-Christian siempre la tiene, confiad en mí.


Y eso fue lo que hice, confiar en él. Me guió por los puestos del mercado, contándome la vida de cada uno de los tenderos y de cada uno de los gremios que había allí reunidos.

Entré en la botica y compré unas hojas de eucalipto, mientras que Christian robó, sin yo darme cuenta, varios botes con ungüentos y alguna que otra medicina.


-¿Por qué lo habéis hecho?
-No me peguéis. –Se cubrió su rostro, con los botes en sus manos. -Lo he hecho por vos y para que podáis curar a vuestra hermana.
-No iba a pegaros, pero debéis dejar de robar. ¿Me comprendéis? De ese modo la gente empezará a confiar en vos y os será más fácil atraer a futuros clientes.


Christian guardó los botes y las hojas de eucalipto, en una bolsa de cuero que llevaba atada al cuello.

Caminamos y Christian se detuvo al ver salir a una mujer morena de la taberna


-¿Os ocurre algo? –Reí. –Sois joven para estar con mujeres, es más yo nunca he estado con alguna. –Sonreí, aunque Christian no apartaba la mirada de aquella mujer.
-Ella es mi madre. –Dijo tristemente. –Pensaba que me reconocería.
-Christian, no os pongáis triste. Ella se ha perdido el estar con un hijo maravilloso.
-Tenéis razón, Douglas.


Volvimos a perdernos en aquel inmenso mercado y solo paramos cuando Christian me lo indicó. Paramos en un puesto en el que vendía gallinas y Christian fue el que eligió. Cogió una ni muy gorda, ni muy flaca. Según él, era perfecta y por como la había manoseado, también era perfecta para dar huevos.

Después de comprar la gallina, fuimos a comprar una vaca y de nuevo, Christian fue quien eligió, aunque esta vez yo opiné. Él eligió el ejemplar y yo quien lo observé.

Abrí su boca y conté sus dientes para saber su edad. Miré como pisaba, acaricié sus ubres y noté que era una buena vaca lechera. Para asegurarme que estaba sana, acaricié su hocico y lo noté húmedo, como debía de estarlo.
Aquella vaca, lamió mi mano con su áspera y larga lengua. Pagué la cantidad por ella y aún me sobraba dinero.

Christian y yo volvimos a casa, para dejar lo comprado. Esta vez, saqué a Sombra del establo y fue idea de Christian volver.
Caminamos con Sombra por el mercado y me llevó a una zapatería.


-¿Aún tenéis dinero?
-Mortis fue generoso y tenemos para comprar seis pares de zapatos.
-Con uno basta y Sombra necesita zanahorias.


Sonreí y entramos en la zapatería, después de que até a mi escuálido jamelgo.

Compré mis primeros zapatos y al probar ella y dar los primeros pasos con ellos, lloré de alegría. Compré otros a Christian, que empezó a correr con ellos y compré unos a Mencía, e imaginando su alegría, salí de la tienda.

Desaté a Sombra y caminé con mayor seguridad, con el calzado de mi hermana en la mano.
Volvíamos a casa, cuando las campañas de la iglesia marcaron el medio día. Tal y como había dicho Christian, Mortis cabalgaba con su hermoso ejemplar y toda la plaza buscó nuestra presencia.

Christian me obligó a caminar y nada más llegar a casa y guardar a Sombra en el establo, apareció un hombre con una mula.

El animal tenía una herida en el cuello, causada por el roce del yugo. Era mi segundo cliente y mientras yo le decía a su amo cuento tiempo iba a estar sin aquel animal, observé como Christian robaba zanahorias y otra gallina de unos puestos cercanos a casa.

Aquel hombre se marchó y yo comencé a curar a esa mula, lo mejor que pude.

viernes, 21 de febrero de 2014

Capítulo 5




Por la tenue luz que penetraba por la ventana entreabierta, imaginé que amanecía, o que acababa de hacerlo.
Abrí totalmente la ventana, me asomé al balcón y vislumbré un grupo numeroso de criados entrando a palacio.

Me vestí apresuradamente y salí de mis aposentos intentando no cruzarme con mi padre, pues no quería que se enterara de los lugares a los que acudía su hijo para conseguir compañía y alivio.

Al salir a los jardines, una bocanada de aire fresco me golpeó en la cara. Los atravesé y salí de palacio volviendo la mirada, asegurándome de que ni mi padre ni mi hermana me habían visto marchar.
Caminé por las calles, llenas de indigentes pidiéndome limosna y acercando sus sucias y mugrosas manos a mi nuevo y preciado atuendo.


-Vuelva a hacer eso y será la última vez que vea la luz del día.


El mendigo me miró asustado y se apartó de mi camino.
Crucé la plaza y bajé calle abajo hasta llegar a la taberna.

Al abrir la puerta todas las miradas se dirigieron hacia mí, murmurando, como hacían siempre que pisaba aquella taberna. Elicea, la dueña, se acercó a mí con una sonrisa pícara. Era una mujer de unos cuarenta y pico años. Llevaba un vestido naranja ceñido a un cuerpo que, en su momento tuvo que ser deseado por miles de hombres. Los cabellos se le habían escapado del moño y le caían desordenadamente a lo largo del cuello.


-¿Qué os trae por aquí, Sir Daniel?
-¿Hay alguna nueva?
-Pasad vos mismo y lo comprobáis.


Dijo sonriendo ampliamente. Me hundí en una ciénaga de recuerdos al ver salir de una habitación a un hombre acompañado por Taylia, la chica con la que hace seis años perdí mi virginidad.


-Vamos hombre, no os quedéis ahí parado, pasad y elegid de una santa vez.


Desvié la mirada de aquella joven de belleza admirable y caminé con las manos en los bolsillos por un pasillo que llevaba a una enorme sala con numerosos sillones.

Alcé la mirada y lo primero que vieron mis ojos fue a una muchacha rubia, con el cabello hasta la cintura recogido en una trenza. Con dos esmeraldas por ojos, que poseía unas pestañas largas, que conseguían embrujar a cualquiera. Sus pómulos, rosados y redondos, y su sonrisa socarrona, fueron los motivos de mi atracción hacia ella.


-¿Os gusta lo que veis?


Dijo mientras se mordía el labio y me daba la mano, tirando de mí y haciéndome pasar a una habitación, con una cama y una silla.

Cogí su muñeca y la atraje hasta mí, consiguiendo que sus labios quedaran a milímetros de los míos.


-¿Cómo os llamáis?
-Inés.


Susurró en mi oído y me sonrió. Desabrochó los cordeles de su corsé y al momento su vestido cayó al suelo, desvelándome las bonitas curvas que poseía su cuerpo. Agarré su cintura y comencé a besar su cuello; mientras que ella introducía sus manos por debajo de mi camisa. Con un beso en los labios, me llevó a la cama. No se parecía ni lo más mínimo a la mía, esta era incómoda y al menor movimiento, la paja o el material, de lo que estuviera hecha, se salía.

La vela alumbraba su desnudo cuerpo, al igual que iluminaba mi lujuria. No me importaba lo más mínimo mis remordimientos, ellas estaban para el disfrute y la clave estaba en no cogerles cariño. Nunca lo hice y nunca lo haría. Mi padre no tenía en mente ninguna princesa de reinos lejanos y eso hacía que mi libertinaje fuera llevado a cabo. Para mí era un juego divertido y para ellas el poder presumir que habían compartido lecho con el príncipe de Traylasia.

Su ímpetu era indescriptible, quería que la poseyera cuanto antes y nada más que estuvimos tumbados en la cama, intentaba quitarme la ropa, mientras gemía a cada caricia que yo le daba. En verdad era hermosa y su juventud, era el factor que hacía que pecara deseando recorrer centímetro a centímetro, todo su cuerpo.






Mencía se fue muy temprano aquella mañana. No había cantado el gallo, cuando ella se había marchado a palacio.
Antes de irse, noté como sus labios besaban mi frente, del mismo modo que sus frías manos acariciaban mi rostro.

En cuanto ella se marchó, me levanté de la cama y abrí las ventanas, para ver como caminaba, tristemente hacia aquella cárcel.

Quise chillar su nombre, pero así ponía en juego su vida; ya que la ciudad aún no había despertado. Iba sola, descalza y acariciando sus brazos, para entrar en calor.


-Sois un buen hermano, Douglas.
-¿Qué hacéis despierto tan temprano?
-Su hermana me ha despertado, al darme un beso en la frente. ¿Queréis que vaya tras ella y le acompañe?
-No Christian.


Me separé de la ventana y caminé hacia la chimenea, para calentar la choza, mientras Christian preparaba un mendrugo de pan, para que lo comiéramos posteriormente, cuando el sol estuviera justo encima de nuestras cabezas.

Aprovechamos el canto del gallo, para ir a los establos. Estuvimos allí un rato.

Le resolví a Christian, lo mejor que pude, las preguntas que me hacía. Así estuvimos gran parte de la mañana, hasta que opté por ir a devolver aquel magnífico ejemplar a la guardia de palacio.

Saqué a aquel ejemplar y acaricié a Sombra.


-Christian, dale un trozo del mendrugo que escondéis.


Reí y sacó de un modo desganado el mendrugo de pan, de debajo de su camisa verde, o al menos yo creía que era de ese color.


-¿Cómo me habéis descubierto?
-Soy observador y Sombra... –Sonreí y Christian le dio aquel mendrugo. –Él me ayuda.
-No penséis que le quería robar, jamás lo haría señor. Quería llevarle a su hermana algo de comer. Ella nunca come mucho, cuando la conocí solo se tomó una manzana.
-Ella prefiere pasar hambre por los demás, es así.


Sonreí y comenzamos a caminar entre la multitud, mientras que nos alejábamos de la cuadra y de Sombra.


