viernes, 10 de octubre de 2014

Capítulo 13




Lluvias. Eso era lo único que el mes de abril traía. Algo bueno, y algo malo. Todo dependía de los ojos con los que miraras el mundo.

Al ver graznar a un precioso cuervo, de negro plumaje, sonreí pérfidamente. Conocía los presagios que esos astutos y bellos animales traían. Unos los asociaban con la muerte, otros con brujas o incluso con el mismísimo Lucifer; pero yo conocía su verdadera presencia en Tjmud. Esa presencia, bajo aquella lluvia fina, no significaba otra cosa que el avance de la Oscuridad. El rey Harry lo tendría complicado si no se dignaba a actuar o si alguno de sus supuestos aliados del sur se negaban a ayudarle, como era de esperar.

El reino estaba en su mayor declive, mientras que el de la Oscuridad gertrya, estaba en su glorioso y dorado apogeo. Era el fin de Traylasia si no se tomaban las más arriesgadas y buenas decisiones.
Yo tenía mis medios, pero no era rey. Aún no. Mi propósito sobre el príncipe estaba casi cumplido. Era un inútil y el rey, su propio padre, no confiaba en ese déspota pelirrojo.

Me alejé de la ventana de mis aposentos y medité mi plan, tras haber hecho un gesto a aquel majestuoso cuervo que rápidamente se posó en el alféizar, tan frío, húmedo y de piedra, de la ventana. Todo iba según mis planes. Tan solo me quedaban por cumplir cuatro puntos y obtendría el trono en bandeja. Sabía que la pérdida de los condados del norte y las constantes guerras con el sur habían sido un gran problema para el rey. Desde la muerte de su esposa, la reina Beatriz, los condados del sur decidieron declárele una amenaza constante por su gran desconfianza al no esclarecer las verdaderas causas de aquella defunción.

Salí de mis aposentos, con aquel cuervo sobre mi hombro, y me dirigí hacia el patio principal del palacio. Quería observar el ir y venir de los asquerosos plebeyos al rendir tributo y pleitesía a un rey que desconocía su ocaso. Algunas de las criadas se asustaron de la presencia del magnífico animal, e incluso llegaron a porfiar contra mí. No me importaba. Conocía que bastante problemas tenían con ser criadas de un tirano, violadas por su hijo y su intento por sobrevivir al hambre y a la peste.

Al bajar más escaleras, divisé a la criada por la que el corazón de mi marioneta suspiraba. ¿Qué veía en ella? Se desconocía el color de sus cabellos, no poseía formas y su aspecto frágil y desnutrido daba a entender que estaba enferma. El cuervo salió volando y la asustó, haciendo que su cubo se cayera al suelo.


-Sois demasiado torpe. –Sonreí haciendo que volviera a mi hombro aquel animal. –Recogedlo. –Espeté.
-Sí, señor. –Su voz temblaba.
-¿Me teméis, puta? –Agarré su cofia y se la arranqué de su cabeza.


Me miró asustada y se cubrió la cabeza para protegerse, mientras se inclinaba sobre el cubo que había dejado caer. Escondía unos preciosos cabellos dorados, que incluso a mí, aún estando enamorado de la belleza de la princesa, me hipnotizaron.


-Pasáis demasiado tiempo con la princesa, ¿os ha hablado de mí? –Acaricié su rostro, obligándola a descubrírselo. – ¿No habláis, perra? –Sonreí al golpear su rostro. – ¿Acaso preferís gemir en la cama del príncipe antes que en la de uno de mis guardias?
-Aún no es vuestro el poder. Puede que jamás lo sea. –Me miró asustada, esperando su castigo. –La oscuridad no podrá avanzar si hay un corazón puro velando por la luz.
-Vaya, vaya. –Reí irónicamente. –Veo que sois contestona. ¿Queréis quedaos sin lengua? –Desenvainé mi espada y la amenacé. –Marchaos, furcia asquerosa. –Tiré su cofia al suelo y cuando esta se agachó golpeé su estómago violentamente, provocándole un gemido. –Mi espada no merece vuestra asquerosa sangre de plebeya.


Me marché de allí, dejando al maravilloso cuerpo volar libre. Aquella asquerosa plebeya me había dado una idea, por lo que fui a mis aposentos a escribir una carta a Blackwell. Nada más llegar a mis aposentos un rayo atravesó el oscuro cielo de Tjmud y tras aquello, un poderoso trueno. Dios estaba enfadado con los herejes de la ciudad y esa era su penitencia, el miedo.

Comencé a escribir, tras humedecer mi pluma en una tinta azul demasiado extraña. Escribí en mi verdadero idioma, olvidando el latín con el que solía escribir comúnmente.


-Sir Thomas, tengo un... –Cebo apareció tras tres golpes en mi puerta. Su inesperada aparición, me provocó tal sobresalto que aquella tinta especial se derramó sobre el pergamino. – ¿Era algo importante?
-Una premisa... A Blackwell avisando de mis planes...
-¿Sus planes? No os entiendo.
-De boda. Mi familia debe saber que el enlace se llevará a cabo en el momento previsto. ¿Qué os hace interrumpirme?
-Hay un rumor.
-Decid, pues. –Guardé el sello que denotaba mi procedencia y linaje.
-Se rumorea que el rey tiene planes para vos. Se dice que quiere que le sustituyáis vos en el trono y no... No su hijo. –Sonreí, ante la tristeza de las últimas palabras de Cebo.
-Alegraos por mí, vuestro nuevo amigo. Yo os he prometido cosas que puedo daros y él... No puede ni asegurar su posición. –Golpeé suavemente su hombro. –Podéis marchaos. Por cierto, capitán. Avisad al rey de que los cuervos rondan cerca. Él lo entenderá.






Las pisadas firmes de Sombra sobre la insegura y húmeda tierra me hacían avanzar hasta palacio. Debía ir a pagar los impuestos al castillo, al igual que todos los demás siervos de las tierras de nuestro rey Harry.

No conocía al rey en persona, pero había oído de labios de mi hermana decir que era un hombre apuesto, a la par que tirano y cruel. Yo no podía juzgarle sin conocerle, pero su apodo "El Terrible" ya denotaba demasiadas cosas de su gloriosa majestad.

Sombra relinchó justo antes de que un rayo iluminara el cielo. Tras él, en aquel cielo tan oscuro como la propia noche, se originó un trueno que nos puso a Christian, Sombra y a mí, nerviosos. Christian se asustaba con los truenos e intentaba ocultarse entre mis ropajes, mientras me abrazaba con fuerza para sucumbir al miedo.


-Douglas, Dios está muy enfadado. Reclama el alma de mi madre, ¿verdad?
-No seáis estúpido. –Espoleé a Sombra, para así poder llegar antes al palacio y no estar tan calados. –Es abril, y ya sabéis que en abril aguas mil.
-Pero esta tormenta no es como siempre. Él... Él está...
-No está enfadado. El Todopoderoso tiene demasiadas ocupaciones allí arriba como para darse cuenta de nuestros actos. Mi pequeño amigo, –Sonreí. –Dios ama a todas sus creaciones y nos protege. No es un castigo; sino un regalo a las sequías de los veranos pasados.
-Espero que vuestras palabras sean ciertas, albéitar.


El verle sonreír me sirvió, para saber que al menos miedo ya no tenía a aquella violenta tormenta.
Los cascos de Sombra resonaron al cruzar el portón del palacio. El cambio de arena embarrada a piedra, se notaba. No solo en el sonido; sino por la forma en la que mi caballo apoyaba su zancada.

Algunos campesinos que iban a pie me miraban sorprendido, al ir montado sobre mi grande y viejo caballo. Tener caballo significaba que pertenecías a una especie de clase media dentro del campesinado al que yo pertenecía; aunque debía de decir que si todo aquel que tenía un cabello, su jamelgo era tan testarudo como el mío; desde luego eso no podía considerarse suerte alguna.

Paré a Sombra en mitad del patio, justo al lado de una enorme fuente. Descabalgamos, aunque Christian prefirió quedarse con Sombra, bajo la lluvia. Le di mi navaja; por si la necesitaba aunque por su sonrisa de pícaro confiado sabía que utilizaría otras tácticas antes de emplear mi viejo utensilio.
Un trueno, posterior a la iluminación del cielo por culpa de un despampanante rayo, inundó de un sonido tan potente que incluso juraría que tembló el suelo.

Me coloqué entre la multitud, colándome entre algunas distraídas mujeres. Sabía que estaba pecando, pero no quería esperar toda la mañana cuando tenía que curar una herida a mi pequeña Rothiar y terminar de curar otro caballo de un guardia.


-Mozo, ¿tenéis cinco coronas o un maravedí de más? –Al girarme al ver el rostro de aquella anciana mujer me asusté. Tenía el aspecto de una bruja y le faltaba un ojo, en el interior de la oscura cavidad derecha, de su arrugado rostro. –Decidme, buen mozo. ¿Podríais ayudarme?
-Lo siento, señora. –Le estaba mintiendo, pero si no entregaba todo el dinero de la bolsa debería de pagar al rey con Sombra o con Rothiar y los necesitaba por igual si queríamos sobrevivir tanto yo como Christian y Mencía. –Aceptad mis más profundos pesares, pero llevo el dinero exacto para nuestro rey.
-Este rey es un tirano, al igual que su padre. Toda la estirpe está maldita, por no querer mejorar su corazón.
-¿Malditos?
-Sí, zagal. –Sonrió pícaramente. –Su estirpe tiene los días contados. Mira sino la llegada de los cuervos. –Escuché un ruido y giré la cabeza, pero al volver a hablar con aquella espantosa anciana había desaparecido.


Me dio mala espina todo aquello, por lo que avancé aún más. Me paré delante de una joven muchacha de rojizos y rizados cabellos que pese a su corta edad, estaba embarazada e iba acompañada de otro muchacho muy parecida a ella. Al verla, me recordó una de las imágenes más dulces que tenía de mi infancia en Rocagris, el ir en busca del salmón del lago Cohen. Recuerdo ese día y como yo, siendo de la misma edad que aquel travieso niño, iba con mi jovencísima madre en cinta a ver como mi padre, se disputaba con otros hombres el coger el salmón dorado de Cohen. Al crecer, me di cuenta que todos los salmones en aquel gélido lago eran dorados y a partir de ahí esa fiesta, tan típica de Rocagris, dejó de parecerme interesante.

No tuve que esperar mucho y cuando la tormenta había cesado, entré en el enorme palacio del trono. Allí estaba el rey, sentado de manera chulesca y tirana en su enorme trono. Su corona adornaba su cabeza, y una aterciopelada capa roja, cubría el que parecía ser un delgado y cuidado cuerpo. Vi facciones en su rostro muy parecidas a las de la princesa; aunque debía de reconocer que en ella eran más femeninas y delicadas.


-Majestad... –Me tembló la voz al hacer la reverencia. –He aquí mis humildes impuestos.


Un enorme perro apareció de la nada en medio del salón.


-¡Estúpido patán! –Exclamó embravecido. –No es tan difícil vigilar a un perro, incluso él es más listo que vos, Lancómide. –Aquel Lancómide apareció en escena, muy arrepentido e intentando se llevar a aquel juguetón animal que respondía, más bien obedecía, bajo el nombre de Seneca. –Depositad el dinero dentro de aquella caja y marchaos.
-¿No lo comprobáis?
-Tengo informadores por el reino y mi deber como rey es fiarme de mis vasallos, ¿verdad?
-Majestad... Yo...
-¡Marchaos antes de que terminéis como el ciervo que cuelga de mi pared! –Espetó de muy malhumor.


Desaparecí asustado, de aquella sala, pero al hacerlo me entró curiosidad de saber cómo estaba mi hermana y también de saber de la princesa, Anabeth.

Me adentré por los interminables pasillos del palacio, haciéndome invisible entre el servicio y los telares. Divisé a mi hermana y justo delante de ella a Anabeth. Mi hermana, como siempre, no parecía muy feliz. No entendía su cabeza y sabía que no le gustaba contarme sus problemas, pese a que lo éramos todo el uno para el otro. Avancé sigiloso tras ellas y sin ser descubierto, me detuve a la espera de averiguar cuales eran los aposentos de la princesa. Los averigüé, al divisar como la princesa se introducía en ellos.


-¿Creíais que no os reconocería, majadero? –Una mano me agarró fuertemente del hombro, obligándome a avanzar en contra de mi voluntad. –Parece que no apreciáis vuestra vida, estúpido campesino. Que os quedé claro y grabado en eso que tenis por cabeza, la princesa jamás se fijará en un asqueroso y zángano plebeyo. Ella está prometida y como bien os dije y ahora os repito, no me queda más remedio que terminar con vuestra vida.
-Dijisteis que sería su prometido, no vos. ¿Acaso no sois valiente, alteza? –Sabía que mis palabras habían enfadado y molestado al príncipe, pero sabía que o moría en un intento de escape o me degollaba delante de todos los criados de palacio.
-¿Sabéis acaso que significa el honor o la honra?
-Sí, ¿y vos? –Me golpeó violentamente en el estómago. –Se rumorea que no tenéis honra y que vuestro honor cada vez es más fugaz.
-¿Quién osa...? –Blasfemó encolerizado. –Honra y honor poseo. Vos, estúpido plebeyo sois quien os arrastráis viniendo a espiar a mi hermana. ¿No os da vergüenza ser descubierto y encima mostrar vuestras vergüenzas como el día anterior? ¡Contestad si sois valiente!
-Alteza... –Christian se interpuso entre ambos, obligando al príncipe a guardar la espada que se disponía a sacar. –No lo hagáis.
-Largaos mequetrefe. –Le empujó violentamente.
-Es un niño, estúpido bastardo. Me da igual que seáis el príncipe, pero no la forma que tenéis de tratar a quien os alimenta. –Le golpeé en el rostro.


Agarré a Christian y ayudándole a levantarse, nos fuimos de allí. Cuando me subí en Sombra con Christian, la mirada del príncipe me encontró. Era tan clara como la de Anabeth, pero sabía que la suya no mostraba un agrado por mi presencia.


-Gracias.
-No me las deis. –Espoleé a Sombra. –Sois mi amigo y por muy príncipe tirano que sea, no consentiré que os haga daño. Perdí un hermano por órdenes de su padre y de un arzobispo, no voy a consentir quedarme sin mi amigo y que violen a mi hermana.
-No es del agrado del príncipe. –Miré a Christian extrañado. –Mencía estará bien y mucho más si el bululú de Cebo va tras ella. Nadie le hará nada, Douglas, y mucho menos el príncipe. ¿Habéis visto la de mujeres que posee?


No quise contestarle. Tan solo me concentré en guiar a mi caballo lo más lejos de palacio. Hasta nuestra humilde y pacífica casa, a la que llamábamos hogar.






Bajo el cielo nublado de aquella mañana, me encontraba simulando unas cuantas estocadas mientras esperaba la llegada de Jed.

Debido a la espera, mi mente volvió a recordar el encuentro que había tenido con aquel sucio plebeyo ¿Cómo podía si quiera imaginar que mi hermana llegara a enamorarse de semejante vasallo?
Era ridículo pensar que pudiera existir amor entre dos personas de distinto rango social. Los plebeyos no eran más que comadrejas que hacían lo que fuera por conservar su detestable vida, asumían su destino sin ni siquiera luchar contra él; igual que los griegos.

La voz de mi odioso padre interrumpió mis pensamientos.


-Daniel, hoy no lucharéis contra Jed, sino contra Thomas. –Aseveró mi padre.


Thomas sonrió sesgando los labios en una raya fina y feroz. Dio un paso hacia donde yo me encontraba, colocándose frente a mí. Empuñó su espada, se tensó mirando al frente, con unos ojos duros e insondables que imponían respeto.


-Cuando queráis.


Dijo mi padre mientras se retiraba a sus aposentos, dejándonos a Thomas y a mí, a tan solo unos centímetros.
De pronto, rajó el aire, dejando que el brazo obtuviera una gran rapidez de movimiento.

Thomas dominaba el arma con destreza; la enderezaba una y otra vez, con una ligereza que cortaba el aliento.
Desciñé la espada y ataqué primero, girando sobre mí mismo y obligando a Thomas a hacer presión sobre su espada. Lo hacía sin pensar, con la mente en blanco, confiando en mi habilidad y en las largas tardes de aprendizaje junto a Jed.
Me imitó con menos gracia y velocidad, pero sin un solo gesto que traicionara su nerviosismo.

Me miró sarcásticamente y no perdió ni un solo segundo para abalanzarse sobre mí e intentar desarmarme.
No lo logró, aunque él era bueno y fuerte, yo lo era aún más o eso pensaba, tras aguantar repetidas veces sus cortas estocadas.

Las hojas afiladas de las espadas resonaban al chocar y, más de una vez, estuve a punto de herirle.
Atacó, raudo y veloz, tanto que apenas vi el ágil movimiento de espada que hizo para derribarme.
Intenté aguantar el embate pero un golpe seco me hizo retroceder contra el muro mientras su espada se encontraba apuntándome el rostro.

De pronto, recordé lo que me dijo Jed en nuestra primera clase: 


« Primero debes bloquear el golpe, interceptar la espada, después atacar. No queráis precipitaros o arriesgareis vuestra vida.»

Conseguí hacer fuerza, de modo que, pude quitarme de encima a Thomas y a su serpiente de metal. Aunque no duró mucho; ya que un empujón y un ataque por el flanco izquierdo consiguió rasgar mi camisa, hiriéndome.
Le miré desafiante, pues, acababa de originarme un profundo corte en el hombro, cerca de la clavícula.

Con un ataque de rabia contorsionando mis facciones, ataqué a Thomas ferozmente. En mi mente ya estaba siendo asesinado, cosa que pondría en peligro al reino; por lo que me limité a calmar mis ansias de verle desaparecer de la faz de la tierra.
Por momentos el dolor me aturdía, pero si le prestaba atención era mucho peor; así que trataba de entretenerme pensando en otras cosas.

En un golpe casi invisible logré herirle, en la pierna, cerca de la rodilla. Pude contemplar una mueca de dolor en su rostro, que hicieron que un alarido saliera de su interior.
Sonreí victorioso y puse fin al entrenamiento, ya que no soportaba más el dolor del hombro.
Una vez alejado de Thomas, miré mi camisa y retiré con suavidad la tela rasgada para poder observar el corte.

Divisé a lo lejos a Anabeth, que se encontraba con una de sus criadas y llamé su atención. Nuestra abuela le había enseñado todo lo que sabía sobre sanación, por lo que requería de su ayuda antes de que padre llamara a un médico y me humillara tras haber resultado herido por el "perfecto caballero".


OoOoO



-No estoy enfadada con mi padre, pero no quiero casarme. –Dije a Anastasia mientras esta me deshacía la trenza.
- El amor puede nacer con la convivencia. Anabeth, muchas doncellas no conocen a su esposo hasta el día del casamiento, y vos tenéis la suerte de tratarlo. –Sonrió a la vez que dejaba el cepillo sobre el tocador. –Ya es hora de que durmáis, señora. Buenas noches. –Dijo cerrando la puerta con delicadeza.


Me quedé sentada en una banqueta acolchada de espaldas a la puerta, mirando hacia el cielo estrellado. Me sobresalté, tras oír un rumor de pasos justo detrás de mí.


-¿Anastasia se os ha...? –Me volví temerosa. – ¿Qué hacéis aquí? ¿Cómo habéis entrado? –Exclamé en un suspiro mientras contemplaba el rostro sonrojado del albéitar.
-Dadme una oportunidad, para poder explicaros esto, alteza. –Su voz temblaba y sus manos no podían estar quitas. –Llamad a la guardia, a vuestro prometido o incluso a vuestro padre o hermano, pero os pido por Dios que me deis la oportunidad de hablar. Entenderé el ser rechazado o incluso vuestro grito avisando de mi presencia, para que me condenen a muerte; pero dejadme hablar.
-Quedaos, por favor. -Murmuré.


Se acercó poco a poco, tímidamente, con aquellos ojos tan azules fijos en mis pupilas; aunque solía descender aquella mirada tan pura hacia el suelo de manera constante.


-Mi presencia no es otra que he de mostraos mi amor por vos, alteza. No dejo de pensar en vos desde hace unos días. Soy diferente, incluso olvido mi condición social; ya que mi corazón late feliz por vos. –Susurró mirando al suelo; haciendo un gran esfuerzo para que las palabras salieran por su boca. –Sé que no soy noble, ni caballero. Que no tengo tierras, ni dinero con el que obsequiaros; pero tengo un corazón lleno de amor que cualquier otro jamás os podrá ofrecer. –Sonreí nervosamente, dándole la espalda, para dirigirme a mi diván. –Tan solo entiendo a los caballos, bueno lo intento; aunque por no saber, no sé ni manejar una espada para batirme en duelo por alguien como vos… – Obligué a callar sus labios con la punta de un dedo para hacerlo callar.
-Lo que cuenta no es la posición o el dinero; sino el valor y el honor de cada cual.


Me acerqué a él. El corazón me empezó a latir deprisa, tan deprisa que daba la sensación que iba a salir disparado en cualquier momento. Levantó la vista del suelo, cuando le agarré su mano y le ofrecí mi rostro, para ser acariciado por sus dulces y cálidas manos. Me acerqué sin temor y noté como cada vez enrojecía aun más de nervios o de vergüenza por estar ante su amada.

Aparté su dorado flequillo, para observar sus preciosos ojos azules cual cielo de invierno. No tuve temor y le besé. Se movían al mismo compás, uno sobre el otro, mientras su mano acariciaba dulcemente mi mejilla, que por aquellos momentos, ardía de excitación.

Estaba disfrutando de aquel deseado beso, pero también tenía miedo de que fuéramos descubiertos. Sonreí al finalizar el beso, y rápidamente me encontré con su mirada traviesa, a la par que inocente. Le abracé con un brío enloquecido, pero me hizo retroceder.


- ¿Qué os pasa?
- No podemos estar juntos. –Inquirió con pesadumbre. –Para mí sois un tesoro inalcanzable. Os vais a casar y…
- No tengo otro remedio. –Murmuré con tristeza bajando la mirada. –No amo a Thomas, es cruel y orgulloso... pero no puedo oponerme a los deseos de mi padre. –Escuchamos un ruido.
-He de irme alteza. –Nuestros labios se unieron por última vez, cuando él salió rápidamente de mi alcoba, protegido por la oscuridad de palacio.


viernes, 26 de septiembre de 2014

Capítulo 12




Observaba el vuelo del halcón del rey. Era el único ser que pudiera considerarse libre en toda Traylasia, pero aún así estaba encadenado al rey cada vez que este saliera de caza.

Mi cortejo con la princesa, estaba parado y aunque de momento no me importaba serle de su agrado, sabía que su corazón latiría por mí, tarde o temprano. Ella solo iba a ser mi pasaporte, para dominar Traylasia y la mujer que traería al mundo al futuro heredero. Eso supondría una renovación de sangre y que el futuro heredero no solo dominaría Traylasia; sino el resto de territorios colindantes.

Fantaseaba la mayor parte del tiempo, sobre todo cuando se trataba de infravalorar la figura de mi querido enemigo y rival en sucesión al trono, el asqueroso principito consentido.
Aquel pelirrojo, bajo mi mandato, hubiera sido asesinado nada más nacer por impuro, pero yo no dictaba las normas por aquel entonces.

Observé los movimientos del príncipe Daniel en su clase con aquel estúpido noble. Si la pelea hubiera sido un baile, se podría haber dicho que el príncipe había sido un gran bailarín, pero aunque fuera bueno con la espada tenía un defecto, era zurdo.


-Sir Thomas, ¿puedo hablar con vos? –Me incorporé del poyo de piedra y comencé a caminar con Cebo.
-Decidme mi querido capitán, ¿qué os perturba?
-El príncipe... Ha... Ha decidido quebrar nuestra amistad. –Tragó saliva de manera nerviosa.
-No os preocupéis. ¿Quién quiere amigos en este mundo de pecadores cuando podemos comprarlo todo con dinero?
-Pero él confiaba en mí. Ha sido mi único amigo desde que quedé huérfano...
-¿Y vos sois el capitán de la guardia real? ¿Pretendéis así que esa criada coma de vuestra mano comportándoos así? –Cebo agachó su rubia cabellera de manera arrepentida. –Sois inteligente, mi querido amigo y posiblemente en un futuro muy bien recompensado por una abundante prole y una gran riqueza en vuestro poder. Los tiempos de oscuridad van a volver y créame, gente como vos será beneficiada.
-Habláis muy seguro de que seréis rey, pero el príncipe Daniel...
-El príncipe Daniel. –Suspiré. –Solo es un peón más en esta partida de ajedrez.
-No os entiendo.
-Os descubriré poco a poco los misterios que me rodean, pero aún no es el momento.
-Sir Thomas... ¿Cree en aquella leyenda?
-Es la única forma de creer como esta familia de bastardos llegó al poder, se extinguieron los seres mágicos y hay esos conflictos con los Gertryos. –Parecía que Cebo reflexionaba mis palabras. –La historia se repite y la Oscuridad va avanzando. Pronto habrá una guerra que cambiará por completo a Traylasia.


Cebo meditó mis últimas palabras, y con una sonrisa, decidió cambiar mi compañía por la de su yegua. Por mi parte, yo opté por terminar mi paseo por el jardín.

Justamente, pasó a mi lado la doncella por la que Cebo suspiraba y me pareció una recompensa demasiado indigna, para alguien como él.
Aunque fuera plebeya, aquella furcia necesitaría a un hombre, no a un mercenario que en cuanto fuera inservible la cambiara por otra más joven, condenándola a ser un despojo social.

La muchacha, pasó con un cubo junto a mí y cuando desapareció, volví a fijarme en como el acero del príncipe golpeaba cada vez con más rabia y nerviosismo en la espada de su rival. Mi presencia le incomodaba, pero le tenía en un callejón sin salida, del que jamás podría salir.






Desde que había compartido miradas con la princesa, aunque hubiera sido de manera fugaz, me sentía más feliz o animado. No sabía cómo expresar el gozo en el que me encontraba sumido desde hacía un par de días.

Me encontraba distraído, pero a la vez, aunque fuera contradictorio, me encontraba muy aplicado en mi labor como albéitar.
El nuevo animal que estaba a mi cuidado era otro caballo de uno de los guardias. Este caballo poseía heridas de guerra.

Su amo, borracho, le había llevado por senderos peligrosos y unos asaltadores de caminos, le habían herido. El caballo, parecía haber intentado protegerle con su vida, pero su amo ni siquiera había sido capaz de agradecerle su acción y le veía como un estúpido animal imposible de doblegar.


-Christian, ¿vos conocéis al dueño de este ejemplar?
-No, Dougie. –Sonrió. –Creo que es un nuevo guardia. ¿Queréis que vaya a investigar a palacio?


Aquellas palabras me dieron una arriesgada idea. El poder ver a la princesa una vez más, para contemplar su belleza, cegaba mis capacidades mentales.


-Iré yo.
-¿Estáis seguro?
-Sí, Christian. –Acaricié la costura de una de las heridas de aquel pinto. –Así veré a Mencía.
-Como gustéis. –Sonrió pícaramente. –Seré un crió, un hijo de puta, pero yo sé que vos estáis enamorado. ¿De quién? Eso lo desconozco, pero creo que no me equivoco.