-¿Qué pensáis hacer con el dinero?
-Comprar una gallina y puede que una vaca, si este tal Mortis es generoso y aprecia el cuidado que le he hecho a su caballo.


Continuamos andando, hasta que llegamos a palacio. Mojé mis manos y mi nuca en el agua de la pequeña fuente, mientras que aquel caballo árabe bebía.

Me miré en aquella cristalina agua y comencé a beber, para después adecentarme un poco. Christian hizo lo mismo y me reí de él cuando sonrió y le faltaban dos de sus dientes.


-¿No os crecen?
-Uno tiene que salir, pero el otro me lo rompió mi único amo de un golpe.
-¿Sois un esclavo?
-Sí, pero mi amo murió hace meses y desde entonces recurro a la picaresca y ahora os ayudo a vos y a su hermana. –Sonrió y entramos en palacio. –Sois mi familia.


Christian agarró mi mano y yo le acerqué a mí, como hacía con mi difunto hermanastro, Zack. Christian me recordaba a él en muchas cosas, pero no en la edad.

Llevé el caballo a las cuadras y allí estaban dos soldados. Christian me dijo que era el capitán Cebo y uno de sus hombres.


-¿Habéis podido curarlo?
-Sí, solo tenía una incisión.
-¿La furcia de su hermana y vos, dan cobijo a este hijo de puta?


No quise contestar, puesto que no sabía pelear, pero cada vez pensaba más en como amargar la existencia de ese mal nacido.


-Deseo dárselo a su dueño.
-Búsquelo cerca de las cocinas.


Christian me guió por aquellos enormes patios, hasta las puertas de las cocinas y allí dimos con Mortis. Muy agradecido por mi trabajo, comprobó que todo estaba bien y rápidamente me pagó.

Había dinero suficiente para comprar dos vacas y por ello le sonreí. Cuando salíamos de palacio vi a mi hermana.


-¡Mencía!


Grité y ella salió corriendo a abrazarme. Le había cambiado la expresión facial y fue como que su mirada volviera a desprender felicidad, aunque la notaba rara con sus cabellos, dorados como el trigo, escondidos.






Mi mirada fue atraída por un muchacho rubio de aspecto frágil y descuidado. Absorta en mis pensamientos tardé varios instantes en advertir que Anastasia me había dicho algo. Cuando la miré, pestañeando, vi que una sonrisa se extendía por su rostro.


-¿Por qué me miráis de ese modo?
-Os habéis quedado ensimismada mirando a aquel joven.
-¿A quién? –Intenté disimular. –Solo estaba pensando, además ¡qué os importa!


Grité mientras descendía las escaleras bajo la mirada perpleja de Anastasia.


-Mencía requiero de vuestra ayuda.



Dije fijando mis ojos azules en las pupilas del joven que la acompañaba. Se inclinó haciendo una reverencia y volvió a mirar a Mencía.


-Sí, alteza. ¿Qué deseáis?
-Necesito nuevas telas. Quiero que me acompañéis al mercado.


Asintió con un sucinto gesto. Soltó la mano del chico y caminó hacia las cocinas, para coger un gran cesto. Salimos de palacio y yo me cubrí el rostro con una negra y holgada capa.

Intenté sacar parecido a Christian con ella y aquel muchacho, que supuse que sería su marido, pero no lo encontré por ningún lado. Las esmeraldas que tenía por ojos, no se asemejaban en nada a los azulados y diminutos ojos de ellos. Posiblemente el niño no fuera de aquel muchacho rubio, sino de cualquier hombre para el que trabajara antes aquella criada, pero eso no parecía importar a aquel muchacho. Le demostraba su amor de igual manera y cuidaba de aquel bastardo.

Dejé de ensimismarme en mis pensamientos, cuando dos jóvenes, altos y distinguidos estaban de pie en la entrada del palacio.


-Alteza, ¿deseáis que preparemos su carruaje?
-No se preocupe, iremos a pie.
-Pero es peligroso que vayáis sola, sin ninguno de nuestros hombres.
-Estaré bien, nadie me reconocerá.


Dejamos atrás palacio y nos encaminamos por las sinuosas y estrechas calles de la ciudad.

Sólo se oía el trinar de las aves y el griterío de campesinos que deambulaban por allí en busca de comida para alimentar a sus familias.


-Mencía no os separéis de mí.
-Sí, señora.


Avanzamos hacia la multitud y me detuve en el puesto de una anciana mujer. Sus cabellos tenían la blancura de la nieve y unas suaves arrugas llenaban su rostro de pliegues. Cuando miré sus ojos negros y aterciopelados, tuve una sensación de paz y seguridad absoluta.


-¿Buscáis algo especial, bella dama?


Dijo sonriendo mostrando una imperfecta dentadura, a pesar de que le faltaran varias piezas, no perdía el encanto de su sonrisa.


-Estoy buscando telas, pero no me convence ninguna.
-Estoy segura que las que os voy a enseñar serán de su agrado.


Esbozó una sonrisa y desapareció del puesto, dejando al cuidado a una niña pequeña de unos ocho años. Volvió al cabo de unos minutos con un cesto lleno de telas de todos los colores y texturas que podía imaginar.


-Aquí tenéis. Elegid cuantas deseéis.


Dirigí la mirada hacia Mencía, la cual estaba fascinada mirando y deslizando sus dedos por aquellas maravillosas telas. Cuando descubrió que la estaba mirando, apartó la mirada de las telas y transfirió la mirada a sus pies descalzos.

Después de seleccionar la mitad de las telas, pagué a la mujer y se las di a Mencía para que las guardara en la cesta.

Salimos de la plaza sin ser descubiertas, pero al llegar a la esquina de una calle, una mujer indignada, salió vociferando de su casa.

-¡Vos! –Me señaló con el dedo mientras se acercaba a mí. –Vos sois la hija de ese miserable que mandó aniquilar a toda mi familia. Aunque vayáis cubierta, podría reconocer en cualquier parte la mirada de la asquerosa monarquía de Traylasia. 

Me cogió de los hombros con brusquedad y empezó a zarandearme.


-¡Pagaréis p
or ello!


Mencía intentó protegerme, pero de un empujón cayó desplomada al suelo. Veía ira y dolor en los ojos de aquella mujer.
Metió la mano en su andrajoso vestido, y de su bolsillo sacó un cuchillo. Me vi reflejada en él; se podía apreciar el terror que emanaba mi rostro a cientos de kilómetros.


-¡Yo no tengo la culpa! ¡Suélteme!


Grité intentando desasirme de su agarre.Un grito ahogado salió de su interior y cayó sobre mí, muerta.
Miré al frente y me encontré con Dave, uno de los guardias reales.


-Alteza, ¿estáis herida? –Inquirió mientras guardaba en su cinturón el puñal con el que había asesinado a la mujer.
-No, vinisteis antes de que eso sucediera. Gracias.


Busqué con la mirada a Mencía. Estaba junto a mí, con las rodillas ensangrentadas y una expresión de horror en su rostro.


-¿Os encontráis bien? –Pregunté colocándome la capa.
-Señora, quien importa es vos, yo solo soy una especie de polvo animado, nada más.


Interpreté sus palabras por un “me encuentro bien” y nos dirigimos a palacio, dejando atrás un cielo gris y plomizo.

Mencía me acompañó a mis aposentos y dejó la cesta con las telas sobre mi cama.


-Tomad. –Le di un par de telas.
-No, señora, no puedo aceptarlas.
-Quédeselas. He comprado demás. –Sonreí.
-Muchas gracias.


Me dedicó una sonrisa antes de cerrar la puerta. Me quité la capa, dejándola a los pies de la cama y salí en busca de mi hermano.






Acaricié mi cuello, mientras caminaba a oscuras por los pasillos del castillo. Estaban iluminados por unas antorchas, pero solo en el medio de aquellos inmensos pasillos.

Escuchaba como las gotas de agua caían de una de las goteras, del ala este del palacio. Las piedras que construían el castillo, creaba una gran resonancia y el eco era muy notable en todo el pasillo.

Escuché pasos tras de mí y aceleré, para no ser descubierto. El tintineo de las monedas en la bolsa, que llevaba atada al cinturón, era constante.
Mi respiración se aceleró, pero conseguí burlar a mi perseguidor en la oscuridad.

Caminé hacia los establos, bajo la lluvia y comencé a esperar a la persona con la que había quedado.


-Cuervo negro.
-Anuncia al traidor.


Descubrí mi rostro y él hizo lo mismo. El capitán Cebo sonrió y se acercó a mí.


-¿Para qué me requiere Sir Thomas?
-Vos conocéis los movimientos de la princesa y de toda la familia real. –Le entregué la bolsa con el dinero.
-¿Qué insinuáis? –Sus ojos brillaron al ver las monedas de oro.
-Necesito que trabajéis para mí, siendo el capitán de la guardia real. –Reí. – ¿Conoce a mi familia?
-He oído hablar de los Blackwell, pero nada más que por su agilidad en la caza.
-Le iré desvelando punto por punto cuando llegue el momento, al igual que incrementaré su sueldo.
-¿Qué quiere que haga?
-Averiguar dónde va el príncipe, las estrategias de guerra del rey y lo más importante vigilar los movimientos de Anabeth.
-¿Me pedís que sea un espía? –Asentí y dejamos de caminar por el establo, parando en seco. –Tengo un precio y vos me habéis comprado, pero quiero algo más.
-Si conseguís darme esta información, yo os daré lo que deseéis.
-Quiero a una mujer. Es una criada, pero su mirada y sus modales me tienen hechizado. Me ha ridiculizado y eso ha hecho que mi deseo por ella sea mayor.
-Si me conseguís lo que os pido, la criada por la que suspiráis será vuestra. –Sonreí. –Todos tenemos un precio y el de los pobres es la comida y algo de oro. No será difícil que pronto sea vuestra.


Salí bajo la lluvia y me coloqué la capucha de la capa.