No podía encubrir nada. Christian me había descubierto y al ser la primera mujer por la que mi corazón palpitaba, no sabía ocultar aquel enorme sentimiento.


-Vos nunca os equivocáis. –Sonreí.
-¿Querréis mi ayuda en un futuro o preferiréis la ayuda de una vieja astuta y ladrona?
-¿Os referís a una trotaconventos?
-Sí. Arpías que solo buscan ser aduladas, para conseguir dinero.
-Prefiero vuestra ayuda, pero no os hagáis ilusiones. –Me dejé caer en el suelo y contemplé como Rhotiar rumiaba un poco de paja. –Ella no... Nunca se fijará en mí.
-¡Os habéis enamorado de la...!


Tapé los labios de Christian, ejerciendo presión, para conseguir su silencio. Afirmé tristemente, y me levanté del suelo.


-Será algo imposible. –Destapé los labios de Christian.
-Puede que sea prohibido, pero en el amor nada es imposible. –Me enseñó la lengua, mientras me guiñaba un ojo. –Id, donjuán y dadle motivos por los que deba amaros a vos sin tierras y dinero, que a un estúpido noble.


Despeiné a Christian y decidí hacerle caso. Aprovechando que tenía la camisa de los domingos en el establo, me cambié de camisa, cogí a Sombra y partí hacia palacio.


-Cuidad la casa y no robéis nada.
-Descuidad, Douglas. –Sonrió, acariciando a un galgo que pasaba por allí. –Id a ver a vuestra dama, mientras yo pienso algo y cuido de vuestra casa.
-Una última cosa, mi pequeño amigo. No toquéis al caballo del nuevo guardia. Una de sus heridas está infectada.


Christian hizo un gesto, dándome a entender que lo había entendido y yo partí tranquilo, algo nervioso, pero con la conciencia tranquila al confiar en Christian.

Espoleé a Sombra y no tardé mucho en llegar a palacio. Me aseguré de que no había ningún guardia y me adentré en el patio del palacio. Seguí la música y guié a Sombra hacia ella.

Aquel magnífico sonido, salía de una enorme ventana, que estaba tapada por un gran tapiz. Sombra estaba nervioso, pero conseguí calmarle, para que no llamáramos demasiado la atención.

Calculé la distancia de la ventana y al observar la altura de mi caballo, decidí ponerme de pie sobre su grupa. Me tambaleé un poco, pero Sombra no me falló y se quedó quieto.
Me agarré al borde de la ventana y aparté, entre temblores, la tela del tapiz.

Contemplé la belleza de la princesa. Ella era el motivo por el cual aquella estancia brillaba. Noté como Sombra se movía y eso hizo que mi mano derecha resbalara.


-Majadero, ¿qué observáis en las alturas?


Sombra se movió, tras las palabras de aquel hombre. No me dio tiempo a observar quien era mi descubridor. Sombra desapareció bajo mis pies y quedé colgado, aguantando todo mi peso sobre mis brazos, de aquella ventana.

Si caía era hombre muerto y si la música paraba, también. Sufrí por mi vida, y decidí graduar mis fuerzas. Silbé a Sombra, pero él no acudía a mi llamada.


«-Estúpido equino. –Blasfemé en mi mente»


Para hacer más humillante todo aquello, la cuerda, que actuaba de cinturón, se rompió y provocó la caída de mis calzones. Suerte que la camisa ocultaba mis vergüenzas y no se me veía nada.

Escuché las risas, de mi descubridor y por su tono, parecía alguien joven.


-¡Bajad y dejad de humillaos!


Tenía un problema, mi única forma de bajar, era dejarme caer. La altura era alta y mi caída de espaldas. Estaría loco si me soltaba.

-¿Necesitáis ayuda? Creo que sí.


Escuché el sonido de unos cascos, colocarse bajo mis pies y noté unas frías manos acariciar mis piernas.


-Soltaos y caeréis sobre mi caballo.


Le hice caso y me dejé caer sobre el caballo, aunque terminé en el suelo al poco tiempo.
Me subí los calzones, ocultando mis vergüenzas, y sin mirarle a la cara, me puse en pie. Sabía que mis mejillas habían cambiado su color a rojo; puesto que me ardían.

Le miré de soslayo, su pelirroja y rizada cabellera, y marché por Sombra.


-Sois valiente, viniendo a espiar a mi hermana. Por esta vez, os dejo con vida, pero la próxima... No seré tan benévolo y no seré yo quien os mate; sino su prometido.


Galopé a lomos de Sombra, marchándome lo más rápido que pude de palacio. Había perdido mi honra y mi honor. Había quedado como un hazmerreír. Daba gracias a Dios porque no me hubiera visto la princesa, aunque estaba compungido por la amenaza del príncipe. ¿Qué haría yo?






A aquella hora el arzobispo, Adso de Baskerville, estaba a punto de acudir a una de nuestras reuniones semanales.

Mientras esperaba su llegada, me dediqué a contemplar el retrato de mi abuelo, Harry I. No le llegué a conocer en persona; pues murió luchando por su patria, pero me habían contado que era un hombre justo y honorable, aunque hubo veces que la bondad le cegó tanto que algunas situaciones se le fueron de las manos.
Por esa razón, en mí no podía existir ni una pizca de bondad, tenía que mostrarme firme y estricto; a imagen y semejanza de mi difunto padre.

Llamaron a la puerta y tras ella se encontraba el arzobispo, acompañado de un sirviente.
Me levanté, como muestra de afecto y educación y le hice tomar asiento.
La luz diurna acentuaba los rasgos del rostro del mitrado; una barba puntiaguda, una nariz aquilina y una mirada penetrante, reconocible en cualquier lugar.
Era un hombre mondo, robusto y regordete, en el cual confiaba plenamente, era como mi mano derecha, ya que estaba enterado de todos y cada uno de mis asuntos y preocupaciones.


-¿Qué me diríais si tuviera en mente entregar el trono al Sir Thomas?
-¡¿Habéis perdido el juicio?! 
Exclamó cortando el aire con la mano.
-Es una buena manera de fortalecer el reino. Sir Thomas tiene astucia y gran diligencia.


Una sonrisa torcida se dibujó en mi rostro. Sabía que estaba en lo cierto, y esa decisión haría al reino de Traylasia más fuerte y poderoso. Thomas de Blackwell ya me había demostrado su poder de persuasión
y su lealtad al reino, mirando siempre lo mejor para este.

Adso, se movía de forma intranquila por la estancia, yo en cambio no me moví de donde estaba, sino que perseguía con los ojos su andar, como si le hubiera medido el paso.


-¿Y qué haréis con el príncipe Daniel?


Me acerqué al ventanal que daba al patio trasero, donde Daniel estaba entrenando con Jed.
Su forma de luchar y de afrontar los problemas no nos llevarían a ninguna parte, simplemente ocasionarían más inconvenientes.


-Lo ignoro. Aunque algo se me ocurrirá. 
Dije con firmeza. De momento, no habléis de este tema con nadie. ¿Me oís?


Exclamé haciendo un gesto disuasorio.
El arzobispo asintió. Por un instante parecía que se retiraría, pero no lo hizo; en lugar de eso, dirigió la mirada hacia un viejo escudo grabado con un blasón con cuatro franjas de oro y de gules, que recordaba la nobleza de nuestro linaje.


-Ya podéis retiraros.


El mitrado hizo una ligera genuflexión y salió de la sala.






Desconocía el poderoso por qué de mi intranquilidad. Esto me provocaba un estado de aturdimiento con el que era incapaz de obtener la concentración necesaria, para tocar aquella odiosa melodía en mi virginal. Tenía aún el leve recuerdo de aquel muchacho, el albéitar; y eso despertaba en mi interior una emoción ardiente y a la vez alegre. Conseguía hacerme sonreír sin ningún motivo, lo cual llevaba mucho tiempo sin hacer.

A pesar de aquella sensación, había algo en mi interior que impedía que floreciese el sentimiento al que todos llamaban amor y el cual era tan desconocido en mi propia persona. Mis pensamientos cambiaban deprisa, como el viento, y me torturaban constantemente. Turbando todo aquello que hasta ahora, pensaba que era lo correcto. Conocía de antemano que estaba prohibido enamorarse de alguien diferente a otro estrato social. Debía olvidarme de él y de aquel sentimiento que me ofrecía el recuerdo que poseía de él. Era luchar en vano por un amor imposible, que tal vez no llegara a ser amor y simplemente un grado de atracción que Sir Thomas no me ofrecía.

Dejé de torturar mi virginal y me dirigí a mi alcoba. Al llegar, retiré las cortinas de terciopelo que ocultaban los grandes balcones; a la vez que transfería la mirada hacia un despejado cielo, transitado por pequeñas aves que volaban sin rumbo. Al fin y al cado, hasta que el halcón de mi padre no fuera liberado, eran libres. Todo en Traylasia era dominado por mi padre y a su vez, ni si quiera yo gozaba de libertad en aquel reino y estado al que pertenecía.

La brillante luz del mediodía se reflejaba en mi medallón, que destellaba como un cristal en medio de un claro de un frondoso bosque. Vislumbre a lo lejos a mi hermano dirigiéndose junto a Jed al patio trasero; donde era habitual encontrarles practicando el arte de la espada. Cada vez que miraba a Danny me venían recuerdos de mi madre y de aquellos días en los que éramos una verdadera familia, sin secretos, ni desprecios. Aquellos días en los que éramos felices.

La voz dulce de Mencía interrumpió mis pensamientos. Le hice un gesto, para que se acercara y pudiese contemplar, junto a mí, la mañana tan primaveral que se nos presentaba. Esta se colocó a mi lado, mirando al horizonte, mientras escondía algunos mechones que se le escapaban de la cofia.


-¿Puedo haceos una pregunta?
-Las que deseéis, alteza.
-¿Ninguno de los dos estáis casados? –Inquirí mientras apartaba la mirada de unos ojos idénticos a los del albéitar, y me apoyaba en la barandilla.
-¿Quiénes, alteza?
-Vos y vuestro hermano. –Sonreí.
-No. ¿Es necesario que vos conozcáis tales cosas?
-Tan solo es curiosidad. –Respondí pesadamente, evitando que nuestras miradas se cruzaran. –Si trabajáis para mí, necesitaré saber ciertas cosas sobre vos y vuestra familia.


Un repiqueteo en la puerta consiguió que nuestra conversación finalizara.


-Podéis retiraros. –Hizo una reverencia y dejo tras de sí a mi padre.
-Vuestro prometido desea pasear por los jardines junto a vos. No le hagáis esperar.


Salí de mis aposentos con una sonrisa, tras haber respondido a la pregunta que llevaba rondándome en la cabeza desde el día en que mi mirada y la del joven albéitar se cruzaron en el mercado.


martes, 16 de septiembre de 2014

Capítulo 11


Me encontraba en una fría y sombría habitación, con una ventana estrecha de la que procedía la poca luz que irradiaba del exterior. Miré en derredor, intentando averiguar que era este lugar.

Las paredes cada vez se hacían más estrechas, y el suelo parecía que se iba a derrumbar en cualquier momento.

Sentí que el corazón me latía tan fuerte como si se fuera a romper.

Me apoyé en la pared, palpando su rugosa y fría superficie, en busca de una salida para escapar de allí lo antes posible.
Un fuerte hedor llegó hasta mi nariz, acompañado de una oleada de aire que consiguió erizar los pelos de mis brazos.
Busqué en mi cinturón el puñal que siempre llevaba conmigo, pero no estaba.

Una fuerte agonía se apoderó de mí. Quise gritar pero lo único que salía de mi interior eran pequeños sollozos que me hacían más ridículo aún.

Corrí sin pensarlo dos veces hacia la profunda oscuridad, pero nada más hacerlo un agudo y penetrante chillido retumbó confusamente en el pequeño habitáculo. Paré en seco cuando a lo lejos vislumbré una sombra alumbrada por una antorcha. En ese momento decidí cambiar de dirección y volver sobre mis pasos.
Cuando me di la vuelta, ese mismo hombre estaba situado frente a mí, con un puñal en la mano. La antorcha alumbró su cara y pude reconocerlo. Era el Sir Thomas y padre yacía a sus pies, bajo un charco de sangre que llegaba hasta mis pies descalzos, empapándolos.

Antes de que pudiera reaccionar, Anabeth apareció tras él.
Le miró de forma cómplice y ambos sonrieron.


-¿Qué está pasando Anabeth?
-¿No te has percatado aún? -Se acercó a mí, jactándose y empujándome. -Me casé con Thomas y se convirtió en el heredero al trono.
-¿Qué hago aquí?
-Las ratas como tú deben estar en sitios así. Nadie te echó de menos, pues nunca fuiste nadie ni lo serás.


La voz se repetía una y otra vez, como si se tratara de un eco.

Me senté en la cama de golpe, jadeante, con algunos mechones pegados al cuello por un sudor frío. Miré a mi alrededor. Solo había sido una pesadilla.

Intenté calmarme, levantándome de la cama y asomándome al balcón, espirando el aire fresco de la mañana.

Eché agua sobre mis manos y mojé mi cara.
Apenas recordaba el sueño, pero lo que si memorizaba eran las últimas palabras que pronunció Anabeth. 




«Nunca fuiste nadie, ni lo serás»


¿Y si era verdad y nunca nadie me tomaba en serio y me convertía en el hazmerreír de Traylasia?

Estaba tan sumido en mis pensamientos que no me percaté de que estaban llamando a la puerta hasta que el criado entró pidiendo permiso.