-Tenéis hasta el domingo próximo, para dicha información.
-¿Y si no obtengo todo?
-No obtendréis a la muchacha, solo el dinero.
-Pero... Aunque lo obtuviera, no conocéis quien es.
-Ojos claros, delgada y desde hace tres días el labio partido. ¿Creéis que no lo sé?
-Señor, yo...
-Vi como un guardia era puesto en evidencia por una asquerosa plebeya. ¡Limpiad vuestro nombre con lo que os pido y ella será vuestra!


Gruñí en la oscuridad y corrí hacia el interior del palacio, sabiendo que ese estúpido guardia haría todo lo que le mandara a cambio del cuerpo de aquella asquerosa plebeya.



viernes, 7 de febrero de 2014

Capítulo 4




Decidí salir del establo con la herradura en la mano. Me senté en el escalón de la puerta de la entrada y contemplé el ajetreo del caminar de los campesinos, mientras acariciaba la defectuosa herradura.


-¿Vos sois el albéitar?
-No soy albéitar, ni siquiera puedo doblegar a mi caballo. –Miré a aquel esmirriado muchacho, mientras el sol me deslumbraba. – ¿Quién pregunta por mí?
-Su hermana me ha dicho que viniera aquí. Que estaría a salvo y que vos necesitabais ayuda.
-¿Mencía os ha dicho eso?


Mi hermana me conocía muy bien, al igual que conocía de su buen corazón. Ese pícaro sería algún protegido suyo de palacio y puede que no me viniera mal la ayuda de alguien tan astuto como él.


-¿Cómo os llamáis?


Me levanté, acercándome a aquel muchacho de cabellos castaños y de mirada esmeralda.


-Christian, Christian de Tjmud.
-¿No tenéis familia?
-No señor, mi madre es una prostituta y no puede hacerse cargo de mí y mi padre creo que ahora es monje en el monasterio de Shamna.


Me sorprendió la facilidad que tuvo en no mostrar ningún reproche al trabajo de su madre. Lo dijo como si fuera la labor más digna y eso me hizo admirarle; ya que cualquier otro se avergonzaría de su propia sangre.


-¿Y vos?
-Douglas, Douglas de Rocagris. –Sonreí. –Podéis llamarme Dougie.
-Su hermana me contó la historia de su familia y la historia de Rocagris. ¿Vos sois igual de valiente que vuestra hermana?
-Ella no es valiente, ella es orgullosa y a veces temo que eso le cueste la vida. ¿Por qué os ha hecho su protegido?
-Me ha salvado, interponiéndose entre el Capitán Cebo y yo. Si ella no hubiera arriesgado su vida, yo ahora mismo estaría medio muerto y me faltarían las manos.
-¿Ella está bien? –Me preocupé por mi hermana y temí por su vida.
-Sí, señor. –Dijo nervioso, acariciándome el hombro. –Solo su labio está mal. Ella está sana y salva. Dios ha hecho que velaran por su vida.
-¿Dios? –Reí. –Dios no existe. Si en verdad existiera habría salvado a mi familia.
-Blasfemáis sandeces, señor. Dios existe y siempre nos intenta ayudar, aunque nos haya hecho pertenecer a esta clase social.


Acaricié la mejilla de Christian por tan buena reflexión y comencé a tramar un plan, puesto que conocía su astucia.


-Christian, ¿conocéis al herrero? –Él sonrió.
-Claro señor, es Roger. A mis diez años le he robado tantas veces...
-Necesito de vuestra habilidad, para conseguir una herradura, para este caballo.
-¡Es el caballo de Mortis! –Exclamó y me miró asombrado. –Vos debéis curarlo bien, ese guardia quiere más a su caballo que a su propia mujer.
-Si le quisiera tanto, le habría conseguido mejores herraduras.
-Entiendo vuestro plan y he de deciros que será un placer ayudar al futuro gran albéitar de Tjmud. –Sonrió y mostró su sonrisa imperfecta por la falta de sus dos incisivos. –Christian no suele equivocarse con cosas así. Seréis importante.

Sonreí y le di la herradura, para que robara una parecida. Él salió corriendo y se perdió entre las calles. Mi hermana no solo protegía a un pícaro, sino a un muchacho muy inteligente que me iba a ayudar bastante bien a la hora de llevar a cabo mi trabajo.






Caminaba escuchando los saberes de Anastasia, mientras mi ama nos había dado una hora de descanso.

Yo tenía a Anastasia como una mujer muy sabía, y no me equivocaba, porque lo era. Me contó todas sus peripecias en palacio.

Me habló de cada miembro de la familia real y me predijo del príncipe. Aún no le conocía, pero todas las criadas decían que era capaz de satisfacerte en todos los sentidos y que en el amor carnal, no tenía rival.


-Pero no temáis por el señor, no sois de su agrado. –Rió.
-Anastasia, ¿qué tengo de malo?
-No sois como las demás. Vos os ceñís al atuendo y sois demasiado delgada para que se fije en vos. No tenéis curvas, para que resaltéis.


Mientras que Anastasia se reía, yo acaricié mi pequeña cadera, y la verdad es que tenía razón.

Anastasia me dio un vaso de agua y sacó un trozo de empanada de un cajón de la cocina. Empezamos a comerlo y Anastasia terminó de contarme que hacía Sir Thomas en Tjmud .


-Sé que me escondéis algo. –Sonrió.
-¿El qué?
-La princesa está incrédula porque sabéis leer, ¿es eso cierto? Y de serlo, ¿cómo?
-¿Vos no sabéis? –Rápidamente movió su cabeza y negó. –Mi padre adoptivo nos enseñó a leer a mi hermano y a mí.
-¿Un musulmán?
-Sí, y me dan igual sus desprecios, para mí fueron los mejores padres que he tenido. –Suspiré, agarrando nerviosa mi vestido. –Dijo que nos sería útil, al igual que el latín y su propia lengua.
-¿Habláis como esos herejes?
-Sí. Anastasia, si no le importa, deje de insultarlos y menospreciarlos. –Me levanté de la mesa. –Que tenga un buen día.


Dejé a Anastasia con un rostro de incredulidad enorme. No soportaba que hablaran así de los que habían sido mi familia, solo por ser de otra religión. ¿Qué más daba el Dios que adoraras si todas las religiones se basaban en lo mismo?

Caminé hacia los aposentos de la princesa y al entrar estaba llorando. No quise preguntarle el por qué, porque no me incumbía conocerlo.


-Señora, sé que no es un buen momento, pero creo que le vendría bien tomar el aire.
-¿Y ponerme morena? –Gritó enfadada.
-Señora, no era...
-Vos no sabéis nada, no sabéis lo que es estar encerrado y no tener libertad.
-Lo sé mejor que vos. Pertenezco al tercer estado, o lo que los de su calaña conoce como escoria. Mida sus palabras porque si yo tuviera esta condena... La preferiría.
-Sois una insolente. –Golpeó mi rostro, como hacía la mayoría de las veces que hablaba. –Creéis conocer todo y sólo sois una ignorante. ¡Marchaos de mis aposentos, antes de que llame a la guardia y os castiguen en las mazmorras!


Salí de sus aposentos, cerré la puerta y me tragué el nudo que tenía en la garganta. ¿Cómo podía ser tan hipócrita y pensar que yo era libre? ¿Tan mal entendía que yo era su sierva y que nunca conseguiría mi libertad, mientras que ella lo era aunque estuviera atada a un hombre que no amaba?






Mientras esperaba el regreso de Christian, fui a los establos. Tenía en mente intentar montarme en Sombra, pero por su carácter y su hostilidad hacia mí, era toda una quimera.

Cogí la cuerda y saqué un trozo de pan, para llamar su atención. No tardó mucho en acercarse a mí, con las orejas señalando todas las direcciones. El otro caballo, continuaba quieto, sin perder de vista aquel trozo del mendrugo de pan que ofrecía a Sombra.

Coloqué la cuerda a modo de cabezal en la enorme cabeza de Sombra y posteriormente le ofrecí el trozo de pan.

No tardó nada en devorarlo y comenzó a buscar entre mis andrajosas ropas, más comida.


-No tengo más, Sombra. –Acaricié su cabeza y él comenzó a resoplar. –Sabes que no tenemos dinero y...
-Señor. –Miré a Christian, que estaba jadeante y saqué a Sombra del establo. –He conseguido la herradura. ¿Puedo acariciarlo?
-Es muy tozudo, pero si te deja.


Christian me dio la herradura y mientras que él intentaba acariciarle, yo observaba y medía junto con la herradura defectuosa, la que él había traído.

Era perfecta y esta no tenía ninguna imperfección.


-¿Por qué no es dócil?
-Lo es, pero solo con mi hermana. Ella es capaz de estar horas con él, susurrándole y acariciándole.


Sonreí al recordar a mi hermana y un sentimiento de preocupación recorrió mi cuerpo. Temía por ella.

Había visto morir a tantas personas que había amado, que no quería perder a mi única familia, a mi única sonrisa, a la única persona por la que lucharía y daría mi vida si fuera necesario.

Despeiné los sucios cabellos de Christian y este me sonrió. Le hice sacar al otro ejemplar y caminamos por el prado que quedaba detrás de mi hogar.

Subí a Christian encima del caballo y le empecé a preguntar si notaba la cojera o algo extraño al pisar. Él me contestó que sí, por lo que le bajé y le hice correr al establo a por un martillo y unos cuantos clavos que había encontrado el día que llegamos a esa choza.

Acaricié a ambos caballos y me dispuse a intentar montar en Sombra. Tenía miedo y sabía que él había notado esa sensación, porque golpeó el suelo de manera nerviosa con el casco delantero.


-¿Qué os he hecho? Si es porque degollé a vuestro dueño, lo siento.


Le di la espalda y comencé a llorar, al recordar aquel día de invierno en el que cambió mi vida. Me di cuenta que las palabras de Ajman no tenían sentido y que yo nunca llegaría a ser un gran albéitar; puesto que no podía ni montar a mi propio caballo.

La cabeza de Sombra acarició mi espalda y relinchó, de la misma forma que le relinchaba a mi hermana, en mi oído.
Me giré hacia él y me limpié las lágrimas. Abracé su cuello y Sombra me dejó que le acariciara.
Recorrí su cuello con mis manos y comencé a susurrarle.


-Si no quieres que te monte, jamás lo haré.


Sombra relinchó y se agachó, dejándome que me subiera a su lomo. Lo hice incrédulo y suspirando, ambos al unísono, comenzó a galopar por aquel prado.


Tenía una sensación muy extraña. No entendía el comportamiento de Sombra, pero ahora me había ofrecido la posibilidad de ser su amigo, no su rival.

Me bajé de Sombra cuando Christian llegó corriendo, con el martillo y los clavos.

Christian me dio aquellos materiales. Agarré al ejemplar árabe a un poste del cercado y le hice alzar la pata trasera, acariciándole suavemente en el tendón.

Este, como si fuera un acto-reflejo, elevó su pata y me la coloqué entre las piernas, para conseguir herrarle.
Christian me miraba asombrado. Nunca había visto como se herraba un caballo y mientras sujetaba a Sombra, lanzaba miradas curiosas.

Limpié el barro del casco, con el martillo. Comprobé si la incisión estaba curada, y así era, ya no había ni rastro de aquella raja en su uña.

Coloqué la herradura y golpeando los clavos, para fijarla, herré al caballo.


-¿No le duele? –Sonreí, mientras golpeaba el casco. – ¿Para qué las necesita?


Solté el casco e hice andar a aquel caballo. Apoyaba a la perfección el casco y eso me alegró, porque había finalizado mi primer trabajo.
Christian y yo volvimos a casa.


-A vuestra pregunta anterior, no le duele y las necesita como nosotros los zapatos, pero... –Reí. –Ya ves, mi pequeño amigo, que no poseemos tales lujos.
-Algún día poseeremos dos pares y dejaremos de notar como las piedras se clavan en nuestros pies.


Acaricié el hombro de Christian y le sonreí. Me gustaba como pensaba, y lo que era mejor, que podía confiar en él a pesar de su picaresca.






Me levanté de buen humor esa mañana, por lo que había decidido salir a dar una vuelta a caballo.
Acababa de volver, y mi atuendo negro todavía estaba manchado con el polvo del camino. Me entretuve mirando a mi tercer hijo, Haner, que aún tenía los flancos cubiertos de sudor.



Era un tordo negro como el carbón, pero con los años, su pelaje se había aclarado tanto que tenía un color gris blanquecino.
Sus pulidos cascos repiquetearon con fuerza contra la puerta de madera de la cuadra cuando uno de mis criados apareció algo inquieto tras la puerta de entrada.


-Majestad, Sir Thomas de Blackwell desea veros. –Se retiró haciendo una reverencia.


Las sedosas crines se deslizaron entre mis dedos extendidos como las serpenteantes aguas de un río oscuro y brillante. Acaricié a Haner entre sus orejas y le metí en la cuadra.
Transferí la mirada hacia Bruma y Lazlo y salí cerrando la puerta, tras de mí.


-¿Queréis dar un paseo por los jardines?
-Claro, lo que deseéis, majestad.


Subimos por unas empinadas escaleras de piedra mientras escuchábamos el canto de los pájaros que se encontraban en los árboles de los alrededores del jardín.


-Sir Thomas, ¿qué se os ofrece?
-Vengo a hablaros de su hija. –Paró en seco y alzó la mirada al frente. –No quiero que se case obligada. Cada vez que intento ser amable solo recibo rechazos y desdén por su parte.
-No os preocupéis, Sir Thomas. Tarde o temprano, Anabeth, se enamorará. –Dije con la esperanza de que lo que acaba de salir por mis labios se hiciera realidad. –No está acostumbrada a tener trato con caballeros tan galanes y apuestos como vos. Dadle tiempo al tiempo y ella misma acudirá a vos.
-¿Y si no lo hace?
-Lo hará. No hay ningún otro caballero en el reino que pueda hacer feliz a mi hija.
-Agradezco sus halagos. Dios le oiga. –Miró hacia un carruaje que acababa de ubicarse en la entrada. -Disculpadme, pero tengo que ultimar un par de asuntos pendientes. Majestad.


Se inclinó haciendo una reverencia y fue hacia el carruaje que le estaba esperando. Observé como abandonaba el palacio, mientras que el sol, me cegaba las vistas de su despedida.






Agarré la espada y di un paso al frente. Jed, atacó primero, elevando la espada a la altura de mis hombros. Paré su ataque con un golpe seco, obligándole a dar un paso hacia atrás. Ataqué con un golpe bajo, forzando a que levantara su espada e hiciera presión sobre ella, para conseguir levantarla. 

Me dio un pequeño empujón, y volvió a atacarme; esta vez por el flanco izquierdo, mi única y fatal flaqueza. Giré sobre mí mismo, escapando rápidamente de aquel golpe, que si hubiera sido real, habría resultado desarmado o incluso herido.


-Daniel, tenéis que controlar ese flanco y no huir. Solo lo dominaréis cuando os enfrentéis a ello.


Asentí y volvimos a nuestras posiciones; él girado hacia la derecha y yo hacia la izquierda, con los pies firmes, intentando mantener el equilibrio para no caer al primer golpe y poder moverme con rapidez.

Esquivé nuevamente su ataque, cambiando de posición. Blandí mi espada con agilidad, haciendo un movimiento brusco de muñeca, presionando sobre su espada, desde arriba. En ese momento las espadas formaron una cruz, mi espada quedaba sobre la suya. Presioné con más fuerza y conseguí que perdiera el equilibrio.

Sonreí victorioso y dejé de ejercer fuerza. Jed empujó mi espada, lanzándola por los aires, a unos pocos metros de mí. Sonrió al ver mi asombro y giró con gracia su espada.


-Nunca subestiméis al contrario, no sabéis con que os puede sorprender.


Corrí hacia mi espada, cogiéndola con la mano izquierda, como buen zurdo que era.

Jed y mi padre insistían en que luchara como un diestro, así tendría más posibilidades de ganar y menos de resultar herido. Pero eso me era imposible, ya que no podía dar ni una sola emboscada de frente con la mano derecha.

A lo lejos vi a Anabeth agarrada del brazo de padre, dirigiéndose a nosotros.


-Jed, una última.
-¿Estáis seguros? –Inquirió sacando nuevamente su espada y ante mi afirmación elevando los hombros.


Imité su gesto y ataqué, tan rápido que ni él mismo esperaba tal movimiento. Me coloqué detrás de él, colocando mi espada cerca de su cuello, y de una patada, hice volar su espada a los pies de mi padre, que me miraba firme, solemne, con la misma mirada de siempre.

Anabeth aplaudió y miró rápidamente a padre para ver su reacción. Nada. No movió ni un solo músculo de la cara, ni una leve sonrisa o ni un mísero gesto de asombro.

Solté a Jed y le di una palmada en el hombro, colocándome a su lado.


-Daniel ha mejorado notablemente desde que empezamos las clases.
-Es su obligación si quiere seguir mi ejemplo y convertirse en un gran caballero.


¿No podía felicitarme o sentirse orgulloso de mí por una sola vez en su vida?

viernes, 24 de enero de 2014

Capítulo 3




Inspiré con fuerza el aire húmedo del bosque y eché un vistazo a mí alrededor. Artax y Seneca estaban ansiosos por entrar en escena, aunque se mantenían quietos por el miedo, que supuse que les daba el magnífico halcón que poseía mi padre.

Thomas estaba junto a mi padre, hablaban sobre técnicas de caza, ya que este era conocido como uno de los mejores cazadores de Blackwell.

Padre parecía disfrutar de su compañía, y eso hacía que aumentase mi odio y desprecio hacia él. Mi padre nunca me había mirado con la admiración con la que miró a Thomas tras cazar un faisán al primer tiro.
Thomas sonreía victorioso, mientras recibía las lisonjas de mi padre. Yo, sin embargo, aparté la mirada y me dediqué a buscar una presa con la que pudiera alardear y superar a aquel estúpido y perfecto caballero al que todos halagaban.

Desmonté de mi caballo y me separé de ellos. Lazlo, desapareció entre el follaje del bosque primaveresco. Tras caminar durante varias horas, encontré un arroyo que discurría alrededor del sendero, cerrándome el paso.

Al acercarme poco a poco a las cristalinas aguas que fluían por el arroyo, divisé un hermoso ciervo que bebía agua a tan solo unos pocos metros de mí. Apunté con cuidado y tensé la cuerda del arco. En mi mente, pasó de manera fugaz la frase que tiempo atrás me había dicho mi padre, para intentar enseñarme a ser un buen arquero, aunque lo mío era el combate cuerpo a cuerpo y blandir mi espada en busca de un adversario.



« Flanco pequeño, error pequeño »




Estaba a punto de dejar volar la flecha cuando percibí un ruido de cascos por el sendero que cruzaba el bosque, haciendo que el ciervo se perdiera entre los árboles.


-¡Mierda!


Bramé mientras me dirigía a la orilla del arroyo. Me arrodillé frente a la corriente de aguas transparentes, introduje las manos, y acto seguido pasé la mano por la nuca, empapándola de agua.

Sabía que aquel ruido de cascos, había sido de Lazlo. Le miré sonriente y caminé hacia él, con el arco y el carcaj en la mano. Subí sobre él, y cuando el sol ya había pasado por encima de nuestras cabezas y empezaba a descender hacia el lejano horizonte, decidí poner rumbo hacia mi padre y mi futuro cuñado, Sir Thomas.