Dejó mi atuendo recién cogido de la cuerda sobre la cama y se retiró haciendo una reverencia. Me ayudó a vestirme, primero colocándome las calzas, que me iban tan ceñidas que dibujaban perfectamente la exagerada torsión de mis piernas. Me vistió con una camisa de lino y unos pantalones apretados en la rodilla.


Me puse de pie y, a continuación, ajusté el puñal al cinturón.
Poco después me ciñó la camisa; me calzó unos borceguíes de piel fina.


-Arreglad la estancia.

Le ordené al criado cuando terminó de vestirme. Dejé mi alcoba con la camisa inflada por la corriente de aire fresco que atravesaba el pasillo. Lo atravesé sin detenerme, caminando con altivez.
Bajé la escalera y con cuatro zancadas llegué a la puerta de entrada, la que llevaba a los jardines. La puerta estaba protegida por dos guardias que, con solo verme, retiraron las lanzas para dejarme paso.

Caminé por los hermosos jardines, hasta que finalmente me apoyé en la barandilla.
Mientras disfrutaba de las vistas de Tjmud, una mano se posó sobre mi hombro. Me giré y me encontré con el que se hacía llamar mi amigo.


-Vengo a disculparme por mi comportamiento hacia vos.
-Teníais órdenes de no actuar sin mi permiso, ¡¿y qué hacéis?!
-Cumplí órdenes del Sir Thomas.
-¡Aquí mando yo, no él! ¿Os queda claro? -Grité furioso.
-Sí, señor.
-¿Qué miráis?
-En lo que os habéis convertido.
-¿Y vos? Ahora sois un ruin y un estúpido traidor al que le importan más unas monedas de oro que una amistad.

Cebo embistió con una mirada dura e insondable que desafiaba la mía. No respondió, pero así me lo hizo entender.
Se retiró, llevándose consigo los seis años de amistad.
Y en ese preciso instante me di cuenta de que no nos tenemos que atar del todo a una persona, porque como todo en esta vida, nada es para siempre y las puñaladas vienen de las personas que menos imaginamos.







Bajamos al mercado escoltadas por nuestros mejores hombres. Iban armados y llevaban el rostro cubierto con unas capas forradas de satén carmesí.

No rechacé su protección, ya que temía por mi vida, después de lo ocurrido hacía unas cuatro semanas, en aquella misma zona.

Al principio del mercado se encontraba una joven hilandera, sentada sobre un escabel, mientras hacía girar el huso con movimientos ligeros y precisos, hasta que conseguía un hilo fino y limpio.

Levantó la vista e intentó vendernos los paños que tejía con lana cardada e hilo buriel. Parecía una niña de doce años, tenía la mirada tímida y triste y trabajaba para un hombre viejo que la gritaba cada vez que descansaba o se distraía mirando a los demás vendedores.

Nos adentramos en la plaza, y divisé un enjambre de personas mercadear entre bancos y puestos. El aire estaba impregnado de olores densos y hedores que no conseguía distinguir.

La actividad caótica del mercado, duraba desde que los primeros rayos de sol desgarraban el cielo, hasta el atardecer con la caída del sol.

Un olor a pan recién hecho me envolvió por completo. Muchos de los obradores eran regentados por mujeres que amasaban pan, lo tostaban al horno de leña, y cuando lo tenían cocido lo iban vendiendo por las calles de la ciudad y la plaza.


-¡A medio maravedí! ¡Mirad que pan tan bueno tengo!


La panadera alzó su voz, en medio de la plaza para que la prestáramos atención. Iba deprisa, sin entretenerme en ninguna parte, al no ser que la mercancía que tenían expuesta sobre los mostradores me llamara la atención.

A lo lejos, vi al viejo mercader que vendía hierbas y especias picadas. Requería varias de ellas para que Anastasia las mezclara e hiciera el ungüento que mi madre le había enseñado para curar los catarros.

Tenía pimienta en grano, nuez moscada, comino, anís, azafrán, clavo, y otras muchas que no conocía y que desprendían un olor intenso.


-¿Le queda eucalipto y menta?


Me tendió dos hatillos y le pagué los maravedís correspondidos. Una vez compradas las especias y demás, me dispuse a echar una ojeada por si hubieran traído nuevas telas.

Anastasia, al igual que Mencía, cada vez que visitaban aquel sitio, se quedaban sorprendidas por los colores de las telas y los olores perfumados que desprendían los velos.

Volví la cabeza atrás, mientras Anastasia preguntaba por el precio de unas telas de damasco negro y carmesí.

Mi mirada se encontró con los ojos inquietos del albéitar, el cual semanas atrás había curado a Bruma. El corazón me dio un vuelco y una sonrisa se extendió en mi rostro.


-Alteza, ¿qué os parece esta?


Iba acompañado de Christian, el pequeño pícaro que deambulaba a veces por la cocina del castillo, y que Mencía había protegido del Capitán Cebo.

El hermano de Mencía sonrió mientras miraba al chico, luego volvió a mirarme, clavando sus pupilas azules en las mías, consiguiendo que un escalofrío recorriese mi columna vertebral de arriba abajo
¿Por qué estaba nerviosa cada vez que le veía? ¿Qué despertaba aquel muchacho en mí?


-Alteza, ¿me estáis escuchando?


La voz de Anastasia sonó plena en mi espalda. Me giré sobresaltada e intenté disimular.


-Sí. Son distinguidas y tienen buen tacto, pero ya es tarde, tenemos que volver a palacio.
-Como deseéis.


Nos encaminamos hacia la entrada del mercado, seguidas de los dos hombres. Uno de ellos, el más alto y corpulento se había quedado prendado de la vendedora de velos, pero por desgracia, esa mujer ya estaría casada, al igual que la mayoría de las mujeres de Tjmud.

No había signos de tormenta, por lo que no agilicé el paso. Antes de traspasar la gran puerta, Anastasia miró hacia el cielo barrido de nubes y balbuceó unas palabras a los hombres que protegían el castillo.

Los soldados se acercaron a Cebo, y este me saludó mientras me dirigía hacia los jardines. Mi padre se encontraba hablando con Sir Thomas y cuando me vieron, callaron, dedicándome una sonrisa. Les saludé con la mano y seguí andando hasta las cocinas.


-Podéis retiraros.


Subí a mis aposentos y dejé las especias sobre la mesita redonda que estaba situada en medio de la alcoba. Caminé hacia los aposentos de mi hermano y di tres tímidos golpes, en su puerta.

Era nuestra señal, para saber que éramos nosotros y no otra persona. Cuando escuchó el tercer toque me dio permiso para entrar.
Estaba asomado al balcón, mirando hacia el cielo. Suspiró y cuando se volvió para mirarme, le noté decaído y triste. ¿Qué le ocurriría a Danny?






El ocaso del día, estaba dando inicio a las gélidas temperaturas de la oscuridad. Tanto Sombra como yo, cada vez que exhalábamos el aire de nuestros pulmones, dejábamos aparecer el vaho de nuestro calor interno.

Sonreí al recordar las palabras de mi verdadera madre cuando era un niño. Ella siempre decía que el vaho era parte del alma que quería escapar, pero que al darse cuenta del frío que hacía en el exterior de nuestro ser, ella regresaba. Según ella el vaho era el retorno del alma, tras haber sentido el frío del exterior.

Las calles de Tjmud habían perecido, tras la caída del sol y ahora mucho más, después de la quema de los prostíbulos.

Había decidido ir solo, con la única compañía de Sombra; puesto que necesitaba que Christian permaneciera en casa, vigilándola y también, porque era la única forma que conocía, para poder mantenerle a salvo.

La pequeña antorcha que portaba, me alumbraba y daba algo de calor, pero temía por Sombra; ya que no quería que se derramara nada del aceite que llevaba aquel trapo en llamas.

Iba desarmado y a decir verdad sentía miedo, pero era la única manera de velar por la vida de mi hermana. De todas maneras, no sabía manejar una espada y aunque tuviera una, lo más probable es que la dejara en el suelo y huyera.

La única arma que sabía usar era mi navaja de pastor, y con ella ya había matado a un hombre hace mucho tiempo.

Acaricié a Sombra, cuando espoleé su cuerpo, para que agilizara su paso. Descabalgué al llegar a palacio y al bajarme, acaricié aquella marca, en forma de tridente, que poseían todos los Gertryos, como símbolo de su raza.

Mientras le estaba acariciando, cerca del patio principal del palacio, en el cual se nos permitía la entrada, vi a mi hermana tras su fría ama, aunque desde que aquella misma mañana la había visto en el mercado, ya no me parecía tan fría.

Su mirada era tan azul como el cielo y su piel, tan pálida que le daba un aspecto frágil y dulce. Supuse que sus refinados modales, le harían una dama muy deseada. No pude apreciar nada su aspecto, ni su figura; puesto que no disponía de la iluminación suficiente, para contemplar sus gráciles movimientos.

Mi hermana se acercó hacia mí cuando su ama le dio la orden. Mencía rápidamente se colocó una tela sobre los hombros y caminó hacia donde yo me encontraba, sujetando a Sombra con una mano, y con la otra, la antorcha.

Por un momento pensé que nuestras miradas se habrían cruzado, al igual que en el mercado, pero supuse que no fue así.

Cuando Mencía estaba lo suficiente cerca de mí, contempló mi nervioso rostro y aunque intenté disimular, ella era muy inteligente.

Volvimos a casa, sin mediar ninguna palabra. Ella montaba a Sombra y yo caminaba al lado de ambos, alumbrando el camino.

Durante el regreso a casa, noté una sensación extraña en mi cuerpo. No eran nervios, ni tampoco malestar. No entendía lo que me estaba sucediendo, pero fuera lo que fuere me hacía sentirme más vital y eso hizo que suspirara. ¿Me sentía atraído por los encantos de la dueña de mi hermana? Supuse que la respuesta era un dudoso sí. Dudoso, porque aunque ella se fijara en mí y me llegara a amar, algo casi imposible, jamás igualaría su condición social y no sería tan rico y poseedor de varias tierras, como algún noble.

Mi familia no era de sangre real, ni noble. Mis verdaderos padres eran pastores y mis padres adoptivos unos musulmanes que tanto su religión, como la nuestra les había arrebatado todo.

Ajman fue inteligente y repartió su sabiduría entre mi hermana y yo. ¿Quizás pensó en que algún día ocurriera lo que ocurrió o que quería darnos un buen futuro dentro de tanta miseria? No podría contestar en mucho tiempo a esa pregunta, al igual que a la de si mi hermana había notado que mi corazón estaba latiendo de manera desbocada por aquella mirada de la princesa.

Al llegar a casa, ella guardó a Sombra y cuando entró, simplemente comió una manzana, y al igual que Christian, se quedó dormida justo al fuego.

Yo me mantuve despierto más tiempo. Observé aquel poblado cielo, repleto de estrellas, y le confesé a la luna mis sentimientos hacia Anabeth, la princesa de todo el reino de Traylasia.




                                                                        OoOoO




Había hervido las sábanas de la habitación de la princesa. Estaba tendiéndolas, cuando me di cuenta de algunas quemaduras en mis manos. No las di importancia, como hacía con mis demás heridas, pero me molestaban cada vez que cerraba la mano.

Mis nudillos estaban amoratados del frío y no notaba la circulación de la sangre por los dedos de mis manos y pies.

Noté una caricia en mi espalda y me quedé atónita. Sin habla y prácticamente inmóvil, cual estatua de mármol.


-¿Queréis qué os ayude?


La voz de Cebo ya era irreconfundible, para mí. Coloqué la sábana en la cuerda y al hacerlo comenzó a besar mi cuello, deslizando sus manos por mis brazos.


-¿Me habéis perdonado ya?
-¡Os dije que nunca lo haría y mucho menos os amaré! –Grité con ira, alejándome de él. –Podéis arrebatarme mi honra y con ella la de mi hermano, pero jamás podréis obtener mi corazón.
-Decidme el motivo, por al que rechazáis mi cortejo.
-Cumplisteis órdenes y decidisteis matar a mi familia sin piedad. Mandasteis decapitar a dos niños inocentes y derramasteis la sangre de un hombre y una mujer honrados, cuyo único pecado fue ser musulmán.
-Eran ratas, todos lo sabemos. –Sonrió, chulescamente. –Vos siempre les verá con buenos ojos, porque fueron su familia, pero créame les hice un gran favor.


Abofeteé la cara de Cebo, bajo su asombro. Era mujer y por lo tanto no podía pegar a ningún hombre y mucho menos al capitán de la guardia real.


-No me importa el tiempo. Yo seguiré insistiéndoos cada vez que os vea...
-Y siempre obtendréis mi misma respuesta. Jamás os amaré y aunque me obligarais a hacerlo haría todo lo posible por quitarme la vida, antes de estar con vos.


Recogí del suelo la cesta, en la que había llevado anteriormente las sábanas. Abandoné a Cebo y cuando supe que estaba lo suficientemente lejos, rompí a llorar.

No aguantaba más mi orgullo y sabía que si quería dejar de vivir en aquel infierno, tarde o temprano tendría que aceptarle y fingir que le amaba.

Mi sueño de poder encontrar el verdadero amor, parecía quebrarse y de tal modo, mi única vía de escape de la realidad.

Me sequé las lágrimas y entré en las cocinas, para después subir a los aposentos de mi ama. Ella no estaba allí, por lo que decidí esperarla.

Me acerqué al enorme ventanal, de piedra, que estaba tapado por un inmenso tapiz y apartando un poco aquellas gruesas telas, observé el reino desde las alturas de aquella torre.