Pasaron dos días y mientras que mi hermana iba a palacio, yo me quedaba en casa intentando hacer que aquel caballo árabe dejara de cojear e intentar que mi relación con Sombra fuera a mejor. Era demasiado tozudo y no sabía que pruebas de confianza quería ese enorme caballo de mí.

Me centré en mi principal entretenimiento y mi primera prueba, para darme a conocer en el pueblo. Repetí el proceso que había realizado durante los otros dos días. Limar el casco y aplicar gran cantidad de agua fría en la zona.

Parecía que aquel ejemplar pisaba mejor y que volvía a ser el caballo tan noble que había sido anteriormente. Quise probar una técnica que le había visto hacer a Ajman y la llevé a la práctica.

Acaricié el casco, ejerciendo presión sobre el tendón. El caballo se quejó y dejó de apoyar el casco. Repetí ese proceso, masajeando la zona inflamada, mientras que le echaba agua fría.
Poco a poco la inflamación fue decreciendo y aquel caballo, al cabo de una media hora de realizarle aquel pequeño experimento, pisaba con firmeza y seguridad, sin apenas ningún símbolo de cojera.

Acaricié al caballo y le di una manzana, la única que me quedaba. Primero di un mordisco yo, y luego le di el resto a aquel magnífico ejemplar.

Miré a Sombra, y este rápidamente me ignoró, cambiando de posición. Yo sonreí por su comportamiento y decidí acariciarle, sabiendo que me huiría, pero no fue así.

Coloqué mi mano sobre el lomo de Sombra y comencé a acariciar su huesudo cuerpo. Estaba asombrado, porque nunca me había dejado acariciarle, solo la vez que nos llevó de Rocagris y nuestro hogar con el bueno de Ajman y su familia.


-Sombra...


Nada más que pronuncié su nombre relinchó y me fustigó con su cola en la espalda.


-Ya te dejo amigo, no quiero enfadarte.


Sonreí y salí del establo, en busca de la herrería de la ciudad. Di con ella rápidamente, no era muy complicado orientarse con los fuertes golpes que daba el herrero encima de su yunque.

Me quedé observando cómo realizaba su trabajo. Me encantaba ver como el calor era capaz de poner el acero al rojo vivo y que con unos pocos golpes se pudieran crear cualquier tipo de útiles.

Yo dominaba, en parte ese oficio, pero Ajman decía que yo tenía algo que me hacía diferente y que estaba destinado a velar por los caballos.


-¿Desea algo? –El herrero continuó golpeando con su martillo.
-Me preguntaba cuánto costaría una herradura.
-Una gallina.
-No... No poseo de una gallina, para disponer el trueque.
-Sin gallina no hay herradura. ¿Qué os habéis creído?
-Siento haberos interrumpido.


Me alejé del calor de la fragua y de los golpes de aquel corpulento herrero. Caminé hacia casa cabizbajo, pensando en la forma de conseguir una nueva herradura, para aquel caballo árabe.

Sombra no llevaba y esa era una ventaja, puesto que se adaptaba mucho mejor a los caminos y no debía de estar preocupado de sus cascos, salvo si quería saber si tenía alguna enfermedad o lesión.

Vi unas gallinas, pero no podía volver a robar. Puede que por ese acto el dios en el que creía mi familia adoptiva nos castigara, pero ¿por qué terminó con su vida y no con la mía por obrar mal?

Regresé a casa y me senté en el establo, a pensar en cómo podía ayudar a ese caballo y en cómo conseguir una herradura.






Caminaba en dirección a las cocinas, aunque quería ir a la biblioteca a robar algún libro de anatomía que le sirviera a mi hermano en su estudio, para llegar a ser el mejor de su oficio.

Era observada por las demás criadas. No sabía el motivo, pero la mayoría susurraba cosas cuando yo pasaba a su lado. Tenía dos teorías: la primera, el que fuera nueva y que además estuviera en un estado de desnutrición absoluta y la segunda, el que fuera la única que le había plantado cara a la princesa, sin temer por su propia vida.

Llegué a la cocina y pillé a Christian en plena acción. Estaba escondido detrás de una enorme columna de piedra y mientras el corpulento cocinero se daba la vuelta o caminaba hacia otro sitio, él salía de su escondrijo y robaba varios mendrugos de pan, que guardaba en su andrajosa ropa. Me sorprendió la facilidad que tenía a la hora de cometer el hurto sin ser descubierto.


-Perdone, buscaba el té de la princesa. –Christian me miró asustado y después me sonrió.
-Está en esa bandeja de allí.


El cocinero volvió a su labor, después de señalarme donde estaba la bandeja. La cogí y al pasar cerca de Christian, este caminó raudo y veloz, para salir escabullido entre las sombras.


-¡Al ladrón!


El cocinero gritó y Christian corrió por el patio en busca de una huida que no consiguió. Unos guardias le atraparon y a uno de ellos le reconocí rápidamente. Era el que había mandado decapitar a mi familia siguiendo las órdenes de Adso de Baskerville, y el que me había golpeado violentamente en el estómago.

Anastasia caminaba con otras doncellas y le di la bandeja, para que se la llevara a mi malcriada ama. Anastasia no objetó y yo fui a interponerme ante Christian y sus captores.


-Soltadle. –Grité, mientas Christian colgaba del brazo de aquel hombre, mientras que el otro reía por mi insolencia.
-Solo sois una plebeya. –Rió. –Marchaos, hermana del albéitar.
-No pienso hacerlo.
-¿Qué habéis dicho, furcia?


Aquel apestoso guardia soltó a Christian y este se escondió detrás de mí. Tuve miedo y maldije mi orgullo.


-¿Aquella familia de musulmanes os educó así?
-No señor, pero no pueden castigar a un niño que se muere de hambre mientras que su tiranía es lo único que se alimenta.


Me golpearon y caí al suelo. Del golpe, me habían partido el labio inferior y había comenzado a sangrar.


-Christian corre.
-No os voy a dejar sola. –Empujaron a Christian de mí lado y le golpearon fuertemente.
-¿Por qué os empeñáis en proteger a un huérfano?
-Capitán Cebo, déjela. –Musitó Christian, devolviendo los mendrugos de pan; mientras intentaba ponerse en pie, tras su golpe. –No le hagáis nada.


Me intenté levantar del suelo, pero un golpe en mi dolorido estómago, fue cometido. Después de doblarme de dolor en el suelo, el Capitán Cebo me levantó y me agarró del cuello.


-¿No apreciáis vuestra vida, perra?


Le escupí en la cara y su rostro fue manchado de la sangre de mi labio. Le miré asustada, a sus enormes ojos azules y comenzó a hacer presión en mi cuello, para posteriormente levantarme del suelo.

Me estaba ahogando, bajo la mirada de algunos criados y la indignación de Christian, que pataleaba entre los brazos del otro guardia.


-¡Parad! Cebo, soltad a mi criada.
-Pero alteza... –Me colocó en el suelo rápidamente y me acaricié mi dolorido cuello.
-Conozco su comportamiento salvaje y mal encarado. Soltad al muchacho y marchaos.

Ambos guardias hicieron caso a Anabeth y Christian, nada más ser liberado me abrazó.


-Gracias por haber arriesgado tanto por mí. Nunca nadie lo había hecho.
-Para eso están los amigos.


Sonreí y me limpié con la manga del vestido la sangre del labio.


-Mencía, si ha terminado con sus labores familiares, podría acompañarme a la biblioteca puesto que Anastasia es demasiado mayor, para subir tantas escaleras.
-No necesitaba vuestra intromisión y misericordia, para salvar mi vida. Quería morir, antes que estar condenada. –Su mano abofeteó mi rostro, bajo la mirada de asombro de Christian por mi valentía.
-Sois muy desagradecida y no conocéis al jefe de la guardia real. No iba a mataros, solo os dejaría inconsciente, para posteriormente violaros.


Al escuchar aquello un enorme nudo se formó en mi garganta. Puede que fueran remordimientos por mis actos, pero no podía caer ante el yugo de la sumisión tan pronto.

Abandoné a Christian diciéndole que fuera a mi casa, a ayudar a Dougie; ya que sería nuestro protegido y ayudante de Doug.






Crucé de forma majestuosa la habitación hasta la librería y extraje con cierta dificultad un pesado tomo encuadernado en deteriorado terciopelo violeta.


-¿Sabéis leer? –Inquirí arremangándome el vestido para poder sentarme sobre el pequeño sillón azul.
-Si, señora.
-Colocad en orden alfabético los libros de aquella estantería. –Señalé con el dedo la librería que se encontraba junto a la ventana.
-Si, alteza.


Aquella esmirriada e insolente criada se dirigió hacia la estantería. Cogía los libros, leía la portada y los devolvía minuciosamente a la estantería.
Transferí la mirada a mi libro. Traduje con destreza los tres primeros párrafos, pero al llegar a la última del cuarto párrafo no logré descifrar su significado.


-Divitibus, quod paupertas no por disminucin autem desideria multiplicatione. –Pronuncié uno a uno cada vocablo como si leyéndolo en alto lo pudiera traducir mejor.
-La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos. –Mencía alzó la voz y se levantó tras colocar el último libro. –Eso es algo que las personas como vos nunca podréis entender. Castigáis a un niño por coger un mendrugo de pan a pesar de que tenéis cientos de ellos en la cocina y que a menudo son desperdiciados.


Ignoré sus necedades y al acercarse a mí, pude observar un pequeño corte en su labio.


-Traed ese frasco que hay sobre la mesa. Os curaré la herida.


Vaciló por un instante y finalmente fue hacia la mesa trayendo consigo aquel ungüento de color verde.
Eché un poco de líquido sobre mi pañuelo de seda blanco y lo puse en su labio, haciendo presión sobre él, a lo que ella respondía con pequeños sollozos.