-¿Qué hacéis husmeando tras el tapiz?
-Nada señora. –Dije nerviosa, apartándome de la tela y caminando hacia ella.
-¿Mirabais Tjmud? –Sonrió, mientras me daba permiso para adentrarme en su alcoba.
-Sí, señora.
-¿Conocéis la historia de la ciudad? ¿De mi familia? –Negué moviendo mi cabeza.
-Sentaos a mi lado, al fin y al cabo no todos los días creo que seré tan agradable con vos. –Sonreí al sentarme a su lado en su mullida cama. –Hace mucho tiempo, todo el reino de Traylasia estaba sumido en la oscuridad del reino gertryo. En el reino no había orden, tan solo guerras, muerte y destrucción. La resistencia se había escondido en el actual bosque tóxico de Ifnish, y desde allí comenzó la reconquista. Lucharon nobles y campesinos en contra del pueblo invasor, con ayuda de los seres mágicos que pronto fueron diezmados y aniquilados del reino, por culpa de las incontables batallas. Mi tatarabuelo, Frederick de Sothya y Westtnar, consiguió con ayuda de sus hombres, acabar con el rey gertryo Yumari Ibn Freestemort.
-¿El malvado Rey de la Oscuridad?
-El mismo, mi querida criada. Mi tatarabuelo consiguió aniquilar a todo su ejército y cuando estuvo acorralado y a punto de morir, se rindió. La paz volvió a Traylasia y con ella el origen de mi familia., tras el matrimonio de mi antepasado con una ninfa del bosque. Los gertryos supervivientes se trasladaron al norte y cuenta la leyenda que tras la rendición de aquel malvado rey, fue asesinado por los dragones que tan cruelmente había ido aniquilando y cazando como trofeos en los tiempos de oscuridad. Las antiguas escrituras dicen que sus restos fueron diseminados por el bosque Ifnish y que por eso se volvió tóxico, para los humanos y resto de seres que no fueran mágicos.
-El Bosque Oscuro, que actúa de frontera con los condados del sur. –Susurré hacia mi interior.
-Tan solo es una leyenda y las ciudades, como Tjmud se crearon a imagen y semejanza que las ciudades de La Resistencia. –Suspiró y comenzó a juguetear con su colgante. –Mi madre pertenecía a uno de los condados del sur y su boda con mi padre supuso una alianza con ellos, al igual que mi boda, para los estados del este.
-¿Y qué ocurrió con los animales mágicos?
-Las lenguas del sur dicen que todos se refugiaron en el bosque, mientras que la Iglesia asegura que todos los seres mágicos fueron muriendo poco a poco hasta llegar a la extinción.
-Yo creo que aún existen las ninfas. –Sonreí. –En Rocagris, decían que habitaba una ninfa del hielo y que jugueteaba con su hijo por los bosques, trayendo el invierno.
-Fantasías infantiles, Mencía. Nunca existieron, simplemente fueron seres imaginarios que ayudaron a crear una gran historia.
-Los Gertryos posen dragones.
-Tenían dos y uno de ellos desapareció hace doscientos años en la Batalla de la Reconquista. Mencía, no existen, y ese dragón que vos aseguráis que poseen esos bastardos, no es real.
-Nunca limitéis vuestros conocimientos, puede que estéis equivocada.


Mi ama me dio permiso, para retirarme a continuar con mis labores. Pensé que aquella amabilidad, tan poco común, era por el hecho de sentir lo mismo que mi hermano sentía por ella.

Dougie pensaba que yo no había observado aquella mirada, pero ambos expresaron demasiado al mirarse fijamente y eso demostró el sentimiento de atracción que tenían. Para Dougie, un sueño inalcanzable y para mi señora, un riesgo si realmente aparecía el amor entre ellos, más de lo que ya era presente.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Capítulo 10




Contemplé el cielo azul, de aquella mañana de primavera. Parecía ser cierto lo que las ancianas habían dicho y que después de una gran tormenta, siempre salía el sol y brillaba con más fuerza.

Dejé de liberar mi mente y volví al presente, junto con mi cubo y mi mugrosa esponja. Lo cierto es que aquella mañana me había confundido de cubo y llevaba uno de dimensiones más grandes, por lo que pesaba más que de lo habitual.


-¿Necesitáis ayuda?
-Debéis volver con vuestro amo, Oliver. –Sonreí depositando el cubo en el suelo. –Conocéis su carácter.
-Mi amo lleva dos días trastornado y de todas formas hoy tengo motivos para sonreír.
-¿Os han dado alguna moneda de oro? –Negó sonriente. – ¿De dónde procede vuestra alegría?
-Acaba de nacer mi primer hijo.


Me quedé sin habla por unos segundos. Oliver, a sus dieciséis años acababa de ser padre; mientras que yo, a mis dieciocho años continuaba creyendo en el amor, desaprovechando así la corta juventud.


-¡Enhorabuena, Oliver! –Sonreí nerviosa, al ver como cogía mi cubo. –Y tu mujer, ¿cómo se encuentra? ¿Será muy joven?
-Como cualquier mujer después de parir. –Rió de una manera peculiar. –No es joven. Es de mi edad y aún así ya es mayor, para alumbrar el primer hijo.
-Por lo menos vuestra esposa os da un hijo, no como yo que continuo buscando al hombre adecuado. Creo que me retiraré a un monasterio si eso no ocurre.
-A pesar de vuestra edad, aún sois joven y hermosa. Muchos hombres querrán cortejaros y de entre ellos, elegid.


Soltó el cubo cerca de las enormes escaleras que comunicaban la primera planta con la segunda. Oliver no cabía en sí. Irradiaba de júbilo al saber que era padre y a cualquiera que veía se lo decía.

Comencé a llevar a cabo mi labor, o mi castigo diario. Limpiar los enormes escalones de piedra del palacio, no eran una labor muy agradable y por la recompensa, tampoco es que se hiciera más agradable y ameno. Tan solo nos pagaban con un mendrugo de pan y un tomate cada dos días.

Al ir arrastrando el cubo, el agua que caía fuera salpicaba mis zapatos. Intentaba tenerlos cuidados y limpios, pero era una labor algo complicada. A medida que me acercaba más hacia la segunda planta, escuché un sonido extraño. Era música, pero mi curiosidad debía de ser saciada y quería descubrir que o quien hacía ese sonido.

Me levanté del suelo y comencé a seguir la música. La puerta estaba entreabierta y yo solo me dediqué a observar y a disfrutar del sonido.

Descubrí que aquel instrumento era un virginal y quien estaba interpretando aquella pieza, que parecía tan complicada, era la princesa Anabeth.

Observé todos los movimientos de las manos de la princesa. Eran ligeros, seguros y precisos, tanto que parecía hacer magia. Tenía curiosidad por saber que era lo que estaba tocando, pero yo simplemente era una plebeya y no tenía derecho al conocimiento.

Contemplé su vestido a dos piezas de color turquesa y azul de las cascadas de Nash. Mis ojos contemplaron la belleza de la princesa, el recogido de sus castaños cabellos y ciertamente sentí envidia. Eso era pecado, pero ella nunca vestiría con polvorientas ropas y debería de esconder sus cabellos. Ella podría, y solía, mostrarse orgullosa tanto de sus conocimientos como de su propia persona, mientras que yo debía de ser sumida y obedecer las órdenes que ella daba constantemente.


-¿Disfrutáis?


Noté como el corazón saltaba en mi pecho, al escuchar la voz de Agrón. Me giré sobresaltada y con las mejillas ardiendo, por lo que supuse que estaban sonrojadas.


-Siento haberla asustado. –Sonrió y me hizo una reverencia.
-No os preocupéis, pero no necesito una reverencia.
-¿Acaso no sois persona y de mejor corazón que todos aquellos que se hacen llamar nobles, príncipes o reyes? –No contesté, simplemente miré nerviosa hacia la puerta, por si Anabeth se había percatado de mi presencia. –Las reverencias se realizan a las verdaderas personas que son nobles y no a los que su linaje les lleva a ello. Una noche os conté una historia que espero que memoricéis.
-Tengo buena memoria.
-No la pongo en prueba, puesto que sé que memorizáis parte de un libro que pretendéis robar para vuestro hermano.
-¿Cómo lo habéis...? –No terminé la pregunta al descubrir su sonrisa.
-Vuestro secreto está a salvo, a parte le vendrá bien a vuestro hermano ese tratado. –Agarró mi mano. –Ahora recordad esta frase, mi señora. ¿Estáis preparada? –Asentí. –Llegado el momento cobrará sentido, pero por ahora solo serán palabras. –Suspiró. –La montaña llorará amor, sangre y honor.
-¿Por qué queréis que recuerde estas cosas?
-Cada cosa a su tiempo. Por ahora continuad limpiando y coged el libro mientras que la familia real y su invitado disfruten de la comida.


Agrón desapareció antes de que yo le pudiera preguntar nada. Realmente aquel sabio enano sabía hacer magia y cuando hablaba con él parecía no haber distinción social.

Observé por última vez como mi ama tocaba aquel instrumento y decidí volver a limpiar, con la frase de Agrón muy presente.


«La montaña llorará amor, sangre y honor»



¿Qué significaría aquello? Preferí no intentar razonar algo lógico y obedecer las palabras de Argón. Las que decían que en un futuro todo tendría sentido, junto con la historia que yo había interpretado como una fantástica leyenda.

Después de limpiar, vacíe él agua de mi cubo y conseguí escabullirme y robar, sin dificultad, el libro. Lo escondí en aquel enorme cubo y hasta que no me topé con la princesa, pensé que toda la suerte, aquel día estaba de mi lado.


-¿Os ocurre algo, Mencía?
-No, señora. ¿Os dirigís al comedor?
-No tengo hambre y mucho menos quiero contemplar la figura de ese bastardo al que pronto llamaré marido. –Las palabras de Anabeth iban cargadas de ira y rabia.
-¿Le conocéis?
-Muy poco, ¿por qué preguntáis eso?
-No entiendo por qué tenéis un prejuicio de él. Según dicen las lenguas la engorrosa idea de limpiar las calles de prostitutas ha sido suya. Estaréis complacida de que vuestro futuro marido cree más conflictos entre los ciudadanos, pero como nuestra clase os da igual.
-Insolente. ¡¿Cómo osáis?! –Abofeteó mi cara reiteradas veces.
-Simplemente digo la verdad, mi señora. Puede que sean las palabras más sinceras que jamás escuchéis, pero si seguís haciendo prejuicios, nunca seréis feliz.
-Los de vuestra calaña deberíais de estar agradecidos de lo que hacemos por vosotros.
-Solo dais protección, pero nosotros mantenemos vuestros lujos y gracias a que somos exprimidos, no pagáis impuestos.
-No sabéis nada, estúpida plebeya. –Volvió a abofetear mi rostro.
-No sabré nada, pero puede que conozca la dureza del mundo y no me queje porque mi prometido sea un hombre al que no conozco, porque no quiera conocerle.


Me marché, observando mi cubo y en su interior mi botín. No me importaban las bofetadas. Jamás me callaría.


-¡Esperad! –Me giré hacia mi ama. – ¿Queréis ser mi dama de compañía?
-Señora, yo...
-Sé que vuestra lengua no es la que cualquier mujer desea para su dama de compañía, pero necesito hablar con alguien de mi edad.
-No conocéis mi edad.
-Decídmela, pues. –Sonrió. –Yo tengo dieciocho inviernos, ¿y vos?
-Los mismos, pero Anastasia ya es...
-Anastasia es mi nodriza y con vos podré hablar más abiertamente. Desde que me debatís descubro lo equivocada que estoy y como mi educación es errónea. ¿Qué me decís?
-Yo… Alteza, yo…
-¿No vais a comer, Anabeth? –Cebo sonrió y noté como me observó, para quedarse con el mayor numero de detalles sobre mi cuerpo.
-No tengo apetito, capitán. Deberíais de meteros en vuestros asuntos, mi querido Cebo.
-Tened un buen día, alteza.


Cebo marchó y por la mirada que Anabeth me dedicó entendí muchas cosas que ella había sabido intuir.


-Tendréis mi protección, os lo prometo.
-Alteza, yo no requiero de…
-No vaciléis. –Rió. –Seréis mi nueva dama de compañía.






Mientras esperábamos a que nos sirvieran, el comedor estaba sumido en un profundo silencio. Me sentía incómodo y fuera de lugar, nada nuevo, puesto que así me sentía cuando me encontraba con ellos.

Padre se entretenía tamborileando con sus finos dedos sobre la mesa. Movimientos raudos y precisos que me ponían nervioso. Veía sus anillos en sus finos dedos y sentía cada golpe de sus dedos encima de la mesa, como pequeñas puñaladas de despecho. Sir Thomas tenía la mirada ausente y de vez en cuando la dirigía hacia la pequeña ventana que se encontraba detrás de mi padre. Yo simplemente esperaba, de manera esperanzada, la llegada de mi hermana, para que toda este silencio desapareciera.

Cebo irrumpió en la sala. Miró a Thomas y este le devolvió la mirada, después se dirigió a mi padre con mirada firme y una inclinación de cabeza, que mi padre le devolvió, como muestra de afecto.


-Vuestra hija no nos acompañará. No tiene apetito. –Padre le dio permiso para que tomara asiento con nosotros.
-¿Se encuentra enferma? –Pregunté preocupado.
-No, al menos no lo parecía. No os preocupéis.
-Capitán, ya me comentó Sir Thomas que contó con su ayuda para acabar con la vida de todas esas alimañas que servían al mismísimo Lucifer. –Mi padre sonrió, mientras Thomas me observaba esperando mi reacción.


¡¿Qué!? Cebo, mi mejor amigo desde… desde hace tanto tiempo que ni mi memoria me permite recordarlo. ¿Realmente Cebo estaba metido en los asuntos del estúpido de Sir Thomas? No me lo podía creer, era algo imposible. Le miraba incrédulo, pero a la vez notaba una puñalada en el pecho. Una traición. La pérdida de un gran amigo.