-Hay que educar bien a los hijos, robar es pecado. –Hice una pausa antes de añadir en voz baja. –Aunque entiendo que le hayáis encubierto, toda madre hace lo que sea por sus vástagos.
-Volví a presionar sobre su herida al mismo tiempo que uno de los sirvientes, acompañado por Thomas de Blackwell entraba por la puerta.
-Princesa Anabeth. Espero no haberos importunado.


Nos dedicó una sonrisa insulsa y el criado que le acompañaba, dejó el cuarto no sin antes hacer una reverencia.

Mencía se levantó del suelo y con un “gracias” marchó de la biblioteca, dejándome con mi futuro marido.


viernes, 10 de enero de 2014

Capítulo 2




Aquella choza era fría y muy oscura, pese a que los tímidos rayos de sol ya pasaban por aquellas peculiares ventanas de madera.

Dougie entró en la choza y comenzó a mirarla asombrado. Colocó aquel cuenco de madera, con el que me había revivido minutos antes, en la mesa y se dejó caer en la silla.
Abrí las ventanas y miré directamente al sol, con la intención de quedarme ciega y morir rápido, pero Dougie rápidamente se percató de mi acción.


-Ciega no conseguirás nada.
-¡Ni de esta forma tampoco! –Grité. –No somos nada.
-Mencía. –Hundí mi cabeza en su hombro izquierdo y empecé a llorar. –Si te quedaras ciega, perdería la oportunidad de contemplar tus bonitos ojos azules y posiblemente perdería mis motivos para sonreír.
-Teníamos que haber muerto nosotros. –Lloraba amargamente entre sus brazos. –Zack y Fátima tenían aún una larga vida por delante y Ajman un gran oficio y...
-Por desgracia no podemos borrar el destino, Mencía.
-Dougie es la segunda vez... ¿Cuántas veces crees que podremos tentar a la suerte? Podían habernos arrebatado a Sombra o...


Dougie tapó mi boca con su negra y fría mano. Dejé de llorar, pero él continuó ejerciendo una presión que poco a poco fue diezmada, hasta que quitó su mano de mi rostro.

Ese comportamiento lo había realizado siempre cuando quería que me callase y su método, de momento, lo conseguía.


-¿Estás más tranquila?


Asentí y comencé a modificar la disposición de los pocos muebles que disponíamos.

Mi hermano estaba pensativo. Sumido en sus pensamientos, en sus temores, en sus estudios sobre los caballos, aunque gran parte del tiempo pensaba en cómo había cambiado nuestra vida desde que habíamos abandonado Rocagris.


-Douglas, ¿qué le ocurría al caballo?
-Tiene una incisión en el casco trasero por culpa de una mala herradura. –Suspiró al tiempo que yo encendía fuego, para calentar la casa. –En tres días ese árabe estará galopando.


Dougie rió sin motivo.


-¿De qué te ríes?
-De nada. –Continuó riéndose un poco más. –No sabes hacer fuego.
–Nunca me han enseñado.


Dougie se levantó de la silla y se acercó a mí por detrás. Agarró mis manos y comenzó a hacer que las piedras que agarraba, chocara la una con la otra, para conseguir que saltara una chispa.

Lo conseguimos y al poco tiempo tuvimos una agradable temperatura en la casa.
Dougie y yo permanecimos sentados en el suelo un tiempo. Estaba a su lado. Tenía frío y Dougie siempre tenía ese calor tan suyo que hacía que consiguiera quedarme dormida a su lado.

Él acariciaba mis dorados cabellos y de vez en cuando tarareaba las canciones que nuestra verdadera madre nos cantaba.


-He pensado en cortármelos.
-¿Estás loca?
-Dougie, me darán dinero por ellos. Son rubios y muy lisos.
-Pero tu cabello es tu seña de identidad, lo que te diferencia de algunas mujeres casadas. Mencía, no lo hagas.
-Hermano, tenéis razón en todo, pero no tenemos nada que llevarnos a la boca. ¿Qué sugerís mejor?
-Hemos aguantado tres días sin comer. No te los cortes y en mi primera paga como albéitar compraré una gallina ponedora y una vaca.
-Pan también.


Sonreí y me levanté del suelo, quitando de mi andrajoso vestido algunos trozos de paja. Vi que la tela, cercana a las rodillas estaba manchada de sangre, pero no lo di importancia; puesto que el escozor de estas no era nada en comparación con el hambre que mi hermano y yo teníamos.


-Creo que al trabajar vos en palacio tendremos zapatos.


Levanté mi faldón y observé mis negros pies. Dougie comenzó a reírse, al igual que yo. Éramos felices con pocas cosas y haciendo pequeños planes de futuro que de un día para otro podían ser alterados.



OoOoO




Una voz suave intentó despertarme y con un esfuerzo inmenso logré entreabrir los ojos. Poco a poco mis ojos se acostumbraron a los primeros rayos de sol de la mañana. Bostecé y llevándome la mano a la cabeza, reconocí quien había osado despertarme. 


Anabeth estaba sentada sobre mi cama acariciando un colgante al que tenía un gran cariño; pues fue un regalo de nuestra madre cuando cumplió quince años. Ese colgante había pasado de generación en generación, como toda joya valiosa familiar, bien sea noble, o humilde.


-Danny, siento haberos despertado, pero padre quiero vernos lo antes posible. –Se levantó acariciando el vestido encarnado que llevaba. –Estaré en el salón principal.
-Me aseo y me reúno con vosotros.


Dije levantándome de la cama. Abrí completamente las suaves cortinas de terciopelo de color burdeos, abrí la ventana para espirar el aire fresco que llegaba, eché una ojeada al jardín, y volví a sentarme en la cama, esperando que el criado trajera mi atuendo.

Al poco tiempo, el mismo criado que nos interrumpió ayer, con la llegada de Thomas, entró en mi cuarto, hizo una reverencia y dejó sobre la cama mi vestimenta.
Constaba de una holgada camisa leonada, un calzoncillo largo de tela de lino, una capa negra con bordados de oro, y unos pantalones cortos, del mismo color que el vestido de mi hermana.

Atusé mi cabello con los dedos y me miré en el espejo suspirando con valentía y negligencia.
Eché un último vistazo a la habitación y salí rápidamente, indicando al criado que podía limpiar y cambiar la ropa de cama.

Bajé las escaleras apresuradamente. Llamé a la puerta y accedí al salón, acompañado de una criada.

Anabeth estaba sentada frente a padre, el cual se encontraba tamborileando apaciblemente sobre la pulida superficie del escritorio, al mismo tiempo que retomaba la lectura del pergamino que tenía en las manos.


-Padre. –Dije mientras me acercaba a ellos y tomaba asiento cuando él me lo ordenó.
-Como bien sabéis hijos míos, hoy asistirán los Condes de Adroc, el arzobispo Adso de Baskerville, nobles e infantes. –Meditó por un segundo, haciendo memoria de todos los invitados. –Thomas de Blackwell –Añadió mirando a Anabeth, mientras esta, le correspondía con una tímida sonrisa y bajaba la mirada, incómoda. –A la una, os llevarán los atuendos que tendréis que vestir para el gran banquete.
-¿Algo más padre o podemos retirarnos? –Inquirí. –Hace un día espléndido y desearía pasear por los hermosos jardines junto a Anabeth.
-Cuando deseéis podéis marchaos.


Nos levantamos de aquellos sillones, y antes de dejar la estancia, observé a mi padre, que estaba contemplando un emblema tallado sobre la pared, junto al cuadro que pintó mi tío Edgar, antes de fallecer.

Recorrimos palacio, hasta llegar a la puerta principal. Antes de dejar palacio, dirigí la mirada a un par de criadas que se encontraban arrodilladas fregando el suelo.

La más hermosa, al sentirse observada, dirigió la mirada hacia nosotros, especialmente a mí, y dejó escapar un suspiro y una risita tonta. Hizo un gesto a su compañera y tímidamente plasmaron sus miradas en mí.


-Nunca cambiaréis, hermano.


Dijo Anabeth mientras salía al exterior sin esperar una respuesta. Seguí sus pasos y salí junto a ella, con las manos en la espalda.

Frente a nosotros había un prolongado camino que nos llevaba hasta una gran fuente de piedra, adornada con pequeños dragones, sirenas, dioses mitológicos y demás seres. En lo alto de la fuente se encontraba un ángel, con las alas desplegadas mirando hacia el cielo.

A nuestra izquierda se encontraba otro sendero de tierra, el cual nos llevaba hasta unas escaleras de piedra. Bajo esas escaleras teníamos una gran pradera donde solíamos pasear con nuestros caballos.


-¿En qué pensáis? –Inquirí mirando a Anabeth, que se encontraba con la mirada perdida.
-Echo de menos a madre. –Se llevó las manos al medallón y lo apretó contra el pecho.
-Yo también. –Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos. –Tenéis que pensar que ahora se encuentra en un lugar mejor.
-¿Por qué ella? –Preguntó con lágrimas en sus ojos.
-¿Y por qué no? La vida es injusta.


Recogí con mi pecoso dedo algunas de sus lágrimas. Acaricié su rosada mejilla y alcé su barbilla, consiguiendo que su brillante mirada se encontrara con la mía.


-Yo estoy aquí y mientras viva, jamás os dejaré sola. Os lo prometo.


Volvimos a palacio una vez que Anabeth se encontraba mejor y estaba más sosegada. Anabeth subió a sus aposentos, junto a Anastasia, su nodriza.

Yo en cambio, me quedé en la entrada atisbando a los criados que recorrían palacio de una punta a otra, con los preparativos para el esperado banquete.






Llevábamos un día habitando en aquella casa. Un día desde la masacre de nuestra familia adoptiva.
Me levanté con lágrimas en mi rostro. Cierto era que no había dormido en toda la noche, pensando en la trágica muerte de mi familia.

Cerraba los ojos y veía las dramáticas ejecuciones. Echaría de menos las dulces palabras de Marian, la enérgica sonrisa de Fátima, la preciosa mirada de Ajman y los ingeniosos comentarios de Zack.
Los añoraba y tan solo había pasado un día. Tenía que haber muerto con ellos, me lo merecía. ¿Por qué el destino se empeñaba en salvarnos a mi hermano y a mí de todas esas penurias? ¿Acaso aspirábamos a algo mejor?

Caminé por la choza y observé como mi hermano dormía. Observé cómo sus mechones rubios caían por su rostro. Parecía dormir tranquilo y eso me alegró, porque dependía de su escasa habilidad como albéitar, para sobrevivir.

Salí de la casa y caminé por el frío suelo hasta los establos. Allí estaban el caballo árabe que le habían dejado a mi hermano para que lo curara y mi querido Sombra.

Acaricié la cabeza de este y comencé a rascarle detrás de las orejas. Sabía que tenía hambre, pero no tenía nada que darle, al igual que yo tampoco tenía nada de comer.


-Lo siento, grandullón. –Pellizqué sus hoyares y empezó a mover las orejas en señal de afecto. –Yo tampoco tengo nada de comer. ¿Sois amigos?


Sombra relinchó y el otro caballo asomó su cabeza por la puerta. Yo sonreí ante su comportamiento. Tanto a Dougie como a mí nos sorprendía el comportamiento de estos animales y realmente es que eran asombrosos.


-Disculpe.


Un chico de unos nueve años, apareció de la nada frente al establo. Estaba exhausto y llevaba un enorme canasto en sus brazos.


-¿Estáis bien? –Caminé hacia él, remangándome un poco el vestido, para poder caminar.
-Por expreso deseo del capitán Cebo. –Aquel muchacho jadeaba y no articulaba bien sus palabras. –El capitán Cebo quiere que aceptéis este obsequio por su pérdida familiar y si es tan amable debe acompañarme a palacio.


Cogí el canasto y contemplé que en su interior había una docena de huevos, una enorme lechuga y dos mendrugos de pan.

Rápidamente entré dentro de la choza y desperté a Doug, para enseñarle aquello. Él estaba tan desconcertado como yo, pero ninguno de los dos preferimos comer.


-Debo marchar a palacio. Vendré lo más rápido que pueda.
-Mencía, no seas testaruda.


Dougie me abrazó, porque ambos sabíamos que ese abrazo podía ser un adiós. Salí de la casa con lágrimas en mis ojos y dirigí la mirada a la enorme cabeza de Sombra. Su relincho fue muy agudo y bastante melancólico. ¿Y si no volvía a verlos jamás?

Seguí a aquel muchacho, por las calles de la ciudad. Aquel pequeño pícaro no hacía otra cosa que robar en cada tienda del mercado. Me hacía gracia, porque dominaba a la perfección ese arte.
De vez en cuando giraba su cabeza y me sonreía, mostrándome como le faltaban dos de sus piezas dentales.

Antes de entrar en el castillo, me dio una manzana y él desapareció entre una caravana de personas. Comí la manzana, como si nunca hubiera probado una. Devoré incluso lo más cercano al hueso. El hambre hacia que me comportara de ese modo, pero nunca sabías cuando iba a ser la siguiente vez que comieras si pertenecías al pueblo llano.






Al quedarme solo durante tanto tiempo, decidí conocer Tjmud. Al salir a la calle, observé los andares de un percherón que tiraba de una enorme carreta.

Noté que pisaba mal con uno de los cascos delanteros, pero no quise decir nada al dueño, puesto que no se fiaría de la palabra de un joven albéitar y encima forastero.

Mi profesión no era bien vista a ojos de las personas. Era una profesión árabe y al haber otros oficios similares o incluso la propia brujería, no era bien mirada, pese a ser la más exacta.

Me acerqué al establo con un cubo de agua y rellené el pesebre de ambos animales. Me senté en el suelo a contemplarles.

Sombra era un magnífico ejemplar. Era orgulloso, inteligente, altivo y fiel, pero pese a todo era un buen caballo que adoraba a mi hermana. Sombra había sido mi referente de estudio, aunque él no quería que le acariciara nunca.

Observé la diferencia de tamaño entre mi percherón y aquel árabe, pero lo que más me impactó fue el brillo y el pelaje de este con Sombra.
Sus crines brillaban y las de Sombra no. Comprendí que era por la alimentación; ya que Sombra comía quizás dos veces al mes.

No era el mismo ejemplar de hace trece años atrás, pero continuaba siendo tan testarudo como siempre, pese a que todos los huesos se marcaban en su piel.

Me levanté del frío suelo y decidí sacarlos del establo. Me costó mucho ponerle a Sombra una cuerda a modo de cabezal, pero al final lo conseguí.

Até a aquel árabe con otra cuerda y repetí el proceso. Cuando ambos tuvieron el cabezal, crucé otra cuerda y los uní a los dos. Abrí la puerta del establo y decidí hacerles caminar, junto a mí, por las calles de Tjmud.

Contemplé la plaza, del mismo modo que contemplé las pisadas del árabe. Mi veredicto, fue limarle el casco hasta la zona de la incisión y colocarle una nueva herradura, una vez de que la inflamación hubiera bajado.

Volví a casa y por el camino, Sombra comió manzanas de un carro. No le negué el privilegio de hacerlo, puesto que no podía asegurarle una siguiente comida.

Cuando llegué a casa, guardé a los caballos y volví a la fuente. Llené un cubo y comencé a hacer mi trabajo lo mejor que pude y sabía.






Entré en el palacio y unas mujeres rápidamente me hicieron acompañarlas por unas escaleras. Me asombré al verlas tan pálidas y tan limpias; mientras que yo hacía años que no veía mi pálida piel entre tanta porquería.


-Alteza.


Todas hicieron una reverencia al entrar en unos enormes aposentos y yo decidí imitarlas. Aquella chica, de mi edad, caminó observándonos detenidamente.

Sus enormes ojos azules me recordaron a los de mi madre. A diferencia de mí, ella tenía aspecto delicado y caprichoso.

Sus mejillas estaban sonrojadas y su cuerpo estaba cubierto por telas que para mí eran inalcanzables. Su melena recorría su espalda, con una cantidad de adornos que mi cabello jamás llevaría.


-Vos. –Me miró con desprecio. -¿Sois nueva? Eso se ve. –Miró hacia otro lado y caminó hacia el balcón. –Anastasia, lleváosla y limpiadla, que parece que sale de las mismas pocilgas.
-Sí señora.


Me sentí ofendida por su comentario, pero Marian me había enseñado a respetar a mis superiores y decidí no contestar por temor a mi propia vida.
Me llevaron a un enorme patio y me tiraron un cubo de agua encima; justo cuando pasaba un clérigo y un muchacho con espada.

Me sentí abochornada por el trato que me daban. No era un animal y si querían que estuviera limpia no debían de mandarlo así.
No me gustaba mi ama. Era engreída y caprichosa. Todo el rato quería que hiciéramos cosas que ella misma podía realizar sin ayuda de un séquito.

Odiaba mi nuevo atuendo; sobre todo la cofia que escondía mis dorados cabellos.
Decían que era para evitar que le contagiáramos los piojos a nuestra señora, pero con ese trozo de tela todo podía ocurrir.

Marian tenía razón. Éramos simples títeres en manos de los que mandaban y debíamos obedecer todos sus caprichos si queríamos conservar la vida y obtener alimento.


-Podéis retiraros. Hasta que el sol no se oculte no será necesaria vuestra presencia.


Empecé a caminar, cabizbaja, con el resto de doncellas.


-Anastasia, vos y la nueva quedaos.


Aquellas palabras hicieron que mi regreso a casa no fuera posible. Me giré de nuevo a contemplar su rostro y con él su indiferencia a los de mi rango. Con aquellas miradas solamente le faltaba escupirme.

Anastasia estaba acostumbrada a sus desprecios y por su aspecto tan envejecido entendí que era su nodriza, más que una simple criada o dama de compañía.


-¿Cómo os llamáis?
-¿Para qué osáis conocerme si simplemente somos animales para los de vuestra estirpe?


La mano de aquella chica golpeó mi mejilla y yo la escupí.


-Anastasia, ¿ahora damos trabajo a cualquiera?
-Señora, debe de entender que...
-Así es como el pueblo trata a la familia real. ¿Cómo osáis comportaos de tal modo ante mí? ¿Acaso no sabéis quién soy?
-Alguien que todos los días tiene algo que llevarse a la boca y que tiene todo cuanto deseé. ¿Vos no podríais vestirse o simplemente entornar la ventana?


Otra bofetada reposó sobre mi mejilla. Tenía ganas de devolverle las bofetadas, pero si lo hacía me condenaría a muerte, más de lo que mi atrevimiento estaba consiguiendo ahora.


-Vuestra insolencia será castigada. Fregaréis los escalones de este torreón. Así estaréis más familiarizada con la mugre que tan bien os acompaña. –Rió victoriosa. –Agradeced que no he llamado a mis guardias, para que os despojen, furcia.


Anastasia interrumpió, para que yo no contestara ni cometiera ningún improperio. Salí de la habitación cuando Anabeth, que así era como se llamaba mi caprichosa ama, dio la orden.


-¿Estáis loca? –Anastasia me paró de golpe. –Es la princesa. Si hubiera dicho cualquier otra cosa vos estaríais muerta.
-¿Qué más da la vida cuando solo somos esclavos de tiranos?
-Tenéis toda la razón, pero debéis medir vuestras acciones. Anabeth es caprichosa, pero tiene buen corazón y es respetuosa con sus damas. ¿Cómo os llamáis?
-Mencía, Mencía de Rocagris.
-Bien Mencía de Rocagris. –Sonrió. –Yo soy Anastasia de Brook y llevo al servicio de la familia real desde que era como vos.
-¿No os desesperan tantos años de esclavitud?
-Mis hijos no mueren de hambre y si se ha dado cuenta ningún criado está tan desnutrido como vos.