Cuando miré a Cebo, de manera incómoda e inquisitorial, le encontré nervioso, y algo confuso. Sus manos recorrieron su rostro y se detuvieron en sus dorados cabellos.


-Yo... Simplemente cumplo órdenes, mi señor. –Dijo mientras mojaba su gaznate con el vino recién servido. Supuse que sería para calmar su intranquilidad.
-Tenéis buenos hombres, no todos saben ser fieles a un líder tan joven como vos.


La voz de Sir Thomas era altiva y en su rostro asomaba una sonrisa burlona. Cebo dirigió la mirada hacia mí, pero yo la aparté. ¿De verdad pensaba que le iba a perdonar? Noches anteriores, le había contado mi odio hacia él y le había contado mis incredulidades hacía sus trámites, no solo matrimoniales, en la capital del reino de Traylasia.

Uno de los criados nos sirvió la comida y se retiró tras hacer una reverencia. Comenzamos a degustar la comida en silencio. Deseaba que todo aquello terminara cuanto antes. No podía más. No solo era una traición; sino dos, y en un mismo día. Si llegaba a reinar, ¿quién me tomaría en serio?


-Príncipe Daniel, ¿qué pensáis al respecto?
-¿Ahora os importa lo que yo pueda pensar?


Su majestad, el rey Harry III. Mi padre, me miró transmitiéndome un mensaje muy claro «Cállate y no me dejes en evidencia». Estaba harto de callarme a todo. De ser el tonto, el que no hablaba por no pecar.


-Pienso que os tendríais que preocupar más por conseguir el afecto de Anabeth antes de entrometeos en asuntos que ni os van ni os vienen. Muy loco debería de estar alguien, para daros a vos lo que nunca obtendréis.
-¡Daniel! 


Mi padre dio un fuerte golpe en la mesa, con el que Séneca desapareció de debajo de la mesa. Noté como la mirada de Thomas se volvía hacia mí llena de rabia. Apretó la mandíbula, como si estuviera reteniendo un montón de palabras, con las que posteriormente se arrepentiría de haber pronunciado. No dijo nada. Nadie dijo nada.


-No quiero veros, Daniel. Solo me dejáis en evidencia, ¿por qué no aprendéis de Sir Thomas? –Miré a mi padre triste, como un adolescente rebelde que pide una explicación por algo que no ha hecho. –Marchaos de aquí…


Con aquel último suspiro, noté como mi padre parecía sentir algo hacia mí. ¿Cariño? ¿Afecto? Realmente no lo sabía, porque mi última mirada fue para el rostro triunfador de Sir Thomas y al nerviosismo de Cebo.

Quería decirles demasiadas cosas a cada uno de ellos, incluso desenvainar mi espada y retar a una duelo a Sir Thomas, pero simplemente me levanté de la silla, y tras un portazo, dejé el comedor, con la mirada atónita de esos tres bastardos, a los que solo les interesaba el poder.






Christian asustaba a las gallinas, por diversión, mientras yo ordeñaba a nuestra vaca.

Rothiar rumiaba la paja y de vez en cuando mugía. Cuando eso ocurría Christian se asustaba, no entendía el por qué, pero se asustaba y se quedaba inmóvil.

Terminé de ordeñar a Rothiar y llevé el cubo de leche al interior de la casa. Cuando acometí esa acción, volví con Christian al establo y decidimos sacar a Sombra y a un burro, a la pradera.


-Es extraño, el sol se va a ocultar y vuestra hermana no ha regresado aún.
-Requerirán su ayuda en palacio.
-Dougie, ¿sabéis si es cierto el rumor sobre la quema de los prostíbulos?
-Christian. –Suspiré pesadamente, porque yo mismo había visto como la taberna de Shagnem ardía, en la lejanía. –Fuera cual fuere el destino de vuestra madre, seguro que se encuentra bien.
-Solo quería volver a verla una vez más.
-Ella os quería. Seguro que nunca dejó de pensar en vos.
-Éramos siete, mi madre... Ella solo velaba por su pan y no por nosotros. –Frotó sus llorosos ojos. –En seguida nos vendió, para poder comprar más comida y poder pagar su habitación en aquella taberna.
-Christian...
-Eso no era amor. –Rompió a llorar. –Vosotros sois mi única familia.


Solté a Sombra y al burro, y comencé a abrazarle. Le miraba a él y nos veía a mí y a mi hermana, el día que los Gertryos habían asesinado a nuestros padres.

Christian continuó llorando, hasta que llegamos al arroyo y le dije que se lavará su rostro. Él se tranquilizó y se lavó entero.

Se desnudó con delicadeza y me tendió sus ropas, para que se las sujetase, mientras él se lavaba.


-¿Queréis que os traiga otra camisa?
-Esa solo es para los domingos y si es verdad que mi madre a muerto, quiero llevarla mañana y lucir la por la plaza, para que todos vean que ya no soy un pícaro más; sino que ahora tengo una familia que me da el amor que mi madre jamás me dio.


Terminó de lavarse y salió del arroyo. Se colocó su ropa, sobre su desnuda y mojada piel y al ver como los tímidos rayos de sol se ocultaban, decidimos volver para guardar a los animales en el establo.


-Va a llover.
-¿Cómo lo sabéis?
-El olor a agua y esa nube que trae aquella ráfaga de viento.


Christian señaló un enorme nubarrón gris, que poco a poco avanzaba de manera amenazante. Metimos a Sombra y al burro en el establo y al entrar en casa, vimos a Mencía encendiendo la leña.


-Tarde llegáis hoy, querida hermana.
-Puedo explicároslo. –Comenzó a cocinar, mientras Christian corría a sentarse junto al fuego y yo me dejaba caer sobre la silla de madera mohosa que poseíamos. –Hoy ha habido mucho ajetreo en palacio. La princesa me ha nombrado su dama de compañía y posiblemente ahora podré volver a casa cuando salga el alba, aunque tengo miedo por la quema de los prostíbulos y las futuras violaciones que habrá.
-No temáis. Yo iré a buscados y así volveréis protegida. –Sonrió. –Me alegro que seáis la nueva dama de compañía de esa mujer tan fría.
-Lleva varios días interesada en saber de nosotros, pero supongo que es por el aburrimiento que debe de tener en palacio; puesto que no soporta a su prometido. –Rió y yo le mostré una sonrisa. -Christian, Cebo me ha pedido que la diga que... Vuestra madre está a salvo.
-Nunca pensé que Cebo cumpliera su palabra. –Christian se levantó del suelo y se sentó sobre mis rodillas.
-No os entiendo. -Le dijo mi hermana.
-Cebo fue como un hijo para mi madre, cuando sus padres murieron y prometió que alguna vez le devolvería el favor de salvarle la vida y parece que lo ha hecho.

Mi hermana sirvió el caldero, que estaba sobre la leña, en un recipiente de madera y de este, comenzamos a comer la sopa de verduras.
Estaba muy caliente, pero era apetitosa. Marian le había enseñado a cocinar bien y eso se notaba en sus comidas.


-Hermano... Este libro es para vos. –Se incorporó de la mesa y sacó un libro del interior de un cubo. –Lo he robado de palacio, pero el sabio Agrón me dijo que lo necesitaríais vos.
-¿Os ha dicho algo más ese famoso sabio?
-Me ha dicho que la montaña llorará amor, sangre y honor, pero que todavía no tendría sentido.
-Será algún acertijo. Lo meditaremos.


Sonreí y continuamos cenando aquella suculenta sopa de verduras.

lunes, 21 de julio de 2014

Capítulo 9




Contemplé la majestuosidad de mi caballo. El más bravo y el mejor animal de batalla que el hombre jamás había visto. Relinchó en los primeros rayos del amanecer. Caminaba con fuerza tras el enclenque mozo de cuadras.


-Sir Thomas, he aquí vuestro...
-¡Esfúmate!


Espoleé los costados de la bestia sobre la que estaba montado y esta galopó, dejando tras de sí un relincho y el sonido de sus cascos.

Hacía frío y el vaho era normal a aquella temperatura. El cielo parecía predecir lo que iba a acontecer, puesto que era anaranjado, como el color del fuego.


-Capitán. –Sonreí maliciosamente, frenando a Lábdaco.
-Sir Thomas. –Inclinó su cabeza, como símbolo de reverencia. –Tenéis a mis mejores mercenarios a vuestra disposición.


Miré a sus hombres y sonreí, al saber que mi plan iba a terminar en una gran victoria.


-Como bien le dije a vuestro capitán Cebo, hoy limpiaremos Tjmud de las ratas que hay en esta ciudad. Muchos de vosotros puede que os acobardéis y os neguéis a llevar a cabo esta carnicería, pero el dinero es lo que siempre ha movido y moverá al mundo. –Reí, al arrojarles una enorme bolsa llena de monedas de oro. – ¿Contaré con vuestros servicios?
-¿Qué masacre queréis acometer?
-Quiero erradicar de Tjmud todos los prostíbulos, con la aniquilación de todas y cada una de las mujeres que se ofrecen a esa obra del mismo Satán.
-Señor...
-Puedo ofrecerle más y con ello podréis poseer a todas las mujeres que queráis. –Volví a sonreír maliciosamente. –Cualquier mujer haría lo que fuera por un trozo de pan y algo de dinero...
-Lo... Lo haremos, Sir Thomas.


Me miraron extrañados y algo apenados por ese acto, por el que seguramente Dios les perdonaría su pecaminosa vida.

Miré a Cebo y noté tristeza en su mirada. Comenzamos a cabalgar en busca de los prostíbulos y no noté en él todo el coraje que un joven capitán de la guardia real debía poseer.


-¿Os ocurre algo?
-No, Sir Thomas. Simplemente siento pena por la vida de las mujeres que vamos a aniquilar.
-No temáis por sus vidas; ya que son brujas y arderán en el infierno por rameras. –Acaricié el cuello de Lábdaco. – ¿Habéis hablado con vuestra doncella?
-No señor. –Sonrió nervioso. –Continúa huyendo de mí, pero realmente soy un monstruo.
-Dadle tiempo y en caso que eso no sea así, tomadla por la fuerza.
-No quiero llegar a ese extremo. Quiero que me ame por quién soy y no por mi hacienda y posición.
-El amor no existe mi querido, Cebo. ¿Creéis que la princesa Anabeth me ama? Ella me odia y aborrece mi presencia, tanto como yo la de su hermano, pero con el tiempo me amará.
-Tenéis mucha seguridad en vuestro porvenir.
-No es seguridad, es conocimientos sobre el sexo débil e inferior. Para nosotros son premios y ellas poco a poco, después de doblegarse como bestias salvajes, terminan amándonos. Nunca nos casamos por amor, Cebo. Nunca.


Espoleamos rápidamente a nuestros caballos y llegamos al primer prostíbulo de los tres que había en la ciudad de Tjmud.

Los mercenarios entraron y sacaron a todas las prostitutas. Algunas estaban vestidas, aunque la mayoría estaban desnudas y en una situación de éxtasis y de satisfacción divina.


-¿Queréis algo, caballeros?


Nada más pronunciar aquella mujer, de oscuros y aterciopelados ojos, di mi orden de degollar a todas las prostitutas. Dando origen a un río de sangre y un montón de cadáveres apilados, unos encima de otros.


-Cebo, quemad el prostíbulo y los cadáveres de estas brujas.


Cebo, mi leal marioneta por aquellos momentos, prendió fuego con una antorcha al prostíbulo. Los ciudadanos salían a la calle, para contemplar tal espectáculo y salvajismo.

Lábdaco se alzó de manos y así demostré mi fiereza con los asquerosos plebeyos.


-Cualquier mujer que ofrezca su cuerpo, al príncipe será degollada, al igual que toda mujer que ejerza este oficio de impuras. No será castigada por mí, sino por Dios y descansará en los fuegos eternos de Satanás.


Abandonamos ese primer prostíbulo y repetimos el proceso en el segundo. Sembré miedo en la ciudad, pero ese era mi plan. Que el príncipe muriera amargado, sin descendencia y sin ninguna mujer a su lado; ya que así reinaría yo.

Conocía el pensamiento del príncipe Daniel y conocía sus desprecios hacia todas las princesas casaderas. También conocía sus líos de mantas con las criadas, pero dentro de palacio yo no era el soberano; sino un miembro más de la corte. Así que allí solo podía implantar el miedo y de esa forma, el príncipe dejaría de perseguir mujeres y moriría de tristeza y de pena, al saber cómo su propio padre le traicionaba y le daba el trono en bandeja a un invasor.


-Sir Thomas, este es el último prostíbulo y el más visitado por todo hombre de la ciudad de Tijmud. Es la taberna de Shagned. ¿Es necesario el derramamiento de sangre?
-Siempre es necesario y más si queremos eliminar pecadores de este mundo, tan plagado de infieles.


Cebo tragó saliva y espoleó a su blanco corcel, para dar la orden a sus mercenarios de aniquilar a las mujeres. Yo contemplaba la imagen en la lejanía y la verdad es que era una imagen muy hermosa.

La taberna en llamas, con hombres y mujeres desnudos saliendo de su interior con miedo a la muerte en sus miradas. Los gritos de las mujeres al ser degolladas y los primeros rayos de sol en aquella mañana tan nublada y fría.

Comenzó a llover, cuando quedaban tres prostitutas. Dos murieron de una gran puñalada, pero la última, la que Cebo se encargaba de asestar su golpe final, no moría aún.


-Terminad con su vida. –Me jacté de aquella furcia y me acerqué a ellos.


Cebo contemplaba a aquella mujer con pena.


-No os entristezcáis por su vida. Ahora encontrará placer esta puta en el infierno.