Anastasia se ofreció para enseñarme cada rincón del palacio donde le era permitido acudir al servicio. Continuamos nuestras presentaciones y se sorprendió de mi historia y de mis familiares.

Cuando le dije que eran musulmanes se santiguó repetidas ocasiones y dijo que rezaría por mí. Yo decidí no hablar más de mí, pero ella llegó al tema de los hijos y el matrimonio y al decirle que a mis dieciocho años no estaba casada se rió.


-Si no conseguís buen marido, moriréis sola.
-No tengo en mente tal acto aún.
-Mencía, las mujeres y mucho menos las de nuestra clase social, tenemos derecho a elegir. –Suspiró. –Sois joven y tenéis una mirada que seguro que encandila a algún mozo. No desperdiciéis el tiempo intentando pensar, no vale para nada.


Anastasia me dejó sola, ante una fuente extraña. Tenía una estatua de un angelito, pero otros seres más extraños que no conseguía reconocer. Tan solo reconocí un dragón, pero no estaba segura.

Mientras cargaba con el cubo, para cumplir mi penitencia, me dediqué a pensar en las palabras de Anastasia. Ella infravaloraba nuestras propias capacidades y una mujer podía tener mejores estrategias que las de un hombre en todos los sentidos.

Al llegar a las enormes escaleras de piedra, suspiré y me arrodillé, para limpiarlas.
Mojaba una especie de esponja en el agua del cubo. El agua estaba fría y mis manos en seguida se pusieron moradas.

No habría pasado ni una hora, cuando pasó el muchacho que había visto a mi llegada con el clérigo.
Iba detrás de dos criadas y estas no paraban de reír, cada vez que este las acariciaba.

Volví a concentrarme en mi labor y comencé a pensar en mi hermano, en su labor. ¿Y si no le volvía a ver porque mi nueva ama no me permitía salir de palacio?

Me quedé sin agua en el cubo y tuve que volver a ir al patio, para llenarlo.
El sol se había ocultado y comenzaba a hacer frío. Volví a mi labor, limpiando todos los peldaños de aquella enorme escalera.

No sabía realmente que postura tomar para limpiar; puesto que mis rodillas estaban en carne viva por el suceso cometido el anterior día al ser arrastrada por los caminos de grava.

Terminé de limpiar, pero mi curiosidad sobre cómo serían los banquetes y las fiestas de los nobles me atraían.

Caminé hacia las enormes puestas y me encontré al muchacho que me había guiado por la mañana.


-Muchacho, ¿de dónde habéis sacado ese mendrugo de pan?
-Prometéis no decírselo a nadie. –Asentí, mirando a todos los lados, para vigilar si había algún visitante inesperado. –Lo he robado de la cocina. ¿Queréis?


Aquel muchacho me dio un trozo de su mendrugo y lo devoré con mucho gusto. Era un pícaro y comencé a pensar que si quería conseguir comida, debía hacerme amiga suya.


-¿Cómo os llamáis?
-Christian de Tjmud. –Sonrió y como había ocurrido por la mañana, me mostró su imperfecta dentadura. – ¿Y vos?
-Mencía de Rocagris.


Aquel muchacho no conocía la existencia de los condados del norte, por lo que me senté a su lado y le describí Rocagris como la recordaba mi memoria.

Christian me explicó el por qué del banquete. Se celebraba la llegada del prometido de mi consentida y caprichosa ama, la princesa Anabeth.

Christian y yo nos separamos cuando su mendrugo se hubo terminado. Él desapareció entre las sombras y yo decidí entrar en el salón donde se estaba acometiendo el banquete.






Los Condes de Adroc, junto con la familia de Blackwell aparecieron por la puerta principal a la vez que un grupo de trovadores con cordaje de seda cantaban canciones de un amor no correspondido.

Nos levantamos tras padre y dimos la bienvenida a ambas familias.


-Un placer poder disfrutar de vuestra presencia.
-El placer es nuestro Sir Harry. –Aseveró el Conde de Adroc.

Danny y yo nos disponíamos a retirarnos cuando una voz masculina llamó mi atención.


-Pensaba que no podríais estar más hermosa, pero me habéis impresionado. –Argumentó Thomas mientras tomaba mi mano y acercaba sus labios con delicadeza.
-Gracias, Sir Thomas. –Contesté tímidamente bajo la atenta mirada de mi hermano.
-Príncipe Daniel.
-Sir Thomas.


Sus miradas no reflejaban en ningún momento ni una pizca de simpatía, es más, podría decirse que ambos aborrecían la presencia del otro y deseaban que este paripé terminara cuanto antes.

Volvimos a nuestro trono en el momento que padre ordenó que sirvieran la cena.

La mesa, repleta de plata y oro, fue servida por un copioso número de criados con los mejores vinos y los manjares más deliciosos de todo el reino.

Contemplé cómo un grupo de músicos ocupaban parte del salón. Llevaban prendas largas, de color gris y blanco, y sus voces agudas eran penetrantes y etéreas.






Me quedé impactado por el número de aristócratas que había en esa sala. Los tapices, los músicos, la abundancia de comida en las mesas... Todo estaba fuera del sueño de cualquier plebeyo.

Me escondí entre las tinajas del vino y observé a mi dueña. Ella estaba sentada en la mesa central, al lado del joven que perseguía a las criadas y del rey. Junto a ellos había cientos de nobles; que supuse que estarían sentados por cercanía a la casa real, por su posición aristocrática.

En las mesas abundaban enormes bandejas con lechones asados y todos tenían enormes jarras, que supuse que estarían llenas de cerveza o vino.
Eran felices y no tenían motivos de preocupación. Ese era el ocio de los de su especie, las fiestas.


-¿Qué hacéis escondida?


Me asusté al ver a aquel enano, vestido con un atuendo colorido y con cascabeles. Dos enormes perros le acompañaban.


-No os asustéis, señorita. –Sonrió. – ¿Os apetece escuchar una historia?


Aquel enano se sentó a mi lado y al comprobar que los perros eran inofensivos, empecé a acariciarlos.

Era un trovador, pero no estaba segura de ello, por su atuendo de bufón. Empezó a narrarme una historia de amor.

La historia narraba como una doncella se enamoraba de un caballero y él, al final conseguía enamorarse de ella, a pesar de la condición social más inferior de esta. Pero la historia no concluyó. Tuvo un final triste, en el que ella se marchaba sin saber que él realmente le amaba.


-¿Le ha gustado la historia, Mencía? –Sabía mi nombre, sin que yo se lo hubiera dicho.
-¿Cómo sabéis mi nombre?
-Sé muchas cosas sobre vos y su hermano, el albéitar. Sé lo cruel que ha sido el destino con vosotros. –Sonrió. –Vuestra mirada me ha contado más cosas de las que vos habéis dicho.


Mi asombro era enorme y no sabía cómo reaccionar.


-Debo ir a amenizar la estancia del rey Harry. –Se levantó del suelo. –Artax, Séneca. Vuestro amo os va a reclamar. –Aquellos enormes perros salieron corriendo hacia la mesa en la que estaba la familia real. –Recordad mis palabras de sabio. Nunca penséis que no sois importante, porque lo sois y seréis para muchos.


Salí del banquete, asustada, por las palabras del que posteriormente supe que era Agrón, el trovador más sabio que había en todo el reino de Traylasia.

Volví a casa lo más rápido que pude y me fundí en un abrazo con Dougie.






Un bufón con un traje llamativo reclamó nuestra atención desde el escenario donde se encontraban los demás trovadores.


-Existió una vez una hermosa dama y un noble caballero que a pesar de lo diferentes que resultaban ser, tanto en clase social como en carácter, terminaron locamente enamorados. Por supuesto este amor estaba prohibido, pues no estaba bien visto la amistad entre dos personas de distinto rango social.
Se veían a escondidas, bajo un roble robusto, alejado de sus respectivos hogares, en las pequeñas iglesias fuera de la ciudad, e incluso arriesgaban su vida encontrándose con el amado en las penumbras de la noche.
Ellos eran felices, se amaban; pero como en toda historia, surgió un impedimento, que estropeó aquel cuento de hadas.
Un curioso, enamorado de la dama, andaba deambulando por esas tierras, les descubrió y como buen correveidile que era, no hubo rey, reina, noble, plebeyo, plebeya, que no se enterase de aquella impropiedad cometida por dos jóvenes que solo hacían lo que les dictaba el corazón.
Toda traición viene procedida de una guerra o un problema, y así sucedió. El reino entró en guerra, acabando con la vida de numerosos inocentes. Y ahora me pregunto, ¿tanto daño hicieron una pareja de enamorados?


El bufón cuyo nombre era Agrón, sonrió al plantear la pregunta. Bajó del escenario acompañado de los aplausos de todos los presentes en la velada. 



« ¿Tanto daño hicieron una pareja de enamorados? »


La pregunta que acababa de formular aquel bufón, con apariencia de conocer y
 haber vivido mucho en esta vida, me hacía replantearme muchas cuestiones. Antes de que marchara de palacio, me acerqué a él. Nadie notaría mi ausencia; puesto que Danny narraba como Lazlo, su caballo, era más inteligente que él y cómo conseguía salvarle de pequeños apuros.


-Perdonad, ¿puedo haceros una pregunta?
-Las que deseé señorita.
-¿Ejecutaron a los enamorados? quiero decir, ¿murieron por amor?
-Princesa Anabeth, ¿vos daríais la vida por amor?
-Nunca me lo he replanteado, pero supongo que no.
-Nunca se ha enamorado, ¿verdad? –Preguntó arqueando la ceja.
-No. –Murmuré.
-Cuando lo hagáis, vos misma
contestaréis a su pregunta.