Cebo agarró a aquella mujer y desapareció con ella. Aquel estúpido capitán de la guardia tenía demasiados sentimientos a flor de piel, por estar enamorado. Tenía en mente aniquilar a su amada, pero las hambrunas determinarían su suerte, antes que el acero de mi espada.

Regresé a palacio con los mercenarios y les di otra bolsa de oro por sus servicios prestados. Descabalgué de Lábdaco y cuando me disponía a salir de los establos, apareció Cebo.

Golpeé su rostro, tan inmaduro y angelical, con fuerza. Su ceja comenzó a sangrar, al igual que su labio.


-¿Por qué me habéis desobedecido?
-Esa mujer me crió como si fuera su propio hijo. Tuvo que trabajar de prostituta, porque su marido la había engañado y nos echó de su casa a mí y a sus dos hijos. Después de aquello, sé que tuvo siete hijos más, pero todos bastardos y al perder a su infiel marido, solo ese trabajo le era bien merecido y visto, ante los demás. No podía matarla.






Me levanté del sillón y me acerqué a la ventana. Dirigí la mirada hacia un cielo color ceniza, adornado de múltiples y negruzcas nubes.
Las gotas de lluvia se deslizaban por la ventana, como si de una carrera se tratara, luchando por llegar las primeras.

Al igual que ocurría en la vida: luchamos por convertirnos en el mejor, sin importarnos a quien aplastamos; ganar es el objetivo; cueste lo que cueste, incluso jugando sucio.

Anabeth odiaba los días de lluvia, tenía fobia a las tormentas desde que era pequeña.
Todavía recuerdo aquel frío día de invierno en el que por primera y última vez mi padre se sintió orgulloso de mí.

*Desperté con un gran estruendo proveniente del exterior de palacio. Corrí hacia la ventana, y me encontré con un cielo totalmente negro, parecía que el sol había desaparecido para siempre.

Los rayos alumbraban mi alcoba y los truenos retumbaban por todo palacio al igual que el continuo goteo de la lluvia. Salí de mis aposentos apresuradamente y me dirigí a los de Anabeth.

Madre estaba con ella, la tenía en brazos e intentaba consolarla de su profundo llanto.


-Cariño, solo es una tormenta, no tienes por qué tener miedo. –Madre alzó la mirada y me indicó con la cabeza que me acercara a ellas. –Mira, Daniel no llora porque sabe que las tormentas aunque hagan mucho ruido y nos puedan asustar, no pueden hacernos daño.


Anabeth levantó suavemente la cabeza del regazo de mi madre y me miró con los ojitos llorosos. Al momento bajó la mirada de nuevo y abrazó a mi madre con sus pequeñas manos.

Mi padre, el rey, irrumpió en la habitación con toda la majestuosidad con la que había sido educado desde pequeño, y requirió de la compañía de madre. Esta se levantó y dando un beso en la frente a Anabeth y revolviendo mi cabello, se marchó tras él.

Anabeth seguía llorando y yo no sabía qué hacer para aplacar con sus lágrimas. No tenía la dulzura de nuestra madre y el cerebro de un niño de diez años, no daba para mucho.


-Anabeth, si dejas de llorar, te dejo que juegues con el caballo de madera que tanto te gusta. –Acaricié su cabello.


No levantó la cabeza y continuó llorando, con más fuerza.

« ¡Qué raro! Con lo que la gusta mi caballo balancín.»


Traté de calmarla con cientos de cosas, pero me fue imposible, hasta que levanté su cabeza con cuidado y la obligué a mirarme a los ojos.


-Mira Anabeth.


Cuando conseguí su atención, comencé a gesticular y a mover los ojos y la boca, cual bufón. Pareció hacer efecto, ya que dejó de llorar, empezando a reírse y a imitarme.

Sonreí orgulloso tras haber conseguido hacerla reír.


-¡Vamos!
-¿Adónde?
-¡A por tu caballo! –Me dio la mano y salimos corriendo hacia mi habitación. *



Sonreí al recordar aquel día, ya que fue una de las pocas veces que había sabido obrar bien y ejercer mi deber como príncipe, aunque mi padre no estuviera orgulloso de mí.

Bajé las escaleras y atravesé el largo pasillo, el cual conducía a las cocinas. Desde la distancia se podía apreciar movimiento y nerviosismo en las cocinas. ¿Cuál sería el motivo de semejante revuelo?


-¡Ay qué será de esos muchachos sin una madre que les alimente! –Gritaba una de las cocineras.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué este alboroto? –Pregunté a Anastasia, la cual se encontraba calentando agua.
-Una desgracia, príncipe Daniel. Sir Thomas y algunos de sus hombres han asesinado a todas las prostitutas de la ciudad, y posteriormente han quemado los prostíbulos y la taberna de Shagned.


Salí de la cocina en busca de padre. Tenía la excusa perfecta para echar de aquí a ese asqueroso y odioso caballero.


Llegué al salón del trono. La puerta estaba entornada, y se oían voces en el interior de la sala, por lo que me acerqué sigiloso. No quise interrumpir a padre, así que me limité a observar por el pequeño hueco que había entre la puerta y el marco de esta. Atisbé dos siluetas, una era la de Harry y la otra de Sir Thomas.

Me alegré al verles hablar, porque seguramente mi padre le estaba echando de palacio y rompiendo el futuro matrimonio con Anabeth por haber tomado decisiones sin su previo consentimiento. Una sonrisa se esbozó en mi rostro, la cual se esfumó tras oírles hablar.


-Sir Thomas, he de deciros que estoy realmente agradecido de que hayáis acabado con todas esas mujeres, hijas de Satán, portadoras de enfermedades y dios sabe qué más.
-Solo hago lo mejor para el reino, majestad.


Cada día que pasaba aborrecía más la presencia del Sir Thomas en palacio. Además de arrebatarme mi entretenimiento y mi placer, tenía que soportar las lisonjas de padre hacia él.

Él había movido ficha, pero ahora me tocaba a mí, y tenía claro que esta partida por muchos obstáculos que me pusiera, no le iba a dar el placer de ganarla tan fácilmente.






Aquel lluvioso día el palacio estaba sumido en un profundo caos. La masacre de todas las prostitutas de la ciudad y la amenaza de muerte a cualquier mujer que se ofreciera a dar placeres carnales al príncipe, habían fomentado aquel caos.

Cuando conocí la noticia de aquella salvaje cacería, pensé en Sinra, la madre de Christian. No la conocía, pero Christian me dio mucha pena. Quizás él no lo sabría o quizás sí, porque ya era un secreto a voces por toda la ciudad y sus alrededores.

Christian muchas veces, nos obligaba a pasar por la plaza, con la excusa de ir a comprar algo de pan, pero realmente lo hacía, para poder ver a su madre un día más.

La fidelidad de Christian y su esperanza de volver a estar con su madre algún día, le hacían ser un pícaro muy especial y una persona digna de admiración y respeto.


-Anastasia, ¿creéis que era necesario el derramamiento de sangre de todas esas desdichadas mujeres?
-Ha sido orden de Sir Thomas, querida. Nunca se pueden debatir las ordenes de los que tienen poder y acabar con todas esas sucias rameras, ha sido lo mejor que se ha hecho en Tjmud.
-Habláis sin sentido humano. ¡Razonad pues! Sois inteligente y la princesa siempre requiere de vuestros consejos.
-Insolente muchacha. ¡Tres casas llenas de rameras era lo que tenía esta ciudad! –Elevó su voz, al parar a llenar su cubo de agua. –Sir Thomas de Blackwell ha cumplido muy bien su labor y ha hecho algo que el príncipe Daniel, podía haber hecho hace mucho tiempo. Por mi parte, Sir Thomas debe de ser el futuro rey y no ese niño consentido.
-Yo creo que Sir Thomas esconde algo. ¿Por qué ahora? ¿Qué le han hecho esas mujeres? Ellas solo se ganaban su pan dando placer a los hombres. Ahora… -Llené mi cubo y medité mis palabras. –Posiblemente ahora, se incrementen las violaciones.
-Dios no permitirá tales fechorías. Los hombres son fieles a sus esposas. –Intenté creer las palabras de Anastasia, pero mis conocimientos sobre aquello, me hacían desconfiar de su perfecta utopía. –Debéis dejar de ser tan desconfiada. Dentro de unos meses Sir Thomas será vuestro señor y cuando nuestro querido rey Harry abandone este mundo o de su poder a su heredero, está claro que se lo dará a él. El príncipe Daniel no tiene ninguna posibilidad de reinar y mucho menos, después de haber rechazado a seis princesas y no haber engendrado ningún descendiente.


Anastasia continuó exponiéndome sus argumentos por lo que Sir Thomas debía reinar y no el verdadero heredero a la corona de Traylasia. Escuché sus palabras, mientras limpiábamos las escaleras. Ella era sabía, pero discrepaba con muchas de sus ideas de una época anterior a lamía.

Aunque era mujer, Ajman me había enseñado a pensar y leer. Le agradecía todos los conocimientos que poseía, pero estaba claro que debería de ocultarlos por siempre.

Mientras limpiaba el suelo, Anastasia se calló de golpe y no me gustó nada el silencio que había creado. Miré la sombra que estaba ante mí y elevé mi mirada poco a poco del suelo, observando a aquella figura; mientras me ponía en pie.


-¿Continuáis odiándome?
-No intentéis comprar mi corazón, jamás lo poseeréis.
-No pretendo comprar vuestro corazón, simplemente deseo que mis sentimientos hacia vos sean recíprocos.
-¡Jamás!


Esperé una bofetada por parte de Cebo, o un golpe, pero no se inmutó. Simplemente bajó su mirada hacia el suelo que acababa de fregar y se acarició la herida de su ceja.


-Decidle a vuestro protegido que su madre está a salvo.


Cebo se marchó tras decir esas palabras. ¿Cómo conocería a la madre de Christian? ¿Sería alguna mujer en la que encontró placer algún día, tras alguna guerra o con la que perdió su virginidad?


-¿Por qué no aceptáis a Cebo, para cortejaros? Es apuesto, y posé prestigio en la ciudad.
-No puedo. Jamás le perdonaré la muerte de mi familia.
-Eran animales…


Anastasia interrumpió sus palabras, cuando yo me marché. Conocía su respuesta de siempre y como cristiana vieja, jamás ofrecería la posibilidad de dejar de creer en que los árabes, como Ajman y su desdichada familia, eran buenas personas.

Cuando volví por agua de la fuente. Contemplé como caía la lluvia.


-Mencía, ¿puedo hablar con vos?
-Sí, alteza.


Caminé junto a la princesa, Anabeth, como ella me había aconsejado y comenzó a llevarme por un patio que yo, como criada, le tenía vetado.


-¿Qué deseáis de mí, señora?
-Vuestro hermano, el albéitar.
-¿Mi hermano? No os entiendo, alteza.
-¿Vivís con él?
-Mientras ningún hombre se case conmigo, pertenezco a su propiedad. Soy su moneda de cambio, hacia algo mejor.
-¿No tenéis marido? –Negué sonriente, ante la incredulidad de la princesa.– ¿Y ese niño?
-Es un pícaro de la ciudad, simplemente cuido de él dándole un hogar, comida y protección.
-Tenéis buen corazón, pese a vuestra rebeldía, pero… habladme del oficio de vuestro hermano, ¿cómo es que no os han mencionado antes en la ciudad?
-Nosotros no vivíamos en la propia Tjmud, habitábamos en una choza de los alrededores y el verdadero albéitar, quien le enseñó el trabajo a mi hermano, no quería fama. Simplemente curaba a los caballos y demás animales de los vecinos, pero no tenía ninguna relevancia para los demás, pese a su necesaria labor.
-¿Ahora estáis solos?
-Sí, señora. Vuestro arzobispo, dio orden de terminar con su vida, por ser musulmanes.
-Pero vos y su hermano, no sois árabes.
-Somos del condado fronterizo de Rocagris.
-¡Ese condado está bajo el dominio de los Gertryos desde hace diez años! –Exclamó horrorizada.
-Ellos tomaron posesión de todo el condado, pero la suerte hizo que no nos aniquilaran en nuestra huida y que no corriéramos la misma suerte que nuestros verdaderos padres.


Anabeth no pronunció ninguna palabra. Me dio orden de marchar, aunque su rostro mostraba tristeza y algo de miedo por la tormenta.


domingo, 15 de junio de 2014

Capítulo 8




Cuando los primeros rayos de sol desgarraron el cielo marchamos hacia la iglesia, como cada domingo desde que tenemos uso de razón.
Nuestros padres nos habían encauzado por el camino religioso, pues, nuestra madre había sido una fiel devota, y en esta época, solo se podía sobrevivir teniendo fe en algún ser superior que te castigaría o te recompensaría dependiendo de tus actos.

La iglesia estaba en la plaza, frente a la fuente. Habían edificado aquella iglesia a conciencia, para que perdurara el mayor tiempo posible.
Estaba construida con piedras alargadas, arquerías y ventanas de doble derrame, para ganar en solidez. En la parte superior se podía admirar un gran campanario, del cual todas las mañanas a las doce, provenía un agudo tintineo.

El sonido estridente de la puerta de madera hizo que algunos de los feligreses girasen sus cabezas para contemplar de donde procedía semejante estruendo. Un vago hedor dominado por incienso y mirra emanaba del altar y del interior de la iglesia.

Los primeros bancos estaban ocupados por varias mujeres con velo, parecido al que llevaban Anabeth y Anastasia. Tomamos asiento en la última serie de bancos, junto a una columna de piedra. La luz que entraba por los ventanales de alabastro iluminaba una gran cruz de madera que presidía aquella austera iglesia.

El padre Joan se colocó sobre el altar y lo besó, como hacía siempre al empezar la misa. Alzó la mirada hacia todos nosotros y elevó la voz, haciendo que sus palabras resonaran por toda la iglesia.
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos nos santiguamos, y se hizo el silencio, el cual el sacerdote rompió y prosiguió con la ceremonia.

La misa terminó y el padre Joan se despidió con: "La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu descienda sobre vosotros" seguido de un "podéis ir en paz."

Una vez terminada la celebración, los fieles comenzaron a salir sosegadamente de la iglesia. Algunos de ellos se dirigieron al confesionario, al igual que Anabeth que estaba acostumbrada a hacerlo a menudo.
Y yo me preguntaba qué era lo que confesaba si no había roto un plato en su vida; Anabeth a mi lado era una santa.

Resoplé, y un mechón de cabello pelirrojo me cayó sobre la frente. Lo aparté con mis dedos, echándomelo hacia atrás. Dirigí la mirada hacia Anastasia, la cual se encontraba ensimismada mirando hacia la cruz, con los dedos entrelazados.

-Solemos decir que nunca creeremos en algo que no veamos con nuestros propios ojos, sin embargo, la mayoría de nosotros creemos en Dios. Irónico, ¿verdad?
Anastasia asintió y me miró.
-No hay ser en la tierra que no crea en algo. Creer nos hace fuertes, luchar por nuestras vidas y nos hace pensar que vendrá algo mejor, aunque tarde en hacerlo.

Me sostuvo la mirada, luego la rompió con una sonrisa torcida y un poco maltrecha, pero una auténtica sonrisa.
Anastasia era sabia y nos había enseñado muchas lecciones morales a Anabeth y a mí, más de las que nuestro padre jamás nos daría.

Me levanté junto a ella, y nos acercamos a la puerta, donde nos estaba esperando Anabeth con una sonrisa en su rostro.

Volvimos a palacio antes de que el sol despuntara en lo más alto del cielo, despejado de nubes. Dejé a Anabeth en sus aposentos y me encaminé hacia los establos, ya que había prometido a Lazlo dar un paseo con él en cuanto volviera de la iglesia.






Escuché el repiqueteo de las campanas, en la lejanía. Habían pasado más de seis días, desde que había sanado al caballo de la princesa Anabeth.
Me había ofrecido mucho dinero y cuanto quisiese, pero yo solo le pedí que dejara a mi hermana un día sin ir a trabajar a palacio, para así poder curarla.

Decidí salir a la calle, una vez que había preparado el ungüento que iba a probar, para conseguir curar las rodillas de mi hermana.

Christian se había marchado, para devolver la mula y un burro que había curado en estos días. Estaba solo en casa, bueno con Mencía, pero realmente no sabía dónde estaba. Era un ser relativamente libre y frágil, pero que no tenía alegría por las cosas.

Ella era mi alegría y puede, que incluso mi único motivo, para continuar sobreviviendo un día más. Desde pequeño, prometí a mi padre cuidar de ella y enseñarle todo lo que yo aprendiera, para que así ella fuera tan igual como yo. Estaba claro que en nuestra forma de vida, la mujer no pensaba y mi hermana en ese aspecto era diferente.

Hojeé el único libro que tenía. Era un tratado de anatomía de Aristóteles que Ajman me había regalado al cumplir los trece años. Fue su primer libro, al igual que para mí, aunque él en mis circunstancias hubiera sido muchísimo mejor. Estaba claro que yo no era tan diestro como mi maestro y que jamás podría sentirme orgulloso de la profesión que me había enseñado a desempeñar.

Dejé de manipular aquel viejo libro y salí fuera. El bullicio de aquella mañana era normal, aunque era una mañana de esas que Christian llamaba "perfectas" para poder robar y que nadie se enterara, por la niebla que había.

Caminé hacia los establos y bebí un poco de agua. Allí no estaba Sombra y lo único que se me ocurrió, fue que Mencía estuviera con él en la pradera.

Me rasqué la nariz y el agradable olor a eucalipto, rápidamente me envolvió. Caminé hacia la pradera, distraído y ensimismado en mis pensamientos y de repente, antes de llegar, escuché la risa de mi hermana y unos relinchos, muy agudos, de Sombra.

Me quedé apoyado en la pared del establo y comencé a contemplar los juegos que tenían Mencía y Sombra. Eran dignos de ver, tanto por su comunicación, como por su comportamiento. Ese caballo adoraba a mi hermana y ella le adoraba a él.

Noté algo áspero, cálido y húmedo en mi mano. Miré algo asustado y empecé a sonreír, puesto que era aquella enorme vaca que había comprado con Christian en el mercado.


-Rothiar. –Sonreí. – ¿Esta es vuestra muestra de gratitud?


Acaricié aquella enorme cabeza rojiza y lo cierto es que en todo el tiempo que llevaba con nosotros, esa vaca daba mucha leche y parecía tener otro brillo en sus ojos, que el que tenía cuando estaba en el mercado.


-¡Hermano!


Gritó Mencía entre risas y me saludó. Sus cabellos, dorados como el trigo, caían por su espalda y le hacían tener un porte aristocrático. Para mí siempre sería una princesa, aunque hubiéramos nacido en la más profunda pobreza.

Agité mi mano y la sonreí. Ella corrió hacia mí, perseguida por Sombra, que jugaba a adelantarla y cuando eso sucedía paraba, para relinchar.


-Os veo más feliz. –Sonreí y ella rápidamente miró al suelo. –He preparado ya el ungüento. Deberíamos volver a casa, para que pudiera curaros.


Guardó a Sombra, no sin antes darle un poco de agua. Mientras ella esparcía algo de paja por la cuadra, yo ordeñé a Rothiar y saqué un cubo, hasta arriba, de leche.


-Hoy cocinaré una tortilla. –Vi de reojo como cogía un par de huevos. – Christian tenía razón y estas gallinas son de las mejores.


Cogí el cubo con la leche y abandonamos el establo. Llegamos a casa y allí estaba Christian, intentando contar las monedas, de oro, que le habían dado. Rápidamente, las escondió en el zurrón de tela que tenía bajo mi cama.


-Tenemos para comprar pan durante un mes.


Rió Christian, mientras que Mencía y yo sonreíamos. Christian nos miró y nos abrazó, sin que mi hermana y yo conociéramos el motivo. Al reírse, noté como uno de los dos dientes le estaba apareciendo en la encía.


-Os habéis vuelto a romper la camisa. –Mencía introdujo su dedo en el agujero del cuello de la camisa de Christian.
-Es la antigua, la que vos me habéis hecho está guardada bajo mi cama y solo me la pongo cuando acompaño a Dougie al mercado.
-Quitaos la camisa y os la coseré.
-No es necesario. –Mencía empezó a hacerle cosquillas.
-Mencía, antes de que te pongas a coser... Tus rodillas necesitan ser curadas.


Mencía dio los huevos a Christian y él los colocó en una de las tres baldas de mohosa madera, que poseíamos. Yo dejé el cubo de leche encima de la mesa, mientras mi hermana se sentaba en una de las sillas.

Hacía frío, por lo que le dije a Christian que encendiera la leña.

Cogí el ungüento y me arrodillé ante mi hermana. Su vestido estaba manchado de sangre reseca, en la zona de sus rodillas. Subí poco a poco el zarrapastroso faldón y vi sus heridas, en parte encostradas y en parte en carne viva con pus.

Mis manos estaban tan sucias como su pálida piel, y al no ser nobles, no podíamos permitirnos el lavarnos todos los días.


-Christian. –Se alejó del resplandor del fuego. –Dadle la mano a Mencía.
-¿Tan mal están? –Mencía tenía miedo y sus palabras temblaban en sus labios. –Doug...
-No os preocupéis, solo os escocerá y Christian es el más indicado.
-Dadme la mano, Mencía. –Sonreí, al ver como Christian entrelazaba sus dedos con los de mi hermana. –Pronto estaréis bien y no os quedarán cicatrices.


Quería estar tan seguro como él, pero lo cierto era que si conseguía curar a mi hermana, le quedarían unas enormes cicatrices incapaces de borrar.

Pasé el trapo por las rodillas de mi hermana y ella gimió. Miré de reojo como apretaba la mano de Christian y como sus piernas comenzaban a temblar.


-Sé que escuece, pero si no te hago esto, enfermarás y...
-¡Morir me da igual! –Gritó entre lágrimas, mientras le quitaba las costras. – ¡Parad ya!


Miré a Christian y él me entendió. Apretó su mano y se sentó en su regazo, para obligarla a no levantarse.

Continúe curando a mi hermana y poco a poco el paño pasó de ser blanco, con manchas verdes, a ser completamente rojo.

Mi hermana apretaba sus mandíbulas y lloraba de dolor, amargamente. Dejó de temblar cuando yo dejé de curar sus rodillas.

Fui a por un cubo de agua, lo más rápido que pude y nada más entrar, limpié sus piernas.
Las heridas estaban sonrojadas y en carne viva. Ya no había rastro de la infección y eso me daba esperanzas.

Christian se levantó del regazo de mi hermana y ella, simplemente le besó en la mejilla, entre lágrimas.


-Siento haberos hecho daño, no...
-Gracias. Sé que todo lo hacéis por mi bien.


Se levantó de la silla y cojeando, empezó a hacer la comida, aunque al poco tiempo tuve que llevarla en brazos a la cama, porque sus piernas no aguantaban su peso con todo el dolor que estaban aguantando.

Christian y yo nos encargamos de la casa, mientras que ella contemplaba como el fuego consumía la madera.






Esperé a que sonaran las campanadas que indicaban la media noche y decidí salir, oculto entre las sombras, de palacio para reunirme con mi informador.

Llevaba una pequeña bolsa de cuero, atada al cinturón y a cada paso, tintineaban las monedas de oro que contenía.


-¿Todo bien, Sir Thomas?


Me giré rápidamente sobresaltado, agarrando el mango de mi espada. Al ver que el rey Harry era quien me había dado el alto, decidí tranquilizarme y empecé a pensar una mentira, para decirle.


-Majestad. –Me incliné ante él con una reverencia y una sonrisa hipócrita. –No debe preocuparse, voy a ver a mi caballo.
-¿A tan elevadas horas?
-Nunca me fío de los mozos de cuadra y es el mejor caballo de todo el condado de Regnath.
-Cierto, aunque los caballos regnathianos no tienen nada que envidiar a un caballo de Traylasia o a la astucia de un caballo árabe.
-No debe olvidar, majestad, que todos nuestros caballos los hemos intentado adiestrar como un caballo Gertryo y ya ve, que es una complicada tarea.


Al conseguir aquella sonrisa del rey, comprobé que era muy aficionado a los caballos y por todos los ejemplares únicos, que tenía, un coleccionista.

Me dio permiso, para que pudiera ir a los establos y así poder encontrarme con Cebo.

Cuando llegué al patio principal, comencé a correr y así pude llegar a los establos. En la oscuridad estaba la silueta del que supuse que era Cebo, pero debía asegurarme con una de nuestras múltiples contraseñas.


-El sol se oculta.
-Bajo el árbol quebrado y la montaña del tuerto.


Me acerqué a él y contemplé como temblaba. Estaba a punto de traicionar a sus ideales, por el simple deseo de conseguir a una estúpida criada. Era muy ingenuo, pero yo sabía aprovecharme de esa situación y obtener beneficio de ella.


-¿Ha ocurrido algo, Sir Thomas?
-El rey me ha entretenido, no debe alarmase. ¿Tiene lo que deseo?
-En parte. –Pronunció en un susurro y de manera veloz.
-En parte. –Repetí sus palabras y comencé a caminar a su alrededor. – ¿Sabéis lo que quiere decir eso?
-Señor, soy un hombre de palabra y resistiré la tentación de mi soledad hasta que haya cumplido lo que me pedisteis.
-Ella no será vuestra, pero puede que con esto consigáis persuadirla. –Le di la bolsa con las monedas de oro que colgaba de mi cinturón. –No se resistirá a vuestros encantos, si tenéis dinero y atractivo.
-No será fácil, me teme y huye.
-Sea cortés, no se comporte como un mercenario. –Hinché mis pulmones y me detuve frente a mi caballo. –Ahora requiero vuestra información.
-Sí señor. –Suspiró e hizo que su pupila azul, se fijara en mis ojos. –El príncipe Daniel frecuenta a escondidas tabernas y prostíbulos, desde los dieciséis años. Ha rechazado a seis princesas de países lejanos y su relación con el rey es...
-Eso ya lo sabía. ¿Es seguro?
-¿El qué señor? Pensaba que conocíais mi información.
-Los prostíbulos.
-Sí Sir Thomas, algunas prostitutas hablan de ello y algunos de mis guardias le han estado observando en secreto.
-Gracias por su información. ¿Tiene algo más?
-Los planes de guerra del rey Harry. Tiene intención de recuperar los condados del norte, pero lleva meses esperando misivas de confirmación de algunos duques de los condados del sur. Siento defraudarle en la labor que me encomendó sobre la princesa, pero ese aspecto es muy complicado de tratar puesto que solo está en palacio.
-Me ha servido de gran ayuda, es una lástima que le haya faltado eso, para obtener a su criada. –Sonreí y caminé hacia la puerta con él. -Mañana tenga los sentidos bien despiertos, eliminaremos las cloacas de Traylasia y necesitaré a los hombres que menos escrúpulos tenga.
-Sí, señor.


Abandoné a Cebo y volví entre las sombras, frotándome mis manos, a mis aposentos. Ahora conocía varios puntos de flaqueza del príncipe y los planes del rey. Eso me haría ganar puntos en el aprecio de su majestad y hacer que se desprestigiara el honor y la honra del príncipe mimado y consentido de Traylasia.